1/1/04

Enrique Symns. El hombre de los venenos

Por María Maratea
Publicado en ROLLING STONE


Hace poco, mientras paseaba a mi perra por Plaza Dorrego, escuché esta conversación entre dos pibes de unos 16, 17 años:

PIBE 1 (piercing en la ceja, collares, pelo corto y despeinado, jean y zapatillas): No boludo, mi viejo me contó. Era fanático de esa revista. Me contó que hacían notas a los presos, a los drogones, a las putas. PIBE 2 (bermudas, remera blanca, pelo rapado, zoquetes, borceguíes): Que loco. PIBE 1: Dicen que la cerraban a cada rato. Mi viejo tenía todos los ejemplares, pero en una mudanza las perdió. No se consiguen. Ahora son de colección. PIBE 2: Cómo se llamaba la revista, boludo. PIBE 1: Cerdos y Peces.

Le cuento la anécdota a Enrique Symns mientras le pide al mozo una ginebra. Me mira cuando pido un café con leche. Son las cinco y media de la tarde. La camisa azul oscuro contrasta con su pelo escaso, largo y blanco. Es de las personas que cuando apunta con los ojos, ve lo que mira. Prende un cigarrillo. Se inquieta. Le digo que estuve a punto de interrumpir a los pibes y contarles lo que significó en esa época la aparición de su revista. Me acuerdo que aunque recién asomaba la democracia, muchos la leían a escondidas. En las calles todavía se respiraba miedo.

Veníamos de sortear los 70, década que marcó un antes y un después. Si tomamos aquel año fatídico como punto de referencia para hablar de vos, para los que te conocen y los que no, ¿cómo te encontró el ‘76?
Sí, año fatídico el ‘76. Como a muchos otros, a mí también me encontró yéndome a España. Habían desaparecido a la presidenta de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires y le tocaba el turno a la vice, que era mi pareja de aquel momento. Así que tuvimos que irnos.

¿Qué hiciste allá?
Yo era un tipo que no tenía oficio. Había sido un delincuente juvenil. Allá viví de vender autos, de hacer encuestas, y había empezado a escribir. Una editorial mexicana me pidió que escribiera un libro anónimo -como se acostumbraba en aquélla época- que se llamó “La represión sexual en el franquismo”. Me pagaron bien. El libro era muy bueno, pero sobre todo me sorprendió a mí.

¿Por qué te sorprendió?
Porque no sabía que podía hacer un libro de ese tipo. Encuesté como a mil personas. Yo no sabía que era periodista. Y lo era. Soy un periodista nato, o algo así. Descubrí el periodismo caminando. Descubrí que soy un narrador, un antropólogo de la vida cotidiana, por decirlo de alguna manera. Mi ámbito fue siempre lo cotidiano, no el campo social, el político o el artístico. Tengo una especie de capacidad innata para describir, para prestar atención. Así que, sin saberlo, volví con un oficio. Empecé a presentir que capaz que tenía un oficio. Comenzaban los 80s. Vivía de actor callejero, también. Lo había descubierto en España. Trabajaba en la calle o en algún boliche y pasaba el sombrero. Así me encontraron los Redonditos de Ricota, que yo no sabía quiénes eran. Ni el rock me interesaba mucho.

¿Cómo fue ese encuentro?
Yo hacía monólogos en el Centro Cultural Congreso, en la calle Bartolomé Mitre, un lugar que dirigía un hombre encantador, un peronista de la resistencia cultural que convocaba a tipos anarcos y locos para que organizaran allí eventos. Un día apareció la negra Poly; yo no la conocía. Cuando se me acercó creí que me quería levantar. Me fui con ella como si fuera una mujer, no sabía que era una bruja poderosa. Fuimos a un bar a charlar y me contó que me quería presentar a unas personas, a un grupo de rock, nada más. A la siguiente función yo actuaba en la cortada Tres Sargentos, con Horacio Fontova. La Negra apareció con un pelado, bueno, aparecieron los tres: Poly, Skay y el Indio. Esperaron a que terminara con mis monólogos y me ofrecieron trabajar con ellos. Al mismo tiempo, mirá que curiosidad, me llamaron de la revista Pan Caliente. Ralph Roschild se iba a vivir a Holanda y necesitaban un jefe de redacción. Sin saber por qué, con esa intuición demente, Jorge Pistocchi, que era el editor, el dueño, me convocó. Yo no tenía la menor experiencia, apenas la española. O sea que se dieron los dos fenómenos juntos: empecé a trabajar en Pan Caliente como jefe de redacción en mi primer experiencia periodística y empecé a actuar con los Redondos, que en aquella época no eran nada, juntaban cincuenta, sesenta personas. Al poco tiempo entré en contradicción con Pan Caliente; fue cuando todo el movimiento musical del rock participó del evento “Encuentro por Malvinas”, organizado por la dictadura para encubrir sus delitos y legalizarse públicamente. Alberto Silva -quien también trabajaba en la revista- y yo lo señalamos como la gran traición del rock, como uno de los eventos más siniestros de la historia del género, porque eso nunca había sucedido en ninguna parte del mundo. Participan todos menos Piero, que se negó -esa fue una de las históricas ausencias de ese recital- y Fito Páez que, como siempre, fue un tipo distinto a los demás. Eso generó desacuerdos con Pistocchi, quien criticaba a la dictadura pero no al rock. Después me llamaron de Clarín, me generó una contradicción enorme. Eso me hizo dar cuenta, de repente, de que yo era bueno, que yo tenía algo que les interesaba a los demás.

¿Qué pensabas vos de vos?
Mirá, mi vida fue muy curiosa. Yo nunca hice el colegio primario, no aprobé el colegio secundario, no hice nada.

¿Nunca fuiste a la escuela?
Nunca. Soy un autodidacta. De resentido que era, porque mis padres no me habían dado una educación, me comí todo. Aprendí a saber de psicoanálisis, aprendí a leer Kierkegaard, Jaspers, Heidegger. Era toda una cuestión que yo acumulaba en mí.

¿Por qué trabajar en Clarín te generaba contradicción?
En cada país existe el periodismo, lo que se llama “el cuarto poder”. Cada país está representado por un diario. En Chile es muy terrible: El Mercurio, para poder sobrevivir, apoyó el golpe de Pinochet y éste exigió que murieran todos los demás diarios que había. Es un caso excesivo el que te cuento. Clarín es, también, un diario maldito: siempre estuvo acompañando al país, lo hace ahora mismo. En Cerdos & Peces lo declaramos enemigo principal. No es ideológico lo de ellos, es como una especie de extorsión de hombres de negocios, como si fueran un FMI del periodismo. No tiene ideología. Ellos avanzan y van criticando. Son los dueños de la moral. Es la peor peste. Me acuerdo cómo eran los procedimientos: te invitaban a comer, te tentaban con el buen vivir. Pero también me pasó siendo editor de Satiricón y de Eroticón. Era lo mismo, te daban tarjeta de crédito. Hay dos cosas que quieren secuestrarte los grandes medios: antes que secuestrarte el contenido de tus palabras, te quieren secuestrar el lenguaje. No por nada existen los columnistas, a los que se les permite hablar como si fueran personas; a los demás los vuelven uniformes con el quick writing. El jefe te enseña a escribir con un lenguaje desalmado, porque si hay algo sin alma es el periodismo objetivo. No puede existir un carajo la objetividad. Con qué carajo de objetividad podés ir vos a entrevistar a un leproso, después al enfermero, al médico, al psicólogo y no ponerte de parte del pobre leproso. Bueno, es así el mundo. Se llama a eso “policiales” no “delincuenciales”, siempre se llama del lado del poder. Y Clarín es el poder. Clarín es el menemismo oculto en el mundo de las palabras.

