22/11/02

Nick Hornby: Cosas de Varones


Por Hernán Ferreirós
Publicado en RADAR

¿Y si Elle, Cosmopolitan y Para Ti hubieran tenido razón todo el tiempo? ¿Y si las únicas verdaderas preocupaciones de las mujeres solteras fueran la tersura del cutis, bajar de peso y encontrar al desconocido alto y de ojos azules que las librará de la carga de tener una carrera y cualquier otro problema que no sea satisfacerlo plenamente? ¿Y si fuera verdad que los hombres son apenas niños hipertrofiados, capaces de expresar sólo egoísmo y necesidad, imposibilitados genéticamente para comprender a las mujeres y estimulados nada más que por el fútbol, el número de muescas en la cabecera de su cama –las modelos valen doble– y la curiosidad que les provoca descubrir todas las variedades de cerveza? En los últimos años, estos interrogantes encontraron una rotunda respuesta afirmativa en un pequeño fenómeno editorial británico: la llamada Chick-Lit, literatura de chicas (chick = chica o “pollita” en las traducciones españolas), y su contrapartida o versión masculina, la Lad-Lit (lad = muchacho). A no confundirse: a pesar de las apariencias, estos subgéneros no son snobs, triviales o reaccionarios. Son pos; respectivamente: pos-feminista o –si semejante cosa fuera posible– feminista irónico; y pos-machista o machista con conciencia de sí. Al poner en boca de sus personajes lo peor del saber común, la reflexión más convencional acerca del género, la sexualidad y la vida urbana, la identificación resulta inevitable. La Chick/Lad-Lit aspira a interpelar directamente al lector contando situaciones tan estereotipadas que parecen tomadas de su propia vida. Como el horóscopo.

BOLUDA TOTAL
La versión femenina fue la primera en marcar un territorio. Bridget Jones, personaje de la novelista Helen Fielding, se convirtió en paladín de miles de inglesas mucho menos preocupadas por la construcción de una subjetividad femenina libre de los mandatos del patriarcado que por el tamaño y la consistencia de su culo. El diario de Bridget Jones y otras novelas similares encontraron un target específico: mujeres ABC1, de entre 25 y 35 años y educadas en los ‘80; es decir: oyeron hablar de las reivindicaciones políticas y sociales de los ‘60, pero no las pueden tomar en serio. Cualquier forma de compromiso que exceda la cita semanal con “Friends” les es ajeno.
Por su tono humorístico y agridulce, la impudicia con la que exhibe idiosincrasias particulares para seducir a su nicho –como la consolación psicológica por un atracón de torta o la atracción que sienten muchas mujeres por los hombres que las maltratan, por ejemplo– y la liviandad de los conflictos –angustia existencial adolescente + insatisfacción laboral + insatisfacción amorosa–, son la versión literaria de la sitcom. De hecho, el personaje Bridget Jones fue imaginado para ser la protagonista de una telecomedia que nunca obtuvo luz verde en la TV británica. Como sus recursos son cuasi televisivos, es natural que los títulos más exitosos del rubro hayan encontrado con extrema facilidad su camino a la pantalla chica y grande.

HOLA MACHO
La Lad—Lit tiene el mismo aparato conceptual que la Chick-Lit –vino después porque las posfeministas, ni lerdas ni perezosas, rápidamente bautizaron el rubro y empezaron a publicar antologías– pero aplicado al sexo masculino. El prohombre del género es Nick Hornby, 45 años, novelista londinense, hincha enfermo del Arsenal, buen degustador del soul de Stax Records y autor de Fiebre en las gradas (1992), Alta fidelidad (1995), Un gran chico (1998) y How to be good (2001, aún sin traducción al español). Exceptuando el último texto –que es relativamente nuevo y aún no terminó de explotar su potencial editorial–, todas lasnovelas de Hornby se convirtieron en películas, cada vez de mayor éxito, cada vez más mainstream.
Las dos primeras novelas lo hicieron el vocero oficial de una generación de hombres que se cansó de pedir perdón por hacer del fútbol y el rock la razón de su vida y no entender qué demonios quieren las mujeres. Fiebre en las gradas, acaso la mejor, es una combinación original de autobiografía, diario íntimo, crónica deportiva y ficción: siguiendo la cronología de los últimos treinta años de fracasos deportivos del Arsenal –el equipo perdedor del norte de Londres–, se intenta entender, descifrar, iluminar la existencia del narrador. El fútbol no es una metáfora de la vida: es —literalmente– la vida de quien habla en el libro. Su relación con su padre, con las mujeres, con los amigos: todo puede explicarse por el resultado de un partido. Al menos hasta que, en una vuelta menottista, el narrador llega a aceptar que se trata sólo de un juego. La pasión que transmite Hornby y su conocimiento del fútbol inglés hizo que esta novela fuera de lectura obligatoria no sólo entre los fans del Arsenal, sino también entre los jugadores. La versión cinematográfica, un telefilm de la BBC adaptado por el autor –la única adaptación que hizo de su trabajo–, no reproduce los hallazgos formales y el grado de obsesión del libro. A pesar de algunos buenos diálogos y actuaciones, se trata una película sin mayor atractivo.
En el siguiente libro, la novela Alta fidelidad, Hornby reemplaza los partidos de fútbol por los discos. En lugar de ser un fanático obsesivo, el narrador es un coleccionista obsesivo que intenta entender, descifrar, iluminar su existencia –y, sobre todo, sus fracasos amorosos– a través de su colección de vinilos. Aunque el perpetuo desfile de listas de mejores discos de soul, mejores canciones para un funeral o mejores caras B de singles indudablemente cautivó a los entusiastas de la música pop, fueron en realidad los lamentos autocompasivos y complacientes del narrador por su fracaso con las mujeres los que sedujeron a una legión de hombres semisensibles que alguna vez supieron tener el corazón destrozado y se atrevieron a llorar. Hornby hace un relato honesto del punto de vista masculino de una ruptura amorosa, que probablemente sea buena lectura investigativa para una mujer y es autobiografía para cualquier hombre. Pero no por la sutileza del texto sino más bien por lo contrario: Hornby habla de acontecimientos que nos pasaron a todos desde un punto de vista convencional, apenas describiendo –con, eso sí, buena atención al detalle– lo que le pasa por la cabeza. No queda más remedio que reconocerse. Hornby logra que conflictos estereotipados parezcan auténticos, comunes a todos y a la vez personales. La versión cinematográfica, adaptada por el actor John Cusack –que también protagoniza– y dirigida por Stephen Frears, lleva la acción de Inglaterra a Estados Unidos y de principios de los ‘90 al final de la década y no fracasa en el intento. Las trasmutaciones son correctas –menciones a The Beta Band en lugar de Richard & Linda Thompson, por ejemplo– y lo que falta no se extraña. Es la adaptación más lograda de las tres.

HUGH FIDELITY
Antes que nada, hay que aceptar que llegó el momento de decir en voz alta una verdad: ninguna película con Hugh Grant puede ser completamente mala. No hay un actor de comedias en el mundo anglófono que diga los textos mejor que él. Bastan su tono, su dicción entre aristocrática y dubitativa, para que todo parezca mucho más ingenioso de lo que en verdad es. No importa si hizo el mismo papel demasiadas veces (aunque con matices, hay que admitir que en Bridget Jones era peor que en Cuatro bodas y un funeral). Después de todo, lo mismo puede decirse de Cary Grant, Jimmy Stewart y muchos otros indiscutidos, y hoy nadie se queja. Como ellos, Hugh siempre cumple, siempre le pone a su papel un plus común a todas sus apariciones, que es lo que uno va a buscar y que,evidentemente, no está en los textos. La coincidencia de patronímicos no es mera coincidencia. Hugh es el único actor de hoy que puede competir con el carisma, la elegancia y la inteligencia para el humor de Cary Grant. Sin embargo, al leer Un gran chico, la suya no es la cara que inmediatamente imaginamos para representar a Will, el protagonista. Después de ver la película, imposible imaginar otro.
Como todos los personajes de Hornby, Will es un chico que se negó a crecer. Tiene 36 años, es soltero y todavía hace cosas de niño. No tiene una obsesión adolescente como el fútbol o los discos. Simplemente no trabaja, vive cómodamente de una herencia paterna. Su día consiste en llenar fragmentos de tiempo: leer revistas de moda, ver tele, ir a la peluquería a que le desordenen cuidadosamente el pelo, salir con chicas, dejarlas en el momento en que la cosa se complica... Cuando esta rutina amorosa empieza a fallar, descubre un grupo demográfico al que puede seducir sin mayor dificultad y sin mayor compromiso: las madres solteras, mujeres heridas, debilitadas por su vida y deseosas de conocer a un hombre que las cobije y sea una figura positiva para sus hijos. Will se inventa un vástago –compra una sillita para su coche deportivo– y empieza a frecuentar grupos de padres solteros para levantarse a las mamis. Así conoce a Marcus, el hijo de doce años de una hippie vegetariana que canta canciones de Roberta Flack con los ojos cerrados. La vida de Marcus no es fácil: su madre es una suicida en potencia, y gracias a sus curiosos hábitos es rigurosamente victimizado en la escuela. Will es la persona indicada para enseñarle a Marcus cómo ser un chico cool y Marcus puede enseñarle a Will cómo comportarse con responsabilidad. Así ambos actuarán como gente de su edad.
Ya antes de filmarse, la novela de Hornby era una buddy-movie, esas películas en las que dos diferentes –un negro y un racista, un machista y un gay, etc.– se ven obligados a trabajar en equipo. Es más: el texto funciona mejor como guión que como novela; no hay gasto en recursos infilmables como un esfuerzo complejo de escritura, cruces de géneros literarios, discurso indirecto libre, monólogo interior, etc. Tras escribir dos novelas traducidas al cine, Hornby escribió un libro para vender al cine. Esto no quiere decir que sea una lectura menos entretenida. Todo lo contrario: avanza rápidamente hacia adelante, sin detenerse ni reflexionar demasiado en el camino. Como siempre, sus protagonistas, personajes inteligentes sin cultura, pueden decir o pensar cosas que nos hacen sonreír y reconocernos, aunque menos que en otras ocasiones.
Curiosamente, la película de los hermanos Chris y Paul Weitz –los directores de las American Pie– recorta todo aquello por lo que alguien iría a ver una película basada en un libro de Hornby: una multitud de referencias musicales y reflexiones ingeniosas que dan justo en el blanco sobre la vida de los solteros de alrededor de treinta. Lo primero brilla por su ausencia; de hecho, eligieron ignorar la referencia del título original –About a boy, que citaba el tema “About a Girl” de Nirvana– y la música de Kurt Cobain jamás se escucha –la novela dedica bastante tinta a las tragedias paralelas de Cobain y Lady Di–. Curiosamente, tampoco se escucha la música del artista convocado para la banda sonora: Badly Drawn Boy, una elección extraña que, se supone, tendería a cautivar a los iniciados en los misterios de la música indie. Sin embargo, la película no tiene nada más que un par de canciones para ofrecerles. Tampoco está todo jugado al humor. No es una película disparatada ni tremendamente hilarante. Más bien se centra en la relación emotiva entre un adulto de ética dudosa pero querible y un niño extraño, el que encarna el actor Nicholas Hoult, cuyas cejas arqueadas le dan un llamativo aire al Sr. Spock. Si uno elige ignorar la regla que dice que todo actor infantil es detestable y boicotea la película en la que aparece, el film de loshermanos Weitz logra sobrevivir, pese a que hay demasiadas escenas que suenan muy falsas. Su virtud es una comicidad ligera, amable, apoyada exclusivamente en el talento de Hugh Grant y la excelente Toni Colette, la madre hippie de Marcus. Pero todo el tiempo uno espera que Grant diga más cosas graciosas y aproveche mejor su don para la comedia. Lo cierto es que el guión de los Weitz no se lo permite, y hay un límite para lo que un actor puede hacer con un texto. Aunque sea Hugh Grant.

