30/3/10

Zombie Highway

Roberto Viacava, 2009

29/3/10

El teatro y mi trabajo

Por Eduardo de Filippo
No les hablaré de mis obras de teatro (no me corresponde a mí juzgadas) sino de los diversos elementos que concurren en su nacimiento, desde aquellos más esenciales del fondo a los no menos importantes de la forma.
Quiero resaltar que, salvo algunas pocas cosas escritas de joven para ir ejercitándome, o más tarde por puras necesidades de trabajo, en la base de todo mi teatro siempre hay un conflicto entre individuo y sociedad.
Debo decir que todo se inicia siempre con un estímulo emotivo: reacción ante una injusticia, desprecio hacia la hipocresía (mía y de otros), solidaridad y compasión humanitaria hacia una persona o grupo de personas, rebeldía frente a leyes superadas y anacrónicas en el mundo de hoy, temor ante hechos que, como la guerra, pertuban la vida de los pueblos, etcétera.
En general, si una idea no tiene significado y utilidad social, no me interesa trabajar sobre ella. Naturalmente, me doy cuenta de que aquello que es cierto para mí puede no serlo para otros, pero estoy aquí para hablarles de mí y dado que la compasión, el desprecio, el amor... las emociones, en suma, se advierten en el corazón, en ese sentido puedo afirmar que las ideas me nacen en el corazón antes que en el cerebro. Luego trabajo sobre ellas con la mente, y necesito el entendimiento para hacer las ideas concretas, comunicables, confiándoselas a los personajes y otorgándoles a éstos palabras para expresarse. Mis ojos y oídos siempre han estado dominados, y no exagero, por un espíritu incansable, obsesivo, de observación, que me ha tenido y me tiene clavado al prójimo y que me lleva a fascinarme con el modo de ser y de expresarse de la humanidad.
En el fondo, no es tan difícil tener una idea, pero sí lo es comunicarla, darle forma. Sólo gracias a haberme empapado ávidamente y con cariño de la vida de tantas personas he podido crear un lenguaje que, si bien elaborado teatralmente, llega a ser medio de expresión de los diferentes personajes, y no sólo del autor. Para mí, cualquier lugar constituye un campo de observación, y sin duda uno de los más importantes es el Tribunal de Nápoles. A los catorce o quince años tenía un amigo, nieto de un abogado napolitano, llamado Triola y que vivía en Portalba; fue él quien me llevó al Tribunal por primera vez. Me acuerdo de lo que vi una mañana de invierno, en aquellas desnudas salas de la Sección Penal: tres pícaros rufianes napolitanos, demacrados, flacos, harapientos, sucios, encadenados y esposados los tres juntos (no sé si con esposas de acero o de hierro) debían ser juzgados por hurtos –seguramente serían algunas raterías– cometidos Dios sabe cuánto tiempo antes. Lo que verdaderamente me impresionó fue lo siguiente: el primer ladronzuelo fue juzgado y condenado, pero no podía resignarse a esperar a que fueran juzgados los otros dos que iban esposados con él. Naturalmente, entre una sentencia y otra pasa tiempo, porque en los tribunales tienen tanta costumbre de tratar con estos desgraciados que no sienten pena de ninguno; pasa un poco como con los cirujanos, que después de las primeras experiencias de estudiantes se acostumbran a la sangre y dan tajos... El juez impartía órdenes, el ujier hablaba en voz alta de sus cosas con otras personas; en suma, reinaba la indiferencia en torno al muchacho condenado, el cual, en un momento dado, se levantó y dijo: “Me quiero ir. Me han condenado, háganme salir. ¡Basta! No quiero seguir aquí”. No le prestaron atención y lo obligaron a sentarse. De pronto, estallaron la violencia y la rebelión en el joven: para desahogarlas, se golpeó con las cadenas y las esposas en la frente tan fuertemente que chorros de sangre mancharon las paredes y su rostro se convirtió en una máscara sanguinolenta. Ni aún entonces se lo llevaron... El presidente hizo desalojar la sala, todos salieron y yo me sentí feliz de volver a respirar aire puro. Para mí fue una experiencia tremenda. Creo que aquel muchacho me había dado la idea para un personaje, De Pretore Vincenzo. Como ya he dicho, el episodio me había impresionado profundamente; volví varias veces al tribunal con mi amigo, luego continué yendo solo, y poco a poco conocí una muchedumbre de desheredados, de ignorantes, de víctimas y verdugos, de ladrones, prostitutas, estafadores, de ángeles considerados diablos y de diablos considerados ángeles. Todavía hoy siguen conmigo, junto a tanta humanidad que poco a poco ha ido acrecentando aquella turba inicial. Cuando parientes y amigos se maravillan de que pueda permanecer tanto tiempo solo, apartado y aparentemente inactivo, no saben que es con esa gente con quien sigo hablando y razonando, escuchando sus casos, sus aspiraciones, seguidas demasiado a menudo de sus desilusiones e indefectibles protestas. Pero, volviendo a la cuestión: después de haber tenido la idea y haberla revestido sumariamente de forma, comienza otro período, largo y laborioso, en el cual durante meses, muy a menudo incluso durante años, tengo la idea dentro de mí, y nunca me he arrepentido de haber esperado para ponerme a escribirla. Si una idea no es válida, va palideciendo, desaparece, no te obsesiona más; pero si es válida, con el tiempo madura, mejora, y entonces la obra se desarrolla como texto y también como teatro, como espectáculo completo, puesto en escena e interpretado en sus más mínimos detalles, exactamente como yo lo he querido, visto y sentido y como, desgraciadamente, no lo veré jamás cuando se haya convertido en realidad teatral. Mientras que cuando apenas he terminado de escribir la palabra “fin” me invade una profunda antipatía hacia ese montón de hojas que espera impaciente llegar al público, cuando la obra está dentro de mí y soy el primer, único y feliz espectador de la misma, intento hacer que mis tres actividades teatrales se ayuden recíprocamente sin que una prevalezca sobre la otra, de manera que autor, actor y director colaboran estrechamente, animados por la misma voluntad de dar al espectáculo lo mejor de sí mismos.
Solamente cuando tengo claros el inicio y el fin de la acción y cuando conozco perfectamente vida y milagros de cada personaje, aunque sea secundario, me pongo a escribir. Este momento lo retraso todo lo posible, porque me doy cuenta de la responsabilidad que asumo y sé cuántas dificultades deberé superar para permanecer fiel al pensamiento, sin dejarme seducir por los imprevistos caprichos de la fantasía. Sin embargo, una vez que me he sentado y he llenado la primera página, trabajo rápidamente y con entusiasmo, como si me dictase a mí mismo.
Nunca me faltan las incertidumbres del oficio y a menudo me estanco con una situación buscando la forma de desarrollarla de manera que pueda anudarla mejor con otra que viene después. En esos casos dejo a un lado lo que estoy redactando, y para no levantarme del escritorio con un problema no resuelto –lo que significaría no tener más ganas de retomar el trabajo por quién sabe cuánto tiempo– allí mismo, amarrado al escritorio, me pongo frente a una hoja en blanco y escribo unos versos, que normalmente tienen relación con el argumento y con los personajes del trabajo interrumpido. Y esto me ayuda mucho, me permite acercarme cada vez más a lo esencial.
La historia de mi trabajo termina con la palabra “fin”, escrita al final de la última página del original. Después comienza la historia de nuestro trabajo, lo que hacemos juntos actores y público, porque no quiero dejar de decirles que no sólo cuando interpreto, sino ya cuando escribo, estoy pensando en el público. Si en una obra hay dos, cinco, ocho personajes, el noveno para mí es el público: el coro. Es a lo que doy mayor importancia, porque es él, en definitiva, quien debe darme las verdaderas respuestas a mis interrogantes.

