23/12/01

No fue un episodio más

Por Noe Jitrik
Publicado en PAGINA 12

En verdad no puedo sentirme contento por los episodios que han tenido lugar en la Argentina en estos días y menos aún por lo que se avecina. Es cierto que, si De la Rúa tuvo que resignar un lugar que debería haber defendido, también lo es que con ese acto culmina un proceso complicado y tortuoso que me parece que no supo ver ni estimar ni calibrar; por esa carencia tampoco pudo actuar, era impensable que pudiera tomar decisiones cuando no parece que íntimamente imaginara que las imposibilidades podían revertirse de alguna manera: careció de una filosofía y sustituyó esa carencia con la ilusión de un poder que se bastaría a sí mismo pero que no se bastó porque hay muchos otros elementos que lo configuran.
También es cierto que si, cuando se va, deja tras de sí unos cuantos muertos en la plaza, es posible que se sienta desconcertado, no es eso lo que hubiera querido, pero el lugar en el que él mismo se situó no podía sino conducirlo a esa triste ecuación: irse sin poder asistir al velorio. Concluye, pues, un episodio lamentable, marcado por la inoperancia, el equívoco, la falta de audacia, el empobrecimiento, la aquiescencia con la corrupción de la familia política, la mansedumbre ante los más groseros reclamos de los dueños del dinero, la admiración por los vendedores de baratijas como Cavallo, con su secuela de frustración y de tristeza.
Pero no es lo único que ocurrió: ocurrió que al parecer caducaron viejas estructuras mentales pero no se vislumbran las que las puedan superar. Eso hará que, pese a que muchos dicen que las manifestaciones indicaron ante todo un odio total y perfecto al sistema político, pronto habrá elecciones y algunos se preparan ya para enfrentarlas y buscar el voto de los que odian ese sistema con tanta fuerza como para jugarse la vida, como en efecto ocurrió.
Ciertos políticos, los barones peronistas, que esperaban que todo esto sucediera, aunque están preparándose para destrozarse mantienen un discurso que minuto a minuto tiende a hacer creer que lo que sucedió fue un mero episodio más, lamentable desde luego pero olvidable. No lo es: el ataque a los chinos, por ejemplo, implica el fin de un país para el cual la inmigración era la gran promesa; la galería de delincuentes que emergió de las sombras afecta la imagen que los argentinos tienen, publicitariamente, de sí mismos; el asalto a los comercios, por más que se justifique por el hambre no puede sino haber lastimado la dignidad de los que se vieron forzados a ello; el adelgazamiento del pensamiento y el triunfo del lugar común hacen pensar que la pobreza que nos espera no es sólo económica: a un porvenir de encono y de miseria se le añadirá un tedio homogéneo y compacto del que vaya uno a saber cómo nos vamos a redimir.



Requiem para el neoliberalismo

Por Atilio A. Borón
Publicado en PAGINA 12

El final sangriento y bochornoso del gobierno de Fernando de la Rúa tiene un significado que lo trasciende ampliamente. Su violento desalojo de la Casa Rosada simboliza con elocuencia el fin del ciclo marcado por la hegemonía del neoliberalismo en la vida pública argentina. Esta prolongada etapa se extendió por algo más de un cuarto de siglo, desde las postrimerías del gobierno de Isabel Perón hasta nuestros días. El principal ideólogo del proyecto que hiciera posible el ascenso del capital especulativo al puesto de comando de la economía fue el “superministro” de la dictadura militar, José A. Martínez de Hoz; su tenaz continuador a lo largo de casi dos décadas –y bajo tres distintos gobiernos– fue Domingo Cavallo.
La abrupta clausura de este ciclo deja un saldo inolvidable: estancamiento y recesión económicas apenas interrumpidas por breves períodos de artificial dinamismo; aumento fenomenal de la deuda pública; creciente vulnerabilidad externa; crecimiento exponencial de la pobreza, el desempleo y la desigualdad social; crisis de las economías regionales; destrucción del tejido social y auge sin par de la delincuencia y la inseguridad ciudadanas, todo ello asentado sobre una feroz ofensiva en contra del Estado democrático y el espacio público que dejaron a la sociedad a merced de los impulsos antropofágicos de los amos del mercado. Tal como se señaló en innumerables oportunidades, esta fórmula no sólo era incapaz de producir crecimiento económico y bienestar social sino que, además, corroía hasta sus cimientos los fundamentos mismos de la convivencia civilizada y la vida democrática. El gobierno nacional, fiel a su excluyente obsesión por “llevar tranquilidad a los mercados” no percibió que la sociedad estaba marcando cada vez con más fuerza los límites de esta política. Envió un primer mensaje en las elecciones del 14 de octubre, y fue desoída. Varios paros nacionales corrieron la misma suerte, al igual que las reiteradas protestas de los piqueteros. La consulta popular del FRENAPO, donde casi tres millones de personas votaron por un programa económico alternativo, también fue ignorada. Pero los saqueos populares y la gigantesca movilización del jueves a la madrugada le dieron el golpe de gracia, poniendo fin a una época y abriendo las puertas a otra, de naturaleza incierta pero que, en cualquier caso, nunca habrá de ser igual a la precedente.
¿Será un ejercicio prematuro decretar las exequias del neoliberalismo? No parece, habida cuenta de los cambios muy significativos ocurridos en la escena política. No se trata tan sólo de constatar la dolorosa agonía del bipartidismo peronista-radical, responsable principal de la decadencia argentina; ni mucho menos del desprestigio incurable del Congreso nacional. No, los cambios ocurrieron de manera traumática en la conciencia social y de ellos se desprenden dos consecuencias de gran importancia. En primer lugar, la sensación de que en el momento en que la sociedad civil se moviliza adquiere una irresistible “potencia constituyente” capaz de hacer saltar por los aires a cualquier gobierno con mucha más contundencia que el más rotundo resultado electoral. Segundo, la convicción de que se acabó la impunidad para los gobernantes. Si con el juicio a las juntas militares aquélla quedó clausurada para las fuerzas armadas, con el juicio sumario emergente de las movilizaciones populares la época en que los contratos electorales se rompían burlonamente y sin costo ante una ciudadanía desmovilizada y apática ha quedado en el pasado. Antes se podía prometer el salariazo y aplicar la receta del Consenso de Washington, u ofrecer un cambio de rumbo en relación a la política económica del menemismo para luego incurrir en el más obsceno “ultramenemismo”. La defraudación post-electoral casi no tenía costos para el gobernante. Después de lo acontecido en estos días una nueva estafa como ésas puede originar un brote de indignación popular que no se detenga respetuoso antelas puertas de la Casa Rosada o las residencias de los ministros, sino que alimente el deseo de dar un castigo ejemplar a los responsables de la nueva frustración. Y si ése llegara a ser el caso no alcanzarían todos los batallones policiales para contener a una ciudadanía empujada por la desesperación a resolver por medio de la acción directa lo que las instituciones son incapaces de procesar. En síntesis, más vale que los sucesores del fracasado proyecto aliancista vayan poniendo las barbas en remojo si es que tienen la malhadada idea de convocar a algún talibán del mercado, de esos que abundan en el CEMA o en FIEL, a resolver la crisis económica de la Argentina. En tal caso, les convendría recordar la forma en que, bajo circunstancias similares, se produjo la “salida” del gobierno de Mussolini o Ceacescu.