5/7/02

7/4/02

Vivir para el cine

Por Pablo Lettieri
"Si alguien me preguntara cuáles son
los lugares que más amé en mi vida,
diría que es el campo en Amanecer de Murnau
o la ciudad en el mismo film.
Pero nunca mencionaría un lugar que visité,
porque nunca visito nada.
No me gustan los paisajes ni las cosas.
Me gusta la gente,
me intereso por las ideas y por los sentimientos".

François Truffaut.

“Los films se parecen a quienes los hacen”, dijo alguna vez François Truffaut. Se refería a los grandes maestros como Griffith, Lubitsch, Murnau, Dreyer, Eisenstein, Renoir, Ford, Lang, Kurosawa, quienes a través de sus films han sabido expresar al mismo tiempo sus ideas acerca de la vida y del cine. Y esas ideas son consistentes y están presentadas de manera consistente.
Esa definición incluye, sin dudas, al propio Truffaut. Porque cada uno de sus films está impregnado de su espítiru. Y con cada uno de ellos se puede conocer a Truffaut, entender sus obsesiones, compartir su nostalgia, comprender su legendaria soledad.
Revelar circunstancias de la vida privada de los artistas puede —no siempre, pero sí en algunos casos— proveer de nuevas pistas para entender su obra. En el caso de Truffaut, la ecuación se invierte: porque es su obra, son sus films, los que descubren aspectos de su vida. O mejor, en Truffaut obra y vida se encuentran fusionadas, no pueden separarse.
François Truffaut nació en París en 1932, y fue anotado como hijo de Janine de Monferrand y Roland Truffaut. Tiempo después, François sospecharía que Roland no era, en realidad, su verdadero padre. Esta circunstancia lo marcaría para siempre y sería el inicio de una infancia, adolescencia y juventud nada apacibles, tal como lo demuestran las varias escuelas de las que escapó, la posterior temporada en un internado y el tiempo que pasó en prisión por desertar del ejército. Todos estos acontecimientos que, de una u otra forma, aparecerían luego en sus films.
Por esa época el joven Truffaut encontró refugio y evasión en los libros y, fundamentalmente, en el cine, al que acudió como un adicto y que fue su pasión excluyente. La novela decimonónica y los directores estadounidenses del Hollywood clásico, además de algunos franceses como Renoir, Guitry, Vigó y, fundamentalmente Hitchcock —un “sumo sacerdote si el cine fuera una religión”— fueron sus principales fuentes de inspiración.
Gracias a André Bazin —su padre adoptivo, su maestro, su amigo— comenzó a escribir en Cahiers du Cinéma y luego en Arts. Su ataque frontal al cinéma de qualité francés (sobre todo a partir de la publicación de su artículo más polémico y famoso, Una cierta tendencia del cine francés, hoy considerado un manifiesto), le valió ser desterrado como crítico en Cannes en 1958 , donde volvería sin embargo un año después para obtener el segundo premio más importante del festival, el de mejor dirección, por su primer largometraje: Los 400 golpes.
Después del estreno de Los 400 golpes, el cine francés —se podría también decir “el cine”, en general— no fue el mismo. El film no sólo promovió a Truffaut como la figura más importante de la cinematografía francesa en mucho tiempo. También se erigió como una de las obras fundacionales de la nouvelle vague, el movimiento cinematográfico más influyente de la segunda mitad del siglo XX, que cambió para siempre la manera de ver y concebir al cine. E inició la saga de Antoine Doinel, caso único en la historia en el cual se funden personaje (Doinel), actor (Jean-Pierre Léaud) y director (Truffaut), y es difícil saber dónde termina uno y empieza el otro. La saga fue continuada por Antoine y Colette (episodio de El amor a los veinte años, 1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979).
Fuera del ciclo Doinel, su filmografía se completa con una obra ecléctica en la que abordó el relato policial (Disparen sobre el pianista, Confidencialmente tuya), la ciencia ficción (Farenheit 451), el trhiller romántico (La sirena del Mississippi), el melodrama (La mujer de la próxima puerta), el film de época (Las dos inglesas, La historia de Adela H.), el cine testimonial (El niño salvaje) y el autoreferencial (La noche americana).
Pero las constantes de su cine —vida y obra unidas de manera inseparable— ya están presentes en aquel film iniciático, en varios sentidos, que fue Los 400 golpes. Y que, a más de cuatro décadas, conserva intacto su carácter inconformista, personal, vital.

Pabst, el erotismo extremo

Por Pablo Lettieri
Publicado en TEATRO

Durante el rodaje de Lulú o la caja de Pandora, en una escena con Fritz Korner, Georg Wilhelm Pabst le pidió a Louise Brooks que no usara ropa interior bajo su bata de seda.
“¿Para qué? Si no se va a ver...”, objetó la actriz.
El director le explicó: “La cámara no lo verá, pero Kortner lo va a sentir y se va a notar en su actuación. Y eso sí lo verá la cámara...”
La historia oficial dice que Pabst fue el primer realista del cine alemán y quien dejó de lado los ensueños y los ambientes cerrados de la escuela expresionista de Murnau, de Lang y de Leni, para descender a la realidad. Y la realidad se presentaba bastante oscura en la Europa de mediados de los años ‘20. El espectro del nacionalsocialismo comenzaba a planear por la República de Weimar. Un espectro mucho más terrible que los que poblaban hasta entonces la pantalla.
Sin embargo, aunque el cine alemán avanzara por la senda del realismo, sus imágenes siempre estuvieron impregnadas del gusto expresionista. Y Pabst fue un realista, pero la vigorosa utilización del material plástico en la mayoría de sus films no ocultó su procedencia expresionista. “El realismo es un medio, no un fin”, repetía el cineasta.