Traducción: Borja Ortiz de Gondra

26/3/10

El pibe


El pibe es la historia de Mauricio Macri.
El hombre que por primera vez en la historia argentina puede hacer que la derecha llegue a la presidencia a través de una elección democrática.
Es la historia del hijo, el heredero, el delfín, de uno de los empresarios más poderosos de la historia argentina.
Es una historia de amores y odios, de mandatos y traiciones. Negocios millonarios, secuestros, divorcios escandalosos, espionaje y violencia, glamour y logias masónicas, debilidad y ambición.
La lucha permanente de un padre contra un hijo, y de un hijo contra un padre en el escenario de la política, los millones y el futbol.
El pibe es también la historia del estado paralelo en la Argentina.
Un grupo empresario protagonista del reducido grupo que tomó durante cuatro décadas las principales decisiones políticas y económicas y marcó el rumbo del país.
Es la historia de la Cossa Nostra argentina: una familia que movió los hilos de la Iglesia, la Banca, la Justicia y la Casa de Gobierno. Con su propio aparato de seguridad, sus métodos de presión y de extorsión, sus secretos y sus veleidades. Que construyó su fortuna obteniendo las mayores contrataciones del estado. Cambió las reglas económicas y financieras para licuar sus deudas y obtener más beneficios. Tomó el poder para hacerse cargo de las empresas privatizadas. Y decidió finalmente ir por el estado mismo.
Una familia y un grupo económico que se sentó a la mesa de las decisiones con Juan Perón y José López Rega, con los militares y la logia Propaganda Due, y también con los radicales y el kichnerismo. Que cogobernó durante el menemismo y la intendencia primero de Osvaldo Cacciatore y luego de Carlos Grosso. Y que ahora gobierna la ciudad de Buenos Aires y quiere gobernar el país.
El pibe es la historia de un hombre amado y boicoteado por su padre. Formado para ser el heredero de un imperio que jamás quisieron entregarle. Un niño bien en busca de su identidad. Que se refugió en Boca y la política para escapar de ese padre todopoderoso. Un inútil, según su padre. La derecha sensible, según sus publicistas. Un buen pibe, según sus amigos.
Es la historia de un momento de la Argentina en que están a punto de encontrarse el maleficio de un padre implacable; las aspiraciones de los grupos económicos que marcaron el rumbo del país durante décadas; la ambición de la derecha y la oligarquía y el sueño de El pibe. El pibe es un hombre que quiso ser un empresario exitoso, y fracasó. Que quiso ser el elegido, el primogénito, el delfín, y fue insultado y despechado. Que fue nombrado el capo, y desterrado al instante. Entonces decidió ser presidente de Boca para ser alguien en la vida. Y ahora quiere ser presidente de todos los argentinos.
Gabriela Cerruti