Entre el sueño y la pesadilla

Por Manuel Vázquez Montalbán
Publicado en PAGINA 12

La dimisión del presidente Fernando de la Rúa se produce sobre un paisaje de saqueos y cadáveres, de hambre y muerte. El fracaso del frente vertebrado en torno a los radicales por fuerzas progresistas moderadas que trataban de sacar a los argentinos de la larga agonía de lo que en su día se llamó peronismo, empezó a evidenciarse cuando esos efectivos progresistas complementarios fueron desgajándose y los radicales se quedaron evidentemente solos ante la evidencia de su impotencia para afrontar la crisis.
La crisis actual forma parte de la larga crisis de un país tantas veces reputado como de potencialmente riquísimo, que ya parece un tópico recordarlo. ¿A qué se debe la actual situación de bancarrota que suscita deseos de exilio económico en buena parte de los argentinos? La mala administración del gobierno de De la Rúa figura entre las causas, como figura la dureza con que la crisis asiática golpeó al Mercosur o los problemas de endeudamiento heredados desde los tiempos del falso optimismo económico de las juntas militares. Pero también hablamos de un país en el que las revistas de máxima circulación utilizaron a un ministro de Menem para hablar de la corrupción en términos implicadores: Si dejáramos de robar durante dos años, Argentina sería el país más rico del mundo. Valdría la pena probarlo, dos años no es tiempo, una vez superada la sorpresa de que un ministro se implique en las violaciones del séptimo, creo, mandamiento.
Causas más profundas vienen de desequilibrios estructurales de la economía argentina y de la perpetua, in crescendo, casi dramática ya fuga de capitales. La falta de solidaridad del capitalismo nacional viene de antiguo y se ha visto complicada con la entrada de lobbies vinculados al narcotráfico que han actuado como termitas en las estructuras de poder de buena parte de la América latina democrática. En otro tiempo se podía haber acusado a los sindicatos, al gremialismo todavía entintado de peronismo, de actuar como instrumentos desestabilizadores de la economía. El exterminio durante el proceso, es decir, la dictadura de Videla y compañía, de los cuadros sindicales más políticos, más propensos a una intervención de los trabajadores para modificar el Estado, ha acentuado la indefinición de los todavía poderosos sindicatos.
Si De la Rúa sacó a Menem de su arresto domiciliario para pasearse junto a él ante las cámaras de televisión, fue para convocar desesperadamente un consenso social provisional, avalado por lo que quede del menemismo en el sindicalismo argentino. Es difícil de medir hasta qué punto el menemismo es una pesadilla que para algunos todavía parece un sueño o un angustiado referente para una clase trabajadora que se ha quedado sin pautas, de nuevo lanzada hacia los límites de la pobreza. Buenos Aires tiene dos manifestaciones fijas cada semana: la de las Madres de Plaza de Mayo que reclaman todavía toda la verdad sobre lo ocurrido a sus hijos y la de los jubilados que protestan por sus pensiones de hambre. En una y otra manifestación se puede escuchar el discurso dialéctico de los oprimidos contra los opresores, como si asistiéramos a dos representaciones de Brecht en escenarios y ante espectadores impasibles, tan atentos a las tragedias distanciadoras como a las comedias de presidentes restaurados por el colágeno, encumbrados sobre una ciudadanía a la que se le prohíbe retirar de los bancos, de su propios ahorros, lo necesario para vivir.
Porque tal vez el drama que se representa, una vez más, es el de la impotencia de la razón de la mayoría contra la lógica de la situación controlada por la oligarquía y en último extremo por los de a caballo, es decir, por un ejército que se ha apoderado del Estado cada vez que esa oligarquía ha perdido las riendas. Las medidas globalizantes del Fondo Monetario Internacional no han hecho otra cosa que acentuar la pauperización de un país potencialmente rico, realmente pobre. Pero no en cultura porque cuenta con las capas medias más cultas de América Latina ycon los psicoanalistas mejor preparados para estudiar el síndrome de la autodestrucción inculcada aunque sea como consuelo.

El único cálculo posible

Por Abelardo Castillo
Publicado en PAGINA 12

Sin necesidad de hacer ningún análisis profundo, el estado del país es éste: mueren alrededor de cien chicos por día. Eso hace en un año treinta y seis mil, más del total de hombres y mujeres que la dictadura mató en siete. La desocupación es tres veces mayor que cuando Alfonsín tuvo que adelantar las elecciones a causa de la hiperinflación. ¿Es necesario otro análisis? Esta es, y seguirá siendo durante bastante tiempo, nuestra realidad.
La inoperancia, por no decir el autismo suicida, de De la Rúa y la paranoia financiera de Cavallo no son los orígenes de este caos, pero no dejan lugar a duda de que son lo que ha terminado de poner al país en este callejón sin salida: los muertos en Plaza de Mayo, los miles de detenidos, la gente debiendo robar por hambre en los supermercados y el caos adicional que, ante una situación así, se genera con los que se aprovechan del caos agregando el vandalismo.
Los economistas y los políticos tienen ahí una prueba irrefutable de que, debajo de sus ecuaciones matemáticas y cálculos electorales, hay siempre un hombre que se muere de hambre o una madre que no puede mandar sus hijos a la escuela, o una familia entera que tiene que salir a robar supermercados para comer. Lo único que espero es que los políticos dejen de lado las especulaciones electorales –porque es evidente que están calculando en este mismo momento si conviene que el presidente provisional esté noventa días en el cargo y dé elecciones, porque hay quien piensa que en esas elecciones no podrían participar los viejos candidatos que son los que nos llevaron a esta situación.
No sé cómo se implementa una solución a este dilema. Lo que sé es que, si existe, debe partir de la siguiente certeza: no es que no deba pagarse la deuda externa. Sencillamente no se puede pagar. O, para decirlo más claro, la certeza es doble y es el único punto de partida desde el que se puede buscar una solución: la deuda no se puede pagar y el pueblo argentino debe comer.

Las diferencias

Por Roberto Cossa
Publicado en PAGINA 12

Renunció De la Rúa. Hay una sensación generalizada de alivio. También hubo alivio el día que fue derrocado Arturo Illia; y lo mismo ocurrió cuando cayó Isabelita. Hubo alivio mayúsculo cuando los militares se fueron; y también cuando en su momento Alfonsín y Menem dejaron el poder.
Pero hay una diferencia. En 1966, Perón vivía y coleaba y era garantía de un recambio; en el ‘76 estaba la alternativa de la democracia; en 1989 Menem renovó el optimismo de las clases populares; y con el triunfo de la Alianza, finalmente, un vasto sector de la ciudadanía recuperó sus sueños de una posibilidad progresista. En cada caso el pueblo sintió que tenía un futuro. Pero ahora, ¿qué? ¿Quién? ¿Cuál es el hombre o el modelo que se instalará desde hoy en el imaginario popular? ¿El justicialismo? ¿Ruckauf, De la Sota, Reutemann, Menem otra vez?
El pueblo que necesita un cambio se ha quedado solo. Volteó un gobierno, pero no sabe muy bien cómo seguir. Y encima desconfía.
Existe un discurso que, con vocación perversa o ingenuidad bienintencionada, se ha instalado en el país: que los argentinos somos todos iguales, igualmente responsables de lo que nos pasa e igualmente dueños de nuestro futuro. “El país lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”. “Si los argentinos nos unimos, tenemos un futuro venturoso”.
¿Quiénes somos los argentinos? ¿El pibe embrutecido y humillado por la miseria que tiró la piedra y también el cana embrutecido por el odio que le pegó un balazo en la cabeza? ¿Quiénes se van a unir? ¿El desgraciado comerciante de Don Orione con el más desgraciado vecino que le saqueó el paquete de polenta? ¿Se van a juntar Videla con Pérez Esquivel? ¿Escasany con De Gennaro?
¿Qué significa ser argentino? ¿Haber nacido en la Argentina?
En la Argentina hay ciudadanos que tenemos una vivienda decente, derecho a la asistencia médica, educación y acceso al ocio y a la cultura. De ahí para arriba, al yate y al avión privados. Somos los que, más allá de las enormes diferencias, vivimos bien. Pero no todos los que vivimos bien somos iguales, ni pensamos lo mismo, ni podremos unirnos. Hay categorías. Siempre las hubo, pero ahora que no existen modelos en los partidos políticos ni estructuras que nos convoquen mayoritariamente, la lectura es otra. Porque entre los que vivimos bien hay diferencias. Están los que no pueden vivir bien mientras no haya otros que vivan mal. Son los que lucran con el mal ajeno. Están también los canallas. Su vida no depende de los padecimientos de los otros, pero necesitan que haya víctimas para aumentar el placer de su bonanza.
Afortunadamente, los que son felices con la desgracia ajena son una minoría. La mayoría no se siente feliz porque a los otros les vaya mal. Pero tampoco infeliz. No les importa. Son los que pueden vivir bien aunque otros vivan mal. No les agrada la desgracia ajena, pero tampoco se hacen cargo. Finalmente hay otra minoría: los que no pueden vivir bien mientras haya gente que viva mal. Son aquellos llamados, genéricamente, progresistas, solidarios, de izquierda. El futuro de la Argentina está en sus manos, siempre que haya una fuerza, un partido, una organización, que ponga en escena el espacio para unirlos y generar una alternativa verdadera y permanente.
Sólo habremos alcanzado la verdadera democracia y el ingreso a una sociedad civilizada el día en que no haya argentino sin comida, sin salud y sin educación. Hay que terminar con los argentinos que viven mal. Y ésa es tarea exclusiva de los argentinos que viven bien y que no soportan que haya compatriotas que vivan mal.
El desafío es simple, pero complejo, dificultoso: unirnos por encima de los partidos y de las estructuras políticas. La gente está. El deseo está. Sólo es cuestión de estrategia.

