27/5/97

Alfredo Alcón: “Todos llevamos una joroba en el alma”

Por Pablo Lettieri
Publicado en PRIMER ACTO (España)
 
En Buenos Aires, la moda shakespeareana se instaló nuevamente. En las salas de cine comercial conviven En busca de Ricardo III, el auspicioso debut de Al Pacino como director y la maratónica —y muy discutida— versión de Kenneth Branagh de Hamlet.
Simultáneamente, en la Sala Martín Coronado del Teatro General San Martín se presenta la versión teatral de Ricardo III a cargo de Agustín Alezzo, con Alfredo Alcón en el papel protagónico y un prestigioso elenco.
Todas estas experiencias tienen un denominador común: convocan multitudes. Estudiosos de la obra shakespereana que llegan con sus versiones anotadas, alumnos secundarios arrastrados por sus profesores, jóvenes fanáticos del Bardo gracias a las últimas adaptaciones cinematográficas y señoras mayores que desean ver a Alcón, su actor fetiche.
En su película, Pacino se pregunta por qué, de las obras de Shakespeare, Ricardo III es la más representada, por encima incluso de Hamlet. No es el único interrogante que se plantea el film pero, a diferencia de otros, para éste no parece haber respuesta.
¿Por qué Ricardo III —tal vez la pieza más violenta del poeta inglés junto con Tito Andrónico— es la que parece despertar mayor interés entre el público?
Alfredo Alcón, uno de los actores más importantes de la Argentina, intenta responder este y otros interrogantes en las líneas que siguen.

¿Cómo es Ricardo III para Alfredo Alcón?
Si pudiera contar cómo es Ricardo, así, hablando, escribiría ensayos, pero no sería actor. Con un texto, con una obra, me pasan cosas, me dan ganas de meterme en ese mundo, de contar esa historia, pero no sé explicar teóricamente por qué. Es como cuando te enamorás. ¿Se puede explicar por qué uno se enamora? ¿Porque es más buena o más rubia o más inteligente?

No le estoy preguntando cómo construyó el personaje sino cómo se lo imagina, cuál es la imagen que tiene en su mente.
La imagen que tengo trato de expresarla en el escenario, pero decir que veo esta imagen u otra... no puedo. Hay actores a los cuales envidio, porque tienen una claridad conceptual que les permite hacerlo. Yo, por ejemplo, jamás he ido a una mesa redonda porque no sé qué decir, no sé teorizar acerca del teatro. Entonces, como no entiendo, me digo: deben tener razón, todo ha de tener una clasificación. Yo qué sé. A mí realmente eso no me importa. A lo mejor hay gente a la que eso la calma. Saber que las cosas tienen siempre una explicación...

Sin embargo, usted ha dicho que la habitual representación del personaje de Ricardo III como símbolo de la maldad absoluta le parece remanido y que ve otras cosas en el personaje que le interesan más.
Es probable que haya dicho eso. Hace ocho años que estoy estudiando esta obra. Me preguntaba por qué me gustaba tanto. No era por su importancia intrínseca , no soy tan ambicioso. Leí muchas cosas y vi muchos videos de puestas, pero no encontré la razón. Hasta que un día una amiga me prestó un librito de Freud que explicaba las razones por las cuales la obra persistía en el tiempo y seguía atrayendo al público y a los actores. Y es porque hay un señor que apenas empieza la obra expresa ante el público: "yo, como la fortuna no fue lo suficientemente generosa conmigo, ni la naturaleza tampoco, los voy a joder a todos." Y ahí aparece la pregunta inteligente, la que me hubiera gustado que se me ocurriera a mí: ¿quién no siente alguna vez que la fortuna y la naturaleza no fue generosa con él? ¿Quién no siente algunos días que está mal, que se siente solo y ve a una pareja besarse y le da bronca? ¿Quién muchas veces no se siente un Ricardo? Todos tenemos una joroba en el alma que nos puede convertir en santos o en miserables a lo largo de nuestras vidas. Esto es lo que más me atrae de la obra. Y además el humor. Porque, en realidad, Ricardo III es un sainete trágico. No es una obra de reflexión. No es Hamlet. Aunque todas las grandes obras tienen humor, lo que sucede es que como no estamos acostumbrados a frecuentarlas, nos ponemos serios.

¿Por un excesivo respeto?
Por desconocimiento, como siempre. Vemos solamente la nota grave, el trombón y los matices se nos escapan. Por ejemplo, de Rey Lear, decimos: "¡qué tragedia!" Y sin embargo tiene mucho humor. Pero nosotros pensamos: "Es Rey Lear, ¿cómo nos vamos a reír?". Las escenas del bufón con Lear, o las de Hamlet con el sepulturero, cuando le pregunta cuánto tarda un hombre en pudrirse en la tumba y el sepulturero le responde: "depende cómo esté de podrido antes de que lo entierre". Son de un humor brutal. Cuando hicimos Hamlet en el Teatro San Martín, en las funciones especiales para estudiantes, venían los pibes y se reían cuando tenían que reírse, con una risa fuerte, una risa irónica, y era maravilloso. Después, en las funciones para adultos, cuando acudían los que supuestamente "saben" y conocen a Shakespeare, se producían silencios en los momentos en que debían reírse. No dejaban "respirar" la pieza.

Parece que en tiempos de Shakespeare Ricardo III era --junto a Hamlet y Romeo y Julieta-- una de las obras preferidas de la gente. Y hoy sigue siendo una de las más representadas. ¿A qué cree que se debe esa fascinación que despierta?
Porque es un "thriller". Y porque tiene un contacto increíble con la realidad. Y seguramente en tiempos de Shakespeare también. Si yo cuento el argumento de Ricardo III parece una tira de televisión. Lo mismo ocurre con Rey Lear. Por supuesto que al lado de Hamlet o Rey Lear, no es una gran obra. Ricardo III es acción pura. El personaje no reflexiona, no hay cavilación, sino que arremete y lo único que piensa es que el otro es un estorbo para llegar al poder. Ricardo no quiere a nadie, porque nadie se parece a él.

¿Usted ve películas relacionadas con el personaje que está preparando?
No mucho. Uno se la pasa buscando y buscando al personaje... y llega un momento en que ya no quiere buscar más. Hay un momento en el cual uno queda sólo y es ahí cuando decide. Y eso es lo emocionante y lo divertido, porque está el riesgo, si acertás o te equivocás. Es algo a lo que uno se juega. No solamente en el teatro, sino en la vida. No se puede vivir consultando. Por supuesto que antes, en estos ocho años, estuve leyendo, preguntando, averiguando. Pero llega un momento en el cual con el material que acumulé, con mi subjetividad, con mi manera de leer ese texto, decido que lo voy a contar de una manera determinada. Y lo haré mejor o peor que otro. Pero como yo, no lo va a hacer nadie.

¿Cómo siente al público?
Hay diferentes reacciones. Está la gente que llega con muchos preconceptos, que creen que tienen un gran conocimiento de la obra y vienen a ver si Alfredo Alcón representa a Ricardo tal como ellos creen que es Ricardo. Y están los otros, que disfrutan más, porque vienen más libres a que le cuenten el cuento, no a ver si el cuento que le cuentan coincide con el que le contaron a ellos. Es como esta charla, si yo tratara de hablar pensando que debo coincidir con tu idea de cómo responder tu pregunta, primero que la charla sería aburrida, y segundo que no conduciría a nada.