Georg Wilhelm Pabst nació en Checoslovaquia en 1885 pero se crió en Viena. Hijo de un funcionario ferroviario, abandonó sus estudios técnicos para dedicarse al teatro. Se formó en la Academia de Artes Decorativas de Viena —entre 1904 y 1906— para luego viajar como actor itinerante hasta 1914. Durante la Primera Guerra Mundial lo detuvieron en Francia como enemigo infiltrado. Escribió guiones para la compañía de Carl Frölich, quien le dió la oportunidad de dirigir El tesoro, un film que “abunda en imágenes maravillosas, que la luz esculpe en las tinieblas”, según Lotte Eisner, la historiadora por excelencia del cine alemán.
Sensible a las influencias de su tiempo, en La calle sin alegría Pabst mostró cómo los ricos aumentaban sus acciones mineras, diviertiéndose en cabarets, mientras los habitantes de la calle triste hacían cola para el pan. La impresionante actriz sueca Asta Nielsen y la entonces casi debutante Greta Garbo fueron las protagonistas de este film que sufrió censuras y mutilaciones. De cualquier manera, en su siguiente obra Misterios de un alma, volvería con un tema polémico e inédito para la época: el estudio de un caso de impotencia sexual que manejaba un arsenal de imágenes simbólicas en su abordaje del psicoanálisis, realizado con dos antiguos colaboradores de Freud.
El mundo de los sentimientos, por un lado, y los ambientes y personajes que forman el caldo de cultivo de la descomposición social de la época, por el otro, fueron los vectores por los que se movió la obra de Pabst. Y su interés por el lado oscuro de la naturaleza humana lo llevó a realizar, en 1929, su film más recordado: Lulú o La caja de pandora. Pabst fundió dos obras del dramaturgo Frank Wedekind —Der Erdgeist y Die Büchse der Pandora—, despojando a la Lulú original de la profundidad psicológica imaginada por su autor, pero dotándola de una humanidad que la belleza ambigua, intemporal y perturbadora de Louise Brooks subraya a todo lo largo del film. La fascinadora presencia de la actriz norteamericana que, de intérprete de mediocres comedias musicales saltó a uno de los primeros puestos de la mitología erótica de la pantalla con su encarnación del arquetipo vamp, de la cortesana que con su inquietante atractivo se convierte en un monstruo que destroza vidas, volvería a aparecer en Tres páginas de un diario. Pero ya no sería lo mismo. A pesar de conservar el misterio y la seducción, con su encarnación de Lulú, Louise Brooks consiguió uno de los más bellos arquetipos eróticos de toda la historia del cine, verdadero personaje-mito del siglo XX.
Ya en el período sonoro, Pabst probó las distintas formas de la dramaturgia musical, primero en su versión de La ópera de tres centavos de Bertolt Brecht y Kurt Weill, protagonizada por Lotte Lenya y, luego, en su Don Quijote (1934), rodado en Francia. Puso de manifiesto sus afinidades con la izquierda en Cuatro de infantería (1930), La comedia de la vida (1931) —a partir de la pieza teatral de Brecht-Weill— y Carbón (1931), prohibidas en 1933 tras el ascenso al poder del nacionalsocialismo. En Alemania, filmó también con Leni Riefenstahl —El infierno blanco de Pitz Palú, 1929— y, en Francia, con Jean Gabin y Peter Lorre (Due Haut en Bas, 1933). Entre 1933 y 1941, huyendo de los nazis como tantos otros cineastas, trabajó en Francia y en Estados Unidos.
Estaba de visita en Viena cuando los alemanes, que habían anexado Austria en 1938, declararon la guerra a Estados Unidos en 1941. Se quedó allí e incluso se supone que colaboró con el régimen de Hitler en sus films. No obstante, su voluntad antinazi reapareció, al menos para el público y para la mayoría de la crítica, en dos de sus últimas películas: El último acto y Sucedió en julio, en las que describió el intento de Claus von Stauffenberg para asesinar a Adolf Hitler.

Entre el sexo y la polémica social se desarrolló la filmografía de Pabst, un cineasta fino y receptivo a las alternativas de su momento histórico, que encauzó al cine alemán por la senda del realismo y que, en palabras de Lotte Eisner, “supo reflejar como nadie la promiscuidad de los cuerpos, un erotismo extremo, sin sombra de vulgaridad”.

20/2/02

Recordarlo todo

Cuantos han especulado con la ultratumba o la perduración de la conciencia más allá de la muerte -si eso es lo que somos, conciencia- no han tenido en cuenta el peligro, o más bien el horror, de recordarlo todo, hasta lo que no sabíamos.

Javier Marías
Cuando fui mortal

23/12/01

Lola

Por Guillermo Saccomanno
Publicado en PAGINA 12

En un mes voy a ser abuelo. Que mi hija y su compañero decidieran llamar Lola a la nena por nacer me gusta. Es un lindo nombre Lola. Alude a cierto ritmo musical, a una heroína del cine y también a cuando se arma una. Ni mi hija ni su compañero pensaron en Lola como diminutivo de Dolores, no. Es otra cuestión. Nada de dolores. Alegría pura. Y esperanza.
En estos días de insurgencia, mientras espero el nacimiento de mi nieta, la dictadura financiera causó veinticinco muertes. Este es el país en que nací, en donde tuve hijas y voy a ser abuelo. Y también el país en el que, hasta hace poco, me preguntaba, con amargura, cuál era el sentido de traer más vidas. Quiero apartar deliberadamente cualquier noción de sentimentalismo de esta reflexión. La insurgencia popular que estalló en estos días me enfrentó con mi historia. Me acordé del bombardeo de la Plaza de Mayo en el 55. Me acordé del 66, cuando a los dieciséis empezaba a trabajar, y vi los tanques en la Plaza. Me acordé también de la Plaza en el 73, cuando una primavera revolucionaria prometía una sociedad más justa. Me acordé de la Plaza de la traición, poco después, cuando un líder popular expulsó a la militancia que por él había dado la vida. Me acordé de la Plaza del 82: esa manifestación de repudio a la dictadura, y después, casi de inmediato, la Plaza de Malvinas. También me acordé de la Plaza del 83. Y de, otra vez, la Plaza traicionada del “la casa está en orden”. Me refiero a esa Plaza que es, por derecho conquistado, la Plaza de las Madres. El jueves estuve otra vez en la Plaza. Y me acuerdo.
Insisto: quiero apartar el sentimentalismo de esta reflexión. Noches atrás, quizá como muchos argentinos, me preguntaba el sentido de traer vidas ya no a este mundo, sino a este país. Apostar a una vida es apostar a un porvenir. ¿Qué es lo por venir en un país donde los hijos no tienen garantizados ni siquiera los mínimos derechos humanos de trabajo, salud, educación y vivienda?
Los poderosos de turno, que no son otros que los de siempre, apuestan a una administración futura de lo que robaron. Con seguridad, se preocupan por la herencia porque no tienen para dejarles a sus hijos otra cosa que el botín. El estanciero que les cede a los hijos su tierra, el empresario que les entrega a sus hijos su fortuna, el político que le concede a su progenie los beneficios de la impunidad, vienen a confirmar la injusticia de la herencia. Si a algo apostó mi generación fue a un cuestionamiento de estos privilegios. En la Plaza de estos días, si hubo lola, fue porque hubo un pueblo harto (el término hartazgo fue repetido una y otra vez en estos días) que abandonó su rutina de queja y la cambió por la protesta para rebelarse contra un sistema que no resiste más. Las caretas se van cayendo. Y si no se caen por su peso, son arrancadas.
Cuando en los 70 yo era padre por primera vez, apostaba por una sociedad más justa. Creo que mi hija y su compañero también coinciden en esta apuesta. No es la apuesta de los hijos del poder (sabemos sus fiestas, vemos sus fotos, conocemos sus andanzas). Todos ellos, llámense como se llamen, están salpicados por la sangre de las víctimas. Pongan el apellido que quieran. Tomen o no conciencia, ninguno de los hijos del poder, aun cuando puedan arrepentirse de sus padres, redimirá las veinticinco muertes de los últimos días. Nada, ningún gesto, les devolverá la vida a los que murieron. Los hijos del poder están condenados, de por vida, a arrastrar esa culpa. Aclaro: no pienso esto en términos de revancha. Las vidas no son intercambiables.
Los hijos del pobrerío, en cambio, como herencia tienen asignado morir de injusticia y represión. No me canso de decirlo: hay que unir la historia privada con la pública. A los poderosos, últimamente, no les bastaba con llenar sus arcas. Además, tenían que exhibirse. Su riqueza ysu patetismo, sus sanitarios y sus hijos. La exhibición legitimaba su poder. Ahora los pobres vienen a legitimar el suyo. Es el poder de los humillados y ofendidos. Y vienen a probar que le perdieron el miedo a la muerte. Quizá porque se cansaron de vivir bajo su amenaza. De aquí en más, los poderosos tendrán el destino de vergüenza que siempre merecieron: esconderse. En la Plaza de estos días, los pibes que le ponían el pecho descubierto a la represión no enfrentaban sólo los caballos policiales. Enfrentaban un sistema, su oprobio, sus mecanismos de control social, su lenguaje. Mentiría si digo que esta Plaza del 20 de diciembre no me devolvió a los momentos más optimistas de mi historia.
Mi padre, que supo ser sindicalista y murió enfermo y en la pobreza, me dejó una lección. Que el pueblo es santo aun en sus errores. Que su cólera, cuando revienta, es siempre justa. Y que en su avance, cuando gana la calle, es imparable. No tengo otra reflexión en estos días. Tampoco otra herencia para Lola.