Cómo defenderse de los políticos

Por Eduardo Belgrano Rawson
Publicado en PAGINA 12

Ante todo, cortándola con los diagnósticos. Es el terreno que les encanta, el pantano donde nos mantendrán entretenidos para que nos perdamos más fácil. En segundo término, no creer que bastan las buenas ideas, dejando que ellos se ocupen de instrumentarla. Por el contrario, ellos se encargarán de volverlas inofensivas. El Consejo de la Magistratura es el mejor ejemplo, el fracaso más estruendoso de la democracia. Finalmente, obligarlos a que, antes de las próximas elecciones, digan cómo harán:
para cambiar la Corte Suprema;
para impedir que los caudillos del interior continúen con sus desmadres, llevando sus provincias a la quiebra mientras prosigue el banquete;
para que los partidos políticos dejen de ser agencias de empleo de militantes desocupados;
para defendernos de la familia del presidente;
para terminar con la política del “Sí, George”;
para acabar con todas las jubilaciones de privilegio;
para que los candidatos con algún prontuario queden fuera de la carrera;
para sacar una ley antimonopólica en serio;
para desvincularse de sindicalistas que nunca se ocupan de los trabajadores;
para que el país deje de estar gobernado por una corporación financiera;
para no figurar jamás en la nómina de algún empresario.
Para qué seguir. Tampoco hay que ser maniático. A ver si porque rompimos unas vidrieras nos creemos de pronto que merecemos ser Dinamarca. Hoy por hoy, seguimos en Africa. Pero este papelucho de intenciones mínimas podría servir de algo. Si se lo mostramos a ellos, seguro que nos dirán “Frafraslafra”, mientras nos estrechan en un abrazo, con los ojos preñados de lágrimas. Entonces nosotros, “dunga dunga”. Y avanti con el voto castigo. Ma sempre avanti.

La disolución de la Argentina y sus remedios

Por Beatriz Sarlo
Publicado en PAGINA 12

El poder ha vuelto adonde estaba en el siglo XIX, antes de la organización nacional. Los gobernadores, los senadores que representan a las provincias y, por supuesto, también los diputados (que representarían a la ciudadanía sin divisiones provinciales) deciden la forma que tendrá nuestro futuro más inmediato. A cualquiera le queda claro que son los gobernadores quienes tienen la voz cantante y es por eso que el poder del estado nacional está repartido, desigualmente, entre los estados provinciales. La Argentina ha destruido aquella construcción nacionalestatal que le costó esfuerzo, sangre y guerras. Lo que vendrá puede ser, entonces, un país dividido entre las potencias locales que lo integran (ésta es la peor hipótesis) o una nación que decide, por segunda vez en su historia, organizarse como estado. La decadencia final o un largo y difícil camino de reconstrucción republicana, que sostenga una democracia igualitaria.
En este cuadro de estallido del poder central en poderes locales, el peronismo será el protagonista decisivo. No sólo porque ganó las últimas elecciones, sino porque obtuvo, desde antes, la mayor parte de los poderes locales. El peronismo exportará sus conflictos o sus acuerdos a toda la nación. La Argentina, una vez más, depende de este partido. Así son sencillamente las cosas: de lo que haga el peronismo, del acuerdo a que lleguen sus señores provinciales, dependerá el curso de la política. Y, se sabe, en la sala donde se sientan los grandes electores justicialistas, hay de todo: oligarcas reaccionarios, populistas conservadores, proteccionistas, liberales moderados.
En paralelo, sin duda, las fuerzas sociales reclaman ser escuchadas. Que se las escuche será una verdadera novedad porque, en los últimos diez años, tanto Menem como De la Rúa fueron ejecutores de un régimen político que tuvo en cuenta exclusivamente los intereses del capitalismo financiero más concentrado y, en los márgenes, de un grupo formado por los muy poderosos del capitalismo local.
La Argentina necesita cambiar de régimen político. Y digo esto en un sentido fuerte: es necesario que las instituciones dejen de ser una red de transmisión de órdenes de ese sector capitalista completamente minoritario, que no ha vacilado en castigar a la sociedad con los sacrificios más crueles, presentados como la única salida posible.
Las puebladas que dieron por tierra el gobierno caricaturesco de De la Rúa no son una base para pensar este cambio de régimen. Ellas estuvieron animadas por un fuerte sentimiento antipolítico, que tiene todos los motivos bien a la vista. Ese sentimiento es un síntoma, no un remedio. Los que estuvimos en las manifestaciones, vimos allí una fotografía de la sociedad: la cultura de calle de los barras bravas y la cultura de manifestación de las capas medias, la furia de los marginales y la moderación de los jóvenes que iban con sus botellas de agua mineral o sus bicicletas. Todos se sintieron estafados y victimizados. Todos rugían contra los políticos.
Y, sin embargo, lo que la Argentina necesita, además de dar comida ya mismo a millones de personas, es una larga y trabajosa construcción de un nuevo escenario político. O, más que un escenario, un nuevo tipo de relación entre política y economía, entre gobierno y capitalismo: una relación de la mayor autonomía. Escribo esto y no dejo de percibir que la tarea es gigantesca y que los protagonistas hasta hoy sólo han discutido mínimas porciones de poder. Sin embargo, la cuestión se plantea en términos nítidos: cambio de régimen o decadencia nacional que, además, comporta sufrimientos que incluso hoy no imaginamos.



11/10/01

La ficción como modelo

(...) "como los relatos siempre han sido los grandes proveedores de modelos, toda ficción que no quiera colaborar con el dominio y el crimen debe ponerse en cuestión a sí misma. Dicho de otro modo: la ficción convencional se cree un instrumento para explorar el mundo, pero se emperra en ignorar que, como todo instrumento, puede funcionar mal, averiarse o tener efectos paradójicos".

Marcelo Cohen

20/9/01

Aburrimiento

Salvo algunos momentos,
breves,
el resto es aburrimiento,
sólo aburrimiento.

