5/10/07

Naomi Klein. La marca de la política

Por Lola Huete Machado
Publicado en EL PAIS SEMANAL

Economía pura, política dura. O viceversa. De ambas unidas; del poder del corporativismo. De eso trata el nuevo libro de la canadiense Naomi Klein (Montreal, 1970), la musa de la antiglobalización que vendió más de un millón de ejemplares con su No logo (2000). Versaba éste sobre el poder de las marcas y sus maniobras feroces para colocar sus productos; The New York Times lo definió como "biblia del movimiento antiglobalización", y la revista liberal The Economist le dedicó una portada réplica que tituló 'Pro logo'. Ahora presenta en Europa su nuevo libro, La doctrina del shock, y siempre acompañada de su marido, Avi Lewis, Klein se aloja en un hotel del Soho londinense y anda inquieta porque mantiene abierto un foro caliente con lectores de The Guardian, diario del que es columnista, al igual que del semanal izquierdista norteamericano The Nation.
El libro ha causado expectación en el Reino Unido, y hay debate, desde luego, a tenor de las respuestas en distintos medios o de las recogidas en el citado foro digital: desde el "éste es un libro que debería leer gente de todo el espectro político", de un blogero llamado Richard Marcus, hasta la de otro, de nombre Tim Worstall, que se despacha: "¿Que la caída de los sóviets es un crimen contra la democracia? ¿Pero qué se ha fumado esta mujer?".
Ella -nieta de sindicalista en la empresa-marca Disney e hija de una pareja formada por una artista feminista y un objetor de la guerra de Vietnam huido a Canadá-, seguidora entusiasta de los trabajos de Eduardo Galeano, John Berger o Susan Sontag, responde con detenimiento y seriedad a todos: "Se trata de intercambiar información, no de despotricar; de generar polémica. Esta obra es un inicio, no un punto y final". Para esta mujer, el activismo es su escritura. Y la editorial en España, Paidós, la presenta así: "Como pasó con No logo, ahora, con La doctrina del shock, Klein va a volver a sentar cátedra porque... vuelve a desarrollar una teoría fruto de la observación in situ del avance demoledor del capitalismo". En un volumen de casi 600 páginas, la autora no deja títere con cabeza en el entramado de los intereses económicos y políticos de EE UU, donde se publicó a inicios de septiembre.

¿Está siendo diferente la respuesta hacia este libro que con 'No logo'? Su nueva obra es aún más política...
La respuesta es distinta. Cuando salió No logo, yo no era conocida, por lo que no había un deseo expreso de atacarlo; eso sucedió después. En principio, las críticas fueron positivas, y luego vinieron las negativas. Con éste ha habido polémica inmediata. Es controvertido. Cuento con que algunos se sientan amenazados: cuestiona una versión de la historia que siempre se ha aceptado, y la gente tiende a proteger su territorio. Habrá respuestas encolerizadas, otras le quitarán importancia, otras hablarán de conspiración, y otras, encantadas.

Naomi Klein, que algunos columnistas británicos presentan como "apasionada abogada de las teorías de Keynes y Galbraith", describe el auge del capitalismo del desastre y sus efectos devastadores sobre los ciudadanos de a pie. "De cómo forrarse con la desgracia ajena", se podría titular. Si la historia oficial indica que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado desregulado va de la mano de la democracia..., ella asegura: "La historia del libre mercado contemporáneo -el auge del corporativismo, en realidad- ha sido escrita con letras de shock". Una doctrina creada y recreada durante las últimas tres décadas que ella hace metáfora y lleva del cuerpo físico al político.
Así empieza su exposición, con las torturas y shocks infligidos sobre ciudadanos por agentes de la CIA durante los años cincuenta -descritos en manuales no hace mucho desclasificados-, y lo extiende a la política económica internacional implantada en distintos Estados en coyunturas concretas: Argentina y Chile, en los setenta; China y Polonia, al caer los ochenta; Rusia, la ex Yugoslavia, países de Asia o África, en los noventa, y luego el mismo Estados Unidos e Irak, en el inicio del siglo XXI. Todos, laboratorios de esta doctrina que necesita para aplicarse, "sin ningún tipo de restricciones, algún tipo de trauma colectivo adicional que suspenda temporal o permanentemente las reglas del juego democrático".
Detrás de todo ello: la ideología y práctica de la Escuela de Chicago, con Milton Friedman, el gurú neoliberal estadounidense y premio Nobel, a la cabeza. "Su teoría se impuso en todo el mundo desde los setenta, pero hasta hace poco su visión jamás se había aplicado totalmente en su país de origen". Hasta que llegó el 11-S y los neoconservadores se toparon con terreno abonado: pánico, incertidumbre, el enemigo terrorista..., y descubrieron las mil posibilidades del país de Sadam".
A la luz de esta doctrina, sigue Klein, la historia política de los últimos 35 años adquiere un aspecto muy distinto del que nos han contado. "Algunas de las violaciones de derechos humanos más despreciables de este siglo se articularon activamente para preparar el terreno e introducir las reformas radicales que habrían de traer ese ansiado libre mercado". Nada como la frase de un ex agente de la CIA para orientar: "Para nosotros, el miedo y el desorden representaban una verdadera promesa".