EL PIBE
Introducción

El hechizo se repite cada tarde, cuando el sol se hunde en el océano y Venus asoma sobre el horizonte. Entonces el agua se vuelve inmensamente turquesa y estalla en rayos rosas que se derraman sobre la arena.
Dicen los navegantes que no hay crepúsculo más bello que el del golfo de la Maddalena, en el acantilado norte de Cerdeña. Allí, donde se presumen Roma y el Vaticano del otro lado del mar, pero se vive con Sicilia a las espaldas.
Mauricio Macri mira la costa esmeralda y el horizonte fantástico. Pero sólo ve la tapa negra de hierro cerrándose sobre su cara, y sabe bien que esa transpiración en las manos no se irá con la brisa fresca de la noche. Se resiste a cerrar los ojos porque dormirse sería el castigo de volver a soñar el instante en que tuvo la certeza de la muerte. Hace tantos días que no habla, que no sabe ya si recordará las palabras. Sólo repite obsesivamente un pensamiento, el mismo que lo ayudó a mantenerse vivo durante su secuestro. Tengo que respirar, tengo que respirar, tengo que respirar.
Tiene treinta y tres años. Se sabe el nieto de Giorgio Macri, que abandonó su destino de cartero hace casi un siglo, y partió de esa Calabria que lo desafía desde el Sur para convertirse en empresario, constructor y político. Es el hijo de Franco, el hombre que construyó un imperio que él debe heredar. El que manejó durante años por igual los hilos del poder en la Argentina y en Italia, el que sentó a su mesa a militares, cardenales, jueces y presidentes. El que acordó con los gobiernos democráticos y las dictaduras militares, el que ganó fortunas en contratos con los Estados, democráticos o fascistas, de izquierda o de derecha. Y también con Licio Gelli, la Logia P2 y la Cosa Nostra italiana.
Don Franco, el hombre que hizo todo por defender la seguridad de la Familia. Que se casó con Alicia Blanco Villegas para entrar en la oligarquía argentina, y tuvo desde entonces una vida de zozobras y desdichas con mujeres que lo amaron, lo odiaron o le temieron. Y cinco hijos que pelearon, cada uno a su manera, para tratar de emularlo y sucederlo, pero huir de ese destino.
Mauricio es el primogénito, el delfín, el heredero.
El que llegó a Italia por primera vez hace ya veinte años, acompañando a su padre, para negociar con los dueños de la FIAT, o disfrutar en Cerdeña de fiestas con el Aga Khan, Sofía Loren o Silvio Berlusconi. El mismo que trató de conquistar América desde Manhattan, y fracasó; el que quedó al frente del holding familiar cuando tenía veintitrés años. El muchacho que sólo encontró algo parecido a la felicidad y la libertad gritando los goles de su equipo en una cancha de fútbol en la Ribera.
Mauricio volverá a Buenos Aires en unas semanas para hacerse cargo de la filial argentina de la FIAT. Es el presidente de SIDECO, la empresa dueña de la mayor parte de la obra pública y los servicios en el país. Pero acaba de salir de un pozo donde estuvo secuestrado veinte días, donde creyó que iba a morir. Donde se preguntó una y otra vez qué traiciones de la Familia estaba pagando. Donde descubrió que lo único que su padre decía cuidar era lo que estaba a punto de perder.
Mauricio sabe bien sobre el profundo amor y el enorme odio que puede despertar su padre. Ese hombre inmenso, que lo nombró heredero de un reino que no está dispuesto a legarle. Que le exige y lo boicotea. El mismo que construyó un mundo tan intenso que jamás permite la serenidad.
Un mundo en el que su bella y suave mujer decidió abandonarlo porque le es ajeno. Donde sus hijos seguramente crecerán alejados. Donde su mamá, Alicia, le reclama todos los días que se vuelva un hombre decente y respetable.
Mauricio quiere ser Franco, quiere ser el Capo. Darle más poder y más prestigio a la Familia. Pero también tener fama y glamour, y reconocimiento. Dejar atrás los gritos y ademanes de la Calabria profunda, abandonar los fantasmas que lo persiguen desde los pasillos recorridos por su padre para amasar su fortuna. Brillar en el mundo de la política y las finanzas internacionales. Dejar de ser un oscuro millonario para ser el establishment.
No hundirse más, asomarse, lograr salir finalmente de ese pozo en que lo encerraron sus secuestradores y que es en realidad la alquimia de su propia biografía.
Mauricio Macri sabe que si quiere un futuro diferente del que le ha sido asignado, debe trascender la Familia. Y para eso necesita ser Presidente.

19/3/10

"A bout de souffle", de Godard


Apogeo y decadencia de una ilusión


Este libro habla de nosotros. No importa si el lector es de "clase media": la historia que aquí se narra es la de todos los que habitan el suelo argentino, independientemente de su condición social. Porque se trata no sólo de la clase media, sino de una identidad que se confunde con la de la nación toda. La Argentina ha aprendido a pensarse como un país "de clase media" y, por ello, diferente de otros países latinoamericanos. Tradicionalmente hemos creído que en nuestra tierra no existieron grandes abismos entre ricos y pobres, y que en gran parte el progreso nacional se debe a esa poderosa capa intermedia que se desarrolló entre unos y otros, haciendo una sociedad más móvil, abierta e inclusiva.
Esta identidad, que ligaba fuertemente el ser argentino con la presencia de esa clase, tuvo efectos muy profundos en la historia nacional, no sólo sobre las personas que se consideraban a sí mismas "de clase media", sino también sobre las de las clases más bajas. Este libro cuenta la historia del surgimiento y la evolución de esa identidad de clase media, y del modo en que ella afectó y afecta las vidas de todos los que vivimos en este país.
Ésta es la primera historia de la clase media argentina.
Hasta hoy nadie le había dedicado un trabajo tan exhaustivo, que diera cuenta de sus contradicciones y desmitificara las ideas erradas que circulan acerca de su conformación y de sus momentos de auge y declive.
Ezequiel Adamovsky ha escrito un libro apasionante, fruto de diez años de investigación, que nos permite saber de qué hablamos cuando hablamos de la tan invocada clase media.
Se trata de una investigación profunda y documentada, pero a la vez cautivante y dirigida a un público amplio.