Cazuza

22/7/01

La máscara infinita

Por Marcelo Cohen
Publicado en CLARIN

David Foster Wallace, nacido en 1962, es el escritor estadounidense que más fanáticos ilustrados ha logrado reclutar después de los ya eminentes John Barth y Thomas Pynchon. Como creció entre 500 canales de TV y el auge universitario del post-estructuralismo, Foster Wallace tiene una crispada conciencia de que la cultura de su país ya no puede confiar en la transparencia de la persona ni la realidad de las sensaciones. Por eso se abstiene de escribir sus relatos desde una idea previa, y por lo tanto de concebirlos desde el desenlace para atrás. Con tal de examinar a fondo lo que su imaginación inventa, resigna de buena gana la autoridad que ejercen otros narradores para mantener al lector sujetado. A veces lo mejor de sus cuentos es una flagrante falta de rumbo, como si aprovecharan las alternativas que se abren con cada frase.
Sin duda Foster Wallace piensa que las sólidas certezas y la solvencia técnica de algunos humanos se combinan bien para crear dictaduras. Pero también piensa que pocos humanos se las arreglan sin un modelo de conducta; y que, como los relatos siempre han sido los grandes proveedores de modelos, toda ficción que no quiera colaborar con el dominio y el crimen debe ponerse en cuestión a sí misma. Dicho de otro modo: la ficción convencional se cree un instrumento para explorar el mundo, pero se emperra en ignorar que, como todo instrumento, puede funcionar mal, averiarse o tener efectos paradójicos.
Por su parte, a Foster Wallace le interesan la rara fluidez de los hechos y la distancia como condición del amor; cree más en la energía y la amplitud del relato que en su poder de hechizo. Publicó una novela de mil páginas llamada Infinite Jest, que trata de los complots en torno a un filme tan cómico que puede matar al espectador o lobotomizarlo, y varios libros más; el primero acaba de traducirse al español.
La niña del pelo raro (1989) consta de diez cuentos de extensión y forma muy diversa, el último de los cuales, "Hacia el oeste, el imperio continúa", es largo y angustiante. Para festejar los 20 años de una publicidad muy popular, McDonald''s convoca a todos los ex niños que participaron en la campaña a una fiesta mediática en Collision, Illinois, donde está el primero de los locales estelares que la cadena llamó "Casas encantadas". Debido a un retraso de vuelo, el genio publicitario J.D. Steelritter y su hijo De Haven —forzado por J.D. a oficiar de anfitrión vestido de payaso— llevan al festejo, en un auto achacoso, a un ejecutivo fóbico, a la escuálida y engreída escritora en ciernes Drew-Lynn Eberhardt y a su novio Mark Nechtr, campeón de tiro con arco y adonis sereno que se consume por dentro preguntándose cómo escribir sin ser ingenuo ni hipócrita. Drew-Lynn y Mark son las promesas del encumbrado Seminario de Escritura que el novelista C. Ambrose dicta en una universidad de Nueva Inglaterra. Hay un libro de Ambrose, Perdido en la casa encantada, que para los alumnos es el canon de la metaficción posmoderna y el relativismo ético; y Ambrose no es ajeno a que su amigo Steelritter haya llamado "Casas encantadas" a los locales McDonald''s. La sexta y estoica pasajera es ex mujer de Ambrose y también fue publicitaria.
Lo peor de la situación es que no proviene de un complot, sino de una natural relación de funciones culturales. Al borde del camino se extiende la llanura central americana. Rencillas y dilemas saturan el ambiente del coche. Mark piensa que, más allá de las ventanas, los negocios y la publicidad nublan el paisaje sin que la novela paródica que pregona Ambrose consiga aclararlo un poco. Dentro, la cercanía de los cuerpos corroe lo que queda de afecto. De Haven se atormenta buscando el reconocimiento del padre, JD no entiende a quién puede interesarle una casa encantada McDonald''s. Mark y Drew-Lynn ignoran si los une la emulación o la indiferencia. Todo lo real se aleja más y más; y Foster Wallace trata esta extravagante situación con una obstinada lentitud, como si la atención del narrador al detalle pudiera dar a los personajes la ocasión de salvar las suspicacias que los aislan; como si la atención muy abierta y la digresión constante fueran un remedio aceptable para un deseo aturdido por los simulacros.
Foster Wallace hace con esa anécdota exactamente lo contrario de lo que haría un narrador "vívido y continuo", por ejemplo John Irving: va mostrando el revés de cada artimaña narrativa. Y es que en sus cuentos sobre gente acomodada, hiperconsciente y triste se juega el drama de la actual ficción norteamericana, que para él está atrapada entre un falso realismo ciego a los hechos —porque les impone las reglas del arte representativo— y un elogio de la autonomía literaria que abjura rencorosamente de la realidad.
Por cierto, forzar hasta el paroxismo el poder de la literatura para crear más literatura es lo que hizo el inimitable John Barth, notoriamente en los cuentos de Perdido en la casa encantada. Se ve entonces que en ese coche Foster Wallace concentra todo lo que su generación debe superar para entender el desasosiego de un país desrealizado. Con un pie en Melrose Place y otro en la metaficción (Barth incluido), observa una cultura que puede aniquilarse toda de placer en formas que otras culturas desconocieron, y que por eso mismo puede sondear zonas desconocidas de la mente. ¿Cree de veras la Norteamérica de hoy que el placer ilimitado es la libertad? ¿Supone que el objeto de la vida es experimentar todo el placer posible? Foster Wallace sugiere estas preguntas sin miedo al ridículo, con la levedad que aprendió en las sit-com y el desdén por la voz de autor que le inculcó la posmodernidad, pero también con la vieja fe en que los hechos son para el narrador no un problema sino un estímulo.
Estos cuentos son una muestra perfecta de la cantidad de historias interesantes que puede dar una estética relajada. Héroes del periodismo, villanos de la empresa, figuras históricas, leyendas del deporte, presentadores famosos y hasta dinosaurios pueblan La niña del pelo raro, junto con personajes que van del manager deprimido hasta el psicótico de frontera.
En "Animalitos inexpresivos", por ejemplo, una chica que tiene una racha triunfal de años en un concurso televisivo es derrotada por un hermano autista, en un encuentro que urden los productores cuando el lesbianismo de la genia se les vuelve engorroso. En "La niña del pelo raro", un joven millonario nacido entre militares alivia su angustioso sadismo en un concierto de Keith Jarret, en compañía de un grupo de punks trogloditas. Todos, famosos y miserables, se enfrentan con la productiva impotencia, no ya de practicar la sinceridad, sino de definirla o identificarla.
En el mismo grado de indefinición está el lenguaje de Foster Wallace, lo cual se dice aquí como elogio. Para despojarse del estilo hace falta un talento dúctil, entrega a los argumentos, diletancia y amor a secas. El beneficio puede ser, como en este caso, una coherencia hecha de surtido; un efecto de franqueza logrado por la abundancia de máscaras. Y hasta la promesa de que el cuento, ese género herido de imitación, también puede ser reinventado.

20/9/00

Lo desconocido

Lanzarse a lo desconocido,
desde lo que es conocido,
pero intolerable

Béla Bartók

27/11/99

La historia de Salomé

Por Ernesto Schoo
Publicado en LA NACION

En 1884, Oscar Wilde viajó a París en luna de miel. Acababa de aparecer la novela que apasionaría y escandalizaría a Europa: "Ë Rebours", de Joris-Karl Huysmans, donde se narran las andanzas de un tal Des Esseintes, epígono del decadentismo, en procura de agotar todas las sensaciones más exquisitas y refinadas, aun en la esfera de la crueldad. Oscar quedó fascinado con la descripción de una de las pinturas que el simbolista Gustave Moreau dedicó a la princesa de Judea, Salomé, contemplando la cabeza cortada de San Juan Bautista. Nada podía complacer más a Wilde que ese párrafo, mezcla de sensualidad perversa y catálogo de joyería.
Siete años más tarde, siempre en París, Wilde fue presentado a Mallarmé, que por entonces escribía su poema "Herodías". Al parecer, surgió en el irlandés el deseo de emular a su colega con una composición sobre el mismo tema. Quiere la leyenda que al ver en el Moulin Rouge a una acróbata rumana que bailaba sobre las manos, Oscar la asociara con la curiosa representación de Salomé en algunos capiteles y pórticos de catedrales góticas (Amiéns, Ruán), y resolviera mostrarla en una obra de teatro. De vuelta en su hotel, durante toda la noche y hasta la madrugada, Wilde habría escrito "Salomé" de un tirón y en impecable francés.
Wilde le leyó la pieza a Sarah Bernhardt, que se propuso estrenarla en esa ciudad al año siguiente. Los preparativos avanzaron, pero no habían contado con la estricta censura británica (abolida tan sólo en 1968) que prohibía llevar personajes bíblicos a escena. También fue objetada la sensualidad con que Salomé alaba el cuerpo del Bautista, sin reparar en que se trata de una paráfrasis del Cantar de los Cantares; así como las invectivas del Precursor contra la adúltera Herodías, madre de Salomé, provienen de los profetas Isaías y Ezequiel, y del Apocalipsis la descripción de la gran prostituta babilónica.
Tal fue la verdadera causa de la prohibición de "Salomé" en Inglaterra, y no el escandaloso proceso de Wilde, que estallaría en 1895. Cuando la pieza se estrenó por fin en París, el 11 de febrero de 1896, en el Théâtre de l´Oeuvre, dirigida por el célebre Lugné-Poe y con una tal Lina Munte como protagonista, su autor languidecía en la cárcel de Reading. En Londres no se la pudo representar públicamente (sí en privado) hasta 1931.