¿Por qué mucha gente lo considera un actor shakespereano si sólo ha hecho dos obras de Shakespeare?
Es muy raro. Tiene que ver, creo, con la clasificación, con la comodidad que tienen algunas personas para etiquetar. Y lo que pasa es que, como todas las clasificaciones, no se corresponden con la realidad. Nosotros tenemos tendencia a repetir valores no demasiado pensados. ¿Cómo se hace Shakespeare? Qué sé yo cómo se hace Shakespeare. ¿Cómo se hace una versión argentina de Shakespeare? Sin el menor esfuerzo, puesto que yo soy argentino y lo que haga tiene ese contenido argentino, sin necesidad de ningún esfuerzo. Y además, nadie sabe muy bien qué es eso de ser argentino, y tal vez eso sea lo mejor que tenemos...

Desde el Hamlet de 1980 hasta hoy pasaron casi veinte años, ¿van a tener que pasar otros veinte para que usted vuelva a Shakespeare?
A mí me hubiera gustado hacer mucho más Shakespeare. Lo más cercano que hice, además de Hamlet y ahora Ricardo III, fue Eduardo II de Marlowe en España y Buenos Aires. Creo que Shakespeare es un gran alimento. Es una altura muy grande y sabés que nunca vas a llegar allá arriba. Son ejercicios de humildad. Es lo mismo que amar a Dios. El que cree en Dios sabe que nunca va a merecer del todo ese amor, pero el tender hacia eso hace bien, te hace crecer, te das algunos golpes también, pero uno debe saber que hasta El no se llega. He pensado en La tempestad y en Rey Lear. De joven me hubiera gustado Romeo y Julieta y Sueño de una noche de verano. Pero a los actores nos cuesta mucho concretar esos proyectos, salvo en un teatro oficial. Y también nos afecta la falta de compañías de repertorio, en las que se crea un estilo. Cuando trabajas en forma contínua con un director y con otros actores se crea un estilo, en cambio nosotros nos juntamos solamente dos meses para hacer esto.

¿Usted está de acuerdo con los elencos estables?, porque hay gente que cree que los elencos estables limitan la elección del repertorio en un teatro oficial.
Depende de cómo esté hecho. Yo no sabría hacerlo, carezco del menor talento organizativo. Pero creo que juntarse un grupo de gente, con un delicado equilibrio, sirve para hacer cosas muy buenas. Uno se da cuenta cuando ve algunos de los grandes espectáculos de Strehler o los films de Bergman, que trabaja siempre con los mismos actores. Se ve que se conocen bastante, que han trabajado mucho juntos. Hay un estilo, porque hay un conocimiento. Yo puedo decir que soy un actor antes y otro después de conocer a Lluís Pasqual. ¿Qué me enseñó? No lo sé. A él no le gustan los ensayos de mesa, no me daba demasiadas instrucciones, no me decía nada. Pero hacía unos ruiditos, emitía unos sonidos con los cuales yo entendía lo que quería indicarme...

1/1/97

Marcello Mastroianni en el recuerdo


Por Pablo Lettieri
Publicado en LOS INROCKUPTIBLES

«Te llamo porque necesito un rostro sin personalidad, como el tuyo». Así fue como el genial Federico Fellini le ofreció, por teléfono, ser el protagonista de La dolce vita (1960). Eso lo humilló, pero igualmente aceptó el papel. Y ese film le permitió por primera vez lograr un personaje a la altura del talento que ya había demostrado en el teatro, especialmente cuando lo dirigió Luchino Visconti en La muerte de un viajante, de Arthur Miller.
Desde entonces, en más de 150 films, menos westerns, Marcello Mastroianni hizo de todo: trabajó en todos los géneros y prestó su artesanía de actor laborioso en películas de todas las calidades, desde verdaderas joyas hasta algunas que bordean el ridículo.
Ese rostro impersonal según Fellini, máscara de agradable italiano casanova, mezcla de melancólico y apasionado, frágil e inocente, le sirvió sin embargo para que cualquier espectador, más allá de su edad, su nacionalidad o su condición social pudiera reconocerse en él. Porque Marcello siempre fue él mismo. Y con ese "rostro impersonal" construyó la mirada más expresiva --junto con la Sordi y la de Gassman--del cine italiano de posguerra.
Sin conocer la triste noticia de su desaparición, el Teatro General San Martín organizó para enero unas Vacaciones en Italia, maratónico recorrido por lo mejor de la cinematografía de ese país, que incluye grandes clásicos de Luchino Visconti, Federico Fellini, Vittorio De Sica, Ettore Scola, Roberto Rossellini, Ermano Olmi y los hermanos Tavianni, entre muchos otros.
En varios de esos films, podremos rencontrarnos con el gran Marcello, símbolo para siempre de un país y de una época.

La Venus de papel

Por Pablo Lettieri
Publicado en LA PRENSA

Una de las certezas que nos depara este fin de siglo es la buena salud que gozan los géneros literarios. Para probarlo, allí está todo tipo de colecciones y antologías que reúnen los “mejores” cuentos policiales, fantásticos, de terror, de amor o de suspenso...
No tuvo la misma suerte la narrativa erótica, pocas veces objeto de reflexión y valorización, relegada a apariciones en revistas literarias y hasta censurada.
Mempo Giardinelli y Graciela Gliemmo intentan reparar la ausencia reeditando una antología del relato erótico aparecida en 1993 y ahora revitalizada con la inclusión de nuevos textos. Ella busca –según los compiladores— dar cuenta de una obra que no está por hacerse, sino que ya está escrita. Lejos de considerar al erotismo en la literatura como un tema, la intención es descubrir el grado de conciencia de género que tuvo cada uno de los escritores al escribir su obra.
Así, esta antología evita la visión cronológica, temática o sociológica, para centrarse exclusivamente en el valor literario de cada relato en sí mismo, independientemente de su ubicación genérica.
El resultado es un puñado de muy buenas narraciones que abrevan en el erotismo desde la sensualidad, las fantasías y las obsesiones con el cuerpo y con sus zonas, aunque algunos relatos presenten dudas acerca de su pertenencia plena a la consigna que los agrupa.
La reflexión crítica que hace Graciela Gliemmo en el posfacio sobre los tópicos de la literatura erótica, sus principales autores autóctonos y su evolución histórica, complementan esta interesante selección de un género habitualmente frecuentado a escondidas.

La Venus de papel. Antología del cuento erótico argentino.
Mempo Giardinelli y Graciela Gliemmo (compiladores) Editorial Planeta. 236 páginas. 

21/11/96

La farsa de la desolación

Por Javier Marías
Publicado en el Suplemento BABELIA de EL PAIS (España)