El golpe popular

Por Tomas Abraham
Publicado en PAGINA 12

Los asaltos a los supermercados, o los llamados saqueos, son intervenciones programadas a las que se suman espontáneamente cientos o miles de pobres, desocupados y jóvenes desclasados. Son menores los casos en los que se agrega gente de clase media y punteros políticos que cargan productos domésticos de más valor, como los televisores que llevan en sus coches. El desencadenamiento del asalto es realizado por grupos marginales con un cierto número de individuos armados que están al servicio de un caudillo. Estos jefes de tropa están instalados hace muchos años en el partido peronista o en ciertos sindicatos y a veces coinciden con la barra brava de algún club de fútbol.
Una vez iniciado el movimiento es casi imposible controlarlo.
Hay provincias en las que los empleados públicos no cobran hace meses. Parte de la cólera popular se debe a esta situación de vaciamiento de las cajas provinciales. En varias provincias el dinero ha sido sustituido por bonos cuya conversión en dinero legítimo es imposible y cuya circulación está sometida a especulaciones que bajan su valor. Varios de estos mandatarios provinciales que han sido responsables de este vaciamiento forman parte del nuevo elenco político que gobernará a la Argentina. Fernando de la Rúa se fue sin pena ni gloria, sin gloria seguro. No pudo mantener siquiera el mínimo decoro que exigía su investidura. Es grave para la Argentina que los presidentes elegidos según la ley salgan por la puerta trasera y en helicóptero. Ni el partido oficial ni la oposición asumieron sus responsabilidades constitucionales. De la Rúa debió ser destituido por ineficiencia en sus funciones a través de un juicio político. Se podía hacer en horas. Pero nadie quiere pagar el mínimo costo político. El Congreso no quiere destituir constitucionalmente a un presidente, prefiere echarlo.
Claro que se puede vender el aviso publicitario que lo echó el pueblo. No hay pueblo en la Argentina; hay gente con hambre, grupos armados, bandas de choque y una clase media con un sector castigado en sus bolsillos y otro gozando de privilegios fiscales y monetarios que cubre su vergüenza manifestándose en hipócrita rebeldía y aplaudiendo siempre lo peor.
¿El futuro? En lo económico es probable que se devalúe el peso y se termine así con el régimen de convertibilidad. Habrá inflación. Los ahorros contabilizados en dólares que están depositados en los bancos perderán gran parte de su valor. Se entrará en default.
Es probable también que una vez que se tomen estas medidas haya situaciones de caos y desfinanciación por lo que luego se dolarizará. Resulta difícil imaginar que en Argentina se tenga la fuerza política y la honestidad para sobrevivir a una puja con los acreedores externos e internos y frente al poder financiero.
Políticamente es posible que lo que hasta ahora se llama justa rebelión del pueblo, coraje de la gente, cacerolazo bendito, etcétera, de ahora en más se llamará acción de bandas subversivas, o grupos disolventes de extrema izquierda. El peronismo en el poder sabe manejar mejor los resortes de la protesta y también conoce cómo implementar con mayor crueldad los de la represión.



Ya vuelven los chupópteros

Por Osvaldo Bayer (Desde Bonn, Alemania)
Publicado en PAGINA 12

Mi intención era escribir acerca de un tema que trata del triunfo de la verdad y solidaridad. Un hecho verdaderamente bello. La Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores inauguró su hotel en pleno centro de Buenos Aires y le puso el nombre de “Facón Grande”. El nombre de ese criollo, José Font, digno hasta los tuétanos, que encabezó –hace ochenta años– la gran huelga de los peones patagónicos, y fue fusilado en forma vil y cobarde por el teniente coronel Varela, en la campaña represiva ordenada por el gobierno radical. El nombre del gaucho de los desiertos patagónicos, mártir en la lucha por la dignidad, entra así por primera vez en las calles de Buenos Aires. El ejemplo del coraje para la solidaridad. Allí está, ahora, su estampa, en la calle Reconquista, después de décadas y décadas de haber sido olvidado por la historia oficial.
También me hubiera gustado describir en la nota de hoy el trabajo optimista y digno del personal del hipermercado rosarino Tigre quienes, ante el abandono de la empresa por parte de la irresponsable patronal, se han puesto a crear una cooperativa, un supermercado comunitario, donde el trabajo mutuo y solidario pueda demostrar cuánto valor se crea cuando el ser humano abre su mano para el trabajo en beneficio de todos y no del egoísmo personal, cuando se cree en las fuerzas propias y no en los viajes a Washington del gran mentiroso Domingo Cavallo, o en los patacones de Carlos Ruckauf o en los discursillos con música de la marcha de San Lorenzo del insignificante Fernando De la Rúa.
Pero el avión que me trajo a Alemania me alejó de la Argentina cuando se estaba todavía en la vigilia de los grandes hechos. Y fue en la televisión de aquí que experimenté aquello tan esperado del espontaneísmo de las masas –que cuando lo sostuve produjo la sonrisa superior de más de un comentarista políticamente correcto–; sí, el pueblo estaba en la calle después de haber agotado su paciencia y de sentirse humillado hasta el hartazgo.
Otro gobierno radical que caía. La historia se repite con ellos. Todos salieron disparando. El país humillado. Los radicales le volvieron a meter bala, cosa que ya aprendieron en la Semana Trágica. Ahí están los cuerpos del pueblo, calientes aún. Y ese muerto en las escaleras del Congreso, desangrado. Todo un símbolo.
Los “representantes” del pueblo metieron violín en bolsa. Con muertos en la calle. El presidente no se suicidó frente a su escritorio y su banda presidencial. No, se rajó. Costumbre de la Unión Cívica Radical, muerta para siempre.
Pero ahora queda el otro populismo. Ya comienzan las sombras inmediatamente después del sol y su claridad conquistada por el pueblo en la calle. El otro populismo con el chupóptero insaciable que se chupó todas las riquezas, todo el petróleo, todas las armas, toda la moral. Ahí está, presidiendo el otro populismo y ya ha tendido sus tentáculos. Nuestro futuro es el chupóptero o los nombres que esperan en un ansia indescriptible: Ruckauf, Duhalde y todos los otros gobernadores que esperan en segunda andana, o por ahí algún Yoma surgido de improviso de la mesa de póker riojano.
Ya basta de populismos. Para que la Argentina llegue alguna vez a ser una democracia tienen que desaparecer los populismos para siempre. Porque si no el país terminará en una cañonera paraguaya o matando hormigas en la isla Martín García.
Vergüenza de ser siempre defraudados. La misma profunda vergüenza y asco que sentimos los argentinos ante las pantallas europeas viendo las escenas de cobardía extremas de la represión policial argentina en las calles y las plazas del país. Todos vieron cómo eran golpeadas las Madres de Plaza de Mayo. Esta vez los verdugos ejecutores fueron el huido De la Rúa, elministro Mestre y el obediente lugarteniente Mathov. Más todos los jefes de policía y sus bandas de comisarios. Esa policía que al igual que la gendarmería se ha convertido únicamente en represora del pueblo. Son cuerpos represivos contra el pueblo que no se esconde ni se pone de rodillas. Ante las cámaras de la televisión extranjera quedaron registrados tal cual como fueron durante la dictadura: cobardes asesinos de los mejores que derrumbaron las podridas empalizadas donde se escondían los ladrones internacionales del despreciable agente financiero Domingo Cavallo.
Los cuerpos represivos de este diciembre glorioso mostraron la cara que tuvieron durante la dictadura y que les fue protegida por el doble juego cínico de la obediencia debida y el punto final de los Alfonsín, los Menem, los De la Rúa, los Duhalde y Rückauf y también Reutemann, con sus jefes policiales perfilados en el crimen y la desaparición de los años del oprobio. En este diciembre de gloria salieron a demostrar con sus sucios uniformes su crueldad y su mentalidad asesina. Las escenas fueron increíbles: Milicos de a caballo con látigos rodeando y castigando con saña degenerada a mujeres y jóvenes. ¡Qué bestias! y esos son los que custodian la seguridad de la sociedad argentina como con voz de suboficial alcahuete nos endilgaba el excelentísimo payaso triste de la Nación. Hay una escena que define hasta en sus últimos detalles la esencia inmoral y perversa de los policías argentinos: un joven corre con una tira de asado que ha quitado de algún supermercado, un policía lo atrapa lo castiga con ferocidad con su palo en el rostro, le quita la tira de asado y se la lleva al transporte policial que lo ha traído. Hoy, en el patio de la comisaría, la policía hará su asadito para cambiar la acostumbrada pizza con muzza doble...
Si nos creemos democráticos y tenemos fe que los días de diciembre fueron el principio de una nación en serio, debemos hacer desaparecer también toda la maraña de las mafias familiares y de intereses en el populismo que resta y que va a tratar ahora de tomar todos los timones. Para eso, las agrupaciones que con su presencia y su actitud fueron capaces de lograr esta quiebra de una política de cada vez más hambre, desocupación y miseria, tienen que seguir sintiéndose protagonistas en la vida del país, seguir en asamblea permanente y dar todo el poder a las asambleas, cuyos delegados llevarán y traerán los conceptos y las ideas de los otros grupos del pueblo. Los trabajadores, por su parte deberán movilizarse para terminar con el humillante poder de los gordos en la central obrera, quienes han terminado por tiempo indefinido con todo atisbo de democracia en la todavía inmensa columna de los hombres de trabajo. No nos demos vacaciones esperando los resultados de los asimilados al chupóptero y de otros que dominan los comités. No son ellos los demócratas, no son ellos los que nos tienen que decir cómo debemos comportarnos en nuestras vidas y en la protección de nuestras familias. Y no dejar de vigilar el fascismo que se viene, con sus Seineldín, Rico, Patti, Bussi, a quienes abrieron su camino precisamente los conciliábulos y las posibles tajadas electorales de los partidos populistas reinantes.
El sábado pasado entregamos los diplomas a los multiplicadores de la materia de Derechos Humanos en Rosario. Un acto lleno de fuerza y de bondad. Sé que en las últimas jornadas algunos de ellos fueron baleados cobardemente por la policía de Reutemann, marcada por el símbolo de la dictadura de la desaparición. Mi homenaje a esos hombres y mujeres que llevan en su alma la bondad de los discípulos de los grandes pensadores de un verdadero encuentro entre los seres humanos, alejado de egoísmos y de avidez.
Nada se va a arreglar con el hombre elegido por el Senado. No dejemos que vuelvan los chupópteros conocidos de antes ni sus conocidos seguidores de comité. En las rutas, en las universidades, en los organismos dederechos humanos, en los sindicatos sin gordos, en los comités de huelga, hay suficiente fuerza como para ir formando un país como aquel que soñaron Moreno y Castelli en la Primera Junta, Agustín Tosco en las largas marchas, Rodolfo Walsh en sus sueños y los monseñores De Nevares y Angelelli en los humildes patios de sus parroquias.