Su obra será especialmente criticada por los relacionados con la filosofía o las teorías de la Escuela de Chicago.
Sí, sí, pero un libro como éste no puede medirse por sus críticas. A alguien de izquierdas, le gustará; alguien de derechas, quizá lo odie. Para mí será un éxito si estas teorías salen a la luz, y si son capaces de abrir discusiones sobre cómo llegaron a dominar.
Otra respuesta a un forero para atajar críticas: "Quiero aclarar lo que es y no es este libro: no es la historia exhaustiva de todas las formas de uso del shock y las crisis para introducir medidas impopulares. Sé que los regímenes totalitarios comunistas y fascistas usaron tales tácticas. La diferencia es que dichas ideologías han tenido que rendir cuentas por sus crímenes. El capitalismo contemporáneo nunca se ha planteado tal responsabilidad?, y ya es hora".

Vestida con vaqueros y camiseta roja, media melena de corte perfecto y gafas a ratos, de aspecto más maduro que antaño, la autora, periodista y activista se deja fotografiar con parsimonia y contesta de forma apasionada a todas aquellas cuestiones referidas al contenido del libro; las otras las evita, le exasperan: "Mi vida no importa, intereso por lo que hago". Se entusiasma al citar el corto documental que le ha preparado Alfonso Cuarón (se ha visto ya en festivales) como aperitivo de su nueva publicación: "El futuro que él había creado en Children of men era muy cercano al presente que yo estaba contemplando en zonas devastadas...".
El libro expone mucho, describe un panorama desolador de maniobras políticas y económicas, y nos deja sin aliento. Si todo está tan mal, la reacción del lector puede ser más bien la contraria a lo que usted querría como activista; es decir, ¡pasemos de todo...!
¿Que la reacción puede ser negativa?
Sí. Si todo está perdido, se puede producir una huida hacia adelante? "¿Quién dice que todo está perdido?" [aquí encaja la frase de Mercedes Sosa]. No. Hay esperanza en el hecho de que las ideas progresistas y de izquierdas no perdieron la batalla ideológica; fueron forzadas, y fue una crisis lo que las derrotó. Pero las crisis son temporales. Si te fijas en lo que pasa en Latinoamérica hoy, se trata de un continente que ha sufrido todo tipo de crisis, y aun así, 30 años después, las ideas y la esperanza reaparecen. Y se están encontrando nuevas formas para protegerse de crisis futuras. La única cosa peor que el capitalismo es esa otra opción que sugiere que no hay alternativas. Precisamente yo digo que las hay, que las hubo siempre, que la gente las eligió y que fueron derrotadas en guerras sucias, tanto intelectuales como reales. Esto debería dar confianza a la gente...

En 'No logo' decía que había que poner más atención a las estrategias de las marcas..., pero han pasado seis años y las cosas no han cambiado mucho...
¡No logo no pretendía eliminar las marcas! Era un libro de política y hablaba de un sistema comercial injusto. Yo decía que las marcas son sólo símbolos, puertas de entrada al debate sobre el tipo de sistema comercial que queremos. Que era el momento de entrar por esa puerta. Y de eso trataban las protestas en Seattle contra la OMC, en Washington contra Banco Mundial y FMI, y en Génova contra el G-8; contra este sistema. Y si nos fijamos en dónde estamos en 2007, vemos que esas organizaciones están en crisis. Hay un cambio enorme.