Macri la pasó muy mal en una entrevista con Matías Martin


Hay que reconocerle algo: Mauricio Macri intentó mantener la sonrisa durante toda la entrevista. Eso, pese a que Matías Martin no titubeó en hacerle preguntas incisivas, cuestionó sus respuestas con sinceridad brutal y derrumbó cada una de las estratagemas discursivas del jefe de Gobierno porteño, esas en las que se especializan los políticos para hablar mucho sin decir nada.
Ambos estaban a punto de subir al micro que los llevaría a recorrer la Ciudad mientras se hacía el reportaje. Macri hablaba con el chofer, cuando Matías Martin le preguntó por la conversación. “Me dijo si se podía hacer algo para podar los árboles”. Entonces el periodista inquirió: “¿Podar árboles? ¿Recibís reclamos todos los días?”
“Sí, pero está bueno –le respondió Macri-. Si te reclaman es porque ven que estás haciendo…”. Fue en ese segundo, que Martin, rápido, le retrucó: “No, si te reclaman es porque hay cosas por hacer”. Así arrancó la nota…
El viaje transcurrió sobre el micro, uno de esos de doble piso sin techo que suelen dar vueltas por el centro porteño, y nos recuerdan que en definitiva también somos parte del primer mundo.
“Estamos llegando a Santa Fe y Juan B. Justo. Ponete el salvavidas”, le dijo el notero a Macri y lanzó, como al pasar: “Once kilómetros de subte”. “Diez kilómetros al año”, sumó el jefe de Gobierno. “¿Qué pasó?”, cuestionó Martin
“Es que hay que tener financiamiento internacional y si el Gobierno nacional decide que la Ciudad no puede tener…”, se justificaba en funcionario y el cronista lo interrumpió: “No empieces a echarle la culpa a los demás”. Macri aseguraba que era “la verdad” y le dijo “¿Qué querés, que te mienta?”.
Otra vez, rápido, Matías Martin puso blanco sobre negro de una forma muy clara: “¿Y para qué prometés algo que no depende de vos? Es como si yo le prometo a un amigo que se va a curtir a Cameron Díaz y después le diga ‘¿sabés qué pasa?, ella no quiso’”.
En ese momento, y para empeorar la situación, un taxista que manejaba junto al micro donde iba el funcionario, y que llevaba un minuto bajando el pulgar para demostrar su desaprobación al hombre del bigote, se bajó de su vehículo y le gritó: “Macri, volvé a Boca. En la Ciudad no la pegás hermano”.
Luego, Martin cuestionó al jefe de Gobierno por “fomentar la división”, en particular en la cuestión de la salud pública: “ Fomentás la divisióncuando hablás de que vienen de la Provincia a atenderse a (los hospitales) en la Capital, como si fueran dos mundos paralelos: la provincia y la capital. Y no fuéramos todos argentinos”.
Para el jefe de la Comuna porteña, son los números los que justifican su postura: “El 70 por ciento de las personas que se atienden en los hospitales no son de la Capital”, aseguró Macri. Entonces, Matías Martin aprovechó para sondear: “El extranjero, ¿está bien que se atienda en hospitales públicos?” y Macri arguyó: “Sin pagar, no. Me parece un abuso”.
El reportaje continuó con las dudas sobre la posición de Macri en cuanto al matrimonio entre personas del mismo sexo, donde el funcionario habló de una “unión conyugal o unión civil plena” adonde se de “la posibilidad de que si un señor vive con una persona muchos años el Estado pueda amparar sus derechos”, aunque sobre la palabra matrimonio no tomó una postura del todo clara.
Tras el corto pero tormentoso viaje, ambos siguieron la nota en el despacho del jefe de Gobierno, en la sede comunal. Macri, sentado en un sillón, comenzó: “He tenido muchísimas más limitaciones de las que he querido, en términos de presupuesto, de ésta señora de acá enfrente –por Cristina Kirchner-, pero igual cada día…”
Matías Martin, quien no le dejó pasar una, volvió a remarcarle: “Vos te das cuenta que sos muy despectivo cuando decís ‘esta señora de acá enfrente’. Partís de una base conciliadora que no demostrás en ningún momento”.
Truco, póker, chancho. El jefe de Gobierno venía perdiendo en todas y ya visiblemente fastidiado espetó: “Uy dale, cómo estás Matías… me dijeron que iba a ser un reportaje más de la vida y no tan político. Pero veo que estás copado con la política”.
“Me copé, sí, ¿viste?”, respondió Martin sin intimidarse. Mauricio Macri lo miró, desde su sillón, y esbozó una mueca. Hay que reconocerle algo: pese a todo, trató de sonreir.

18/3/10

Vaquitas ajenas


Por Enrique Martínez (*)
Publicado por PAGINA 12


La Federación Agraria Argentina está auspiciando un proyecto de ley para frenar la compra de tierras por parte de extranjeros, quienes ya serían dueños de 20 millones de hectáreas productivas en el país. ¿Cómo no adherir al concepto? Pero la situación invita a varias reflexiones complementarias.

Primero: En tiempos de globalización, donde los inversores pueden ir a cualquier rubro en cualquier punto del planeta, que se compre semejante superficie en Argentina muestra que tener tierra es muy buen negocio. No se compra la tierra sólo para mirar serenamente la puesta de sol, con todo lo bello que ello puede ser.

Segundo: Es un gran negocio, aunque se viva a decenas de miles de kilómetros de distancia, porque sólo en esta región se da en arriendo tanta tierra y con tanta renta para el propietario pasivo. Sólo hay que ser dueño. Ni siquiera hay que conocer el campo.