Hay escritores horribles, malos, pasables, buenos y excelentes. Los hay incluso, geniales. Pero también hay otros en los que su calidad es un asunto secundario, aunque sin duda se les reconozca. Son los escritores que crean adicción, o dicho de otra forma, con los que el lector establece una relación más parecida a la del hincha de fútbol con su equipo o a la de la quinceañera con su ídolo musical. De esos autores se lee todo y se quiere siempre más; se atiende y hasta se recorta cuanto se publica sobre ellos, se guardan las entrevistas y las reseñas de sus obras; se compran grabaciones o vídeos si los hay: fácilmente se convierte uno en coleccionista. Estos escritores son rarísimos, más infrecuentes incluso que los geniales, y ya es decir. Y la falta de textos suyos se vive como una privación. Así, cuando mueren -si estaban vivos-, el lector adicto puede sentir algo muy próximo a la desgracia personal, aunque jamás haya visto en persona al difunto. Para mi, como para mucha otra gente de toda Europa, Thomas Bernhard ha sido el penúltimo escritor de esta índole, muy peligrosa, por cierto, para el lector que a su vez es escritor, pues puede verse irremisiblemente contagiado en su escritura por un influjo tan poderoso como buscado. Más aún en el caso de Bernhard, cuyo estilo es enormemente pegadizo, como una inoculación. Buena prueba de ello es la extraña y lamentable escuela que ha creado en nuestro país, donde desde hace algún tiempo abundan las novelas contaminadas por Bernhard y los novelistas que creen que basta con despotricar de todo y mostrarse coléricos, resentidos y negativistas para hacer buena literatura. Como sucede con Kafka, Joyce o Beckett, lo peor de ellos son los kafkianos, los joyceanos y los beckettianos, su verdadero azote. Sólo señalaré un rasgo de Bernhard que cada vez he visto más en sus escritos y que precisamente parece pasar inadvertido para la mayoría de los bernhardianos, quienes se lo toman con una solemnidad de espanto y una literalidad propia de párvulos: su sentido del humor. Es más, hoy lo veo como un escritor esencialmente cómico, y que por eso, con ser desolador, no resulta casi nunca deprimente ni sórdido, cosas bien distintas. Basta con saber que gran parte de su autobiografía era falsa -y por tanto dickensiana-, o con leer Trastorno o Maestros antiguos o El malogrado, para sospechar que el ceño de Bernhard no se diferenciaba mucho del que solía fruncir aquel "malo" alto y grandón de las películas de Charlot, aprovechándose de sus disparatadas cejas. Lo que hay en él es sobre todo la desolación de la farsa, o si se prefiere, la farsa de la desolación. Y como buen adicto, y para no saberme definitivamente privado de Bernhard, aún tengo sin leer su última novela, Extinción, para cuando se me haga en verdad insoportable la necesidad de una generosa dosis.
 
 

19/9/96

temor

Más que a la página en blanco,
o a no tener historia para contar,
el temor es a haber escuchado muchas,
y no poder olvidarlas...

Fabián Polosecki
(1964-1996)

1/9/96

Méliès, el mago


Por Pablo Lettieri
Publicado en LOS INROCKUPTIBLES

En el comienzo, cuando nacía el cine, entre los privilegiados asistentes a la primera proyección organizada por los hermanos Lumière se hallaba un joven mago e ilusionista, propietario del Theatre Robert Houdin de París. Intentó --sin éxito-- adquirir ese extraño y maravilloso aparato que había provocado el estupor del público, cuando las célebres imágenes de la llegada de un tren a la estación atravesaban la pantalla y parecía atropellarlos. No se rindió y adquirió en Inglaterra un aparato similar al de los Lumière. Convirtió su teatro en sala cinematográfica y comenzó a realizar sus primeros cortos. Mientras los demás utilizaban la máquina de imágenes para reproducir la realidad, encontró en él un medio para llevar a cabo sus fantasías de ilusionista, experimentando, descubriendo en cada film nuevos trucos. Georges Méliès se convirtió así en uno de los primeros y más geniales poetas del arte cinematográfico, además de uno de los más prolíficos: entre 1896 y 1913 realizó más de quinientas películas como Escamoteo de una dama en el teatro Robert Houdin (1896), El antro de los espíritus (1898), El diablo en el convento (1899), El hombre de la cabeza de goma y Viaje a la Luna (1902). El crecimiento voraz de la industria conspiró contra el artesano Méliès, que terminó sus días olvidado, en un humilde puesto de juguetes de la vieja estación parisina de Montparnasse. En el centenario de la primera proyección cinematográfica de este gran visionario, en la Sala Lugones se proyectarán sus cortos más famosos y algunos inéditos. Para presentar el ciclo, viajará especialmente a Buenos Aires Marie-Hélène Méliès, su bisnieta y curadora, acompañada por su hijo, que interpretará en el piano la música que acompañan los films. En tiempos de imágenes digitales y diseño industrial de films, un encuentro con la prehistoria del cine, a través de su primer y gran maestro.

 

18/8/96

Wilde y las mujeres

"Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas".

Oscar Wilde

1/6/96

María Casares en Orphée (1950) dirigida por Jean Cocteau.  

15/6/95

El IRA

Por Pablo Lettieri

El éxito de taquilla del film En el nombre del Padre del director irlandés Jim Sheridan, en el que un hombre inocente es acusado de un atentado perpetrado por el Ejército Republicano Irlandés (IRA), vuelve a poner en escena el accionar de un ejército nacionalista de liberación y la vida de una nación sometida desde siempre por el gobierno imperialista inglés. La que sigue es una aproximación a la historia del pueblo irlandés y de su ejército. Un pueblo que lucha desde hace más de 800 años por su libertad.-

Orígenes
La historia del pueblo irlandés se remonta a la época de las antiguas tribus gaélicas, devotas de Roma desde los tiempos de San Patricio. Para buscar los inicios del permanente conflicto irlandés hay que remontarse al siglo XII cuando, debido a una bula del Papa Adrián V que le concedía la soberanía sobre Irlanda, Enrique II decide invadir sus territorios. Estos primeros invasores actuaron de la misma manera que lo habían hecho sus antecesores: se fusionaron con los naturales dando origen a una nueva estirpe.
Cuatro siglos más tarde se pondría en marcha la segunda invasión inglesa que tendría características de verdadera colonización.
Las tierras de los naturales de Irlanda fueron entregadas a campesinos pobres de Inglaterra y Escocia y estos emigrantes económicos conformarían una sociedad paralela, con apoyo desde Londres, para mantener su dominio en el país.
Cuando en 1536 el rey inglés Enrique VIII separó la iglesia anglicana del catolicismo, trató de imponer en Irlanda la nueva religión. Durante más de un siglo se produjeron batallas de resistencia católica al invasor hasta que en 1641 se instaló un gobierno revolucionario irlandés contra el que Inglaterra apuntaría todos sus cañones enviando las tropas guiadas por Oliverio Cromwell.
En 1652 Cromwell obtiene la victoria y comienza un nuevo método de colonización. En lugar de transferir colonos ingleses y escoceses y asentarlos, se les proporcionaba las tierras de los irlandeses y éstos debían trabajar para nuevos patrones las mismas tierras que antes les pertenecían. Por otra parte, los conflictos religiosos se intensificaban. Ser católico en Irlanda implicaba una militancia clandestina que en muchas ocasiones terminaba con la muerte.
Contra todos estos atropellos el pueblo irlandés nunca dejó de luchar. Grandes alzamientos nacionalistas se produjeron en 1641, 1690, 1798, 1803, 1848 y 1867, aunque ninguno de ellos pudo terminar con el dominio de la Corona británica.

La política económica de los colonialistas
Además de perder su independencia y su religión, los irlandeses sufrieron también las consecuencias económicas del dominio inglés.
Ya en el siglo XIX, la legislación británica imponía a Irlanda vender toda la lana exclusivamente a Inglaterra y a la vez, los productos irlandeses relativamente manufacturados sufrían altos gravámenes. Así, Irlanda era víctima de la típica política colonialista de la época. «Antes que la colonización de la India le diese a Inglaterra campo ilimitado para su expansión industrial, la ocupación de la Irlanda católica por los barones protestantes fortificó el poder de la nobleza... sin Irlanda, Inglaterra no hubiese consolidado la Revolución Industrial», afirmó el respetado historiador franco-irlandés Jean-Pierre Carasso, describiendo así la importancia social y económica de Irlanda para Inglaterra.