Bien. Pero para muchos perdura la idea de que 'No logo' iba contra la industria, contra la economía en general...
Estaba en contra de la explotación de los trabajadores.

... y sin consumo, sin gente que consuma, no hay economía...
Sí, pero ése es un análisis muy tonto.

¿Como el de la revista 'The Economist', al sacar una portada titulada 'Pro logo'?
Exacto. Cuando The Economist dice algo así, es una estrategia política. Hay una expresión para esto: "Construir un hombre de paja para luego poder derribarlo". En tal batalla política, yo estoy a un lado, y The Economist, al otro. Por supuesto que va a malinterpretar mis ideas, pero eso no es problema a no ser que sólo creas lo que dice esa revista.

¿Están más concienciadas las empresas ahora que hace un lustro?
No creo. Ha habido cambios, pero no hay ningún sistema de control, así que ¿cómo lo sabemos? Pero el plan que existía, y que buscaba formas más profundas y rápidas de liberalismo corporativo, se ha estancado. Es decir, no está mejorando, pero tampoco empeorando. A eso me refiero cuando digo que las negociaciones de la OMC llevan paradas cuatro años, que el FMI ha perdido poder, que el Banco Mundial está en crisis y que los intentos de expansión de las áreas de libre comercio se han detenido. Yo sé que no hay utopías, pero, a día de hoy, el poder parar estas cosas es en sí una victoria: el principio.

Hablando de victorias, la sensación en Europa es que los estadounidenses no reaccionan mucho con la guerra de Irak.
Es verdad, creo que es una de las ironías de la era George Bush. Esta Administración es tan terrible que hay una gran cantidad de activismo; la gente tiene más conciencia política ahora que hace cinco años. Pero todo está centrado en odiar a Bush o a Cheney, en conseguir que Obama o Hillary salgan elegidos. Todo se centra en las elecciones, en esas personas. Se ocupan menos de cuestiones como el cambio climático o la guerra, y más del enfrentamiento entre demócratas y republicanos.

Usted dijo en Francfort en 2002 que la esperanza para el futuro del movimiento antiglobalización era Europa... ¿Por qué cree que es aquí diferente a EE UU?
Si lo dije en 2002 fue porque tras el 11-S había pánico en EE UU y muchos activistas dejaron de serlo por miedo a parecer antipatrióticos. La guerra contra el terrorismo se usó como arma frente al activismo. Precisamente he escrito este libro para que mis compañeros estadounidenses vuelvan a hablar sobre sistemas. Porque antes del 11-S, lo importante del debate que existía sobre la globalización es que no era sobre Bush, Cheney o Clinton, era sobre sistemas y mentiras. Y tenemos que volver a eso.

La génesis del nuevo libro se produjo durante el año en que vivió en Argentina, mientras rodaba junto a su marido la película La toma, sobre obreros en plena crisis que sacan adelante una fábrica; allí sus amigos le hablaron de las sangrientas raíces del proyecto de la Escuela de Chicago: "A menudo, compartiendo sus propios recuerdos y tragedias personales y familiares conmigo. Ellos cambiaron la forma en que veía el mundo", recuerda Klein. Aquel primer destino le llevó luego a un periplo por el mundo que le marcó. Especialmente, Irak: "Cuando volví en 2004 tenía claro que debía escribir sobre aquello. Estaba obsesionada con el asunto del shock: era la metáfora elegida por los invasores y por los economistas. Así que empecé a investigar acerca del shock verdadero de forma científica, y a ver más similitudes entre el shock científico y lo que estaba pasando en estas zonas de conflicto".

¿Se les ha ido la mano en esa guerra?
Sin duda, la guerra de Irak no ha salido según lo previsto. Y conocemos el plan porque Paul Bremen entró en Irak e intentó convertirlo en zona de libre comercio; dejó papeles que lo demuestran. Pero la ideología (del shock) ha tenido tanto éxito que ha penetrado en el corazón del Gobierno estadounidense. Incluso cuando la guerra fracase, sigue tratándose de un éxito económico para las empresas privadas; gran parte de la guerra la están librando ellas. Así que, cuanto peor están las cosas, más beneficioso es para estas compañías.