¿Después de Clarín, qué vino?
Trabajé en La Voz, un diario que había sacado Vicente Zito Lema con el grupo armado Montoneros. Entonces conocí a Gabriel Levinas, el editor de El Porteño, y le propuse un proyecto: en la España posfranquista había descubierto que después de una gran dictadura hay que destapar los temas de la marginalidad: los homosexuales, los drogadictos, los ladrones, los marginados. Le propuse hacer ese suplemento que fue Cerdos & Peces, que después se convirtió en revista y se hizo famoso.

¿Cuál era la idea de Cerdos & Peces?
Sincerar la vida. Nuestra filosofía era que si vos sos gay tenés que declararlo públicamente. Si sos drogadicto, tenés que asumir una postura ideológica. Cosas que hay que asumir para sustentar ideológicamente el placer que a vos te da la vida, o la manera de desgastarte que tenés. Por eso fundamos el Movimiento de Disidentes Toxicológicos: así le puso Antonio Escohotado a algo que nosotros presentíamos. Yo soy admirador de algunos escritores que hicieron definiciones precisas. Cuando Freud indaga los orígenes del totemísmo exogámico, en Totem y tabú, encuentra esa palabra siniestra y terrible que es tabú; una palabra de origen polinesio, muy misteriosa, que significa temor sagrado y que fue instalada por la casta sacerdotal. La casta sacerdotal lucha contra el éxtasis desde hace miles de años. La única manera de que la casta del poder sobreviva es que la gente no viva en estado de éxtasis. A la gente no le falta ni techo ni comida, le falta éxtasis.

¿Y cómo se alcanza el éxtasis?
Con el sexo indiscriminado, poligámico y promiscuo -promiscuo quiere decir en estado de confusión-, y con la droga. Son las dos cosas que producen éxtasis. Por lo tanto, la misma casta sacerdotal que prohíbe eso convierte a todos los inapestados. Por eso las mujeres promiscuas, los homosexuales o los bisexuales pasaron a ser seres perseguidos. Y también los que consumen drogas, aunque esto no supone una reivindicación indiscriminada de la gente que consume droga, no. Los pelotudos consumen droga, los hijos de puta consumen droga y, por supuesto, sus conductas empeoran. El Movimiento de Disidentes Toxicológicos quería disentir de esa idea de un Estado que se hace cargo de mi salud y me recomienda fármacos de los laboratorios Abbot para que me drogue, me recomienda Lexotanil o Alplax porque tengo ataque de pánico. No, si tengo ataque de pánico yo prefiero mi propia farmacopea. Y parto de algo más antiguo todavía: el chamanismo, en el cual yo creo. Creo en Pancho Sierra, el más grande curador de América latina, un tipo venerado que curaba con un vaso de agua y con palabras. Por eso, en última instancia vuelvo al psicoanálisis: si la enfermedad está anudada con palabras, se tiene que desanudar con palabras. Creo en el psicoanálisis pese a que, cuando apareció en la Argentina, se convirtió en una práctica confesional tan peligrosa como la que propicia la Iglesia. Con esta diferencia: en vez de pecado se habla de enfermedad y en vez de perdón, de comprensión. Lo más terrible que tiene el psicoanálisis es la práctica, no el pensamiento. La práctica del psicoanálisis es siniestra. Es un lugar de acumulación nazi peligrosísimo. Que alguien acumule información sobre personas… Y, bueno, el lacanianismo durante la dictadura fue bastante sospechoso.

¿Y la psiquiatría?
La psiquiatría es la enfermedad más pornográfica y obscena que ha inventado Occidente. Es la locura que se volvió loca para mirar a los Locos y destruirlos. Un psiquiatra es un tipo temible que recurre a la lobotomización, a la cicatrización de las heridas. Todo lo que no se hable no tiene posibilidad de curarse. Por eso existen los loqueros: hombres deshablados, hombres sin palabras, desmembrados e inconstituidos.

¿Alguna vez caíste en un loquero?
Sí, una vez tuve la desgracia de sufrir un ataque de LSD y caí en el [instituto psiquiátrico] Borda. Me hicieron un prontuario que decía: DELIRIO MÍSTICO. ¿Qué me dieron? Artane y Halopidol. Esa es la manera de deshumanizar a un ser. Para mí fue muy importante descubrir la disidencia para así poder erradicar la culpa. ¿Vos sabés lo que significa la palabra culpa? Viene del alemán: quiere decir tener deudas; una deuda interna imposible de pagar.

En “Cerdos & Peces” se podía leer desde Néstar Perlongher hasta Juan José Saer, notas a ex combatientes de Malvinas, crónicas urbanas, las investigaciones policiales de Ricardo Ragendorfe; relatos eróticos de alto voltaje, entrevistas inventadas. O cómo conseguir en Buenos Aires la mejor droga. Y a pesar de que este hombre dice no aceptar ningún tipo de censura, su revista fue la más censurada. -Cuando apareció Cerdos & Peces, en el 83, se decía que era una revista que cometía excesos.

Tantos, que me la cerraban a cada rato. El primer juicio me lo hicieron los jueces de Alfonsín, por apología de la pedofilia. Yo había sacado una nota que se titulaba “Hombres que desean a niños que desean a hombres”. Fue interesante: después de un año y medio, la Corte Suprema de Justicia decidió que la labor del periodismo era contar los acontecimientos del mundo. Yo no hacía apología, estaba denunciando la pedofilia. La gente se niega a hablar de eso. Es curioso: la sociedad que más niega el cuerpo de los niños es la que registra más delitos de pedofilia.


La cerraron muchas veces.
Sí, también por apología de la droga. Me la pasaba en Tribunales en la época de Alfonsín, pero la revista vendía más. Alfonsín era mi aliado.

¿Y durante el menemismo?
Con Menem, la revista murió. Menem nos mató económicamente. A veces me parece que el menemismo refleja algo esencial de lo argentino: fue vencido por el dinero. Todos mis amigos locos de aquella época, después se dedicaron solamente a encontrar modos de mejorar su existencia. El menemismo es despreciable. Su peor consecuencia fue las conductas que despertó en la sociedad; fue el espejo de lo más tenebroso: el afán individualista, el alejamiento de todo gesto solidario.

¿Qué otros enemigos tenía la revista?
El mundo universitario. Terminabas aceptando eso de que “la universidad es la tumba del saber y la cuna del poder”. Mucha gente que se entromete en la universidad lo hace para conseguir un lugar: los abogados que nos hacen juicios, los jueces que nos condenan, los médicos que nos llevan a los cementerios, los presidentes que nos gobiernan miserablemente.

De pronto, Los Redondos dejan el escenario. Aparecen entonces un hombre vestido de gitano, de vagabundo o de árabe. El gitano, el vagabundo o el árabe, algunas veces empiezan así: “Hey, niño. Oye, sube a la mantoña, yo te acompañaré. El río está con agua fresca. Bebe, bebe, quítate la sed. Corre, juega, ríe. Oh, niño. Qué hermoso olor y las flores…”

Mientras tanto, seguías trabajando con los Redondos.
Sí. Trabajé con ellos cuatro o cinco años haciendo monólogos. Hasta que, finalmente, nos separamos.