19/9/99

Sueño

El verdadero sueño es la capacidad de soñar sabiendo que se sueña.

Nietzsche

13/9/99

“Finjo ser otro, con la mayor sinceridad”

Por María Esther Gilio
Publicado en PAGINA 12

Con El adiós del matador, que abrió el festival de teatro en Buenos Aires, Vittorio Gassman dice que se despide de su público. Pero no muchos logran creer a este hombre que no entiende la vida sin actuar. “No debería fumar -.dijo a los periodistas que lo esperaban en Ezeiza–, pero, ¿alguien tiene un cigarrillo?”. En la siguiente entrevista Gassman habla del oficio del actor, de su amor por clásicos y modernos, de las diferencias entre la actuación en teatro y cine.

¿Si hubiera nacido hace trescientos años, también habría sido actor?
¿Por qué esa pregunta?

Porque era muy duro ser actor hace 300 años, ya que el actor era excluido de la sociedad.
Sí, la situación era difícil en esos tiempos. En la época de Platón el actor era marginado, luego lo marginaron las religiones. Lo consideraban inferior.

–Hoy el actor ha pasado al otro extremo. Es amado, su lugar es envidiado. En algún sentido sigue siendo un ser diferente, excepcional.
–Sí, pero esa excepcionalidad se traduce en privilegios y también en responsabilidades.–Usted habla siempre de la seguridad que le da el escenario. Dice: “Allí me siento seguro”. ¿Además de seguridad no podría hablar de felicidad? Pocas veces un actor trasmite una imagen tal de felicidad en un escenario. Cuando la escena es cómica y también cuando es dramática. ¿Felicidad? No sé: la verdad es que me encuentro a gusto haciendo el juego del teatro, aun cuando muchas veces se trate de un juego algo, peligroso.

–¿Por qué peligroso?
–Porque se exploran los grandes temas que preocupan al hombre. No sé... tal vez tiene razón y se pueda hablar de felicidad, ya que hay en ese juego incluso placer físico. Un gran erotismo.

–¿En definitiva nada tan placentero como el teatro?
–¿No será eso exagerado?

–Creo que en su caso no lo es. Eso piensa uno cuando lo ve actuar.
–La verdad es que se trata del lugar donde me siento más a mis anchas, porque corresponde a mi visión de la vida. Se da allí una de las tantas contradicciones propias del teatro. La escena es el lugar donde uno finge ser otro y donde sin embargo es necesario buscar al máximo la sinceridad. Esa exigencia del teatro se adapta exactamente a mi naturaleza y es la base de la naturaleza histriónica.

–Hay actores que, cuando hablan del personaje que representan, dicen: “Yo entré al personaje”, otros dicen: “El personaje entró en mí”. ¿Cómo se referiría usted a esa experiencia de transformación?
–Yo no podría dar una respuesta definitiva. Depende de las ocasiones. Son muy distintos los modos como me acerco a un personaje con el que busco mimetizarme totalmente. Y hay ocasiones en las cuales la persona del actor está también en el escenario con toda su responsabilidad privada.

–Yo insisto en esa imagen de felicidad que usted trasmite aun en el caso de estar representando una escena dramática.
–Son los contrastes, las contradicciones de la profesión. Ya lo dijo Stanislawsky: “Un autor para representar una situación feliz debe ser feliz, y para representar una situación infeliz...

–¿También debe ser feliz?
–Sí, exactamente. Se trata de la felicidad que da la pasión por el arte.

–¿Le ha ocurrido, teniendo algún dolor físico, que éste desaparezca mientras actúa?
–Desaparecer del todo no, pero sí, por lo menos, hacerse mucho más soportable. Ocurre otra cosa curiosa en escena. Se trata de que el actormultiplica sus energías de tal manera que puede levantar pesos que no levanta en la vida corriente.

–Me gustaría que me contara de sus estados de ánimo desde el momento que llega al teatro, se viste, se maquilla, entra al escenario, hace su personaje, recibe los aplausos y vuelve finalmente a la vida cotidiana.
–He aceptado esta profesión en su totalidad; su ritual me gusta. Llego al teatro generalmente un poco antes, no porque me sea necesario para la concentración, sino porque el teatro es un lugar donde me siento bien, donde encuentro los compañeros que van a compartir esa hermosa experiencia conmigo. Maquillarme, vestirme, también me da placer.

–¿Y el aplauso?
–El aplauso es algo a lo que todos los actores naturalmente aspiramos. Algo que forma parte del ritual. Podría ser considerado una cosa superficial. Pero no lo es, es una forma de reconocimiento del público al trabajo del actor. Hecho al cual todos los actores aspiran. El actor que diga que no ama el aplauso miente.

–¿Y cuando el aplauso termina, la sensación no es tal vez parecida a la que se tiene luego de hacer el amor?
–Sí, hay un cierto cansancio unido a una sensación de vanidad satisfecha en grados diversos. Y otra vez me toca citar a Stanislawsky el cual hacía un parangón muy hermoso entre el amor, la creación de una nueva criatura, de un hijo y la creación de un personaje con todas sus faces. El coup de foudre, la pasión, la lucha, el orgasmo y el cansancio final.

–Hace un momento usted habló de la vanidad. Dario Fo me dijo una vez: “Yo no soy narcisista”. ¿Usted cree que puede existir un actor sin narcisismo? ¿No forma parte, el narcisismo de la esencia del actor?
–Creo que el narcisismo en gran o en pequeña medida es natural al actor. La profesión de actor implica una cierta impudicia, una impudicia fea o hermosa, esto depende del gusto y la capacidad del actor. Pero el desnudarse ante terceros es de la esencia de la actuación. Esto no puede hacerlo quien no tenga por lo menos alguna dosis de narcisismo.