¿Las de armas, de seguridad...?
No sólo armas, va más allá. Es muy radical lo que ha hecho esta Administración; cosas como el espionaje, los interrogatorios de prisioneros, la construcción de cárceles? Tareas que son el núcleo de lo que entendemos por Estado han sido privatizadas.
Siempre se benefician y pierden los mismos. Y esto es desesperante...
No hay nada desesperado cuando tienes claro a quién te enfrentas. Lo es más pensar que los demócratas van a arreglarlo todo en las próximas elecciones. Deprimen más las falsas esperanzas.

Tampoco parece que la izquierda tenga ideas o margen de maniobra...
Bueno, en España tenéis un ejemplo de esto; tuvisteis unas elecciones en las que decidisteis que queríais salir de Irak, y así fue: un milagro. Y esto nos demuestra que es posible tener una democracia en la que haya una relación entre lo que se vota y la realidad.
Precisamente muchos integrantes del movimiento antiglobalización no votan.
Yo, sí.

¿Y qué piensa sobre ello?
Hay mucho escepticismo debido a la experiencia de votar para el cambio y no conseguirlo. Eso aumenta el desaliento. Pero si la gente ve que se consiguen resultados, se implica más. Hay muchas situaciones en las que boicotear las elecciones fue una opción racional. Si tienes un sistema roto... Por ejemplo, Argentina antes del derrumbamiento: muchos votaron a un personaje de dibujos animados porque no tenía manos y no podía robar. Fue un voto de protesta que venía a decir que todos eran ladrones y que no querían participar en eso. Cuando un sistema está corrupto, como el de Estados Unidos, es una postura muy legítima no seguir fingiendo que esto va a funcionar. Pero si se pueden tener elecciones reales, como, espero, en Ecuador o Bolivia, la gente recupera la fe en la democracia.
Usted es de izquierda, de familia y pensamiento...

¿Cree que los partidos políticos de izquierda deben plantearse una vez más lo de renovarse o morir?
Gran pregunta, pero es difícil para mí generalizar; puedo hablar de situaciones concretas, de cada país. Decir en EL PAÍS que todos los partidos de izquierda deben morir puede ser mala idea.

¿Han perdido la conexión con la gente joven? ¿Ésta no se siente representada por los partidos de izquierda?
Mira lo sucedido en Italia con el partido comunista. Un grupo de activistas se presentó a las elecciones, hubo una renovación; después, coalición con Prodi, y poco ha cambiado... Muchos movimientos sociales muy efectivos para presionar al Gobierno están apartados... Creo que, a no ser que tengas un verdadero plan para arreglar el sistema, y no sólo sentarte y ocupar sitio en el Parlamento, es mejor y más efectivo quedarse fuera, estar bien organizado y ejercer presión. Así que depende; deben ser estrategias bien pensadas. Diría que mi generación de activistas no se toma el poder político en serio.

¿Por qué no?
Porque es posible cambiar el sistema no sólo presentándose a las elecciones, sino con un plan serio de reforma constitucional y política. Eso es lo que está pasando en parte de Latinoamérica. En Europa y América del Norte no parece haber tanta prisa, pero ocurrirá.

¿Cuándo comenzó a interesarse por la política? Ha contado en alguna ocasión que era muy consumista de joven.
Sí, cuando era adolescente.

¿Por qué cambió?
Porque dejé de ser adolescente.

Usted cambió esa conducta. Si tuviera que decirle a alguien cómo hacerlo...
Le diría que me leí un libro que se llama No logo y ya no pude ir de compras.

¿Ahora es más 'no logo' o 'pro logo'?
No soy pro logo, pero no creo que mis compras sean relevantes.