Un pueblo en la calle

Por Eva Giberti
Publicado en PAGINA 12

Las puteadas fueron el punto de anclaje para cada una de las columnas y para cada agrupamiento callejero. Los insultos en alarido apenas lograban ocultar las voces desafiantes que exigían renuncias para un aquí y ahora sin futuro previsible.
Una población que inauguraba su propio estilo recurrió al tránsito nómade para rescatar la palabra olvidada y decadente: la gente se nombró pueblo otra vez. Sin pancartas ni estribillos partidistas, solo las manos aplaudiendo o repicando metales, alumbraron el amanecer de este pueblo sin revolución y sin proyecto.
Hija de la nueva frustración, quienes habían sido gente en las colas frente a los bancos, después de la intervención televisada de quien era el presidente, se convirtieron en un pueblo aferrado al alivio que reunirse y caminar proporcionan.
El espacio físico de la esfera pública acogió a las columnas que abrieron el espacio para la actuación colectiva y empujó hacia la deliberación impensada a los miembros del Gobierno. Este espacio público fue transitado por quienes abandonaron el anonimato y se movilizaron para sustituir a aquellos que habían elegido como representantes.
La esfera política, la de los partidos políticos, encogida y sedentaria en los ámbitos legislativos, se agrandó y se sostuvo en la energía que surgió de la improvisación ciudadana. Retrocedieron respecto de lo que habían firmado, se arrepintieron de sus complacencias y “guarnecidos por las columnas que los insultan” pronuncian el lenguaje con que la República los asiste. Entonces, Asamblea Legislativa. Nos preguntamos, si, como quiere Arendt, ahora que los problemas sociales han adquirido relevancia pública, se transformarán en problemas políticos. Porque de la selección que esos representantes hagan de tales problemas sociales, y del espacio que dejen abierto o cerrado para el ejercicio del gobierno que deba ocuparse de ellos, dependerá la salida o la encerrona.
Quienes salieron a ocupar la noche liberaron la antigua tensión psíquica que los asfixiaba y crecieron escuchándose gritar “el pueblo unido jamás será vencido”. Eso mismo era lo que vociferábamos durante la dictadura defendiéndonos de los mismos gases, de la misma policía. Después vinieron los días de la esperanza. Que es la más revolucionaria de las virtudes.
Y entonces se trastrocó la concepción de ciudadanía, engolosinada la población con la idea de democracia.
Se priorizó la ciudadanía según la concepción liberal que remite a una posición social pasiva que privilegia la defensa de los propios derechos sin asumir responsabilidad por las otras actividades de cada persona. Y se opone a la idea aristotélica que la define como un cargo y una responsabilidad. Es una concepción que desconoce la perspectiva republicana de la ciudadanía como un bien en permanente expansión, capaz de cuestionar, revisar y modificar las prácticas políticas y sociales de quienes disponen del poder de gobierno. La ciudadanía se define por su capacidad de presión y por su responsabilidad social, comunitariamente enlazada. De donde es posible pensar en la autonomía colectiva capaz de construir el sentido de su poder.
Hacia ese proyecto podría dirigirse la pueblada actual si tuviese proyecto.
Si ese proyecto pudiera construirse a la vera de las cacerolas momentáneamente silenciosas y en las deliberaciones de las asambleas barriales que en la madrugada nos convidaban a abandonar la curiosidad y a opinar. ¿Podremos?
Hubo un tiempo durante el cual creímos que podríamos. Cuando otros fogones y quienes éramos jóvenes en la década del 70 también transitábamos la noche porteña reclamando otro país. Repitiendo la escena, los jóvenes trasnochados que días atrás cantaban y dibujaban carteles en la avenida frente a la quinta presidencial, nos explicaban que era imprescindible modificar el modelo económico y cambiar el gobierno que lo sostenía. Mudos y memoriosos, quienes caminábamos la madrugada recordando los ‘70, temblamos. Era posible que el gobierno cayera, pero la autonomía colectiva aún no construyó su poder.Entonces, el aparato político capaz de vandalizar la resistencia civil podría ganar la calle para distorsionar el modelo creado por la ciudadanía espontánea y esperanzada.
Así ocurrió. El aparato político que impulsa la saña policial mostró su eficacia. Y una nueva aunque histórica tensión impregnó el coraje del que fue un pueblo en la calle: persiste, inmune a las puteadas, el poder que es alianza entre políticos sombríos y la maldición policial.


No fue un episodio más

Por Noe Jitrik
Publicado en PAGINA 12

En verdad no puedo sentirme contento por los episodios que han tenido lugar en la Argentina en estos días y menos aún por lo que se avecina. Es cierto que, si De la Rúa tuvo que resignar un lugar que debería haber defendido, también lo es que con ese acto culmina un proceso complicado y tortuoso que me parece que no supo ver ni estimar ni calibrar; por esa carencia tampoco pudo actuar, era impensable que pudiera tomar decisiones cuando no parece que íntimamente imaginara que las imposibilidades podían revertirse de alguna manera: careció de una filosofía y sustituyó esa carencia con la ilusión de un poder que se bastaría a sí mismo pero que no se bastó porque hay muchos otros elementos que lo configuran.
También es cierto que si, cuando se va, deja tras de sí unos cuantos muertos en la plaza, es posible que se sienta desconcertado, no es eso lo que hubiera querido, pero el lugar en el que él mismo se situó no podía sino conducirlo a esa triste ecuación: irse sin poder asistir al velorio. Concluye, pues, un episodio lamentable, marcado por la inoperancia, el equívoco, la falta de audacia, el empobrecimiento, la aquiescencia con la corrupción de la familia política, la mansedumbre ante los más groseros reclamos de los dueños del dinero, la admiración por los vendedores de baratijas como Cavallo, con su secuela de frustración y de tristeza.
Pero no es lo único que ocurrió: ocurrió que al parecer caducaron viejas estructuras mentales pero no se vislumbran las que las puedan superar. Eso hará que, pese a que muchos dicen que las manifestaciones indicaron ante todo un odio total y perfecto al sistema político, pronto habrá elecciones y algunos se preparan ya para enfrentarlas y buscar el voto de los que odian ese sistema con tanta fuerza como para jugarse la vida, como en efecto ocurrió.
Ciertos políticos, los barones peronistas, que esperaban que todo esto sucediera, aunque están preparándose para destrozarse mantienen un discurso que minuto a minuto tiende a hacer creer que lo que sucedió fue un mero episodio más, lamentable desde luego pero olvidable. No lo es: el ataque a los chinos, por ejemplo, implica el fin de un país para el cual la inmigración era la gran promesa; la galería de delincuentes que emergió de las sombras afecta la imagen que los argentinos tienen, publicitariamente, de sí mismos; el asalto a los comercios, por más que se justifique por el hambre no puede sino haber lastimado la dignidad de los que se vieron forzados a ello; el adelgazamiento del pensamiento y el triunfo del lugar común hacen pensar que la pobreza que nos espera no es sólo económica: a un porvenir de encono y de miseria se le añadirá un tedio homogéneo y compacto del que vaya uno a saber cómo nos vamos a redimir.