La Pascua de sangre: nace el IRA
A pesar del poderío de Inglaterra, el pueblo irlandés nunca bajó los brazos. En 1913, el socialista James Connolly, fundador del Partido Laborista Irlandés, decide dar cuerpo a la primera milicia obrera de autodefensa, el Irish Citizen Army (Ejército Ciudadano Irlandés), uno de los embriones del Ejército Republicano Irlandés (IRA) que tanto dolores de cabeza provocaría al gobierno británico. Un año después se decide iniciar una nueva insurrección armada contra Inglaterra.
El 24 de abril, domingo de Pascua, un grupo de uniformados ocupa las oficinas de la Central de Correos de Dublín y el jefe del comando lee una proclama dando nacimiento a la República de Irlanda.
Mientras flameaba la bandera verde, blanca y naranja, Inglaterra preparaba la contrarrevolución, que sería verdaderamente sangrienta. Los republicanos defendieron casa por casa y muchos de ellos murieron por el fuego de las bombas inglesas. Luego de aplastada la resistencia, la represión ejercida sobre el pueblo irlandés -de la que fueron víctimas cientos de irlandeses que no habían participado en el levantamiento- fue tan feroz, que entre la población comenzó a gestarse un sentimiento de simpatía para con aquellos héroes. Se iniciaba así un movimiento del que participaría la mayor parte del pueblo irlandés oprimido. El IRA comenzaría una lucha que ya lleva casi 80 años.

La reacción protestante
La propaganda inglesa se ha empeñado, desde siempre, en mostrar al IRA como un simple grupo terrorista y ha ocultado ante la opinión pública mundial el apoyo del gobierno británico a grupos parapoliciales que ejercieron y ejercen la violencia más brutal sobre los católicos irlandeses.
En la década del '20, la represión sobre los ciudadanos católicos -tuviera o no vinculaciones con el IRA- tenía varios grupos de ejecutores.
Por un lado un cuerpo de milicia -reclutado en Londres entre el lumpen y el subproletariado urbano- cuyo nombre de guerra era Blacks and Tans (negros y marrones, por el color de sus uniformes). Esta fuerza actuó como un verdadero grupo parapolicial que asesinó, torturó y violó impunemente.
En el Ulster (la parte norte de la isla), los protestantes formaron la Special Ulster Constabulary -más conocida en la actualidad como la B Special- cuya misión era y es provocar el terror anticatólico. Esta fuerza contaba con apoyo económico de Londres y el propio ministro Winston Churchill envió en los primeros años cifras millonarias para el mantenimiento de sus hombres.
Paralelamente, se formó una organización política protestante denominada Orden de Orange (en fonor a Guillermo de Orange, duque de York, un anglicano que en el siglo XVII inició una guerra civil contra el rey Jacobo II, católico papista). Los orangistas se autodefinían como la «reserva espiritual» del Ulster: racista, anticatólica y paramilitar; una especie de Ku Klux Klan protestante que se proponía terminar con las protestas de los católicos y continuar con los privilegios para los «leales a la Corona». Muchos de los miembros de esta organización fascista fueron funcionarios del gobierno inglés en Irlanda.
Entre los hechos de violencia ejercidos contra el pueblo irlandés, el más recordado es el del 30 de enero de 1972, cuando soldados ingleses reprimieron violentamente una marcha pacífica de irlandeses organizada en la ciudad de Derry.
A poco de inciada, los soldados comenzaron a disparar sobre la multitud sin hacer caso de los gritos de las mujeres o los pañuelos blancos de rendición. En pocos minutos, 13 personas fueron asesinadas, casi un centenar resultó herido y decenas de viviendas fueron incendiadas.
En la actualidad, muchos de estos grupos siguen funcionando en Belfast, bajo la mirada cómplice de las fuerzas de seguridad. Tal el caso de la Unión de defensa del Ulster (UDA), organización clandestina que lucha contra los «fenians» (que es como llaman a los católicos del IRA), la ya mencionada B Special y la UFF (Combatientes por la libertad del Ulster), que a fines del año pasado asesinaron a siete personas durante los festejos de «Halloween».

Polaroids de Belfast
Alambradas de púas. Vehículos blindados. Cabinas de control. Altas rejas que todo lo dividen. Belfast no es una ciudad sino dos: la protestante, floreciente, con chalets bien pintados y amplios jardines y la otra, la católica, donde la gente vive en condiciones a veces miserable. Allí se ve la pobreza, la suciedad, el abandono y, sobre todo, el temor permanente.
El 40% de los jóvenes no tiene trabajo, uno de cada dos adolescentes abandonó la escuela primaria y tres de cada cuatro muestran dificultades para escribir.
Ninguno de los habitantes de ambos barrios han cruzado jamás palabra y sólo se manejan con gestos de amenaza o directamente por las balas.
En los últimos 25 años, más de 3.000 cuerpos de católicos y protestantes han sembrado las calles de la castigada Belfast.
Mientras que actualmente el gobierno británico de John Major busca dialogar con el Ejército Republicano Irlandés para lograr la paz en Irlanda del Norte, la población católica es diariamente agredida política, social, cultural y económicamente. Irlanda sufre, desde hace más de 800 años, un tratamiento de colonia cuya población es discriminada por el autoritarismo inglés.

1/6/95

motorcycle boy




Mickey Rourke en Rumble Fish (1983) de Francis Ford Coppola.

Los hombres huecos

T. S. Eliot

I
Somos los hombres huecos
Somos los hombres rellenos
Inclinados unos con otros
La cabeza llena de paja. ¡Pobres!
Nuestras voces secas, cuando
Susurramos juntos
Son suaves y sin sentido
Como el viento sobre el pasto seco
O pies de ratas sobre vidrio roto
En nuestra bodega seca
Figura sin forma, sombra sin color,
Fuerza paralizada, gesto sin movimiento;
Aquellos que han cruzado
con mirada decidida, al otro reino, al de la muerte
Recuérdennos, -si es que lo hacen- no como perdidas
Violentas almas, sino sólo
Como los hombres huecos
Los hombres rellenos.

II
Ojos que no me atrevo a encontrar en sueños
En el reino de los sueños de la muerte
Ellos no aparecen
Allí los ojos son
Luz solar sobre una columna rota
Allí, está un árbol balanceándose
Y las voces son
En el canto del viento
Más distantes y más solemnes
Que una estrella desvaneciéndose.
Déjame estar lejos
En el reino de los sueños de la muerte
Déjame también ponerme,
Tales disfraces deliberados
Saco de rata, piel de cuervo,
Cruces del campo santo
Que se comportan como el viento se comporta
No mas cerca -
Ni siquiera en ese encuentro final
En el reino de las penumbras

III
Esta es la tierra muerta
Esta es tierra de cactus
Aquí las imágenes de piedra
Se levantan, aquí reciben
la súplica de la mano de un hombre muerto
Bajo el parpadeo de una estrella que se desvanece.
Es así
En el otro reino de la muerte
Despertando sólo
A la hora en que estamos
Temblando con ternura
Labios que podrían besar
Componen rezos para piedras rotas.

IV
Los ojos no están aquí
Aquí no hay ojos
En este valle de estrellas que agonizan
En este valle hundido
Esta mandíbula rota de nuestros reinos perdidos
En estos últimos lugares de reunión
Vamos a tientas, juntos
Evitando hablar
Reunidos a la orilla del río caudaloso
Ciegos, a menos
Que los ojos reaparezcan
Como la estrella perpetua
Rosa multifoliada
Del reino crepuscular de la muerte
La única esperanza
De los hombres vacíos.

V
Aquí vamos alrededor del espinoso peral
Espinoso peral espinoso peral
Aquí vamos alrededor del espinoso peral
A las cinco en punto de la mañana .
Entre la idea
Y la realidad
Entre el movimiento
Y el acto
La sombra cae
Porque tuyo es el reino
Entre la concepción
Y la creación
Entre la emoción
Y la respuesta
La sombra cae
La vida es muy larga
Entre el deseo
Y el espasmo
Entre la potencia
Y la existencia
Entre la esencia
Y el descenso
La sombra cae
Pues ligero es el reino
Pues ligero es
La vida es
Pues ligera es la
Así es como el mundo acaba
Así es como el mundo acaba
Así es como el mundo acaba
No con una explosión sino con un gemido.