Y en lo político, ¿dónde podemos hacer algo los ciudadanos?
Bueno, ésa es la razón por la que escribí el libro: el tipo de cosas que cuento van a seguir pasando. Cada vez hay más crisis y desastres, el mercado está en crisis en América del Norte, tenemos amenazas de ataques terroristas todo el tiempo, el clima enloquece... Lo escribí para que cuando esto ocurra, la gente esté informada, sepa cómo funciona, defienda sus derechos y también use esos momentos para decir con más claridad qué tipo de sociedad quiere.
Y ahí estamos. "La información es el único medio de resistencia ante el shock. Arm yourself", dice.
Klein no acepta el pesimismo. Se resiste. Rebate preguntas, las devuelve. "¿Piensas que el activismo no puede cambiar nada y que todo lo que existe en torno a la globalización no ha conseguido nada? Pues te puedo dar ejemplos de situaciones en las que sí se han cambiado cosas. El problema es que los medios tienden a ser escépticos en cuanto a las posibilidades del activismo. Y yo no lo soy porque creo en él, paso mucho tiempo con distintos movimientos sociales, y eso es lo que me inspira. Acabo de volver de Nueva Orleans: allí he conocido a padres, profesores y alumnos que intentan recuperar sus escuelas, y es duro, pero lo hacen. Veo a gente que es activa y que tiene muy poco. Gente que lo ha perdido todo y se organiza".
E insiste en que parte del problema está en creer que con el activismo se consiguen resultados inmediatos: "Se trata siempre de una lucha muy larga, de toda la vida, que unas veces se gana, y otras, no". Que algunos le dicen: fui a una manifestación contra la guerra, y como eso no ha servido, ya no voy a hacer nada nunca más. "En cierto sentido, ésta es una idea consumista del cambio; es como ir de compras: salir a la calle para que se acabe la guerra y esperar que sea ya, así, de inmediato".
Para la escritora, la solución de muchos males pasa por alejar el dinero de la política. "En EE UU, lo más urgente, si se quiere un cambio, es la reforma electoral, para que las corporaciones que están financiando a los políticos y comprando anuncios de televisión tengan menos poder; en la actualidad, presentarse a presidente es cosa de ricos".

En su libro aparecen algunos personajes, como Milton Friedman, que debieron de ser una auténtica pesadilla...
Bueno, él es ejemplo de una forma de pensar. Escribo de él para mostrar cómo se extendieron sus ideas. Pero es mucho más que el individuo en sí. Siempre ha sido apoyado por Wall Street, y forma parte de una batalla. En EE UU se trata de una batalla entre los keynesianos y Wall Street. Y la mayoría de los economistas se refieren a él como una contrarrevolución, una revolución que se dio tras la II Guerra Mundial con la aparición del Estado de bienestar, que perjudicó los beneficios de los más ricos. Veo a Friedman como una herramienta de estos poderes; no le considero por su ideología, no le veo como alguien especialmente malo. Era una persona que creía en la ley de la oferta y la demanda. Y en ese momento había demanda de Friedman, precisamente; él proporcionó estas ideas.
Hay otros muy interesantes, que atrapan en su evolución... Por ejemplo, Jefrey Sachs.

Usted cuenta cómo empezó en Bolivia, cómo fracasó en Rusia...
Si no hubiera personas concretas en el libro sería muy difícil de leer, sería sólo teoría. Sachs se enfrentaba a unas fuerzas que eran más poderosas que él. La suya es una historia que trata sobre la importancia de los individuos y a la vez de los límites, de aquello que los individuos no pueden conseguir frente a la fuerza de la historia.
Además de personajes, Klein, que estudió filosofía y letras, y que procede del mundo de la cultura -"supongo que escribo sobre economía de la misma forma en la que lo haría sobre libros, con las mismas herramientas; si no fuera así, yo tampoco leería un libro de economía"-, usa situaciones políticas, describe maniobras detalladas, incluso localizaciones concretas que son como imágenes detenidas, cinematográficas, para contar lo que quiere contar: "La economía es muy importante, hay que leerla. Muchos no lo hacen porque parece un tema complicado, muy masculino, exclusivo, que hay que haber ido a la universidad para poder leer esa información. Y no tiene por qué ser así".
Cita lo masculino... ¿Qué importancia le da hoy a ese otro pensamiento, el femenino? ¿El de autoras como Susan George, Arundhati Roy, Anita Roddick...?
Mucha. No es tanto que esté unificado, sino que hay afinidad entre mujeres escritoras. Me da pena que no se mencione a más en el libro, pero el que se narra es un mundo de hombres y no creo que sea coincidencia. Esta forma de pensar del mundo de hoy no la comparten muchas mujeres. Sólo Condoleezza Rice; es la única a la que he escuchado usar este lenguaje al hablar de la guerra de Líbano. Me considero feminista, y confundir creación con destrucción tiende a ser patología muy masculina.