Requiem para el neoliberalismo

Por Atilio A. Borón
Publicado en PAGINA 12

El final sangriento y bochornoso del gobierno de Fernando de la Rúa tiene un significado que lo trasciende ampliamente. Su violento desalojo de la Casa Rosada simboliza con elocuencia el fin del ciclo marcado por la hegemonía del neoliberalismo en la vida pública argentina. Esta prolongada etapa se extendió por algo más de un cuarto de siglo, desde las postrimerías del gobierno de Isabel Perón hasta nuestros días. El principal ideólogo del proyecto que hiciera posible el ascenso del capital especulativo al puesto de comando de la economía fue el “superministro” de la dictadura militar, José A. Martínez de Hoz; su tenaz continuador a lo largo de casi dos décadas –y bajo tres distintos gobiernos– fue Domingo Cavallo.
La abrupta clausura de este ciclo deja un saldo inolvidable: estancamiento y recesión económicas apenas interrumpidas por breves períodos de artificial dinamismo; aumento fenomenal de la deuda pública; creciente vulnerabilidad externa; crecimiento exponencial de la pobreza, el desempleo y la desigualdad social; crisis de las economías regionales; destrucción del tejido social y auge sin par de la delincuencia y la inseguridad ciudadanas, todo ello asentado sobre una feroz ofensiva en contra del Estado democrático y el espacio público que dejaron a la sociedad a merced de los impulsos antropofágicos de los amos del mercado. Tal como se señaló en innumerables oportunidades, esta fórmula no sólo era incapaz de producir crecimiento económico y bienestar social sino que, además, corroía hasta sus cimientos los fundamentos mismos de la convivencia civilizada y la vida democrática. El gobierno nacional, fiel a su excluyente obsesión por “llevar tranquilidad a los mercados” no percibió que la sociedad estaba marcando cada vez con más fuerza los límites de esta política. Envió un primer mensaje en las elecciones del 14 de octubre, y fue desoída. Varios paros nacionales corrieron la misma suerte, al igual que las reiteradas protestas de los piqueteros. La consulta popular del FRENAPO, donde casi tres millones de personas votaron por un programa económico alternativo, también fue ignorada. Pero los saqueos populares y la gigantesca movilización del jueves a la madrugada le dieron el golpe de gracia, poniendo fin a una época y abriendo las puertas a otra, de naturaleza incierta pero que, en cualquier caso, nunca habrá de ser igual a la precedente.
¿Será un ejercicio prematuro decretar las exequias del neoliberalismo? No parece, habida cuenta de los cambios muy significativos ocurridos en la escena política. No se trata tan sólo de constatar la dolorosa agonía del bipartidismo peronista-radical, responsable principal de la decadencia argentina; ni mucho menos del desprestigio incurable del Congreso nacional. No, los cambios ocurrieron de manera traumática en la conciencia social y de ellos se desprenden dos consecuencias de gran importancia. En primer lugar, la sensación de que en el momento en que la sociedad civil se moviliza adquiere una irresistible “potencia constituyente” capaz de hacer saltar por los aires a cualquier gobierno con mucha más contundencia que el más rotundo resultado electoral. Segundo, la convicción de que se acabó la impunidad para los gobernantes. Si con el juicio a las juntas militares aquélla quedó clausurada para las fuerzas armadas, con el juicio sumario emergente de las movilizaciones populares la época en que los contratos electorales se rompían burlonamente y sin costo ante una ciudadanía desmovilizada y apática ha quedado en el pasado. Antes se podía prometer el salariazo y aplicar la receta del Consenso de Washington, u ofrecer un cambio de rumbo en relación a la política económica del menemismo para luego incurrir en el más obsceno “ultramenemismo”. La defraudación post-electoral casi no tenía costos para el gobernante. Después de lo acontecido en estos días una nueva estafa como ésas puede originar un brote de indignación popular que no se detenga respetuoso antelas puertas de la Casa Rosada o las residencias de los ministros, sino que alimente el deseo de dar un castigo ejemplar a los responsables de la nueva frustración. Y si ése llegara a ser el caso no alcanzarían todos los batallones policiales para contener a una ciudadanía empujada por la desesperación a resolver por medio de la acción directa lo que las instituciones son incapaces de procesar. En síntesis, más vale que los sucesores del fracasado proyecto aliancista vayan poniendo las barbas en remojo si es que tienen la malhadada idea de convocar a algún talibán del mercado, de esos que abundan en el CEMA o en FIEL, a resolver la crisis económica de la Argentina. En tal caso, les convendría recordar la forma en que, bajo circunstancias similares, se produjo la “salida” del gobierno de Mussolini o Ceacescu.

Entre el sueño y la pesadilla

Por Manuel Vázquez Montalbán
Publicado en PAGINA 12

La dimisión del presidente Fernando de la Rúa se produce sobre un paisaje de saqueos y cadáveres, de hambre y muerte. El fracaso del frente vertebrado en torno a los radicales por fuerzas progresistas moderadas que trataban de sacar a los argentinos de la larga agonía de lo que en su día se llamó peronismo, empezó a evidenciarse cuando esos efectivos progresistas complementarios fueron desgajándose y los radicales se quedaron evidentemente solos ante la evidencia de su impotencia para afrontar la crisis.
La crisis actual forma parte de la larga crisis de un país tantas veces reputado como de potencialmente riquísimo, que ya parece un tópico recordarlo. ¿A qué se debe la actual situación de bancarrota que suscita deseos de exilio económico en buena parte de los argentinos? La mala administración del gobierno de De la Rúa figura entre las causas, como figura la dureza con que la crisis asiática golpeó al Mercosur o los problemas de endeudamiento heredados desde los tiempos del falso optimismo económico de las juntas militares. Pero también hablamos de un país en el que las revistas de máxima circulación utilizaron a un ministro de Menem para hablar de la corrupción en términos implicadores: Si dejáramos de robar durante dos años, Argentina sería el país más rico del mundo. Valdría la pena probarlo, dos años no es tiempo, una vez superada la sorpresa de que un ministro se implique en las violaciones del séptimo, creo, mandamiento.
Causas más profundas vienen de desequilibrios estructurales de la economía argentina y de la perpetua, in crescendo, casi dramática ya fuga de capitales. La falta de solidaridad del capitalismo nacional viene de antiguo y se ha visto complicada con la entrada de lobbies vinculados al narcotráfico que han actuado como termitas en las estructuras de poder de buena parte de la América latina democrática. En otro tiempo se podía haber acusado a los sindicatos, al gremialismo todavía entintado de peronismo, de actuar como instrumentos desestabilizadores de la economía. El exterminio durante el proceso, es decir, la dictadura de Videla y compañía, de los cuadros sindicales más políticos, más propensos a una intervención de los trabajadores para modificar el Estado, ha acentuado la indefinición de los todavía poderosos sindicatos.
Si De la Rúa sacó a Menem de su arresto domiciliario para pasearse junto a él ante las cámaras de televisión, fue para convocar desesperadamente un consenso social provisional, avalado por lo que quede del menemismo en el sindicalismo argentino. Es difícil de medir hasta qué punto el menemismo es una pesadilla que para algunos todavía parece un sueño o un angustiado referente para una clase trabajadora que se ha quedado sin pautas, de nuevo lanzada hacia los límites de la pobreza. Buenos Aires tiene dos manifestaciones fijas cada semana: la de las Madres de Plaza de Mayo que reclaman todavía toda la verdad sobre lo ocurrido a sus hijos y la de los jubilados que protestan por sus pensiones de hambre. En una y otra manifestación se puede escuchar el discurso dialéctico de los oprimidos contra los opresores, como si asistiéramos a dos representaciones de Brecht en escenarios y ante espectadores impasibles, tan atentos a las tragedias distanciadoras como a las comedias de presidentes restaurados por el colágeno, encumbrados sobre una ciudadanía a la que se le prohíbe retirar de los bancos, de su propios ahorros, lo necesario para vivir.
Porque tal vez el drama que se representa, una vez más, es el de la impotencia de la razón de la mayoría contra la lógica de la situación controlada por la oligarquía y en último extremo por los de a caballo, es decir, por un ejército que se ha apoderado del Estado cada vez que esa oligarquía ha perdido las riendas. Las medidas globalizantes del Fondo Monetario Internacional no han hecho otra cosa que acentuar la pauperización de un país potencialmente rico, realmente pobre. Pero no en cultura porque cuenta con las capas medias más cultas de América Latina ycon los psicoanalistas mejor preparados para estudiar el síndrome de la autodestrucción inculcada aunque sea como consuelo.

El único cálculo posible

Por Abelardo Castillo
Publicado en PAGINA 12

Sin necesidad de hacer ningún análisis profundo, el estado del país es éste: mueren alrededor de cien chicos por día. Eso hace en un año treinta y seis mil, más del total de hombres y mujeres que la dictadura mató en siete. La desocupación es tres veces mayor que cuando Alfonsín tuvo que adelantar las elecciones a causa de la hiperinflación. ¿Es necesario otro análisis? Esta es, y seguirá siendo durante bastante tiempo, nuestra realidad.
La inoperancia, por no decir el autismo suicida, de De la Rúa y la paranoia financiera de Cavallo no son los orígenes de este caos, pero no dejan lugar a duda de que son lo que ha terminado de poner al país en este callejón sin salida: los muertos en Plaza de Mayo, los miles de detenidos, la gente debiendo robar por hambre en los supermercados y el caos adicional que, ante una situación así, se genera con los que se aprovechan del caos agregando el vandalismo.
Los economistas y los políticos tienen ahí una prueba irrefutable de que, debajo de sus ecuaciones matemáticas y cálculos electorales, hay siempre un hombre que se muere de hambre o una madre que no puede mandar sus hijos a la escuela, o una familia entera que tiene que salir a robar supermercados para comer. Lo único que espero es que los políticos dejen de lado las especulaciones electorales –porque es evidente que están calculando en este mismo momento si conviene que el presidente provisional esté noventa días en el cargo y dé elecciones, porque hay quien piensa que en esas elecciones no podrían participar los viejos candidatos que son los que nos llevaron a esta situación.
No sé cómo se implementa una solución a este dilema. Lo que sé es que, si existe, debe partir de la siguiente certeza: no es que no deba pagarse la deuda externa. Sencillamente no se puede pagar. O, para decirlo más claro, la certeza es doble y es el único punto de partida desde el que se puede buscar una solución: la deuda no se puede pagar y el pueblo argentino debe comer.