28/5/95

¡Qué metafísico estáis, Sancho! ¿Acaso no habéis comido?

12/11/94

Tom Wolfe y el nuevo periodismo

Por Pablo Lettieri
Publicado en EL ESPEJO

Autor de La izquierda exquisita, Los años del desmadre (Crónicas de los setenta) y de la famosa La hoguera de las vanidades -una provocativa y satírica disección de la clase alta neoyorquina de los ochenta llevada al cine por Brian De Palma-, el norteamericano Tom Wolfe realiza en este trabajo un análisis de cómo surgió, a mediados de la década del sesenta, un nuevo fenómeno que revolucionó el panorama literario norteamericano: el Nuevo Periodismo.
En esa época, el periodismo se limitaba a la elaboración de noticias y reportajes. Si un periodista aspiraba a acceder al rango literario, debía abandonar la prensa popular. Para ellos, el periodismo era una especie de rampa de lanzamiento hasta llegar a lo verdaderamente importante, la ambición era poder subir al peldaño superior, el de Escritor.
Hasta que a principios de los sesenta comenzó a gestarse un nuevo concepto, que consistía en hacer un periodismo que se leyera como si fuera una novela, utilizando técnicas y procedimientos de la literatura de ficción. Los nuevos periodistas debían introducirse en el interior de los personajes y las historias sobre las que escribirían, cambiando frecuentemente el punto de vista del narrador -recurso no utilizado hasta entonces- y asimilando así los vertiginosos cambios que experimentaba la sociedad norteamericana.
Wolfe describe también el impacto que causó este fenómeno en la sociedad literaria de Estados Unidos, cómo fue atacado desde diversos medios conservadores y la resistencia, amargura, envidia y resentimiento que generó en gran parte de los periodistas.
En la segunda parte del libro, una antología de textos de Rex Reed, Terry Southern, Norman Mailer, Nicholas Tomalin, Barbara Goldsmith, Joe McGinnis, Robert Christgau, John Gregory Dunne, y del propio Wolfe, funcionan a manera de demostración de las proposiciones del autor.

El Nuevo Periodismo
Tom Wolfe, Anagrama, España, 214 páginas.

11/10/94

1984


Quien controla el pasado, controla el futuro.
Quien controla el presente, controla el pasado.

George Orwell
1984

25/9/94

El teatro, una droga contra la angustia

Por Cristina Banegas
Publicado en CLARIN

Empecé a actuar en teatro en septiembre de 1967. Hace 25 años. Cuando hice la cuenta de la cantidad enorme de horas de vuelo me pareció que tanto tiempo era una exageración; que cómo había hecho para ir tantas miles de veces a meterme en un camarín, ponerme otra ropa, peinarme, maquillarme y buscar desde dónde saltar a ese otro lugar que es un escenario. No es sencillo hacer un corte en la vida personal y a cierta hora cada noche ser un personaje, hacer otros gestos, decir otras palabras que casi nunca son las que uno diría si se quedara en su casa.
Ese pasaje entre lo privado y lo público, entre lo real y lo imaginario no siempre es seguro ni tranquilo. Ni se trata solo de una cuestión técnica. He salido a actuar desde los lugares emocionales más inconcebibles y sé qué violento puede llegar ser ese paso que nos hace entrar en escena. Me llevó muchos años darme cuenta de que casi siempre antes de actuar me pasaba algo angustioso, un sentimiento de desasosiego que me hacia ir al escenario como si fuera el único lugar posible donde yo era alguien. Como si actuar fuera una droga contra la angustia. Siempre hago el chiste de que actuar es un viaje de ida, porque la sensación de "trip" a veces es muy fuerte. El sentimiento de que esa hiperrealidad del escenario es muchísimo más intensa que la realidad. Como cuando en medio de una función viene una de esas correntadas de imágenes que arrasan con todo y entonces la actuación se hace tan transparente que desaparece y uno desaparece y el escenario desaparece porque empieza a suceder otra realidad y estamos todos, los actores, los espectadores, los técnicos en otro lugar, en otro tiempo.
Debo haberme pasado miles de horas ensayando. En los ensayos suceden algunos de los mejores momentos del teatro. Flashes de aparecidos, gente como en trance, travesías por países desconocidos, como si el grupo fuera una nave del tiempo que inventa planetas.
Algunos pensamos que es como una banda que se arma y se prepara para un asalto. Cada obra es un banco distinto, requiere sus propias estrategias para llegar al tesoro. Es una máquina, un animal mitológico distinto cada vez, que va creciendo en el ojo del director, sostenido por esa única mirada que la hace vivir. Esa privacidad le da un toque como de besarse a escondidas, de entrar clandestinamente a un lugar desconocido, es una intimidad muy rara la de los ensayos.
El público parece un fantasma muy lejano que se acerca a medida que la obra va emergiendo. Entonces empieza a sentirse la sed de estrenar, una necesidad creciente de que vengan de una vez, que todo esto se termine y llegue el público. Siempre antes de estrenar tengo un sentimiento medio lumpen, como de desafío. Ya van a ver, les vamos a perforar el alma. Esa electricidad. Fugaz pero que marque. Que no se olviden. Aunque se olviden.
Cuando termina la función siempre me agarra una cierta urgencia para irme de ahí. Si por los atuendos del personaje tengo que tardar más y escucho cómo se van yendo mis compañeros, me da un ligero terror de quedarme encerrada, que se vayan todos del teatro y se olviden de mí —yo de chica miraba los programas de Narciso Ibáñez Menta—. Siempre tiene un toque de fuga mi manera de salir del camarín.
He tenido buenos y malos compañeros de viaje. Con algunos nos hemos divertido como desaforados actuando juntos. El efecto multiplicador del placer de compartir un buen momento de teatro es algo que siempre se agradece. Con otros nos hemos odiado más o menos disimuladamente. Cada obra es una red de relaciones distintas. Cada función es una trama de historias cotidianas distintas. Entre el bar de antes y el bar de después de actuar, la vida personal, los chismes, las complicidades, esa promiscuidad de los camarines, la trastienda de lo que pasa en el escenario.
Cuando las obras se terminan y ya no hay que ir más al teatro, las primeras semanas hay como un síndrome de abstinencia. Toda esa energía que no va a parar más a la función empieza a estallarme en la cara, no tengo donde colocarla, qué hacer con ella. Y me vuelvo peligrosamente sensible, inaguantable, me creo cualquier cosa, como un efecto rebote del imaginario, como una deformidad del oficio.
Este cuerpito que me va quedando grande ha empapado muchos trajes, destrozado zapatos en unos cuantos escenarios. ¿Cuántos personajes faltan? ¿Cuántos que no hice ya no haré? ¿Qué marcas dejaron? ¿Cómo puedo pasarme la vida haciendo esto?
Hay actores que creen que los personajes son fantasmas, que pueden volver a reclamar por las escenas que no nos salieron. Otros creen que son personas capaces de enseñarnos a vivir mejor. Están los que creen que los personajes no existen y que son solo construcciones de signos más o menos complejos. Y también están los que creen que las personas no existen. He pasado mucho tiempo buscando la religión del teatro, ese borde entre la fe y la creencia, entre la vanidad y la verdad. Yo soy la que está entre cajas, en esa penumbra del escenario, en ese adentro del afuera, donde con un solo paso entro en la luz. Yo estoy ahí, rezando antes de saltar. Se actúa para Dios.
Una vez trabajé en una obra en la que al final me mataban. Quedaba un rato tendida en el piso del escenario, con los ojos abiertos, llorando casi siempre. Era invierno y la calefacción del teatro no andaba. Lloraba de frío, de muerte y las lágrimas, por la posición de mi cabeza rodaban hasta caer adentro de mis orejas. La obra se terminaba. Apagón y aplausos. Me levantaba y todos nos preparábamos para saludar. Luz. Más aplausos. Entonces me inclinaba hacia adelante, reverenciando al público y al bajar la cabeza las lágrimas caían de mis orejas. Mojaba con el llanto de las orejas la madera del escenario.