¿Cuánto de capitalista tiene usted?
Es algo con lo que lucho cada día; lucho por vivir una vida con diferentes valores en una sociedad de consumo hipercapitalista, así que yo diría que es algo que fluctúa, sube y baja.

¿Qué le gustaría cambiar de sí misma?
Todo, soy muy autocrítica; pero ser autocrítica en una entrevista con un periódico... es otra cosa.

¿Incluye el libro todo lo que quería?
No, no lo incluye, pero no me siento limitada. Siempre vi esta obra como un comienzo. Soy consciente de sus limitaciones, igual que lo era con No logo.

¿Qué portada sacaría 'The Economist' ante 'La doctrina del shock'?
Ésa es la cuestión [se ríe].

"¿Pro shock, quizá?", apunta Avi, su marido, por detrás.

29/9/07

"Siento que mi padre está muerto en la realidad y en la ficción"

Entrevista con Javier Marías
Por Silvia Pisani
Publicado por ADN CULTURA (La Nación)

Se lo considera una de las plumas de la España de este momento. Pero lo más llamativo de hablar con el escritor Javier Marías es que la experiencia resulta algo así como "escuchar" el diccionario perfecto de la Real Academia Española: no hay en su discurso una sola muletilla, una vacilación, una frase hecha.
Lo que piensa, reflexiona y –finalmente- contesta sale limpio como un chorro de agua fresca. Sin correcciones, como un texto listo para imprimir.
El otro dato viene del costado psicoanalítico. Hijo del gran pensador Julián Marías, Javier –nacido en 1951 y escritor desde su adolescencia- habla sin conflicto de esa figura entrañable, en la que se inspiró para uno de los personajes de la ambiciosa novela que acaba de terminar.
"Terminarla fue un alivio pero, también, una pena. Sentí que mi padre ahora sí se había muerto, tanto en la vida real como en la ficción. Y lo añoré", confesó Marías a LA NACION.
La novela se llama Verano, sombra y adiós y es, en realidad, la última parte, la última entrega, de su trilogía Tu rostro, mañana , una dolorosa ficción que llega a parecerse a la realidad en la que –dice- "hablo de todo, de todo lo que tiene que ver con lo humano. Es mi mejor novela, la más ambiciosa", asegura, mientras fuma cigarrillos rubios.
La charla es donde siempre, en el hotel Palace, uno de los más señoriales de Madrid. Marías llega, como siempre, vestido de oscuro. Y, en la solapa, donde otros llevan el escudo de su club de fútbol o de su cantante favorito, él lleva un prendedor con el rostro de Shakespeare. No usa computadora, no tiene teléfono móvil –"¿Para qué? ¿Para que me molesten?", dice- y, zurdo, prefiere escribir sobre papel, sobre el que enroscar la mano como una viborita, tal como ocurre a muchos con esa condición. Y, a la hora de elegir una escritora mujer de estos días, sólo es capaz de entusiasmarse con Alice Monroe. Lo demás, al parecer, le cuesta bastante.
De lo que si parece estar seguro es de que, al menos por un tiempo, se despide de la novela. "Después de 1600 páginas, no me siento capaz de otra", confesó.

¿Terminar la trilogía ha sido un alivio o una tristeza?
Fue una mezcla: alivio, contento y pena. El alivio de terminar algo que, por momentos, me parecía imposible. Y pena porque el mundo de ficción en el que viví durante tantos años se termina. Da lástima decir adiós.

¿Se despide de eso o se despide de la novela?
Es una posibilidad. La verdad es que, al menos ahora, no me veo creando otro mundo distinto. Es más una sensación que una decisión tomada. Por ahora, pienso volcarme a los cuentos, que es un género que me gusta mucho y que, a diferencia de la novela, se traslada inmediatamente al papel.