–Si el actor tiene una conciencia tan clara de esto, tal vez, podrá transformarlo, hacer algo creativo con su narcisismo.
-El actor puede equilibrar el narcisismo con la seriedad profesional y con la disciplina.
–¿Cómo es su conducta en el escenario, es semejante a la que tiene en la vida corriente?–Soy democrático en el escenario. No soy prepotente. Pongo el máximo de cuidado para no coartar las escenas de los otros. Puedo asegurar que jamás hago una escena de manera tal que pueda oscurecer la escena del otro. Soy cuidadoso de que esto no ocurra. A pesar de los egocentrismos infaltables, ya que cuando uno está en un escenario siente que es el centro del universo -.dice con sonrisa casi tímida. Difícil de imaginar en el Gassman que conocemos–.–¿Y cómo es en la vida corriente?–A esta altura de mi vida soy muy parecido a eso, aunque nunca tan atento, tan sensible, tan respetuoso de los derechos del otro. –¿Mientras actúa, hay una invasión total de parte del personaje, o hay siempre en usted una parte fría, racional, crítica, que controla?–La situación ideal se da cuando uno consigue conciliar estas dos cosas de manera equilibrada, es decir, cuando hay una parte que es presa de la emoción, pero hay también una parte que controla los desbordes. Se trata de una especie de amasijo químico, ideal que es propio solamente del teatro.–Usted trabaja en forma intensa tanto en teatro como en cine, ¿cuál sería la diferencia esencial entre estas dos formas de actuación?–La diferencia está en la jerarquía de los valores, la parte creativa en el cine es del director. El actor es un objeto, aunque importante, unaparte del material plástico que el autor, es decir el director, utiliza para su obra. Mientras, en teatro, el autor es el vehículo más secreto, fundamental de lo que se quiere expresar. Es posible concebir un teatro sin autor, pero no sin actor.–¿Y en un sentido más general cuál sería la diferencia entre teatro y cine?–El cine es un arte realista y narrativo. El cine cuenta cómo son las cosas, mientras el teatro es un arte de metamorfosis, de cambio, porque busca siempre nuclear las cosas. Y en ese sentido, muy a menudo, uno de los efectos del teatro es la catarsis, la catarsis del público. El teatro, además tiene una dinámica particular fundamentalmente simbólica, mientras el cine es un arte fundamentalmente realista.–¿En qué medida el éxito ha modificado su vida?–Yo amo el éxito y siempre lo he buscado. A veces lo ha buscado bien y a veces mal.–¿Qué quiere decir?–Que algunas veces el éxito vino por cosas que lo merecían y a veces por cosas que no lo merecían.–¿El éxito entonces puede ser peligroso, deformante?–Creo que el éxito ayuda, salvo que uno sea propiamente un cretino o un egocéntrico exasperado. Ayuda, sobre todo si uno consigue distanciarlo y reconocer la parte de azar o casualidad que siempre hay en el éxito por más merecido que sea. Lo importante es saber usarlo. Si se lo usa bien, puede ser un medio importante que permita un mayor desarrollo de la generosidad y la bondad de un individuo.–Es decir que, desde el punto de vista profesional puede ser algo positivo, ¿y desde el punto de vista de la vida privada?–Bueno, la carrera y la vida se confunden, se mezclan. A veces esta mezcla es positiva, pues ambas se han conciliado bien, otras veces hay un combate entre ambas. De cualquier manera es ya demasiado tarde para mí. Ya me resulta imposible distinguir, separar mi vida privada de mi carrera.–¿Cuáles han sido los hechos más importantes en su vida, los que netamente han marcado períodos en ella?–En mi vida privada, como en la vida de cualquiera han sido importantes mis enamoramientos, la muerte de mi padre, la muerte de mi madre. El nacimiento de mis hijos.–Sobre todo el de Giaccomo.–¡Claro! Es un hijo que llega cuando yo tengo la edad del abuelo, no del padre. Y sí, es muy importante.–¿Y en cuanto a su vida profesional?–Profesionalmente debo distinguir el teatro del cine. En cine podría hablar de 3 o 4 épocas. Una primera muy activa en que hice 30 o 40 películas. Malas, horribles, muchas americanas. Luego viene un período en que mi carrera se modifica. Entro en una etapa de comedia con grandes directores como Monicelli, Scolla, Rissi, Altman. Y luego tenemos un tercer período, en que puedo darme el lujo de elegir lo que hago, de decir no cuantas veces quiera. En teatro, en cambio, creo haber seguido una línea bastante coherente, con una vuelta frecuente a los clásicos, pero contemporáneamente con el gusto por incursionar en lo nuevo. –¿Por qué se dieron tan grandes diferencias entre una actividad y otra?–Porque en el teatro soy yo mismo quien decide. Luego de Shakespeare, Otelo, Macbeth o los griegos, Edipo Rey, puedo desear hacer teatro moderno.–Usted estrenó El tranvía llamado deseo en una época en que Tennesse Williams era casi un desconocido.–Sí, sí, a comienzos de los 50. Recuerdo con placer esa obra, ese personaje. –Hablemos del divismo. De su divismo. Usted es una especie de paradigma del divo. Sin embargo frente a usted siempre se tiene la impresión de que está representando el divo.–Espero que eso no tenga nada que ver con mi vida, porque el que es divo en la vida sólo puede ser un cretino. Juego sí, como usted dice, al divo, pero no siempre. Cuando recito Macbeth trato de ser Macbeth y no un divo.–Yo creo, además, que su divo tiene un carácter muy especial. Que hay algo autoirónico en ese juego. Haciendo el divo usted se ríe de sí mismo.–Sí, sí, verdad, me gusta que lo haya visto. No me creo Napoleón gracias a Dios. –Usted ha dicho algo sobre este tema que no entendí muy bien. “El divismo no pertenece al actor, pertenece al público”.–¿Dije eso?, ¿sí? ¿Estaría bien traducido? –Lo leí en italiano.–Habré querido decir que es el público el que determina el divismo, no el actor. Es el público el que determina quién es y quién no es un divo.–Usted hizo, hace unos años un Macbeth en Florencia. Había una gran expectativa. Casi todos los diarios italianos hablaban de ese estreno, su foto aparecía por todas partes, pero tres o cuatro días antes de estrenar sufrió una caída totalmente absurda y se rompió dos costillas. Este hecho fue interpretado por muchos como una forma subconciente de postergar el estreno.–Vivimos en un mundo donde hay cada vez más intérpretes. ¿Qué puedo decir? No sé.–Se trataba de una obra muy importante para usted. La prueba es que recién la abordó al llegar a la total madurez.–Macbeth es mundialmente considerada como una obra difícil. Yo creo que es una de las más grandes del repertorio de Shakespeare. Se trata de una obra que yo quería hacer desde hace muchos años. Y no puedo negar que le tenía respeto, tal vez miedo, pues se trata de una obra verdaderamente compleja, con un tema muy negativo. Una obra que, además, muy a menudo ha andado mal, que ha sido un desastre, una trampa para director y actores. Quiere decir que cuando estaba próximo al estreno me rompí dos costillas mi miedo creció. –¿Suele tener miedo frente a un estreno?–¿Miedo? No. Artísticamente soy un valiente. Ojalá lo fuera también en mi vida privada. Pero esa prueba era muy difícil, seguramente la más difícil de mi vida. Una obra frente a la cual, una vez que se comienza no es posible detenerse, hay que darle con todo, sino la tragedia se convierte en un dramita. Con la ruptura de las costillas, como le dije, mi miedo creció. Pero este accidente vino bien, me dio dos meses más para pensar y repensar. Finalmente estrené y fue un éxito.–En su versión creo que se insistía en lo psicológico.–Yo traté de hacer una versión lo más fiel posible, aunque por supuesto esto no es fácil. Macbeth, como todas las grandes obras, es una obra misteriosa, incluso como cuerpo lingüístico. Contiene una cantidad de temas: el poder, el amor, el crimen. Si insistía en lo psicológico, dice usted. Tal vez, aunque sin pensarlo. –¿Qué significan las brujas para usted?–El interior del hombre.–¿Y para Shakespeare?–Yo creo que para él significan lo mismo, son emanaciones de lo interno. –¿Es claro, entonces, que eso es así?–Sí, para mí sí. Ya le he dicho que he tratado de ser lo más fiel posible. –Varias veces ha empleado la palabra fidelidad. ¿Es tan importante la fidelidad?–Cuando un intérprete se acerca...–Usted era director, además de intérprete.–Es lo mismo, ambos andaban juntos. Creo que el primer deber de un director o un intérprete es el de ser fiel al texto.–No está de acuerdo, entonces, con esa búsqueda que suelen hacer los directores... Búsqueda de algo que no fue visto antes.–Si se respeta la fidelidad, estoy de acuerdo sino, no.–Qué difícil decir “esta versión es fiel, ésta no”, cuando no se ha cambiado ninguna palabra. ¿Cómo se puede?–Tratando de conocer a fondo la época y la totalidad de la obra. Aun así es posible equivocarse, pero la actitud debe ser de respeto por el autor y la obra. –¿Considera que es fiel la versión que presenta a Macbeth como la lucha por el poder?–No, creo que esa versión estaría privilegiando un aspecto de la obra. La grandeza de ésta radica en la ambigüedad y la complejidad. Hay lucha por el poder, pero también está la historia de un amor terrible y funesto. Y también el drama histórico y los problemas de conciencia y todavía esa tela de araña intrincada que crea un lenguaje lleno de metáforas que buscan expresar a través de una vuelta de campana que todas las leyes del mundo han sido anuladas. La entrada en el meollo de la tragedia es violenta, apenas la obra comienza las brujas dicen: “Lo feo es bello y lo bello es feo”. Se tiene realmente la sensación de unas vacaciones en el mundo, durante las cuales las leyes de la naturaleza han sido trastocadas.–¿Qué entiende por teatro político?–Yo creo que todo teatro es político, ya que es en sí mismo una relación entre el hombre y su colectividad; esto significa que aun indirectamente es político.–¿Quiere decir que la expresión “teatro político” no tendría sentido para usted?–No, porque la politicidad es intrínseca al teatro. En cambio siempre me ha interesado poco el teatro directamente político, con su finalidad de demostrar tesis políticas porque pienso que, como teatro, es reductivo. Creo que el mensaje es más fuerte, más efectivo cuanto más indirecto.–¿Cuando el personaje, la historia que representa, llega a tomarlo muy intensamente, su vida personal pasa a un segundo plano?–No, no. La vida permanece siendo lo esencial. La vida es más importante que el arte. Incluso porque es el alimento del arte. Lo importante es buscar conciliar ambas cosas. Porque una ayuda a la otra, una es la materia de la otra. Este criterio, aun obvio, es el que procuro seguir.