20/7/94

Viajes al corazón de las tinieblas

Por Pablo Lettieri

El corazón de las tinieblas fue escrita entre 1898 y 1899, en un momento en el que Conrad --para quien llevar a cabo una novela requería un gran esfuerzo-- parecía encontrar mayor facilidad de lo que era habitual en él. Como casi toda su obra es semiautobiográfica. Relata su propia experiencia como marino en el Congo y está «un poco, y sólo un poco, más allá de los hechos reales...»
La historia comienza con el joven capitán Charles Marlowe y el encargo, por parte de una compañía dedicada a la comercialización del marfil, de buscar a Harry Kurtz, el jefe de una misión perdida en los confines de la selva del Congo y que, según rumores, víctima de su misticismo y de la naturaleza ha sido arrastrado por la locura mesiánica.
A medida que avanza en su búsqueda, Marlowe comprenderá que este muy especial viaje no sólo lo llevará a descubrir los oscuros límites de un territorio misterioso, sino también los más oscuros límites de su propia alma.
Si bien El corazón de las tinieblas no es una de las novelas que hicieron famoso a Conrad -comparada, por ejemplo, con Lord Jim o Nostromo- se encuentran presentes en ella muchos de los temas que lo obsesionaban: el problema de la soledad humana, la lucha del hombre enfrentado a la naturaleza, y la angustia por la sensación de vacío, que es la condición espiritual del hombre del siglo XX. El hombre ocupa el centro de su obra, y Conrad está preocupado en probarlo constantemente en situaciones extremas. La tripulación de El negro del Narcisus se encuentra amenazada exteriormente por la tormenta e interiormente por el miedo a la muerte. En La línea de sombra, el joven capitán supera su arrogancia inicial y petulante hasta reconocer sus debilidades físicas y morales.
En El corazón de las tinieblas, Conrad sitúa a dos personajes opuestos en un mismo territorio hostil y los somete a una prueba de carácter. Por un lado, Marlowe -que es su propia proyección dentro del relato- representa la racionalidad y soporta el peso de las leyes sociales. Y aunque no deja de reconocer la fuerza de sus instintos que la selva parece despertar, no se deja conquistar por ella.
Kurtz, en cambio, está desprovisto de presiones sociales, carece de auto-control. “Su corazón está hueco”. Simboliza la oscuridad interior del ser humano. La permanencia en soledad con la naturaleza acaba por dominar a un hombre que no tiene en su interior la capacidad de dominar sus propios instintos.
Pero al final, nada es como parece ser. Kurtz descubre el terrible efecto que la selva ha provocado en él (“¡El horror!”) y lo pagará con la muerte. Y si bien Marlowe ha logrado escapar de los hechizos de ese horror, los cambios provocados durante su estancia no van a desvanecerse con el tiempo. Después del viaje, Marlowe no podrá ser el mismo.
Marlowe y Kurtz simbolizan ambas caras de la naturaleza humana. Y permiten a Conrad enunciar la eterna pregunta sin respuesta: “¿podremos dominar aquella cosa muda o ella nos dominará a nosotros?”.

“Apocalypse Now”:
Coppola filma a Conrad en el infierno vietnamita
El proyecto de filmar Apocalypse Now se había iniciado en 1969, en tiempos de la intervención de Estados Unidos a Indochina. El guionista John Milius y George Lucas se unieron con el fin de filmar una película ambientada en Vietnam. Le pidieron opinión a Francis Ford Cóppola y éste les aconsejó utilizar el argumento de El corazón de las tinieblas. Abandonado el proyecto poco tiempo después por sus iniciadores, Cóppola decide hacerse cargo del proyecto. Comenzaría entonces para él una travesía bastante similar a la de Marlowe.
El sólo hecho de la elección de los personajes principales del film provocó que Cóppola estuviera varias veces al borde del suicidio: Steve McQueen, Al Pacino, James Caan, Jack Nicholson, Robert Redford y Gene Hackman fueron algunos de los actores que quiso incluir en el proyecto y que, por diversos motivos, no pudieron aceptar. Finalmente, decide contratar para el papel del Capitán Willard (el Marlowe del film) a un actor hasta entonces desconocido: Martin Sheen.
Una vez comenzado el rodaje en las Filipinas, a principios de 1976, siguieron los problemas con un film que parecía interminable: un tifón destruye los decorados, el equipo de filmación no soporta la comida asiática (por lo que deben gastarse miles de dólares de comida norteamericana) y los helicópteros destinados a la filmación deben viajar al sur para reprimir una revuelta guerrillera.
El elenco, por otra parte, parecía haberse contagiado la locura que se desprende de las páginas de Conrad. Martin Sheen filma las primeras escenas más borracho que lo que aparece en el film. Dennis Hopper está tan drogado que no recuerda ni una línea del guión, aunque insiste en improvisarlas. Y Marlon Brando se presenta excedido de peso, con su cabeza rapada (decisión que toma sin consultar a nadie, ni siquiera al director) y, para colmo, con la intención de modificar completamente el libreto, según su parecer, «idiota, previsible y sin sentido dramático».
Finalmente, y luego de nuevas dificultades que se suceden durante el montaje, es exhibida durante el Festival de Cannes en 1979. Si bien el guión de Cóppola se basa en El corazón de las tinieblas, se notan también influencias de La reina africana, de John Huston y el Derzu Uzala de Akira Kurosawa. En su momento, Cóppola aclaró que «Apocalipsis Now se trata de una relación experimental y muy personal que debe enfrentar el público con la guerra. Hay una serie de cuestiones abiertas dentro del film, y su final se asemeja a un ejercicio jungiano». Nunca se supo con exactitud a qué final se refería Cóppola, ya que en la versión original el Capitán Willard (Marlowe) mata a Kurtz pero se queda en sus dominios reemplazándolo. Y en la versión definitiva decidida por el público, Willard cumple su misión y regresa a la civilización. Más allá de resultar algo excesiva la pretensión de ejercicio jungiano, lo cierto es que este film de casi dos horas y media de duración ha quedado como uno de los mejores acercamientos a un infierno llamado Vietnam. Y el monólogo final de Brando interpretando al mesiánico Kurtz en el infierno camboyano, como una de las mejores escenas de la historia del cine.


“Heart of Darkness”:
Una adaptación demasiado fiel
Mucho se ha discutido acerca de las adaptaciones que el cine ha llevado a cabo de novelas famosas. William Burroughs cuenta que una vez le preguntaron a Raymond Chandler: «¿Cómo se siente con lo que Hollywood le hizo a sus novelas». Y dice que Chandler contestó: «¿Mis novelas? ¿Por qué? Hollywood no les hizo nada. Todavía están allí, en mi biblioteca».
La anécdota sirve para entender una verdad tan simple como contundente: una cosa es una novela y otra -muy distinta- es la adaptación que, bien o mal, haga un director de cine sobre la misma.
Y tal vez allí radique la principal dificultad de Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas), el film de Nicolas Roeg sobre la novela de Conrad. Y esa dificultad es que respeta demasiado al original. Se parece demasiado a la obra de Conrad y pierde así originalidad y fuerza. La travesía de Marlowe por el río en busca de Kurtz se hace por momentos tediosa, no transmite esa sensación de misterio e intriga en su figura que sí se revela en las páginas de Conrad y que convierte al relato en algo tan poderoso. Cuando nos empezamos a intrigar por Kurtz, allí aparece, en el cuerpo de John Malkovich. Sin embargo, el film posee algunos aciertos: no abusa del recurso de la voz en off y transcribe textualmente algunas de las mejores pasajes de la novela.