Tercero: Para más seguridad del inversor extranjero están los pools de siembra, que son grandes y brindan la tranquilidad de alquilar miles de hectáreas de una vez, sin tener que negociar con demasiados contratistas. Son dos caras de la misma moneda.

¿A qué aspira la Federación Agraria? Su mirada estratégica la deberían explicar ellos. Sería bueno entender cuál es la visión última de la estructura productiva agropecuaria que les parece adecuada para un país justo. Pero en concreto, si el actual intento de bloquear a los extranjeros es exitoso, lo que se conseguirá es simplemente reservar el fabuloso negocio actual para quienes ya lo disfrutan, sin resolver el problema de fondo, que es que la demanda de tierra para trabajarla es muy superior a la oferta.

Muy distinto sería aplicar una legislación que obligue a los dueños de la tierra a no dejar la tierra ociosa, trabajándola por sí mismos o por terceros que tengan su sede física a distancias razonables del emprendimiento, digamos 100/150 kilómetros como máximo. Esta lógica recuperaría el sentido de que la tierra debe ser para quien la trabaja, con una mirada de promoción regional fuerte, y simultáneamente haría disminuir con fuerza el interés de extranjeros por comprar cajas de seguridad de miles de hectáreas de dimensión, que es lo que hoy hacen.

La soberanía sin justicia es una consigna falsa. La bandera antes que la dignidad para todos ya fue expuesta por el nacionalismo oligárquico hace casi un siglo. Es conveniente equilibrar las cargas en el carro. Que la tierra sea para los argentinos, pero para todos.

(*) Presidente del INTI.

16/3/10

Elogio de la inteligencia amorosa


Por Hilda Cabrera
Publicado por PAGINA 12

El deseo de que la convocatoria y presentación del libro fuera algo más que un homenaje halló cauce en las palabras que la actriz Alicia Berdaxagar -sentada en la primera fila de la platea de la Cunill Cabanellas del TSM– le “sopló” al primer orador, en el lanzamiento de Gerardo Fernández (Escritos sobre teatro), editado por el CTBA. La ayuda fue para Kive Staiff, director del complejo, quien conmovido agradeció el acierto. “Recuerdo amoroso”, había dicho la actriz. El segundo orador fue el escritor y crítico teatral Ernesto Schoo, emocionado pero dispuesto a bucear entre bromas en la personalidad de Fernández. El volumen reúne algunos de los artículos ensayísticos del crítico teatral uruguayo fallecido el 17 de julio de 2000, elaborados para la revista Teatro de la institución. Staiff se refirió a Fernández como a un “compañero de aventuras culturales y militancia política”, calificándolo de intelectual brillante y lúcido. En el encuentro se hallaban el actor Marcos Flack, integrante del Teatro El Galpón de Montevideo, y numerosos artistas, técnicos y críticos. “No recuerdo si fue China Zorrilla o el director argentino-uruguayo Omar Grasso quienes –en la década de 1970– me hablaron de Gerardo, en el sentido de que estaba dispuesto a emigrar a la Argentina cuando la prohibición del gobierno militar de su país al semanario Marcha”, señaló Staiff. Se sabe que la actriz y directora uruguaya (presente en la Sala) había conocido a Fernández cuando éste era un adolescente atraído por el medio artístico. Los antecedentes estaban en su familia: su madre era concertista de piano y su padre un apasionado del teatro.
Repasando la trayectoria del crítico, Staiff memoró el desempeño en el diario La Opinión, que dirigía Jacobo Timerman, donde compartieron tarea, y luego en el San Martín, en 1976 y en años posteriores, con los intervalos propios del cambio de dirigencia: “En 1980 tuvimos la ocurrencia de crear una revista. Compinches del periodismo teatral, decíamos que mi presencia en el teatro era un modo de disimular nuestra intención de hacer una revista. Algo de eso era verdad”.
Más tarde, hacia 1989, se produjo el viaje a España, donde dirigió la revista El Público, regresando en 1992: “No me voy a olvidar de nuestro encuentro en su casa de Madrid y de su necesidad de volver al Río de la Plata, a ese misterio que somos nosotros...”, puntualizó Staiff, saludando con su recuerdo la presencia de la esposa de Fernández, la actriz Irene Grassi, y la del hijo Rodrigo. En distintos períodos, cumplió la función de crítico en los diarios La Razón y Clarín, y más tarde ocupó el cargo de director de las revistas del Colón y el San Martín. Staiff destacó una y otra vez la solidez intelectual de Fernández, “celebrado” con la aparición de este compendio, iniciativa de Guillermo Saavedra, editor y autor del prólogo y actual director de la revista. Rescató además a otros ilustres uruguayos, como los escritores, ensayistas y periodistas Angel Rama, Homero Alsina Thevenet, María Esther Giglio y otros compañeros “de la actividad cultural y el diario La Opinión”, concluyendo que “Gerardo está vivo, como se puede estar vivo en la impresión de un libro” y que “era una gloria leer sus críticas”.
A su turno, Schoo hizo su aporte: “Creo que nos pasa a casi todos. Cuando alguien nos pregunta de sopetón cuándo conociste a Fulano, cómo conociste a Fulano, uno tiene la impresión de que ha convivido con ese alguien desde siempre; que ahí estaba y ahí sigue estando. Me ocurre eso con Gerardo”. También él mencionó la experiencia en La Opinión, diario al que ingresó en 1975, y expresó su dolor por la ausencia definitiva del amigo: “Si me pidieran evocar una imagen de Gerardo lo vería envuelto en humo, con esa manera desesperada que tienen los grandes fumadores... ahí aparecían esos ojos que yo me atrevería a calificar de árabes, andaluces...”. Recordó que era un peligroso polemista: “He asistido a peleas memorables por un detalle, un concepto o una puesta”. Y tuvo necesidad de confesar que al comienzo de la relación de trabajo advirtió “cierto recelo en materia política; soy un liberal –y sigo sosteniendo el liberalismo de Adam Smith– y Gerardo era socialista”.
Pero aquella desconfianza no duró demasiado: una nota sobre Federico García Lorca, firmada por Schoo en la revista, mejoró la relación. Su particular mirada sobre la situación feudal en que se hallaban los campesinos españoles en el siglo XIX acabó con el recelo de Fernández. “A partir de ahí se acentuó la amistad”, sostuvo Schoo, quien dice guardar en su casa fotos en las que se ve a Fernández junto a Edmundo Guibourg, Jaime Kogan, Emilio Stevanovich ... “Era de una erudición incomparable en materia de teatro. Uno se sentía aprendiz.” “Este libro va a ser algo así como un médium para seguir comunicándonos con Gerardo”, resumió. Elude, como la revista, la maldición que pesa sobre el periodismo... “Todos los periodistas sabemos que lo nuestro es fugaz... Sin embargo, ponemos todo en el trabajo, y Gerardo puso mucho: corazón, memoria, y algo que llamo inteligencia enamorada; inteligencia envuelta en labor y calidad, entrega, generosidad para con los demás.”