¿Por qué se separaron?
Lo terrible fue descubrir que las cosas no eran como yo pensaba. Yo soy de los que creen -y en aquella época parecía que lo creíamos todos- que un artista no hace las cosas por dinero ni por alcanzar algún grado de fama. Un artista se parece más a un agente de la salud pública que a un frívolo manifestante de sus tinieblas. Un artista popular, especialmente, debería ser alguien que convoca a hogueras de calidez públicas, pero no para obtener beneficios. Y cuando aparecieron los beneficios no sólo nos erradicaron a quienes formábamos parte de la claque del cuerpo artístico de los Redondos, sino que se convirtieron en aquello que habíamos combatido. Fue muy decepcionante. La experiencia con Los Redondos resultó muy traumática: fue mi último aferramiento a la idea de que existía un underground, que existía una piel espiritual. Quería creer en la posibilidad de hacer cosas más allá de las tres malditas necesidades que señala [William] Burroughs: buscar techo, buscar comida y buscar satisfacción sexual. Burroughs dice que, curiosamente, cada una de estas necesidades está enfrentada a tres misterios inexplorados: buscar comida, a ser generoso; buscar techo, a salir a explorar; y buscar satisfacción sexual, a dar amor a los demás. Después me di cuenta de que no hay que decepcionarse, que es así el mecanismo, que hay muy poca gente como Luca Prodan o Sting: ellos ponían las canciones que componían a nombre de todos.

¿Vos decidiste alejarte de los Redondos?
No, no, no. Fue muy doloroso. Fue como una separación amorosa. Me echaron primero ellos y yo después me fui. Yo creo que me echaron. Me empezaron a echar lentamente.

¿Cómo?
Con actitudes. Yo antes entraba en los camarines, formaba parte de las reuniones. Pero, sobre todo, empezó a haber una actitud moralista. Freud dice que la moral es la peor de las perversiones. Y ésta fue una cuestión moral. Yo hacía espectáculos muy shockeantes, muy eróticos. Criticaron eso: la sexualización de mis shows.

Después estuviste con otras bandas.
Después empecé a actuar con una banda que nadie conocía: Los Piojos, con los que estuve un año y medio. Otro año y medio actué con los Caballeros de la Quema, y por último con la Bersuit. Ahora los veo a todos dónde están y me sorprende. No era esa dirección la que nos habíamos empeñado en seguir. También habría que ver qué pasó en estos cinco años en que no estuve acá, pero es como si se hubieran salteado algo.

¿Y qué pensás al verlos donde están?
Mirá, hay dos cosas muy distintas: una es el oficio y otra es ser artista. Para ser un artista hay que ser héroe, chamán y creador. El héroe es lo que te iguala a lo cotidiano, para ser chamán hay que querer a los demás y para ser creador hay que tener talento. Sin esas tres cosas no se puede ser artista. Lo demás es oficio. Egberto Gismonti contaba que él se iba a la selva, al hastío más ignoto, a robar sonidos. Cuenta que una vez llega una tribu, allá en el Mato Grosso, y él en un momento determinado se pone a tocar la guitarra. Ve que todos se alejan de él, se ponen de espaldas y empiezan a batir palmas, entonces él pregunta qué había hecho mal. El chamán lo mira y le dice: “Cuando un chamán [ellos no lo llaman artista] empieza a investigar el misterio, hay que dejarlo solo, hay que darle la espalda y aplaudir hacia la selva para espantar los malos espíritus”. Gismonti entonces dice: “Cuando ese aplauso se dio vuelta y se dirigió hacia mí, se invirtió la brujería, ahora yo soy el mal espíritu, todo lo que suceda en el escenario es una maldición”. Vos fijate, los pobres pibes compran entradas para ver lo que sea. A mí me da mucha verguenza cuando tengo que cobrar entrada; el tipo viene a verte para cambiar su vida y vos lo engañás, no le das nada más que un referente, porque no le estás proponiendo una vida. Por eso el mundo es un mundo desacinado, un mundo global donde ya es muy difícil comparar a un artista con un chamán. Fito Páez también coincidía en esa versión de que a un cantante popular la única posibilidad que le cabe es tener un origen chamánico, porque la música es importante, no la letra. A la canción popular yo siempre le tuve una enorme desconfianza.

Cuando entré en el rock con los Redondos siempre supe que era peligrosísimo. Que el Indio cantara “con los ojos ciegos bien abiertos”, es hermosa la frase, pero no me voy a olvidar que era una pequeña orden, un pequeño disimulo. Yo no sé qué nos depara el futuro, pero me parece que tiene que venir a través de la abdicación de esta música. Tiene que llegar otra música, otra forma. También recuerdo las conversaciones que teníamos con toda la gente de aquella época, todos éramos conscientes de que no era importante la cultura. Lo importante era, un poco como sucede en las películas, que la música acompañara la vida de las personas. Y finalmente ocurrió que la vida ha quedado desalmada, desaventurada; sí, sobre todo sin aventura. El territorio donde vos tenés que convertirte en el protagonista de tu vida se ha perdido. El hombre del monólogo es el mismo que supo enfrentarse con la moral autoritaria de la derecha. El que asevera que todo cambio viene de lo marginal. O el mismo que dice que Dios es un asesino maldito que nos trajo acá para matarnos a todos.

¿Por qué elegiste Chile para irte?
No podía elegir. Me había ido muchas veces, siempre traté de escapar de Buenos Aires. Viví muchos años en el Brasil, en Colombia, en España. Me hubiera ido a México, quizá hubiera vuelto a España, pero no tenía las condiciones. Cuando fui a España tenía treinta y pico de años y era capaz de ser mozo, lavacopas, no sé. Pero a los 52 no me sentía capaz.

¿De qué te sentías capaz a esa edad?
De tener que sustentar mi propia leyenda, de tener que seguir viviendo de mí mismo. Todavía sigo con ese problema. Soy periodista hace veinte años. Sabía que, en Chile, Cerdos & Peces era muy famosa, igual que en el Uruguay, que es la última instancia que me queda. Yo partía de cinco mil personas que me conocían en Santiago, que estaban ubicadas en lugares estratégicos. Sabía también que Chile era un mercado fácil, un mercado ingenuo, porque ellos viven como se vivía acá hace cincuenta años. Y bueno, fui a ver qué me pasaba.

Y te pasó de todo.
Y me pasó de todo. En un año llegué a ser un tipo muy poderoso, lo que nunca había llegado a ser en mi país. Hice dos programas de televisión que fueron un éxito. Entrevistaba a personajes famosos en los bares que yo elegía y hablaba de temas que no tenían nada que ver con su oficio. Grababa durante una hora la conversación y después la sintetizaba en media hora. Era muy interesante el clima que se generaba. Después hice una revista que fue y sigue siendo muy famosa: The Clinic.

¿Por qué The Clinic?
A Pinochet lo agarraron en Londres, en una clínica, ¿te acordás? Y en los noticieros a cada rato decían “The Clinic”. Le pusimos ese nombre. Fue la primer revista de oposición al pinochetismo. Ahora vende 50 mil ejemplares por quincena. En Chile nunca nada vendió eso.

¿Qué hacías en la revista?
Mi socio chileno tenía la idea de los chistes y La sección política. Yo inventé un suplemento que iba transformando los títulos de los medios chilenos: en vez de El Mercurio, “El Merculo”; en vez de El Metropolitano, “El Metro por el Ano”; en vez de Qué Pasa, “Qué Paja”. Íbamos agarrando los medios chilenos y los destruíamos. Ese era mi trabajo. Yo era socio menor.

¿Por qué te alejaste?
Tuve una pelea con [Ricardo] Solari, el ministro de Trabajo. Fue en un bar, una noche de borrachera. Lo invité a pelear, lo reputeé y me costó un alto precio. Nosotros empezamos la revista antes del triunfo de [el presidente Ricardo] Lagos. No estaba con Lagos, pero lo apoyé, era la única manera de enfrentarse a [Joaquín] Lavin, que era más siniestro que [Mauricio] Macri acá. Esa noche, hablando con Solari, me di cuenta de que, como todo político, el tipo tenía un plan. Burroughs dice acerca del plan: la vida tiene caos y tiene plan. Todo lo que deviene del plan intenta acogotar las angustiantes exclamaciones del caos por exponer su desesperación. El plan tiene una medida satisfactoria, degradante y aviesa para engañar a esta desesperación. Y lo político es eso. Yo no quería hacer una revista para gente satisfecha. Estos eran para mí los temas importantes de la vida: si la gente cogía, dónde, cómo. Qué hacía en la oficina, en qué pensaba.