27/8/99

Almuerzo en casa de Ludwig W.

Entrevista con Roberto Villanueva
Por Alejandra Herren
Publicado en LA NACION

Villanueva considera que el entusiasmo por ver su puesta es misterioso, pero no le asombra que la gente quiera ver un espectáculo de una mística profunda como Almuerzo en casa de Ludwig W. de Thomas Bernhard. Según él, parece haber una gran necesidad flotando en el aire; a veces, sin darse cuenta, el teatro pone el dedo en la llaga. Durante la charla, no confiesa el estado de arrobamiento que le provocan sus tres intérpretes, pero la fascinación se le escapa por los poros. Ellos son el elenco ideal.
Para quien haya seguido sus puestas en estos años, ese enamoramiento es comprensible. Hace ya mucho tiempo que el director persigue el mito de los hermanos enemigos. Ahora los tiene en escena. "Es que esta vez están ahí, no hace falta explicarlos -susurra Villanueva-. Lo que yo digo sobre la persistencia de ciertos esquemas míticos es, en realidad, como un secreto. No es deseable que el espectador y ni siquiera que los actores sean conscientes de eso. Cuando se trabaja en ese nivel es preferible hacerlo en las zonas inconscientes de la afectividad. Es una constante de los poetas místicos: intentan decir lo que el lenguaje corriente oculta. Es eso de "Yo no sé qué quedan balbuciendo las palabras", de San Juan de la Cruz."

¿No suena antirracionalista?
Para nada. Estoy hablando de devolver al lenguaje de la razón una zona que, tal vez allá en el siglo de Pericles, fue necesario dejar de lado para el desarrollo del racionalismo. Es como ocurre con la ciencia: llega un punto del conocimiento en que la física desemboca en metafísica. Pero eso no significa negar la razón, sino más bien completarla. Ahora que ya está conquistada y que hemos caído en la cuenta de que, por ese lado, la situación es nefasta, hacer este ejercicio podría ser una forma de cambio.

En la obra se articula un mecanismo como de abrir los brazos y traer la sombra hacia la zona de luz.
Claro. Restituir la sombra a la luz. Es importante que sea paulatino, también.

¿Por qué paulatino?
No sé... Porque a lo mejor puede producirse el fenómeno no deseado: que entre la zona de sombra y devore la luz. Estamos demasiado acostumbrados a razonar con la mecánica de los hermanos enemigos, en la que uno tiene que prevalecer sobre el otro. Los contrarios son antagónicos, lucha a muerte, cuando lo que sería deseable es que fueran complementarios. Se trata de descubrir cómo es hoy esa zona de misterio. Es la razón la que nos permite abrir los brazos, decidir hacer un viaje de exploración y planificarlo.

¿Cuándo empezó su fascinación por Bernhard?
Creo que la primera vez que lo leí, hará unos quince años. Empecé por su prosa y después descubrí el teatro. A partir de ahí, encontré una propuesta para poder trabajar sobre esos textos. No sé por qué me fascina. Sé que no está relacionado con la bondad o no de los textos, sino con que me permite acceder a esas zonas de las que hablábamos.

¿Cree que el espectador también accede a ella?
Me parece que, aunque no se dé cuenta, las cosas están manipuladas para que esa zona actúe en la gente, aun de manera inconsciente. Para mí sería una gran alegría si realmente ocurriera lo que parece ocurrir en el espectador, diga o no diga nada sobre el espectáculo.

¿Usted habla de salir de la función modificado?
Claro, salir transformado, que cuando salga a la calle vea otra ciudad. Ese sería el sentido de la obra de arte.

¿Cree que las personas podemos ser transformadas?
Confío en que sí.

Sin embargo, en referencia al autor, él parece haber ido puliendo su naturaleza a lo largo de su vida. ¿Usted habla de transformación en ese sentido?
¿Qué sabemos de él, en realidad? Su serie autobiográfica es la visión novelada de su vida. No sé... Todo lo que acabo de decir y lo que dije antes son invenciones mías, deseos. Refiriéndome a mi experiencia personal, que es lo único que uno conoce o cree conocer, cuando reviso mi vida desde mis primeros recuerdos, veo una extraordinaria unidad. Uno va creando sus instrumentos y los va afinando. En ese proceso tal vez se produzca el cambio. Lo único que sé es que tengo una mayor afinación de mi instrumental. Si uno cree en esa clase de transformación como mecánica de la vida, probablemente en el momento de la muerte también haya un cambio.

¿Y más allá?
No creo en ningún más allá. Pero el hecho de que yo no crea no quiere decir nada, no modifico el orden de las cosas. Simplemente no tengo curiosidad. Tampoco es resignación. No tengo necesidad de pensar en eso. La vida es el momento en que vivimos y ser conscientes desde dónde venimos y que vamos hacia un sitio, ¿sitio?, misterioso. Siento que la vida, y tal vez la muerte, está en este instante, aquí, con nosotros.

El eterno presente...
El eterno presente, que es la eternidad. (Se ríe.) ¿Y si ya estamos en la eternidad y no nos dimos cuenta?

Entonces usted no está tan obsesionado por la muerte y por la enfermedad como Bernhard.
Es que la vida de Bernhard estuvo signada por la muerte y por la enfermedad, y aun así no se suicidó. A lo mejor, justamente para poder vivir necesitaba tener ese diálogo permanente con la muerte. El vivió tan intensamente la escritura, su oficio, que eso era la vida y la muerte para él. El oficio de una persona es lo que la dignifica, lo que la construye. De allí la terrible ferocidad de esta época, en que la gente no tiene trabajo y parecería que no va a poder trabajar nunca.

¿Usted vive sus momentos sin poder dirigir con la misma desesperación con la que Bernhard vivía sus momentos sin escritura?
Sí. Son momentos como un infierno interminable. Cuando no dirijo no sé qué hacer. No sé qué estoy pagando con ese no saber qué hacer. Por otro lado, como necesito toda mi energía para concentrarme fuertemente, no tengo cosas alternativas. No me gusta salir, no voy a fiestas, no me agradan las reuniones de más de tres personas...

Nunca fue muy sociable, ¿no?
No, jamás, nunca pude. Mi extremada timidez me lo ha impedido siempre. No es algo que yo buscara sino que estaba dado. Me costó incluso aceptar que la timidez no era un pecado, como me decían, sino una característica que tiene sus ventajas. No es que crea que todo el mundo tiene que ser tímido, sino que a mí me da una capacidad particular de concentración.

¿Pero su timidez hace que lo incomode recibir halagos o reconocimientos, por ejemplo?
Me da mucho pudor. Me gusta que me digan: "Me gustó tu espectáculo", por ejemplo, pero si se extiende en el tiempo me violenta. Incluso de chico era tímido y solitario. Mi héroe era Robinson Crusoe, un hombre solo en una isla desierta, y mi refugio era la biblioteca del pueblo. Mi padre llegó a sacarme de una oreja y a exigirme que fuera a jugar con los demás chicos. Pero yo nunca supe jugar.