15/3/10

Una nueva forma de percepción


Por Pablo Lettieri
Publicado en TEATRO

Resulta un tanto complejo definir las coordenadas que explican la poética de Roland Schimmelpfennig (Gotinga, 1967), uno de los autores del teatro alemán contemporáneo que más fervientes adhesiones ha despertado entre la crítica europea en lo que va del siglo. Los más osados afirman que sus obras introducen una novedad auténticamente radical en cuanto a su tratamiento formal, argumental y conceptual. Y hay quienes las clasifican bajo el rótulo de teatro posdramático, entendido como aquel que deja de lado el drama en tanto relato mimético-lineal, para optar por una comunicación más de tipo sensorial con el espectador. En cualquier caso, lo que no se puede negar es la voluntad del autor por huir de las tendencias de moda, apelando a un proceso constante de experimentación que ha dado un corpus verdaderamente interesante por lo ecléctico, rasgo que se verifica en estas obras reunidas por Colihue para su colección Dramaturgias del mundo. La primera de ellas, Pez por pez, propone un marco familiar en el cual se enfrentan padres e hijos, cuestionando el poder de las tradiciones, al tiempo que introduce elementos mágicos como un pez que habla en verso. Esa irrupción de lo extraño en lo cotidiano se dispara en La noche árabe, reescritura invertida de Las mil y una noches que mezcla suspense, tragedia y vodevil, y que revela ese modo ficcional de percibir el mundo oriental. En La mujer de antes, en cambio, la llegada de una mujer que altera la monotonía de un matrimonio convencional es exhibida a partir de la modificación sistemática del orden cronológico del relato, para reflexionar sobre la influencia del tiempo en las relaciones personales. Más allá de la variabilidad de sus propuestas temáticas y formales, en estas obras (como en Hace mucho tiempo en mayo y Antes/Después, que cierran el volumen), Schimmelpfennig consigue evidenciar algunas de las dificultades del espectador del siglo XXI para entender el mundo, su necesidad siempre insatisfecha de certezas.

La mujer de antes y otros textos dramáticos
Roland Schimmelpfennig. Traducción de Agostina Salvaggio y Milena Neudeck. Colihue, Buenos Aires, 2009. 264 páginas.

13/3/10

Cuts you up


I find you in the morning / After dreams of distant signs / You pour yourself over me / Like the sun through the blinds / You lift me up / And get me out / Keep me walking / But never shout / Hold the secret close / I hear you say / You know the way / It throws about / It takes you in / And spits you out / It spits you out / When you desire / To conquer it / To feel you're higher / To follow it / You must be clean / With mistakes / That you do mean / Move the heart / Switch the pace / Look for what seems out of place / On and on it goes / Calling like a distant wind / Through the zero hour we'll walk / Cut the thick and break the thin / No sound to break no moment clear / When all the doubts are crystal clear / Crashing hard into the secret wind / You know the way / It twists and turns / Changing colour / Spinning yarns / You know the way / It leaves you dry / It cuts you up / It takes you high / You know the way / It's painted gold / Is it honey / Is it gold / You know the way / It throws about / It takes you in / And spits you out / You know the way / It throws about / It takes you in / And spits you out / It spits you out / When you desire / To conquer it / To feel you're higher / To follow it / You must be clean / With mistakes / That you do mean / Move the heart / Switch the pace / Look for what / Seems out of place / It's o.k. / It goes this way / The line is thin / It twists away / Cuts you up / It throws about / Keep me walking / But never shout

Peter Murphy

12/3/10

5/3/10

"Lo que hago es contar historias"