¿Cuál fue la nota que hiciste que más te gustó?
Una nota sobre la traición. Yo le preguntaba a muchas personas cuál era su mayor traición y cuál había sido la peor traición que había padecido. Y en general me encontré con que todo traidor ha sido traicionado antes.

¿La pelea con el ministro desencadenó tu ida de The Clinic?
Sí, y también por disidencias políticas con uno de mis socios. Además que los chilenos no nos quieren a los argentinos. Nos tratan muy mal. No vas a encontrar en Chile argentinos inteligentes. Yo me gané varias enemistades en Chile.

¿Porqué?
Cuando se separó el grupo de rock más famoso de allá, Los Tres, me pidieron que escribiera su biografía. La escribí. El libro se llama “La última canción”. Construí el libro sobre la base de testimonios. Hice una biografía así: te entrevisto a vos, te pido dos nombres, vos me das dos nombres, creés que esas personas van a hablar bien, pero yo me entero que ellos se separan porque la novia del cantante se acuesta con todos los músicos, lo que genera una crisis interna. Es una manera de explicar la verdad de por qué se habían separado. Lo cuento. Me trajo tantos problemas como la biografía de Fito. Las personas creen que contratan un biógrafo para que hable bien de ellos. Se equivocan si me llaman a mí. Yo vengo a hablar de lo que es tu vida.

¿Por qué Fito se enojó?
Se enojó porque yo también me enojé. Nunca me había pasado en mi vida tener que censurarme. Y él me exigió que tres capítulos no salieran.

¿Cuáles eren?
Uno se llamaba “El Fuhrer y la Páez Family Stone”. Otro era “El Emperador y su Corte”: contaba ciertos valores que se manejaban. Por ejemplo, que la camisa de Fito Páez valía 150 dólares, que el champán que tomaba costaba 100. Y “Una chacrita de latas” recogía anécdotas de Fito embriagado. Porque Fito nunca fue drogón, las habrá probado, como todo el mundo, no sé, pero para él la única droga era la cerveza. El más lindo borracho que yo he conocido… no se le daba por la agresividad, ni por llorar. Se le daba por la insensatez.

¿Y aceptaste la censura?
Sí, al final me convenció. Gané mucha plata con ese libro.

¿Estás enojado todavía con Fito?
No. Yo lo quiero muchísimo, es uno de los tipos más hermosos que conocí. Y una de las personas que más me ayudó en mi vida.

En Chile, con el caso de Los Tres, ¿quedás marginado del periodismo?
Un poco por eso, pero lo que me margina para siempre es lo que me pasó con Adolfo Couve, un gran pintor y escritor. A través de mi recorrida nocturna -porque siempre descubro el mundo ahí-, conozco en la calle un taxi boy, me lo llevo a un bar y me entero de que él había sido amante de Adolfo Couve. Investigo más y me cuenta que, cuando tenía 7 años, Couve se lo llevó a su casa y lo secuestró, ni siquiera lo educó ni lo mandó al colegio: lo convirtió en su esclavo sexual. Era un pedófilo. Siempre quise diferenciar esto, porque en Chile me acusaron de atacar a los gays. Chile es un país de secretos. Ni siquiera aceptaban que el tipo era gay. Y en realidad el tipo era un pedófilo. Por supuesto que me gané el odio total. Me obsesioné e investigué más. La única revista que me dio pie para continuar con esto fue una revista que se llamaba El Periodista. Hasta que saqué Cerdos & Peces y publiqué la investigación completa. Es como si en la Argentina descubriéramos que Borges cogía niños. Adolfo Couve era considerado una columna vertebral del andamiaje del establishment cultural. Y el tipo era un degenerado, era un culeado de mierda. Yo no estoy en desacuerdo con ninguna tendencia sexual, pero creo que lo único condena ble es la violentación de las personas. No hay un chico de 7 años u 8 años que pueda tener una respuesta. Hubo varias denuncias después.

¿Entonces decidiste volver?
Me quedé un año más. Y viví la experiencia más insólita de mi vida. Cuando yo era muy joven, durante la adolescencia, me escapé de la casa de mis padres, fui delincuente, viví en la calle, sabía lo que era eso, pero desde que me constituí en el personaje que soy, nunca más. Aparte nunca había conocido la pobreza, antes de llegar a eso salía a robar o a estafar. Bueno, en Chile caí en la pobreza total. Los Prisioneros me habían contratado para escribir su biografía y como después se arrepintieron tuvieron que indemnizarme con 5 mil dólares. Con eso pagué un año de alquiler por un departamento en Viña, con todas las ventanas al mar, un departamento hermoso. De a poco me fui quedando sin nada. Me fueron cortando el teléfono, la luz, el gas, el agua. Hasta que empecé a dejar de comer.

¿Cuánto tiempo fue lo máximo que estuviste sin comer?
Una semana. Tomaba agua, nada más. Salí a robar y me agarraron. Sentía verguenza. Ya no tenía ni siquiera los viejos estímulos de la juventud. Me fui degradando, me fui acercando a la muerte. No quería vivir más y me entregué a una escena que muy pocas personas, por ahí, han vivido, que es no hacer más nada para existir y no hacer más nada para sobrevivir.

Dejarse morir.
Eso, “dejarse morir”. Qne no es lo mismo que matarse. Viste como es el dolor, si vos a un gato le clavás un cuchillo en el lomo, el gato pega un grito, pero a los diez minutos se olvidó, no tiene memoria. El sufrimiento es una excavación mental que el hombre ha construido. Es un dolor del tiempo, sufro por lo que no fui o por lo que fui, o sufro por lo que no voy a ser. Es una mentira. Yo, encima, trabajé muchos años en escuelas esotéricas. Estuve como dos años en una escuela del budismo zen, en Marruecos. Me ilustré mucho para luchar contra el dolor. Este dolor me desprevino, pero me sirvió para comprender cómo escaparme de mí mismo. Hay muchas muertes que uno va teniendo durante la vida: la decepción del amor, el desengaño de la amistad, el desengaño de uno mismo. Pero no estaba prevenido para esto que me pasó. No estaba preparado para la caída de un rol. Me acuerdo la primera vez que me di cuenta de que todas las chicas que se acostaban conmigo lo hacían porque yo era Enrique Symns. Se lo comenté a Tom Lupo. Le dije: “Loco, escucháme, hace rato que me pasa esto”. Y él me dijo: “¿Pero vos quién sos? Vos sos Enrique Symns”. Me sentí acorralado por mi vida. Yo no quise ser éste que soy. Ahora mismo estoy en esta misma encrucijada. Lo único que sé hacer es escribir.

¿Quién te rescató de esa muerte?
Me rescató un amigo, un escritor chileno, para mí uno de los escritores más interesantes que hay en Chile: Pablo Azócar.

¿Escribiste tu autobiografia?
Es una especie de autobiografía, no está toda mi vida, pero está mi vida relacionada al mundo de las drogas y a todos los mundos a los que fui accediendo, desde la década del 60 hasta el 90. Se llama “El hombre de los venenos.”

¿La publicaste?
No, todavía no. Estoy en eso.

¿Cuál fue el mayor error que cometiste?
Haber salido del espectáculo callejero que yo hacía, que era muy solidario con el mundo. Haberme pasado al universo del rock; haber aceptado, ése fue finalmente el más grande error que yo cometí. Me fui a lo masivo, pero, en realidad, me gustaba mucho más, me daba mucho más recompensa espiritual lo que yo hacía solo.

¿Y tu peor traición?
¿Qué?

Tu peor traición.
No te la voy a contar, no.

