16/4/06

Retrato de familia


Por Jorge Guinzburg
Publicado en CLARIN

Estoy indignado, doctor —dije al comenzar mi sesión terapéutica. Recibí un mail según el cual un filósofo español define a los argentinos así: "No intentéis conocerlos, porque su alma vive en el mundo impenetrable de la dualidad. Beben en una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto —el tango— y se ríen de la música de otro; toman en serio los chistes y de todo lo serio hacen bromas".

"Ellos mismos —seguía— no se conocen. Creen en la interpretación de los sueños, en Freud y el horóscopo chino, visitan al médico y también al curandero, todo al mismo tiempo. Tratan a Dios como ''el flaco'' y se mofan de los ritos religiosos, aunque los presidentes no se pierden un Tedéum en la Catedral. No renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones. No se puede discutir con los argentinos porque saben y opinan de cualquier cosa y en una mesa de café arreglan todo".

"Ellos son ''el pueblo elegido'', por ellos mismos. Individualmente, se caracterizan por su simpatía y su inteligencia, en grupo son insoportables por su griterío y apasionamiento. Cada uno es un genio, y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunir argentinos; unirlos: imposible".

"Un argentino es capaz de lograr todo en el mundo, menos el aplauso de otros argentinos. No le habléis de lógica porque eso implica razonamiento y mesura. Son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones. Cuando discuten no dicen: No estoy de acuerdo, sino ¡Usted está equivocado!"

Pero eso no es nada, doctor —seguí mientras mi indignación crecía. Además, el filósofo sostiene que "los argentinos aman tanto la contradicción que llaman ''bárbara'' a una mujer linda, ''bestia'' a un erudito y ''genio'' a un simple futbolista. Cuando alguien les pide un favor no dicen simplemente sí, sino ¡cómo no!. Son el único pueblo del mundo que comienza sus frases con la palabra no. Cuando alguien les agradece, dicen: ''No, de nada'' con una sonrisa".

"Los argentinos tienen dos problemas para cada solución. Pero intuyen las soluciones a todo problema. Cualquier argentino dirá que sabe cómo se debe pagar la deuda externa, enderezar a los militares, aconsejar al resto de América latina, disminuir el hambre de Africa y enseñar economía en los EE.UU. Los argentinos tienen metáforas para referirse a lo común con palabras extrañas. Por ejemplo, a un aumento de sueldos le llaman rebalanceo de ingresos; a un incremento de impuestos, modificación de la base imponible; y a una simple devaluación, una variación brusca del tipo de cambio. Un programa económico es siempre un plan de ajuste y a una operación financiera de especulación la denominan bicicleta".

"Tienen un altísimo número de psicólogos y se ufanan de estar siempre al tanto de la última terapia. Tienen un tremendo súper ego, pero no se lo mencionen porque se desestabilizan y entran en crisis. Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a sí mismos como liberados. Son prejuiciosos, pero creen ser amplios, generosos y tolerantes. Son racistas al punto de hablar de ''negros de m'' o ''cabecitas negras''.

Y como si esto fuera poco —continué— ese filósofo español remata: "los argentinos son italianos que hablan en español, pretenden sueldos norteamericanos y vivir como ingleses. Dan discursos franceses y votan como senegaleses. Piensan como zurdos y viven como burgueses, alaban el emprendimiento canadiense, tienen una organización boliviana, admiran el orden suizo y practican un desorden iraquí".

Entiendo su indignación, Jorge —interpretó mi terapeuta. Es muy feo que un extranjero hable tan mal de nosotros.

No, doctor —respondí. Yo lo viví como un elogio. Me indigna que no nos hayamos dado cuenta solos de que somos los más grandes del mundo.

Mi terapeuta no respondió, sólo me agregó dos sesiones más por semana. 


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