1/7/94

Polaroids de locura ordinaria


Por Fito Páez


Bajó por el callejón
en donde estaba él
después vomitó ese ron
manchando la pared


El sol le caía bien
entrando en la avenida
su vida no era mas su vida
pero eso estaba okey


La veo cruzar
cruzando un bosque
la veo alejándose de mí


Sus tetas y sus dos hermanas
tomaban un café
me acuerdo de la mañana
que me mostró su piel


Estábamos en un bar
y se cortó la cara
vibraba como en un nirvana
luego se echó a correr


La veo cruzar
cruzando un bosque
la veo alejándose de mí


Pasábamos todo el día
tirados en la cama
el tiempo maldita daga
lamiéndonos los pies


Brillaba era una perla
y nunca hacía nada
después dijo que me amaba
y se hundió la gillete


Sangró, sangró, sangró, 
y se reía como loca
no he visto luz
ni fuerza viva tan poderosa
de todas ellas
ella fue mi frase mas hermosa
todo su cuerpo con espinas
y a mí me siguen las moscas

27/6/94

X generation

Por Pablo Lettieri

Tienen entre 25 y 30 años. Son seres que han renunciado a la obsesión por el consumo y las modas. No tienen muchas expectativas en el modelo de sociedad propuesto como ideal, del que se sienten marginados. Parecen cínicos y desencantados y tratan de pasar inadvertidos, evitando una etiqueta que ya se les ha adjudicado: son la Generación X.

X es el símbolo de la indefinición por excelencia, que parece ser el estigma de los jóvenes de los 90. Indefinición y vacío de ilusiones y proyectos. Abulia y desencanto. La Generación X representa a los hijos de la recesión y la crisis. Seres de clase media que prefieren moverse dentro del terreno de la escasez. Deben arreglarse con poco porque han renunciado a trabajos no tan mal pagos pero alienantes. Han dejado de luchar por el éxito, la fama y el dinero para retirarse a pequeñas casas despojadas de los lujos del consumo y vivir de malos empleos que les permiten otra perspectiva, lejos del vértigo de las grandes ciudades. Infantiles, inocentes, inteligentes, demoledores. La Generación X oscila entre el idealismo y la incredulidad. Su cinismo es el arma de crítica y rechazo a la antigua moral. Y, al mismo tiempo, la búsqueda de una moral verdadera, menos hipócrita. Son los que suceden a los yuppies, la «generación de la nada», seres devorados por el marketing, desesperados consumidores de marcas y modas, y habitantes de lujosos lofts.
El nombre de Generación X responde a la urgente necesidad de un diagnóstico de época de la identidad de estos jóvenes, marginados del hiperconsumo pero al mismo tiempo tampoco pobres.
Dentro de este clima generacional, la incomunicación típica de las grandes ciudades provoca seres menos interesados por el amor que por la verdadera amistad. La imposibilidad de la independencia total que les impone la sociedad de fin de siglo hace poco probable el desarrollo de relaciones más o menos estables.

Hippies, Mayo Francés y después
Si hay algo claro en estos nuevos jóvenes de los 90 es que se ubican muy lejos de las generaciones que los precedieron y que ejercían una militancia por el mañana. Su militancia se limita únicamente a la dignidad del presente, asumido como complejo y, sobre todo, inestable. Un puesto de trabajo no es para siempre. Una pareja tampoco. No poseen mucha confianza en el éxito profesional o en el ascenso social. El cuadro de situación es claro en ese sentido: esta nueva generación se reconoce como apolítica. Desconfía de los postulados militantes de los 70, toma sus distancias. Cómo no desconfiar de los ideales de aquella generación, la del famoso mayo francés del 68, que decía no interesarse por el poder y que hoy se encuentra totalmente asimilada por él: militantes devenidos en gerentes, viejos hippies convertidos en yuppies.
Sin embargo, aunque no se reconocen como culpables del actual estado de las cosas, tampoco se consideran inocentes víctimas. Carecen de la intencionalidad reivindicativa de sus predecesores. No se sienten rebeldes sino «residuos» de un sistema perverso. Tampoco intentan constituirse en un movimiento ni adherir a un uniforme como los hippies o los punks -uniformes que rápidamente fueron incorporados por la moda-. No tienden a manifestarse sino a ocultarse. No buscan la explosión sino la introspección.


Las referencias culturales
Como cualquier otro subgrupo social, estos nuevos «slackers» (desertores) se reconocen en ciertos códigos culturales que le son afines. Tanto la música de rock como el cine han recogido esta suave estética del vacío y la abulia. Grupos como Nirvana, Red Hot Chilli Peppers o Pearl Jam sintetizan lo que ha dado en llamarse el grunge, una mixtura del idealismo hippie de los 70 y el nihilismo punk de los 80. Las prendas rotas, aspectos andrajosos y una apariencia de «nada me importa» son los síntomas más representativos de esta corriente.
Asimismo, jóvenes directores como Gus Van Sant (Mi mundo privado), Hal Hartley (La verdad increíble) o Ben Stiller (Reality Bites) también muestran en sus films a esta paradigmática juventud.
No es casual que sus ídolos sean los hijos de viejos hippies, devenidos hoy en estrellas cinematográficas. Son admiradores de Winona Ryder -la protagonista del ya mencionado film Reality bites de próximo estreno en Argentina- que pasó muchos años viviendo en comunidad y sus padres pertenecen a la legendaria contracultura bitnik de la costa oeste norteamericana. River Phonix -el actor de Mi mundo privado, recientemente fallecido a causa de una sobredosis- simboliza al nuevo James Dean de los 90 y ese siniestro valor de los jóvenes famosos muertos.

Historias para una cultura acelerada
El título de Generación X proviene de la novela homónima de Douglas Coupland, un joven periodista canadiense nacido en una base de la OTAN en Alemania, que se convirtió rápidamente en best seller primero en Estados Unidos y luego en Europa.
Pensado como un libro «que describa lo que les pasaba a mis amigos», la historia narrada por Coupland es la de tres jóvenes que abandonan sus respectivos mundos para refugiarse en la tranquilidad del desierto de Palm Springs, en California, donde viven de trabajos mediocres pero en un escenario distinto. Mientras contemplan la naturaleza, se cuentan historias y dejan que los días se sucedan. No se trata de un cambio para mejorar, sino por la necesidad del cambio.
Hastiados de las computadoras y del mundo de marketing de las grandes ciudades, reconocen que en el terreno estéril del desierto las cosas no marchan del todo bien pero, al menos, marchan de otra manera.
En medio de la vida de estos tres seres autoexiliados en el desierto aparecen sus propias historias, plagadas de referencias de época, que reflejan sus propias confesiones y miedos. Todo enmarcado por una serie de consignas y neologismos que aparecen al costado de las páginas y que componen un glosario de items ideológicos -«comprar no es crear», «no soy un objetivo del mercado», «nuestros padres tenían más»-, y definiciones del nuevo tiempo -«punto de engorde» (cubículo de oficina donde se encuentra la computadora); «McJob» (trabajo mal pagado); «exitofobia» (miedo al éxito)- entre muchas otras.