19/10/03

El agitador

Por José Tcherkaski
Publicado en RADAR

Conversar con Alberto Ure siempre me ha resultado una experiencia estremecedora. Amparándome en una vieja amistad, me atrevo ahora a invadir su mundo para escuchar sus opiniones siempre provocadoras, conocer sus proyectos y hablar esencialmente de su libro Sacate la careta. Ensayos sobre teatro, política y cultura, que acaba de publicar el Grupo Editorial Norma.
Un grupo de amigos de esta figura renovadora, audaz e irreverente de la cultura argentina decidió publicar el primer tomo de “las Obras Completas de Ure”, como las llama Cristina Banegas en el prólogo del libro. Paola Motto, joven investigadora teatral, tuvo a su cargo una ardua tarea de investigación para ubicar, reunir y luego clasificar los artículos, ensayos, reportajes, trabajos de dramaturgia y traducciones, un valiosísimo material disperso en bibliotecas, teatros oficiales, diarios y revistas. La edición corrió por cuenta de María Moreno, que –según sus palabras– debió lidiar con la “heterogénea montonera de referencias” que se pasea por los textos. Vaya si salió airosa.
Según Cristina Banegas, Ure “es un director, un teórico, un maestro, un pensador único. De una inteligencia y una audacia intelectual extrema, que excede absolutamente el campo teatral y lo coloca en esos lugares de la cultura argentina que terminan siendo incómodos y temibles para casi todos los funcionarios de turno, los críticos mediocres y los bienpensantes del arte teatral en general”. Es cierto. Pero yo creo que Ure, ineludiblemente, es un artista. Por eso sigue luchando, a pesar de la adversidad que lo alejó durante varios años de su puesto de combate. Lo encontré animoso, con una férrea memoria que le permite revivir con marcado humor anécdotas del mundo cultural donde encontró enemigos pero también fervorosos admiradores.

¿Qué te pasa al ver en un libro todo lo que viniste trabajando a lo largo de tantos años?
Siento una alegría muy grande. Creo que va a ser un libro muy útil para muchos jóvenes, porque muestra un modelo de pensamiento sobre el teatro.

¿Cuáles son, para vos, los artículos que más aportan, los más interesantes?
Uno que se llama “El ensayo teatral, campo crítico”, que tiene dos partes.

¿Por qué?
Porque en general el del ensayo es un tema que no ha sido muy analizado. Es un hecho central en el teatro, pero fijate que casi nadie ha escrito sobre el asunto. Públicamente se habla muy poco de él, y yo creo que tanto silencio es excesivo: llama la atención lo poco que los innovadores extienden sus inquietudes hasta ese campo de acción.

¿Ni Grotowski, ni Stanislavsky, ni Barba escribieron sobre el ensayo?
No sobre lo que es la experiencia misma del ensayo. Por las declaraciones de los actores se puede deducir que los ensayos son difíciles, complejos, llenos de exigencias, porque –en la medida en que se superan obstáculos– se pueden pronosticar mejores resultados. Pero nunca se sabe mucho más. Yo tengo un estilo personal de ensayar, que es un poco el resultado de mi paso por el psicodrama y la pedagogía. En general son muy graciosos, mis ensayos.

Y muy perversos
No exageremos. Son graciosos y... duros. Tuve ensayos muy buenos que eran sesiones desopilantes. Es raro, pero para mí reírme en un ensayo es estimulante. No lo vivo como festivo: cuando me río siento una angustia insoportable que sólo me hace decir más chistes y armar parodias.

Cuando el actor ensaya vos le hablás al oído todo el tiempo. ¿Por qué? ¿Qué vínculo se origina entre el actor y vos cuando le hablás así, como en secreto?
Es lo que yo llamo “improvisaciones controladas”. En vez de dejar que un actor vea qué le sale de bueno, le hablo al oído y lo voy controlando, lo apuro. Le hago de dramaturgo. Así voy trabajando cada vez con más intensidad. Además de la influencia del psicodrama, me apoyo en lo que deduje que quería decir Grotowski con su noción del “compañero secreto”, que recibe lo íntimo sin críticas ni pudor.

¿Qué buscás en el actor provocando tanta intensidad?
Que exprese. Que el pensamiento del actor se desarrolle como un diálogo, que en general es polémico. Mi voz se va transformando en una voz interna y provoca mayor libertad en el actor.

¿Has formado discípulos en ese sistema?
Creo que no.

¿Te duele?
Claro que me duele.

¿Por qué no tuviste discípulos?
No por egoísmo, porque yo no soy egoísta: soy un tipo que hace circular mucho el conocimiento.

Pero tenés imitadores
Algunos.

¿Y te imitan bien?
Algunas veces sí.

¿Qué director te gusta de los que viste?
Carlos Gandolfo y Augusto Fernandes me parecen buenos. Roberto Villanueva me gusta mucho.

Más que director de actores, Villanueva es un puestista, ¿no?
Sí, pero es un puestista extraordinario. En cambio, la dirección de actores no es su fuerte.

Vos sos más director de actores que puestista
Sí: yo hago la puesta en escena de la dirección de actores.

Es curioso cómo Villanueva y vos se respetan mutuamente.
Sí. Cuando ganó el Premio Konex, Villanueva dijo: “El que tendría que estar acá es Alberto Ure”. Es muy poco común en este medio estar elogiando a alguien.

Conversando con María Moreno, yo le decía que de todos los títulos nobiliarios que te dan, el único que me parece realmente legítimo es el de artista. ¿Te molesta la palabra “artista”? ¿Te gusta?
Me gusta, sí. Yo soy un artista. Lo que pasa es que es una palabra devaluada. Si vas a sacar un crédito y les decís que sos un artista no te lo dan. El teatro no ha sido para mí un oficio. Siempre he depositado en él una zona absolutamente privada. Siempre traté de demostrar que el hecho teatral tiene que ser una invención.

¿Qué es lo que más te gusta de lo que has hecho en tus puestas? ¿Qué pensás que es lo más original?
Cierta manera de releer los clásicos tomando lo que no es convencional.

¿Y qué es lo que tiene que pasarle al espectador frente a un clásico como Antígona, por ejemplo?
Tiene que atraerle lo que pasa en el escenario. Ahí tiene que desarrollarse un espectáculo entretenido; el espectador no tiene que aburrirse. Eso es básico.

¿Es imprescindible que crea lo que pasa en el escenario?
Sí. Si no lo cree, se va a aburrir mucho.

Entonces el teatro es pagar para ver mentiras
Sí, eso es el teatro. Una gran mentira. Y fue así siempre, desde los griegos. Como digo “El ensayo teatral”: “El teatro es lo que los demás creen que ven mientras, además, se está tramando una burla”.

Entonces sos un mentiroso. ¿Y cuándo decís la verdad?
Digo la verdad cuando hago teatro, que es una mentira. El juego es así.

Más allá del teatro, ¿qué cosas te interesan?
Ahora voy a empezar a escribir ficción. Una novela. Estoy pensando un libro que se va a llamar Los trotskistas, sobre los trotskistas que conocí en la Argentina. Y fueron muchos. Siempre tenía algún amigo trotskista.

Contame alguna historia de un trotskista amigo tuyo.
Hay un personaje famoso de mi generación que se llamaba Mateo Fossa. El único argentino que conoció a Trotsky. Era como un prócer viviente, tenía más de 80 años. Lo traían a las reuniones como embalsamado. Un día Trotsky le pregunta a Fossa: “¿Qué le pasa a la sociedad argentina según usted?” “Son unos pajeros”, le contesta Fossa. “¿Y qué son los pajeros?” “Onanistas”, le dice Fossa. “¿Y qué variante política tiene el onanismo en la Argentina?”, sigue Trotsky. “¿Son onanistas de izquierda?” “No, son onanistas, nomás”. “Estoy de acuerdo”, le dice Trotsky.