¿Sigue sin usar computadora?
Todo el mundo dice que son muy útiles. Y, en esta novela de 1600 páginas, en cuya escritura la memoria me falló muchas veces, hubiese sido de gran ayuda. No está mi memoria acostumbrada a abarcar tantas páginas. Pero estoy acostumbrado a escribir en papel y me gusta hacerlo. Y…¡ tampoco voy tan lento!

Pero, sí usa computadora para otras cosas, ¿no?
No. No tengo.

¿Es una posición ante la vida?
No se. Tampoco tengo móvil. ¿Para qué? ¿Para que me molesten? No es que este en contra de las cosas nuevas. ¡Tengo DVD!

Pero… ¿no tiene un correo electrónico?
No. Por lo que oigo hablar a la gente, la rapidez es tan tentadora que el correo se multiplica la correspondencia que llega. Y tampoco quiero más correspondencia. Ni que me controlen con un móvil.

Dice que ésta es su mejor novela. ¿Por qué?
Es la más ambiciosa de todas. La más extensa.

¿Es la extensión un valor en si mismo?
No, claro. Pero sí es la más ambiciosa literariamente. Aspira a hablar de "todo". Es una novela muy larga: habla de la guerra y de la paz, del miedo, de la violencia, del amor, de la memoria y del olvido. De la conveniencia de contar y de callar. De la disyuntiva, de la traición, de la confianza, de la dificultad para, como dice el título, conocer tu rostro mañana. O el mío.

Uno de los personajes, el padre del relator, está inspirado en su padre, don Julián Marías. ¿Cómo fue esa experiencia de contar a su padre?
Lo primero, es que el padre del narrador tiene más que ver con mi padre que el narrador conmigo. También hay otro personaje que tomé prestado del hispanista Sir Peter Russell. A ambos les pedí permiso y decidí publicar el libro por partes para que ellos pudieran verlo.

Ambos murieron mientras Usted escribía este volumen, el tercero y final. ¿Cómo fue esa experiencia?
Me supuso una relación distinta con ellos. Fue como mantenerlos vivos en la ficción y, al terminarlo, dije ahora sí han muerto de verdad.

¿El tópico hablaría de liberación?
De ninguna manera es el caso. La novela terminó y terminó. Tampoco iba a prolongarla para no despedirme de ellos. Jamás pensé en liberarme. Son dos personajes muy queridos para mí. Me dio pena despedirme de ellos por segunda vez: primero, cuando murieron y ahora, cuando terminé la novela.

El narrador del libro dice que España está envilecida. ¿Coincide con eso?
Con eso, sí. No me gusta mucho como está la sociedad española y menos la política española. Hay demasiada corrupción, por un lado y, del otro, una sociedad a la que no parece importarle. Hay una tontuna generalizada.

En el primer párrafo de "Verano, sombra y adiós", uno de los personajes, Betrand Tupra, afirma: "Uno no lo desea pero prefiere siempre que muera el que está al lado: el compañero, el hermano, el padre o, incluso, el hijo, aunque sea un niño" ¿Usted suscribe eso?
Yo no. Pero mi amigo Arturo Pérez Reverte, sí.

¡Ah! ¿Y cómo es eso?
Yo no se. En parte debe ser así, las más de las veces; pero, quizá. No tanto. Tengo la idea de que morirse no es muy grave.

Hasta que le pasa a uno.
A eso me refiero: no es muy grave.

¿Cree en una vida después de la muerte?
No.

¿Y no le da miedo morir?
Todo el mundo le teme un poco, no tanto a la muerte sino a la manera. Sí suscribiría que la vida es sagrada. Pero, tradicionalmente, a lo largo de la historia, la sociedad estaba más hecha, más abierta a la posibilidad de morirse. Ahora, sin embargo, parece un gran drama, como si no se contara con ello. Ahora hay tal pánico que se intenta negarla, ocultarla. O se la convierte en un espectáculo.

¿Y lo de Pérez Reverte?
Le mostré el manuscrito. Y cuando leyó ese primer párrafo me dijo "eso es así, esto está muy bien". No quiero decir yo – ¡pobre Arturo- que él sea así, sino que a él le pareció que esto era así. Pero, volviendo al tema, me parece que se perdió la entereza, la capacidad de encaje frente a la muerte. Y, después de todo, pasar a ser pasado, tal vez no sea tan grave.