Generación X made in Argentina
Es difícil poder decidir si los rasgos de esta nueva especie urbana pueden encontrarse en los jóvenes de nuestras ciudades. Si embargo, si bien pudo desarrollarse una versión porteña del yuppie neoyorquino -aunque, como corresponde a un país subdesarrollado, mucho más pobre, se puede concluir que, con rasgos diferenciales, existe una Generación X Argentina.
Más allá de esa juventud idealizada por algunos formadores de opinión, hay gran cantidad de hombres y mujeres de entre 25 y 30 años que descreen de las ventajas de vivir en una Buenos Aires cada vez más enferma y con menos oportunidades de desarrollo personal. Miran con recelo el esquema de competencia feroz propuesto como ideal y que obliga a una carrera esquizofrénica para encontrar un espacio, cada vez más limitado.
Son los que se convierten en pequeños cuentapropistas o buscan empleos que apenas les permiten sobrevivir pero que al menos les aseguran alguna tranquilidad. No obstante, estas limitaciones no permiten lograr una independencia más o menos estable. Y es así que algunos abandonan el hogar familiar para vivir en pequeños ambientes que muchas veces se ven obligados a compartir para conservar esa «libertad a medias», mientras otros deben continuar habitando a regañadientes en la casa de los padres. Para estos últimos, su habitación se convierte en el pequeñísimo espacio de libertad, un «bunker» donde resistir hasta que los vientos cambien.

¿Retrato de época o moda pasajera?
Las pregunta es: ¿La Generación X refleja un modelo de juventud que se corresponde con la realidad o simplemente es una etiqueta más de la sociedad de consumo? Sea como sea, algunos de los rasgos de esta Generación X están presentes en muchos jóvenes que parecen haber asimilado, al menos, una de las más penosas paradojas de la vida moderna: perder la juventud para conseguir dinero para luego derrochar ese dinero en la recuperación de la juventud perdida.
Han superado la fiebre posmoderna y la obsesión por el consumo, en sus más variadas y engañosas formas. Y reivindican para ellos el derecho a no comprar y a tener expectativas mínimas de vida, si tener que pagar un alto costo por ello.

1/6/94

El huevo de la serpiente

Por Pablo Lettieri
Publicado en EL ESPEJO

Vegetan en la marginalidad de las principales ciudades europeas. Son generalmente desempleados, y ahogan sus frustraciones atacando extranjeros y profanando tumbas. Constituyen una verdadera preocupación para los gobiernos debido a su desmedido crecimiento. Son los «cabezas rapadas», los Skinheads.

Solingen es una pequeña ciudad alemana cercana a Bonn. La mayor parte de sus 150 mil habitantes trabajan en la actividad metalúrgica, en especial en la fabricación de tijeras, famosas en todo el mundo. En las calles de esta aparentemente apacible localidad se puede leer la frase Auslander raus! (¡Fuera extranjeros!). Algo alejada del centro se encuentra la Plaza Weyersberg, donde los Skinheads se juntan para tomar cerveza y molestar a los extranjeros. Cerca de esa plaza, el año pasado cuatro «cabezas rapadas» incendiaron una casa donde murieron cinco mujeres turcas, entre ellas tres niñas, en el que se considera el peor ataque racista de la Alemania de posguerra.

El huevo de la serpiente
Los Skinheads aparecieron por primera vez en Gran Bretaña a fines de los años 60. Nacieron al grito de «Paki bashing» (algo así como «reventar a los pakistaníes»), consigna que incluía el asalto, maltrato y hasta asesinato de cualquier elemento extranjero que llegara a Inglaterra. En los setenta, sus operaciones comenzaron a declinar, pero luego encontraron contención en el partido nacionalista British Movement, en cuyas filas operaron hasta 1982, cuando esta facción desapareció.
Aunque en forma desorganizada, en los años siguientes establecieron distintos grupos, de los cuales el más importante fue Skrewdriver (Destornillador), cuyo líder, Ian Stuart Donaldson, tenía el apoyo del National Front (Frente Nacionalista), un partido de derecha radical.
A principios de los ochenta estos grupos comenzaron a emigrar hacia otros países europeos. Su estilo pseudoideológico comenzó a ganar adeptos entre los desempleados franceses primero y luego se extendieron a Alemania, Bélgica, Holanda, Escandinavia, Italia y España. Pero el mayor crecimiento tuvo lugar en Estados Unidos. Cuando llegaron hace poco más de cinco años eran sólo unos 400. En un año llegaron a 4.500 y siguen sumando miembros. Como en Europa, su accionar consiste en ataques a negros, judíos y a cualquier otra minoría racial o inmigrante.

Radiografía de un skin
Es importante tener en cuenta que los grupos ultraderechistas europeos mantienen profundas diferencias entre sí, producto de las distintas nacionalidades, ideologías y religiones de sus miembros. Pero tienen, al menos, un punto en común: el odio al extranjero.
Así, el antisemitismo de los neonazis ha derivado en xenofobia y por eso los Skinheads alemanes odian a los turcos, los franceses a los árabes, los españoles a los latinoamericanos, los austríacos a los húngaros y checos, y los rusos a los caucasianos.
Los Skinheads no suelen contar con una estructura política organizada, ya que tienden a ser nihilistas y se niegan a sumarse a algún tipo de agrupación. Son utilizados, no obstante, como punta de lanza por los grupos tradicionales de extrema derecha, que los consideran tropa fácil para acciones callejeras.
Al igual que los neonazis, los Skinheads rescatan viejos símbolos de los escombros de la primera mitad del siglo XX: cruces svásticas, uniformes alemanes, manoplas con tachas de metal, borceguíes. Desconocen el significado de estos símbolos pero no ignoran el efecto de terror que producen.
Tampoco poseen una ideología enraizada ni conciencia específica del significado de sus razonamientos filonazis. Son seres «anti»: anticapitalistas y antiliberales por ser pobres. Antisocialistas por oposición al establishment intelectual europeo. Pero su nazismo muere en la mera simbología, que reemplaza a la doctrina, y -como se ha visto- primero se ejerce la violencia y solamente después se busca la justificación ideológica.

Lo qué hay detrás
Más allá de las prácticas de violencia callejera, el extremismo de derecha y la xenofobia son consecuencia de la etapa de reconstrucción de los países capitalistas europeos, que empiezan a devolver la mano de obra del Tercer Mundo utilizada para su crecimiento hace tres décadas. Por otra parte, los gobiernos nunca hicieron una evaluación seria de las implicancias sociales de la unificación alemana tras la caída del Muro de Berlín. Y es este otro de los motivos por los cuales la simpatía hacia las acciones de estos grupos violentos creció de manera preocupante en Alemania. Un estudio realizado recientemente en ese país revela que el 35 por ciento de la población manifestó «comprender las tendencias derechistas como resultado del problema de los extranjeros».
Si los prejuicios raciales persisten a pesar de carecer de cualquier contenido lógico o racional, es porque permiten que se inculpe a un determinado grupo -los extranjeros- de los desequilibrios propios de un sistema injusto. Y porque impiden a los postergados rebelarse contra los verdaderos causantes de sus frustraciones. En resumen, el surgimiento del neonazismo contemporáneo no es otra cosa que una reacción contra el mercado mundial, disimulada bajo la máscara de la xenofobia.
Sin embargo, representa un grave riesgo minimizar estos fenómenos, por más patéticos y retrógrados que parezcan. En los años 30, quienes vieron en el nacionalsocialismo un mal menor ante el supuesto «verdadero peligro» que constituía el comunismo, se llevaron una sorpresa llamada Adolf Hitler.


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