¿En qué momento te empieza a interesar la política?
Desde muy chico.

¿Y cómo llegás a ser socialista?
Por lecturas, por convicción. Lentamente. Yo a los siete u ocho años ya era muy lector. Un lector atorrante. Y a los 15 años me hago socialista, que es como tiene que ser. Un tipo que a los 15 años no es socialista es un hijo de puta.

¿Alguna vez alguien te dijo que no había entendido nada de una puesta?
Muchas veces. Por ejemplo, en una función de El campo, en 1984, la gente se agarró a las piñas en el intervalo. Unos decían: “No se entiende nada”, y otros: “Callate, boludo”. Los defensores del texto me acusaron de arruinar la obra, de falsear todo. Llama la atención que aquí se hayan aceptado obras de vanguardia europeas pero no sea posible tener una vanguardia propia, y menos aprovechar su utilidad.

Quizá por eso fue tan emocionante la defensa que hizo de vos Griselda Gambaro
Sí, fue cuando hice los ensayos públicos. Yo le había pedido a Griselda Gambaro la obra Puesta en claro, y con Cristina Banegas hicimos improvisaciones que nos sugería el texto. Yo pensé que la Gambaro iba a rechazar ese buceo en las bajezas humanas, pero, no: escribió una defensa conmovedora. Eso es lo bueno de la Gambaro: no se la cree.

¿Volverías a hacer los ensayos públicos con la Banegas?
Sí, los haría de nuevo.

¿Con tanta violencia?
Sí, aunque en un momento me asusté porque eran muy violentos. Los haría estando más sobrio y más tranquilo.

¿Tus actores preferidos siguen siendo Cristina Banegas y Antonio Grimau?
Sí, totalmente. Grimau es lo que yo llamo un “actor fedayín”. Hacía lo que yo le proponía sin preguntar nada.

¿Tato Pavlovsky te gusta tanto como Grimau?
Sí. En algún sentido me gusta más, porque es más cómico. Tato es muy gracioso cuando actúa; es muy guarango cuando improvisa. Los chistes que se le ocurrían a Pavlovsky se me anticipaban, porque eran los chistes que hubiera hecho yo. Luppi también me gusta mucho. Y me gustaban Petrone, Muiño, Sandrini y Olmedo, que es el gran cómico argentino. He visto a pocos actores alcanzar un dominio tan alto de su arte como él.

¿Nunca lo dirigiste, no? ¿Por qué nunca le propusiste algo?
Cosas que pasan en la vida. El tipo me conocía bastante y hablaba de mí. Una vez entré a un restaurante con unos amigos y ahí estaba Olmedo. El tipo se me acerca y me dice: “Che, no me cargue más”. Uno de mis amigos le pregunta: “¿Por qué lo va a cargar Ure?”. Y él: “Porque sé que me elogia en sus clases”. Y entonces le dije: “Yo lo elogio porque lo admiro mucho, Olmedo”. Pero no me creyó y me siguió diciendo: “Déjese de joder, no mecargue más”. Y era cierto: yo lo admiraba muchísimo. El capitán Piluso me parecía una creación genial.

¿En qué obras estás pensando para el futuro?
En Hamlet y Edipo Rey de Sófocles.

¿Con quiénes las harías?
Edipo con Iván González, y Hamlet con Darín.

Es raro que no pienses en Tortonese o Urdapilleta
Tengo la idea de hacer con ellos una adaptación de El sirviente de Harold Pinter.

¿Con quiénes te gusta más trabajar: con actrices o con actores?
Con mujeres. Me gusta mucho más. Entiendo más a las mujeres que a los hombres, aunque parezca mentira.

¿Qué le proponés al lector con este libro?
Me encantaría que la gente me escribiera y me dijera: “Esto no se entiende”. Y yo le buscaría la vuelta para escribirlo mejor.

5/10/03

Enrique Silberstein: Para entender la economía y reírse de ella

Por Julio Nudler

Enrique Silberstein nació en una colonia judía fundada por el Barón Hirsch en Santa Fe (¿qué diría el general Bendini?) casi al comenzar 1920. Pedro Silberstein, su padre, vendía casimires. Su madre, en cambio, una mujer con inquietudes culturales, fue ama de casa y los crió a él y a su hermano Adolfo. Se llamaba Raquel Sara Silberstein de Silberstein. Es posible que la plata de ese insistente apellido fuera clave del destino de Enrique, quien en los años µ60 se convertiría en el gran humorista de una economía incorregible, creciente obsesión de los argentinos. Entre la broma y la didáctica, fue un crítico permanente de la política económica y de los saberes establecidos (cada época tuvo su “consenso de Washington”), dándole al lector común una visión cuestionadora del discurso que le bajaban desde el poder los Alsogaray, Alemann y otros delegados del establishment. Fervoroso del desarrollo, antimonetarista, participó desde el sarcasmo en aquellas viejas controversias que, quizá con algún retoque, vuelven a plantearse en la Argentina actual.
Doctorado en economía en la Universidad de La Plata, Silberstein ejerció altas funciones universitarias en Bahía Blanca y Buenos Aires en tiempos de Risieri Frondizi. Escribió, además de novelas (“El asalto”...), cuentos (“Cuentos en Corrientes y Paraná”...) y obras de teatro (“Necesito diez mil pesos”...), ensayos de tanto éxito como “Los ministros de economía”, publicado en 1971, el año en que el general Lanusse decidió que la manera de resolver los problemas económicos era eliminar el ministerio de economía. Pero se equivocaba. Silberstein también escribió libros sobre Keynes, Marx y Perón.
Sus “Charlas económicas”, breves, ingeniosas y lúcidas notas sobre esos temas económicos que a todos interesan, fueron apareciendo en sucesivas revistas, hasta que se ganaron un lugar permanente en el diario “El Mundo” y fueron compiladas parcialmente en un tomo por Peña Lillo Editor en 1967. Silberstein murió hace hoy 30 años, siendo velado en Malabia 150, Dpto. “C” e inhumado en la Chacarita, un epílogo ajustado de algún modo al carácter de su irónica prédica, impregnada de lenguaje popular como una réplica a la jerga presuntuosa e impenetrable de muchos economistas. A continuación, un puñado de aquellas “Charlas...”, con toda su preservada frescura. Son lecturas seguramente aconsejables para quienes hoy manejan la política económica, y también para quienes la padecen.

¿Qué es no pagar?
Nuestro mundo ha sido educado y enseñado dentro de dos supuestos fundamentales: 1) el trabajo es salud; 2) las deudas hay que pagarlas aun a costa del hambre y la miseria. Como consecuencia, el mundo anda a las patadas y vivimos en un merengue de la gran siete. Y no podía ser de otra manera. Porque, ¿qué de bueno se puede esperar de un tipo que cree que hay que trabajar como un descosido y que hay que pagar todo lo que se debe? Nada, por supuesto. Además, esos conceptos fueron introducidos por alguien que nunca trabajó y que siempre fue acreedor.
Dicho de otra manera, por un oligarca, un trompa, un mandamás. Pero el comportamiento humano es tan extraño, que esas cosas que sólo sirven a los intereses de los ricos han pasado a ser parte del bagaje de prejuicios de los pobres. Y así, todo tipo que ha yugado 12 o 14 horas diarias en dos o tres empleos dice que este país no anda porque la gente no trabaja. Y todo tipo que apenas si puede llegar a fin de mes cumple religiosamente con el pago de cuanta cuota tiene distribuida por el barrio. Pero esto, que es grave mirado desde el aspecto individual, es terrorífico mirado desde el aspecto colectivo. No hay ministro de Economía, de Finanzas, de Hacienda, o de lo que sea, que no proclame a todos los vientos que pagará todas las deudas con el exterior y que hará el máximo de economías. En otras palabras, lo que está diciendo es que no sirve para ministro. Porque un ministro no tiene como misión pagar deudas o hacer economías, sino dictar medidas para desarrollar el país. El día en que se tenga plena conciencia de que el no pagar a los acreedores extranjeros es una parte fundamental del plan de desarrollo, no sólo el plan se pondrá en marcha, sino que los bancos nos ofrecerán plata o paladas. Porque los acreedores bancarios, y es algo que la gente no tiene en cuenta, viven de los intereses; y, cuando uno paga, la deuda se extingue y no hay más intereses. En cambio, el que cumple puntillosamente o el que, llevado por el deseo de no molestar, no pide crédito son seres inexistentes desde el punto de vista bancario. No son clientes. Clientes es aquel que mueve mucho, paga cuando puede y que cada vez que paga abona los intereses y renueva el capital. Que a los bancos les importa tres pepinos del préstamo en sí. Lo que les importa son los intereses. Por eso el no pagar es la única forma de conseguir plata.