Sin embargo, el teatro es como un juego.
En parte sí. Yo prefiero decir que es un oficio como el de carpintero. El carpintero se enamora de la madera, de las formas.

¿Y el director de qué se enamora?
De las cosas que le permiten ejercer su oficio. Yo me enamoro de los actores, por ejemplo, si no no podría trabajar. Me enamoro del espacio; cuando estoy en el espacio se me ocurre todo. Me enamoro de la música del texto; soy un ferviente aficionado a la música. Probablemente sea eso lo que me hace elegir un texto: su música. Y cuando hablo de música no me refiero sólo a la rítmica de las palabras, sino a la rítmica de sus significados. Es eso lo que me da la urgencia por hacerlo.

¿Alguna vez se ha sentido un artista incomprendido?
Incomprendido no; muchas veces me he sentido un artista invisible. Invisible porque no había retorno. Sin retorno, como todo el mundo sabe, no se puede cantar.

14/5/99

klezmer


Por Martín Liut
Publicado en LA NACION

Entre los innumerables dialectos que integran el mundo de la música popular, el klezmer es uno de los que más actividad y renovación tuvieron en los últimos años.
La palabra, una fusión de dos términos en yiddish que significa instrumento de música, es sinónimo de la música popular que surgió entre los judíos de Europa Oriental hace más de un siglo y que en la actualidad tiene grupos que lo practican en todo el mundo.
Si la música, al igual que los pueblos, puede ser nómada o sedentaria, el klezmer es un fiel representante del espíritu errante, no sólo del pueblo judío en la diáspora, sino también de las diferentes etnias que habitan en esa franja que va desde los Balcanes hasta Polonia, pasando por Rumania y Hungría.
Como modernos juglares, los klezmorim eran los músicos encargados de llevar las canciones y las noticias entre aldea y aldea durante el siglo XIX hasta el comienzo del XX.
Usaban instrumentos fáciles de transportar para moverse de pueblo en pueblo (y para escapar con rapidez cuando hiciera falta) como el clarinete, el violín, la trompeta y el acordeón.
Bailes y fiestas populares eran y siguen siendo los ámbitos naturales para el klezmer, que como corresponde con su espíritu errante, no fue ni en Bulgaria, Polonia, Hungría o Rusia, donde resurgió, sino en los Estados Unidos, en Nueva York.
John Zorn, uno de los más destacados intérpretes y compositores del downtown neoyorquino fue uno de los principales impulsores por medio de su sello dedicado exclusivamente a grabar esta música tzkai.
¿Cómo suena el klezmer? Tiene muchísimos puntos de contacto con sus primas musicales nómadas de la Europa Oriental.
Más allá de los desencuentros raciales y de lenguaje, las músicas gitana, húngara y de los Balcanes tiene mucho en común. Tantas décadas de compartir los mismos caminos y ciudades les produjo una más que apreciable influencia mutua.
Así, los ritmos, danzantes, rapidísimos, las melodías con aires orientales (por el tipo de escalas que utilizan), los instrumentos que usan y hasta el modo de tocarlos con una cuota de virtuosismo impresionante y mucho de improvisación, son algunos de los tantos elementos compartidos.
En la Argentina, el klezmer no llegó a desarrollarse debido a que la corriente migratoria mayoritaria no pertenecía a la zona más activa de es música.
Sin embargo, permaneció latente en la memoria de los abuelos de hoy, como lo pudieron comprobar César Lerner y Marcelo Moguilevsky, los pioneros en el rescate del klezmer en la Argentina.
Cada vez que comienzan a tocar en piano acordeón, flauta o clarinete nunca falta alguna persona mayor que se sonría y comience a tararear la canción que estaba dormida en la memoria.

26/11/98

El horror y la belleza

Considerado el más importante documental que se haya hecho sobre la historia contemporánea y el mejor film filmado sobre el Holocausto, Shoah (en hebreo, "aniquilación") no fue concebido por Claude Lanzmann como un mero trabajo de investigación sino más exactamente "como una alegoría, una gigantesca metáfora", como un intento de recrear en el presente la realidad del Holocausto a través de la memoria de los sobrevivientes. En el film no hay imágenes de archivo ni fotos fijas: sólo los testimonios de quienes padecieron los campos de concentración de Chelmno, Treblinka y Auschwitz-Birkenau, quienes recuerdan la minucia del horror. Acerca de esta obra, escribió Simone de Beauvoir: "Jamás hubiera imaginado semejante alianza entre el horror y la belleza, es una pura obra maestra". 

7/7/98

Metafísica de la revolución

Por Pablo Lettieri
Publicado en LA PRENSA (Cultura)

A través del peregrinaje de Marcelo Deberre, un singular verdulero que desde su humilde puesto, "La Morocha", deviene en obstinado revolucionario, Daniel Guebel funda con su última novela, El terrorista, una verdadera metafísica de la revolución.
Con inteligencia y sutileza, con un humor burlón, bordando un lenguaje que aprovecha todos los recursos a su alcance, el autor ironiza sobre los fundamentos de la lucha revolucionaria, pero también sobre otros tópicos de la vida social: los medios de comunicación, el derecho, la ley, el poder, el sistema carcelario, la religión, el sexo, la familia...
La travesía que deberá recorrer el tenaz verdulero está plagada de sucesos que mezclan la cotidianeidad con el absurdo, e invitan a rever un endeble sistema de seguridades. Con maestría, Guebel produce un efecto mediante el cual el delirio se vuelve natural. Todo puede suceder en el destino trágico que traza para este verdulero-revolucionario.
El terrorista es una novela difícil de encasillar. Cualquier intento de interpretación superficial puede llevar fácilmente al equívoco. No hay certezas de las cuales asirse ni sendas firmes a recorrer, porque el autor se encarga con astucia de derribarlas.
Enloquecedora y por momentos claustrofóbica, en El terrorista Guebel tensa al máximo la ingeniería narrativa para elaborar una novela que hace reflexionar acerca de las acciones y sus consecuencias. Y que deja un sabor amargo y persistente.

El terrorista
Daniel Guebel. Sudamericana, 1998, 127 páginas.

4/7/98

Copi y “La mujer sentada”

Por Pablo Lettieri

Su verdadero nombre era Natalio Damonte Taborda, pero el mundo lo conoció como Copi. El minúsculo apodo se lo dio su abuela, autora en los años '20 de algunas comedias ligeras, debido a que era tan blanco como un 'copito de nieve'. Nació en Buenos Aires en 1939 pero desde muy joven eligió vivir en París, tal vez adivinando que no podría desplegar toda su locura creadora entre nosotros. Y desde allí desarrolló una obra caracterizada por la diversidad, tanto de lenguajes como de recursos y géneros: escribió historietas, cuentos, novelas, poesía. Pero fue el teatro el que le permitió concebir con mayor libertad una escritura poética sin complejos, con un estilo irreverente y provocador, en el cual lo cómico y lo trágico se unen de manera casi imperceptible. Como Pirandello, Copi veía a la vida como un gran escenario. Y a los artistas como ratas que se alimentan de los desperdicios, de lo que la sociedad desecha. O mejor, de lo que la sociedad esconde, oculta, margina. Por eso fue la muerte una de sus mayores obsesiones. Y la mostró desnuda en el escenario gracias a todo su delirio y su  humor negro y burlón. Que no abandonó ni siquiera cuando en 1987 se moría de sida en un hospital de París porque, burlándose de su propia muerte, la llevó a escena en su obra póstuma: Una visita inoportuna. Marilú Marini y Alfredo Arias fueron sus amigos, también argentinos consagrados en París, quienes más dieron a conocer su obra en Francia y quienes traen ahora a Buenos Aires La mujer sentada, una obra surgida de un personaje de historieta aparecido en los '60 en las revistas Tía Vicenta y Cuatro patas y que fuera el primer contacto de Copi con el mundo intelectual argentino antes de radicarse en París. Opinadora sin moral y poseedora de una ignorancia genial, la mujer sentada habla sobre sexo con una violencia inusitada y puede ser cómica, poética y hasta metafísica sin siquiera proponérselo.

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