Las diferencias

Por Roberto Cossa
Publicado en PAGINA 12

Renunció De la Rúa. Hay una sensación generalizada de alivio. También hubo alivio el día que fue derrocado Arturo Illia; y lo mismo ocurrió cuando cayó Isabelita. Hubo alivio mayúsculo cuando los militares se fueron; y también cuando en su momento Alfonsín y Menem dejaron el poder.
Pero hay una diferencia. En 1966, Perón vivía y coleaba y era garantía de un recambio; en el ‘76 estaba la alternativa de la democracia; en 1989 Menem renovó el optimismo de las clases populares; y con el triunfo de la Alianza, finalmente, un vasto sector de la ciudadanía recuperó sus sueños de una posibilidad progresista. En cada caso el pueblo sintió que tenía un futuro. Pero ahora, ¿qué? ¿Quién? ¿Cuál es el hombre o el modelo que se instalará desde hoy en el imaginario popular? ¿El justicialismo? ¿Ruckauf, De la Sota, Reutemann, Menem otra vez?
El pueblo que necesita un cambio se ha quedado solo. Volteó un gobierno, pero no sabe muy bien cómo seguir. Y encima desconfía.
Existe un discurso que, con vocación perversa o ingenuidad bienintencionada, se ha instalado en el país: que los argentinos somos todos iguales, igualmente responsables de lo que nos pasa e igualmente dueños de nuestro futuro. “El país lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”. “Si los argentinos nos unimos, tenemos un futuro venturoso”.
¿Quiénes somos los argentinos? ¿El pibe embrutecido y humillado por la miseria que tiró la piedra y también el cana embrutecido por el odio que le pegó un balazo en la cabeza? ¿Quiénes se van a unir? ¿El desgraciado comerciante de Don Orione con el más desgraciado vecino que le saqueó el paquete de polenta? ¿Se van a juntar Videla con Pérez Esquivel? ¿Escasany con De Gennaro?
¿Qué significa ser argentino? ¿Haber nacido en la Argentina?
En la Argentina hay ciudadanos que tenemos una vivienda decente, derecho a la asistencia médica, educación y acceso al ocio y a la cultura. De ahí para arriba, al yate y al avión privados. Somos los que, más allá de las enormes diferencias, vivimos bien. Pero no todos los que vivimos bien somos iguales, ni pensamos lo mismo, ni podremos unirnos. Hay categorías. Siempre las hubo, pero ahora que no existen modelos en los partidos políticos ni estructuras que nos convoquen mayoritariamente, la lectura es otra. Porque entre los que vivimos bien hay diferencias. Están los que no pueden vivir bien mientras no haya otros que vivan mal. Son los que lucran con el mal ajeno. Están también los canallas. Su vida no depende de los padecimientos de los otros, pero necesitan que haya víctimas para aumentar el placer de su bonanza.
Afortunadamente, los que son felices con la desgracia ajena son una minoría. La mayoría no se siente feliz porque a los otros les vaya mal. Pero tampoco infeliz. No les importa. Son los que pueden vivir bien aunque otros vivan mal. No les agrada la desgracia ajena, pero tampoco se hacen cargo. Finalmente hay otra minoría: los que no pueden vivir bien mientras haya gente que viva mal. Son aquellos llamados, genéricamente, progresistas, solidarios, de izquierda. El futuro de la Argentina está en sus manos, siempre que haya una fuerza, un partido, una organización, que ponga en escena el espacio para unirlos y generar una alternativa verdadera y permanente.
Sólo habremos alcanzado la verdadera democracia y el ingreso a una sociedad civilizada el día en que no haya argentino sin comida, sin salud y sin educación. Hay que terminar con los argentinos que viven mal. Y ésa es tarea exclusiva de los argentinos que viven bien y que no soportan que haya compatriotas que vivan mal.
El desafío es simple, pero complejo, dificultoso: unirnos por encima de los partidos y de las estructuras políticas. La gente está. El deseo está. Sólo es cuestión de estrategia.

Cómo defenderse de los políticos

Por Eduardo Belgrano Rawson
Publicado en PAGINA 12

Ante todo, cortándola con los diagnósticos. Es el terreno que les encanta, el pantano donde nos mantendrán entretenidos para que nos perdamos más fácil. En segundo término, no creer que bastan las buenas ideas, dejando que ellos se ocupen de instrumentarla. Por el contrario, ellos se encargarán de volverlas inofensivas. El Consejo de la Magistratura es el mejor ejemplo, el fracaso más estruendoso de la democracia. Finalmente, obligarlos a que, antes de las próximas elecciones, digan cómo harán:
para cambiar la Corte Suprema;
para impedir que los caudillos del interior continúen con sus desmadres, llevando sus provincias a la quiebra mientras prosigue el banquete;
para que los partidos políticos dejen de ser agencias de empleo de militantes desocupados;
para defendernos de la familia del presidente;
para terminar con la política del “Sí, George”;
para acabar con todas las jubilaciones de privilegio;
para que los candidatos con algún prontuario queden fuera de la carrera;
para sacar una ley antimonopólica en serio;
para desvincularse de sindicalistas que nunca se ocupan de los trabajadores;
para que el país deje de estar gobernado por una corporación financiera;
para no figurar jamás en la nómina de algún empresario.
Para qué seguir. Tampoco hay que ser maniático. A ver si porque rompimos unas vidrieras nos creemos de pronto que merecemos ser Dinamarca. Hoy por hoy, seguimos en Africa. Pero este papelucho de intenciones mínimas podría servir de algo. Si se lo mostramos a ellos, seguro que nos dirán “Frafraslafra”, mientras nos estrechan en un abrazo, con los ojos preñados de lágrimas. Entonces nosotros, “dunga dunga”. Y avanti con el voto castigo. Ma sempre avanti.

La disolución de la Argentina y sus remedios

Por Beatriz Sarlo
Publicado en PAGINA 12

El poder ha vuelto adonde estaba en el siglo XIX, antes de la organización nacional. Los gobernadores, los senadores que representan a las provincias y, por supuesto, también los diputados (que representarían a la ciudadanía sin divisiones provinciales) deciden la forma que tendrá nuestro futuro más inmediato. A cualquiera le queda claro que son los gobernadores quienes tienen la voz cantante y es por eso que el poder del estado nacional está repartido, desigualmente, entre los estados provinciales. La Argentina ha destruido aquella construcción nacionalestatal que le costó esfuerzo, sangre y guerras. Lo que vendrá puede ser, entonces, un país dividido entre las potencias locales que lo integran (ésta es la peor hipótesis) o una nación que decide, por segunda vez en su historia, organizarse como estado. La decadencia final o un largo y difícil camino de reconstrucción republicana, que sostenga una democracia igualitaria.
En este cuadro de estallido del poder central en poderes locales, el peronismo será el protagonista decisivo. No sólo porque ganó las últimas elecciones, sino porque obtuvo, desde antes, la mayor parte de los poderes locales. El peronismo exportará sus conflictos o sus acuerdos a toda la nación. La Argentina, una vez más, depende de este partido. Así son sencillamente las cosas: de lo que haga el peronismo, del acuerdo a que lleguen sus señores provinciales, dependerá el curso de la política. Y, se sabe, en la sala donde se sientan los grandes electores justicialistas, hay de todo: oligarcas reaccionarios, populistas conservadores, proteccionistas, liberales moderados.
En paralelo, sin duda, las fuerzas sociales reclaman ser escuchadas. Que se las escuche será una verdadera novedad porque, en los últimos diez años, tanto Menem como De la Rúa fueron ejecutores de un régimen político que tuvo en cuenta exclusivamente los intereses del capitalismo financiero más concentrado y, en los márgenes, de un grupo formado por los muy poderosos del capitalismo local.
La Argentina necesita cambiar de régimen político. Y digo esto en un sentido fuerte: es necesario que las instituciones dejen de ser una red de transmisión de órdenes de ese sector capitalista completamente minoritario, que no ha vacilado en castigar a la sociedad con los sacrificios más crueles, presentados como la única salida posible.
Las puebladas que dieron por tierra el gobierno caricaturesco de De la Rúa no son una base para pensar este cambio de régimen. Ellas estuvieron animadas por un fuerte sentimiento antipolítico, que tiene todos los motivos bien a la vista. Ese sentimiento es un síntoma, no un remedio. Los que estuvimos en las manifestaciones, vimos allí una fotografía de la sociedad: la cultura de calle de los barras bravas y la cultura de manifestación de las capas medias, la furia de los marginales y la moderación de los jóvenes que iban con sus botellas de agua mineral o sus bicicletas. Todos se sintieron estafados y victimizados. Todos rugían contra los políticos.
Y, sin embargo, lo que la Argentina necesita, además de dar comida ya mismo a millones de personas, es una larga y trabajosa construcción de un nuevo escenario político. O, más que un escenario, un nuevo tipo de relación entre política y economía, entre gobierno y capitalismo: una relación de la mayor autonomía. Escribo esto y no dejo de percibir que la tarea es gigantesca y que los protagonistas hasta hoy sólo han discutido mínimas porciones de poder. Sin embargo, la cuestión se plantea en términos nítidos: cambio de régimen o decadencia nacional que, además, comporta sufrimientos que incluso hoy no imaginamos.



11/10/01

La ficción como modelo

(...) "como los relatos siempre han sido los grandes proveedores de modelos, toda ficción que no quiera colaborar con el dominio y el crimen debe ponerse en cuestión a sí misma. Dicho de otro modo: la ficción convencional se cree un instrumento para explorar el mundo, pero se emperra en ignorar que, como todo instrumento, puede funcionar mal, averiarse o tener efectos paradójicos".

Marcelo Cohen

20/9/01

Aburrimiento

Salvo algunos momentos,
breves,
el resto es aburrimiento,
sólo aburrimiento.