¿Qué es refinanciar la deuda?
La mejor manera de hablar sobre el tema, es definir cada uno de los componentes. Por descontado que no es necesario definir qué es una deuda, pues sería un ataque frontal a la idiosincrasia del ser argentino el imaginar que pueda haber alguien que ignore qué es una deuda. Y no sólo en el aspecto teórico sino, y principalmente, en el práctico, pues ser deudor hace a la esencia misma de la nacionalidad. Ello se debe a que, como decía Thoreau: ³Es difícil empezar sin pedir prestado´, y nuestro país es uno que siempre está empezando. Dicho lo cual, pasaremos al otro punto. Desgraciadamente no tenemos espacio para hacer etimología, por lo que nos contentaremos con decir que financiar es entregar dinero a otro que lo usará productivamente o no. Esto es prestar dinero, pero dicho en forma elegante. Quien presta dinero es un prestamista y la gente lo mira mal, quien financia (o sea quien presta como el otro) se llama financista o banquero y merece todos los honores. Cosas del aparentar. Ahora bien, financiar una deuda es duplicación, puesto que la deuda es consecuencia de un préstamo o de una financiación anterior, de donde financiar una deuda es pedir prestado para pagar una deuda. O para decirlo más claramente, tapar un agujero con otro. Pero esto no es todo, porque la palabra clave, que es ³re´, significa reiteración o repetición, de donde refinanciar es financiar lo que está financiado, y refinanciar una deuda, que a su vez es consecuencia de una financiación previa, es financiar la financiación de lo financiado. O, en otras palabras, pedir prestado para pagarle a quien nos prestó. Es decir, y para decirlo académicamente, ³mangar´ para calmar a quienes ³mangamos´ antes. Esto, que es cosa de todos los días para los viles mortales que nos manejamos con miles de pesos se convierte en cuestión de Estado y adquiere caracteres mitológicos cuando se trata de miles de millones. Porque una cosa es decir: ³Me voy a mangar´, y otra es anunciar: ³Partimos al exterior para refinanciar la deuda´. Pero, entre nosotros, es lo mismo.

¿Qué es el producto bruto?
En primer lugar debemos aclarar que lo de bruto no es despectivo, sino que indica que no se ha efectuado amortizaciones en el equipo productor. Cuando se amortiza se llama producto neto. En segundo lugar precisemos ya, que producción es la suma global de todo lo producido, con lo que se repiten varias veces los mismos conceptos, puesto que el trigo del agricultor está incluido en la harina del molinero y en el pan del panadero. Para que tal cosa no ocurra se tiene en cuenta sólo que cada sector o empresa ha agregado en concepto de salarios, renta del suelo y ganancia. Precisamente, la suma de estos valores agregados es el producto bruto. Para ser más claros pondremos un ejemplo. El agricultor produce trigo por 100 y se lo vende al molinero, quien produce harina, por 160, que a su vez vende al panadero, que produce pan, por 200. La producción es la suma global indiscriminada (100 más 160 más 200), cuyo resultado es 460. Mientras que el producto bruto, que sólo toma los valores agregados por cada sector, es igual a 100 más 60 (160 del molinero menos los 100 ya producidos por el agricultor), más 40 (los 200 del panadero menos los 160 producidos por el molinero), o sean 200. Con esto hemos dicho que valor agregado y producto bruto son la misma cosa y que los dos son distintos de la producción.

¿Y todo eso para qué sirve?
Como servir no sirve para nada, si es que consideramos las cosas basados en una tabla de valores que relaciona los hechos con los antibióticos, la comida o el fútbol. Pero desde un humilde ángulo de enfoque, dado por el deseo de saber cómo funciona la economía de un país, la comparación de los cuadros de producto bruto de varios años permite tener una idea de la evolución de la capacidad productiva del país. Lo que permite que se esté en condiciones de mejorarla, reforzarla, modificarla. Como generalmente no se está en condiciones de hacer nada de eso, o no se quiere hacer nada de eso, los cuadros del producto bruto sirven para ampliar los anaqueles de los archivos. Peor sería, que se los tirase.

¿Qué es Wall Street?
Wall quiere decir pared, paredón, muro, y street quiere decir calle, de donde, salvo error u omisión, Wall Street es la calle de la pared o calle del muro, como le dicen los franceses, o calle del paredón. Está situada en la parte vieja de Nueva York, cerca del puerto, tal como corresponde a todos los centros financieros del mundo. Wall Street está cerca del puerto: la City, en Londres, está cerca del puerto; las calles 25 de Mayo, Reconquista y San Martín están, en Buenos Aires, cerca del puerto. Y es que los negocios empezaron hacia afuera. Toda la actividad originaria se hacía en base a las relaciones marítimas con otros países. En el caso de Nueva York, con Inglaterra, su metrópoli; en el caso de Buenos Aires, con España su metrópoli primero y con Inglaterra, su metrópoli, después. En el caso de Londres, con todo el mundo. Por supuesto, en Wall Street primero estaban situadas las oficinas de quienes comerciaban con el exterior a través de la aduana, después se instalaron las oficinas de quienes financiaban tales operaciones, y después se instaló en esa calle la Bolsa de Comercio de Nueva York. Y desde entonces todo se hizo alrededor de la Bolsa. Pero como la Bolsa no puede funcionar sin los bancos, todas las oficinas bancarias se instalaron por esa calle o por las más cercanas. De tal manera, Wall Street es el centro bursátil y financiero más poderoso del mundo. Ahí están los que tienen plata, pero plata en serio. Ahí están los que mandan, pero los que mandan en serio. Ir caminando por esa calle oscura, húmeda y sucia (pues dada la altura de los edificios jamás el sol llega al suelo, y dada la gran cantidad de gente que circula por la zona es imposible limpiar todo lo que ensucian), es un mundo de sorpresas. De repente uno ve una chapa de regular tamaño que dice United Fruit Inc.
Nada más. Y en esa chapa está la historia de toda Centro América. Y ahí están los edificios del Chase Manhattan Bank, o del Citibank, o del Guaranty Trust, nombres que conmueven a media humanidad. Uno entra en cualquiera de los grandes rascacielos y lee los nombres de los ocupantes: Morgan, Stanley and Co., Kuhn, Loeb and Co., Goldman, Sachs and Co., y otros o sea la historia de la otra mitad. Todo lo que pasa en el mundo influye sobre Wall Street (por ejemplo, cuando pasaron las cosas que ocurrieron en Cuba, los corredores de azúcar se pasaron al negocio del café), y todo lo que pasa en Wall Street influye en el mundo (un aumento de la tasa de interés, una quiebra, una restricción de los créditos bancarios, tiene más importancia mundial que ciertas medidas económicas de los propios gobiernos). Una sonrisa de asentimiento de cualquier fulano deWall Street consolida y asegura larga vida al ministro de turno de cualquier gobierno de turno del mundo. Y es un simple paredón.