Entrevista con Jean-Louis Trintignant
Por Ariel Dilon

Hay quienes, al llegar a viejos, encuentran la lucidez de acotarse a unas pocas opciones personales. Se trata de un sereno coraje que les enseña a plantarse en ese punto panorámico en el que es mucho más corto el paisaje por venir que el que se trae a la espalda. Momento a la vez de una elección positiva y de un despojamiento supremo: adiós a lo superfluo, a lo sobreabundante, a lo innecesariamente vario. Aquí me quedo parecen decir, no como enunciación de una renuncia o un cansancio final sino, al contrario, como divisa de la tenacidad más robusta, de una pasión largamente invicta. El gran actor que es Jean-Louis Trintignant a los 79 años ha hecho una elección que anuncia definitiva. Después de sus espectáculos basados sobre poemas de Louis Aragon primero, de Guillaume Apollinaire después, y más tarde sobre los diarios de Jules Renard, se queda, como última y es de desear que muy larga compañía, con tres poetas que han sido, por varias razones y muchas décadas, sus poetas. Robert Desnos, Boris Vian, Jacques Prévert, los “tres poetas libertarios” cuyos dones ha elegido reunir en su actual espectáculo, representan para él lo mejor del siglo XX en términos de arte, pero también de humanidad.
Es difícil concebir una voz más conmovedora que la del gran imaginador Desnos, primero hijo dilecto del surrealismo, luego excomulgado por el “papa” André Breton, y siempre fiel a sí mismo, tanto cuando escribía su gran poesía ebria de mundo como cuando jugaba a las fábulas menudas, entre la ternura y el delirio, o cuando experimentaba la invención oral en un programa de radio, o cuando se enrolaba en la resistencia para combatir al nazismo y moría en el campo de concentración de Terezin el día mismo en que éste era liberado. Es improbable encontrar una fuente más singular de libertad creativa que la del novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz, ingeniero, traductor y Gran Sátrapa del Colegio de Patafísica, el por siempre joven Boris Vian. Y no hay que buscar demasiado, si se piensa en alguien que haya atravesado tres cuartas partes de la vida literaria francesa del siglo XX y llegado sin desgaste a convertirse en un clásico entre las vanguardias, para dar con el nombre de Jacques Prévert. Esos son los autores a los que Jean-Louis Trintignant entrega su inconfundible voz, que –pocos días antes de viajar a Buenos Aires para brindar solamente dos funciones en francés en la sala Casacuberta– atiende el teléfono desde su casa de Uzès, donde dedica su semi-retiro a la vitivinicultura.

Señor Trintignant, en la secuencia que va de Aragon, Apollinaire, Renard, a Vian, Prévert y Desnos, ¿concibe un discurso único sobre su relación con la poesía? ¿O se trata de aventuras independientes, aisladas? ¿Cuál es el vínculo entre unas y otras?
No creo que lo haya. Se trata de la poesía en los cuatro espectáculos, es decir, en los tres anteriores y en éste, dedicado a tres poetas. Pero yo no veo que exista un vínculo. Creo que hay una progresión hacia lo que más me gusta, es decir, me gustan más estos tres poetas que Aragon, incluso que Apollinaire, incluso que Jules Renard. Amo realmente a estos poetas porque son personas que piensan como… O más bien, yo pienso como ellos. Toda acción teatral es al mismo tiempo política, y en ese sentido es muy importante para mí que los tres sean libertarios, anarquistas. Los tres comparten un mismo espíritu: contra la guerra, contra las instituciones, contra los valores recibidos. Son gente que está en gran medida en contra incluso de toda acción política.

La crítica francesa ha señalado en usted una “humildad para no entrar a los codazos con los autores”, para convertirse en “un verdadero transmisor de emociones”… ¿Está de acuerdo con esa definición?
Obviamente, pero eso es lo mínimo que se puede pedir. El oficio de actor es así. Uno se ciñe, uno elige un autor e intenta sobre todo servirlo. No veo por qué sería de otro modo. Un actor es un intérprete, alguien que trabaja a partir de una cosa que ya existe. Para ser un buen intérprete es preciso borrarse por completo ante el autor. En este caso, hemos trabajado con el despojamiento más extremo: hay un músico, y hay un actor que dice los textos. No podría ser más despojado.

Por tratarse de poetas del siglo XX, existen sin duda registros de sus obras leídas por ellos mismos. ¿La audición de esos registros ha condicionado, o al contrario, diferenciado los tonos, los ritmos, los énfasis o los silencios con los que usted escancia esos versos?
Los autores no suelen decir bien sus propias obras, salvo tal vez en el caso de Boris Vian, que tenía una percepción muy aguda de la sensorialidad musical de la palabra. Cuando dicen sus obras, lo hacen a menudo de una forma enfática. Yo intento ser lo más simple posible. Tengo un puestista en este espectáculo, Gabor Rassov, que me ha dicho siempre: “Sobre todo es preciso que no digas poesía sino que cuentes historias”. De modo que lo que hago es contar historias. Cuento historias en una bella lengua, porque es poesía. Cada poema es una historia diferente, pero todas participan de un mismo espíritu, un mismo humor, una misma visión de la vida, el mismo amor por los otros.

¿Cómo dialoga la voz que dice los poemas con la música de Daniel Mille, con quien usted ya ha colaborado en anteriores espectáculos?
Hemos ensayado mucho antes de decidir que va a ir tal o cual poema. Luego se ensaya para que el músico pueda preparar mejor su música. Pero intentamos conservar un costado un tanto jazz. Es decir, que a veces podemos cortarnos, interrumpirnos, tanto él a mí como yo a él. Tenemos desde luego una guía, pero podemos escaparnos de ella. Daniel Mille es un músico de jazz y, como en el jazz, a pesar de que hay una partitura escrita, nos permitimos improvisar.

Esa disponibilidad al cambio es una consigna central para el tipo de trabajo que Trintignant disfruta: “Tengo mucho material. Debo tener unos cincuenta poemas preparados, de los cuales hago apenas treinta, muchos de ellos muy breves. Lo hemos hecho unas cuarenta veces ya, y lo cambio todo el tiempo. A veces saco algunos poemas y pongo otros. He elegido sobre todo los poemas que hablan de dos temas: el amor y la muerte. No me gustan demasiado los textos que son explícitamente políticos, a pesar de que estoy de acuerdo con las ideas políticas de los autores. Pero quiero intentar no decir sus textos políticos”.