Cazuza

22/7/01

La máscara infinita

Por Marcelo Cohen
Publicado en CLARIN

David Foster Wallace, nacido en 1962, es el escritor estadounidense que más fanáticos ilustrados ha logrado reclutar después de los ya eminentes John Barth y Thomas Pynchon. Como creció entre 500 canales de TV y el auge universitario del post-estructuralismo, Foster Wallace tiene una crispada conciencia de que la cultura de su país ya no puede confiar en la transparencia de la persona ni la realidad de las sensaciones. Por eso se abstiene de escribir sus relatos desde una idea previa, y por lo tanto de concebirlos desde el desenlace para atrás. Con tal de examinar a fondo lo que su imaginación inventa, resigna de buena gana la autoridad que ejercen otros narradores para mantener al lector sujetado. A veces lo mejor de sus cuentos es una flagrante falta de rumbo, como si aprovecharan las alternativas que se abren con cada frase.
Sin duda Foster Wallace piensa que las sólidas certezas y la solvencia técnica de algunos humanos se combinan bien para crear dictaduras. Pero también piensa que pocos humanos se las arreglan sin un modelo de conducta; y que, como los relatos siempre han sido los grandes proveedores de modelos, toda ficción que no quiera colaborar con el dominio y el crimen debe ponerse en cuestión a sí misma. Dicho de otro modo: la ficción convencional se cree un instrumento para explorar el mundo, pero se emperra en ignorar que, como todo instrumento, puede funcionar mal, averiarse o tener efectos paradójicos.
Por su parte, a Foster Wallace le interesan la rara fluidez de los hechos y la distancia como condición del amor; cree más en la energía y la amplitud del relato que en su poder de hechizo. Publicó una novela de mil páginas llamada Infinite Jest, que trata de los complots en torno a un filme tan cómico que puede matar al espectador o lobotomizarlo, y varios libros más; el primero acaba de traducirse al español.
La niña del pelo raro (1989) consta de diez cuentos de extensión y forma muy diversa, el último de los cuales, "Hacia el oeste, el imperio continúa", es largo y angustiante. Para festejar los 20 años de una publicidad muy popular, McDonald''s convoca a todos los ex niños que participaron en la campaña a una fiesta mediática en Collision, Illinois, donde está el primero de los locales estelares que la cadena llamó "Casas encantadas". Debido a un retraso de vuelo, el genio publicitario J.D. Steelritter y su hijo De Haven —forzado por J.D. a oficiar de anfitrión vestido de payaso— llevan al festejo, en un auto achacoso, a un ejecutivo fóbico, a la escuálida y engreída escritora en ciernes Drew-Lynn Eberhardt y a su novio Mark Nechtr, campeón de tiro con arco y adonis sereno que se consume por dentro preguntándose cómo escribir sin ser ingenuo ni hipócrita. Drew-Lynn y Mark son las promesas del encumbrado Seminario de Escritura que el novelista C. Ambrose dicta en una universidad de Nueva Inglaterra. Hay un libro de Ambrose, Perdido en la casa encantada, que para los alumnos es el canon de la metaficción posmoderna y el relativismo ético; y Ambrose no es ajeno a que su amigo Steelritter haya llamado "Casas encantadas" a los locales McDonald''s. La sexta y estoica pasajera es ex mujer de Ambrose y también fue publicitaria.
Lo peor de la situación es que no proviene de un complot, sino de una natural relación de funciones culturales. Al borde del camino se extiende la llanura central americana. Rencillas y dilemas saturan el ambiente del coche. Mark piensa que, más allá de las ventanas, los negocios y la publicidad nublan el paisaje sin que la novela paródica que pregona Ambrose consiga aclararlo un poco. Dentro, la cercanía de los cuerpos corroe lo que queda de afecto. De Haven se atormenta buscando el reconocimiento del padre, JD no entiende a quién puede interesarle una casa encantada McDonald''s. Mark y Drew-Lynn ignoran si los une la emulación o la indiferencia. Todo lo real se aleja más y más; y Foster Wallace trata esta extravagante situación con una obstinada lentitud, como si la atención del narrador al detalle pudiera dar a los personajes la ocasión de salvar las suspicacias que los aislan; como si la atención muy abierta y la digresión constante fueran un remedio aceptable para un deseo aturdido por los simulacros.
Foster Wallace hace con esa anécdota exactamente lo contrario de lo que haría un narrador "vívido y continuo", por ejemplo John Irving: va mostrando el revés de cada artimaña narrativa. Y es que en sus cuentos sobre gente acomodada, hiperconsciente y triste se juega el drama de la actual ficción norteamericana, que para él está atrapada entre un falso realismo ciego a los hechos —porque les impone las reglas del arte representativo— y un elogio de la autonomía literaria que abjura rencorosamente de la realidad.
Por cierto, forzar hasta el paroxismo el poder de la literatura para crear más literatura es lo que hizo el inimitable John Barth, notoriamente en los cuentos de Perdido en la casa encantada. Se ve entonces que en ese coche Foster Wallace concentra todo lo que su generación debe superar para entender el desasosiego de un país desrealizado. Con un pie en Melrose Place y otro en la metaficción (Barth incluido), observa una cultura que puede aniquilarse toda de placer en formas que otras culturas desconocieron, y que por eso mismo puede sondear zonas desconocidas de la mente. ¿Cree de veras la Norteamérica de hoy que el placer ilimitado es la libertad? ¿Supone que el objeto de la vida es experimentar todo el placer posible? Foster Wallace sugiere estas preguntas sin miedo al ridículo, con la levedad que aprendió en las sit-com y el desdén por la voz de autor que le inculcó la posmodernidad, pero también con la vieja fe en que los hechos son para el narrador no un problema sino un estímulo.
Estos cuentos son una muestra perfecta de la cantidad de historias interesantes que puede dar una estética relajada. Héroes del periodismo, villanos de la empresa, figuras históricas, leyendas del deporte, presentadores famosos y hasta dinosaurios pueblan La niña del pelo raro, junto con personajes que van del manager deprimido hasta el psicótico de frontera.
En "Animalitos inexpresivos", por ejemplo, una chica que tiene una racha triunfal de años en un concurso televisivo es derrotada por un hermano autista, en un encuentro que urden los productores cuando el lesbianismo de la genia se les vuelve engorroso. En "La niña del pelo raro", un joven millonario nacido entre militares alivia su angustioso sadismo en un concierto de Keith Jarret, en compañía de un grupo de punks trogloditas. Todos, famosos y miserables, se enfrentan con la productiva impotencia, no ya de practicar la sinceridad, sino de definirla o identificarla.
En el mismo grado de indefinición está el lenguaje de Foster Wallace, lo cual se dice aquí como elogio. Para despojarse del estilo hace falta un talento dúctil, entrega a los argumentos, diletancia y amor a secas. El beneficio puede ser, como en este caso, una coherencia hecha de surtido; un efecto de franqueza logrado por la abundancia de máscaras. Y hasta la promesa de que el cuento, ese género herido de imitación, también puede ser reinventado.

20/9/00

Lo desconocido

Lanzarse a lo desconocido,
desde lo que es conocido,
pero intolerable

Béla Bartók

27/11/99

La historia de Salomé

Por Ernesto Schoo
Publicado en LA NACION

En 1884, Oscar Wilde viajó a París en luna de miel. Acababa de aparecer la novela que apasionaría y escandalizaría a Europa: "Ë Rebours", de Joris-Karl Huysmans, donde se narran las andanzas de un tal Des Esseintes, epígono del decadentismo, en procura de agotar todas las sensaciones más exquisitas y refinadas, aun en la esfera de la crueldad. Oscar quedó fascinado con la descripción de una de las pinturas que el simbolista Gustave Moreau dedicó a la princesa de Judea, Salomé, contemplando la cabeza cortada de San Juan Bautista. Nada podía complacer más a Wilde que ese párrafo, mezcla de sensualidad perversa y catálogo de joyería.
Siete años más tarde, siempre en París, Wilde fue presentado a Mallarmé, que por entonces escribía su poema "Herodías". Al parecer, surgió en el irlandés el deseo de emular a su colega con una composición sobre el mismo tema. Quiere la leyenda que al ver en el Moulin Rouge a una acróbata rumana que bailaba sobre las manos, Oscar la asociara con la curiosa representación de Salomé en algunos capiteles y pórticos de catedrales góticas (Amiéns, Ruán), y resolviera mostrarla en una obra de teatro. De vuelta en su hotel, durante toda la noche y hasta la madrugada, Wilde habría escrito "Salomé" de un tirón y en impecable francés.
Wilde le leyó la pieza a Sarah Bernhardt, que se propuso estrenarla en esa ciudad al año siguiente. Los preparativos avanzaron, pero no habían contado con la estricta censura británica (abolida tan sólo en 1968) que prohibía llevar personajes bíblicos a escena. También fue objetada la sensualidad con que Salomé alaba el cuerpo del Bautista, sin reparar en que se trata de una paráfrasis del Cantar de los Cantares; así como las invectivas del Precursor contra la adúltera Herodías, madre de Salomé, provienen de los profetas Isaías y Ezequiel, y del Apocalipsis la descripción de la gran prostituta babilónica.
Tal fue la verdadera causa de la prohibición de "Salomé" en Inglaterra, y no el escandaloso proceso de Wilde, que estallaría en 1895. Cuando la pieza se estrenó por fin en París, el 11 de febrero de 1896, en el Théâtre de l´Oeuvre, dirigida por el célebre Lugné-Poe y con una tal Lina Munte como protagonista, su autor languidecía en la cárcel de Reading. En Londres no se la pudo representar públicamente (sí en privado) hasta 1931.

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