20/9/03

Ordenador

No puedo imaginar un artefacto más idóneo para difundir la ignorancia y el analfabetismo que el ordenador.
Es inevitable que se convierta en una herramienta para censurar y esclavizar.
Ya está operando en ese sentido al servicio del consumismo.
El uso del ordenador, lleno de fórmulas y capaz de corregir automáticamente la gramática y la ortografía, nos vuelve iletrados.

David Mamet

El repudio del escritor mediocre

¿En qué consiste, pues, la situación del escritor de segunda, sino en un solo y gran repudio?
El primer y despiadado repudio se lo aplica el lector común, que terminantemente se niega a gozar de sus obras. 
El segundo e infame repudio se lo aplica su propia realidad, que él no supo expresar, siendo copiador e imitador de los maestros.
Pero el tercer repudio y puntapié, el más infamante de todos, le viene de parte del Arte, en el cual quiso refugiarse y que lo desprecia por incapaz e insuficiente.
Y esto ya colma la medida del oprobio.
Aquí empieza ya la completa orfandad.

Witold Gombrowicz
Ferdydurke

24/8/03

Inspector Morse

Por Sergio Kiernan
Publicado en RADAR

Un historiador de la cultura algo berreta –un periodista, por ejemplo– podría afirmar que el centro exacto del arte inglés es la lucha por expresar alguna emoción. La teoría, falluta y sin pruebas, resulta creíble para el que conozca en algo la densa pared de anestesia emocional que rodea a los ingleses. El que no, puede convencerse este miércoles viendo el capítulo final de Inspector Morse, la despedida de un viejo gruñón, inconforme e infeliz, encajonado entre dos amenazas temibles, la de la muerte y la de la jubilación. Sólo en su momento final, entubado en el triste escenario de un hospital, Morse tiene una palabra de amor para alguien. Y esa palabra es apenas “gracias”. Inspector Morse es una de esas series que sólo los ingleses pueden hacer. De la misma familia que Prime Suspect, la saga del Inspector Jefe Morse de la policía del Valle del Támesis tiene un rigor, un verismo y una total falta de sentimentalismo con la que los norteamericanos –y los argentinos, por caso– sólo pueden soñar. El mismo formato es peculiar: como una miniserie indecisa, sus 33 capítulos se grabaron entre 1987 y 2000. Cada temporada era mínima, con tres o cinco, tal vez seis y al final un capítulo mostrados en invierno, con intervalos de dos semanas. En compensación, cada entrega dura casi dos horas y funciona como un largometraje de guión completo, elenco cuidado, fotografía perfecta.Morse nació viejo y nació de un libro de Colin Dexter, civil cualunque que a los 43 años se encontró un verano encerrado en un chalet alquilado, con los chicos gritando, la lluvia que no paraba y un estante de pésimas novelas policiales. Eran tan malas que decidió escribir la suya. Medio en joda, su héroe es un cincuentón gruñón, petiso y canoso que detesta toda actividad física, bebe hasta en horas de trabajo y martiriza al único sargento que le dura, el feliz proletario Robbie Lewis. Al casi autorretrato, Dexter le agrega defectos que perversamente le deleitan: Morse es amarrete y nunca paga ninguna de las muchas rondas que comparte con Lewis; Morse es un tímido patológico que en 13 años sólo se encama una vez, con una mujer adorable que al día siguiente se suicida.Se entiende el malhumor del hombre.La obscura legión de fans de la serie participa de un universo peculiar. Morse va y viene en un admirable Jaguar MkII 1960 que necesita una transmisión nueva y es un deleite de ver. El hombre constantemente escucha a Wagner o alguna ópera italiana, y tiene el único despacho policial del planeta decorado con un retrato de Verdi. Su casa es un anónimo chalet dividido en departamentos, su comida sale del microondas, su lecho es más el sillón del living que esa cama que debe existir pero nunca vemos. Sus compañeros de trabajo mantienen distancia: abrasivo como el papel de lija, Morse tiene una relación constantemente tensa con su jefe, el extraño inspector Strange, y vive haciendo esgrima con sus médicos patólogos, gente cínica que se deleita con que vomite cuando ve sangre.El escenario de la vida de Morse es el sublime pueblo de Oxford, que la cámara muestra a la Ivory & Merchant, onírica y antigua, eterna y elegante. Morse, hijo de un taxista que lo abandonó de chico y de una ama de casa de provincias, es un oxoniano graduado en humanidades que habla latín y vive snobeando con citas clásicas. Uno de los temas de la saga es la tensión de clases entre el inspector y sus sospechosos. Cada dos por tres aparece algún ex compañero de estudios o ex profesor que unánimemente le hacen sentir su fracaso: es el único de su grupo que no es rico o importante, y para peor salió botón.Las espiras, las capillas góticas y las gentiles mansiones de Oxford sirven de escenario para crímenes brutales y reales. Dexter y los productores de la serie recuerdan el dogma de Raymond Chandler –”la gente mata por razones reales”– y los 93 cadáveres de la saga suelen aparecer con la cabeza abierta a martillazos. “Sexo, siempre es por sexo”, dice Morse, con cara de quien entiende bien esas pulsiones. El capítulo final, “El día del remordimiento”, encuentra al inspector jefe en la recta final. Su novia –vida útil, dos capítulos– se fue a Australia y le avisa por carta que no volverá. Su salud se derrumba con dos úlceras perforadas que le acaban de operar. Le quedan sesenta días de carrera antes de la jubilación obligatoria, su médico le prohíbe la bebida y Morse sueña con una enfermera entrada en años y muy sexy que lo mimó durante su internación, sólo para aparecer con el cráneo roto, desnuda y atada en su cama. Sigue un típico misterio a la Morse, una mezcla de deducción, errores e intuiciones durante el cual el inspector se va muriendo mientras trata de encontrar la verdad. Morse toma antiácidos, bebe como nunca –hasta se pasa de la Old Ale al malta puro– y hace un imposible amague de aficionarse a observar pájaros para tener un hobby senil. Hay como una despedida en el aire, y al hombre no le gustan las despedidas, no le gusta que Strange y Lewis se preocupen por él, no le gusta decir cosas como que “Wagner es sobre cosas importantes, sobre la vida, la muerte... y los arrepentimientos”. Su intérprete, John Thaw, toca una cuerda emocional en esta última función: él mismo se estaba muriendo de un cáncer al que aguantó apenas un año más.Como en un recorrido, Morse toca sus obsesiones: habla con una rubia barata y sexy, hace su testamento –le deja todo a su novia fugada, a Lewis y a la orquesta juvenil de Oxford, en partes iguales– y gasta la cinta de Parsifal. En la capilla gótica de Oxford, interroga a un sospechoso, un médico pomposo y banal que canta como un ángel la primera voz del Liberate Me, Domine, del Réquiem de Fauré. Y al salir se toma el brazo, camina tropezando por el prado que Christopher Wren cerró en el siglo XVII con una biblioteca de gloria y cae, fulminado por un ataque al corazón. Y alcanza a escuchar a dos profesores que se preguntan si ya está borracho, a estas horas de la mañana.En el hospital, entre anestesias y sondas, Morse ve una imagen que resuelve el caso. De noche, al lado de Strange, muere la triste muerte de un pabellón médico y entre toses da su último mensaje: “Dígale a Lewis gracias de mi parte”. Su despedida no es un rito anglicano con coros, que él prohibió. Es en la aséptica morgue blanca donde Lewis alza la sábana verde que cubre la camilla, le besa la frente y dice: “Adiós, señor”. Y la cámara recorre el amanecer de Oxford en la niebla, un paisaje de cúpulas adivinadas en la luz que nace, triste y eterna. Adiós, Morse.

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