Tal vez su carácter político se transparenta incluso cuando hablan del amor, cuando hablan de la muerte…
Así es, ellos tienen mundos e ideas que son muy singulares, incluso cuando no hablan de política. Cuando hablan de la muerte no lo hacen de una manera abrumada, triste. A menudo hablan con mucho cinismo, con mucho humor. Hay un texto de Boris Vian que dice: “Y si no está de acuerdo, siempre puede usted suicidarse”.

El espectáculo incluye también un poema de Prévert en el que un gato muestra su contrición, conmovido por una niña que llora en el funeral de un pájaro al que el depredador con bigotes ha devorado “a medias” y abandonado en agonía: “Si yo hubiera sabido que te apenaría tanto / Le dice el gato / Me lo habría comido entero / Y después te habría contado / Que lo había visto irse volando / Volar hasta el fin del mundo / Realmente eso está tan lejos / Que de allá nunca se vuelve / Habrías sentido menos pena / Tan sólo tristeza, añoranza / Nunca hay que hacer las cosas a medias”. Y Robert Desnos, en su último poema, escrito en el campo de concentración, J’ai tant rêvé de toi, le dedica a su amada Youki una despedida sublime: “Tanto he soñado contigo, tanto he caminado y conversado, tanto me acosté con tu fantasma que ya no me queda tal vez otra cosa que ser un fantasma entre los fantasmas y cien veces más sombra que la sombra que deambula y deambulará alegremente por el reloj de sol de tu vida”.
Explícitamente Trintignant desdeña la necesidad de la traducción en la que esta nota incurre en el párrafo precedente:
“He sido yo quien ha pedido venir a actuar en la Argentina. Yo sé que en la Argentina hay un gran interés por la cultura francesa y mucha gente que habla francés. Pero pienso que la poesía no debe traducirse. Es una estructura demasiado precisa para ser traducida. Así que voy a actuar en francés.”

¿Tiene usted ya la experiencia de decir estos textos ante un público no francófono?
No. Es la primera vez. Y estoy muy curioso de ver el resultado.

El actor ya tuvo otras dos breves estadías en la Argentina, en la década del 80; y en Estados Unidos hizo durante dos semanas Potestad, de Eduardo Pavlovsky, en un pequeño teatro de Los Ángeles. Hace más de veinte años se declaró cansado del cine, aunque su peculiar “retiro” haya entregado desde entonces esporádicas maravillas como su personaje del viejo misántropo en Rouge, de Kieslowski. Con el cine, precisamente tiene que ver esta nueva visita.
“Voy a hacer una película en la Argentina. Al mismo tiempo, o mejor dicho, inmediatamente después del espectáculo de poesía. Voy a rodar en marzo y abril. El director se llama Santiago Otegui y ha hecho una sola película, La León. Esta se llama El instructor, y sucede en la Argentina de hoy. Es sobre dos vecinos, uno es un argentino, sindicalista de izquierda; el otro es un viejo que tiene un aspecto muy amable, por quien se siente inmediata compasión, pero que es un francés de la OAS, la “Organización del Ejército Secreto” conformada en el momento de la guerra de Argelia por gente de extrema derecha que se negaba a hacer la paz con los argelinos. Ha venido a la Argentina en la época de los coroneles –dice Trintignant, recordando involuntariamente a su personaje del juez en Z, de Costa-Gavras, donde una “dictadura de los coroneles” se enseñaba sobre un país que tanto podía ser Grecia como sobre una innominada nación sudamericana– a entrenar a las brigadas anticomunistas. La película es muy interesante. Me he encontrado varias veces con el director en Francia, y nos hemos entendido muy bien. Después voy a hacer otra película con Michael Haneke. Y luego voy a parar, y voy a hacer solamente teatro.

¿En qué difieren para usted los placeres y sinsabores del cine, de los del teatro?
En el cine somos muy numerosos, todo el elenco, el equipo, y aquí en cambio estamos solos con el público. El teatro es realmente una relación inmediata con el público, mientras que el cine es más como una “conserva”: se lo mete en una lata y luego las personas verán todas lo mismo. En el teatro no es así, la gente puede ponerse a cantar, a bailar…Yo prefiero el teatro, de lejos. Pienso que para un actor es más interesante. Es menos prestigioso, si uno no hiciera más que teatro la gente no vendría. Muchas veces vienen porque hay un actor de cine.

Después de Vian, Desnos y Prévert, ¿prepara usted poemas de otros autores?
No. Voy a continuar con Tres poetas libertarios, pero voy a buscar otras cosas, a seguir transformándolo. Quiero tener un músico más, un violoncelista. Y tengo nuevos textos. De los poemas que incluía al principio, ya no queda ni la mitad. Vamos a hacer el espectáculo en París, en octubre de 2010. Y voy a seguir cambiando. Quiero hacer este espectáculo durante algunos años más. Estoy muy viejo, será el último espectáculo que haga.

3/3/10

la belleza y el horror


"Mostrar en el teatro la fuerza exacta que nos atrapa a veces, eso, exactamente eso, los hombres y las mujeres tal como son, la hermosura y el horror de sus intercambios y la melancolía inmediata que se apodera de ellos cuando esa belleza y ese horror se pierden, se escapan y buscan destruirse ellos mismos, espantados de sus propios demonios".

Jean-Luc Lagarce
Du luxe et de l'impuissance

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