14/9/07

Paco Ignacio Taibo II: “El Che era grafómano, ponía en papel todo lo que vivía”

Por Silvina Friera
Publicado en PAGINA 12
 
A Paco Ignacio Taibo II le gusta provocar hasta con la ropa que usa. Tiene una remera negra que dice: “A quemarropa, soy leyenda”. Acaba de dar una charla en la Feria del Libro de Antropología e Historia, que tiene como país invitado a la Argentina, y muchos mexicanos y ‘argenmex’ se acercan a saludarlo. El escritor, que no toma alcohol ni café, cuenta que bebe cinco litros de refrescos cola por día. “Si al Che le gustaba la Coca Cola, ¿por qué a mí no?”, dice mientras firma ejemplares de El cuaderno verde del Che (Seix Barral), una antología integrada por sesenta y nueve poemas de Pablo Neruda, Nicolás Guillén, León Felipe y César Vallejo, copiados por Guevara en la selva boliviana y prologada por Taibo II. El libro, que se presentó en México y pronto llegará a las librerías argentinas y uruguayas, fue encontrado por tres oficiales y un agente de la CIA en la mochila del Che, pocas horas antes de que fuera asesinado en la escuela de La Higuera, junto con el diario –escrito desde noviembre del ’66 hasta octubre del ’77–, doce rollos de película, una veintena de mapas corregidos con lápices de colores, una radio portátil que hacía tiempo que no funcionaba y un par de agendas.

¿Cómo llegó este cuaderno a manos de Taibo II? Una mañana de agosto de 2002, un viejo amigo del escritor mexicano, el editor Jesús Anaya, le puso sobre la mesa un paquete de fotocopias. “¿De quién es? ¿Puedes autentificar la letra?”, le preguntó. Cuando el biógrafo de Ernesto Guevara y Pancho Villa ojeó las páginas, sintió un escalofrío. Parecían textos escritos de puño y letra del Che. Taibo II comparó la letra con diversos documentos escritos por el líder revolucionario argentino: fragmentos de los diarios de Bolivia, copias de cartas de los primeros años sesenta, un facsímil de la carta de despedida a Fidel, sus correcciones al diario de Congo. No había dudas: era evidentemente la letra del Che. Según plantea el escritor, la escritura del cuaderno habría comenzado al final de su estancia en Dar es Salaam, después de la campaña del Congo en el ’65, quizás en la larga espera en Praga, antes de los entrenamientos en Pinar del Río (Cuba) previos a la campaña de Bolivia. Pero la mayoría de los poemas encontrados en esa libreta habrían sido copiados durante la campaña boliviana. “Al principio me desconcertó mucho, fue como meterme en una burbuja del tiempo”, admite el escritor. “Corté el teléfono, cerré la puerta y me puse a identificar los poemas.” Y como si estuviera jugando al elige tu propia aventura, Taibo II empezó a trabajar en la identificación de los poemas que el Che transcribió sin poner ni el título ni el autor. Claro que también tuvo que despejar posibles trampas. “Aconcagua”, de Guillén, que estaba copiado en el cuaderno, fue publicado en El gran Zoo, en 1967, después de la muerte del Che, pero el escritor descubrió que había sido editado previamente por la revista Lunes de la revolución en Cuba, en 1959.
Taibo II tenía un montón de pruebas indirectas de la existencia del cuaderno verde a partir de la documentación que consultó cuando escribió la biografía del Che. “Pero ¿por qué nadie en la guerrilla sabía que el Che estaba copiando un libro de poesía, ‘escribiendo’ su antología?”, se pregunta el escritor en la entrevista con Página/12. “Ni (Harry Antonio Villegas) Tamayo ni (Regis) Debray sabían de la existencia de este libro de poesía. Evidentemente es uno de los pocos momentos privados que el Che construía. Porque, quieras que no, el diario era un registro político del momento, de la situación. Y en contrapunto con ese diario estaba este extraño libro.” No son pocas las preguntas que aún generan esos sesenta y nueve poemas copiados por el Che, respetando sangrías, punto y coma y entre paréntesis. “No es una selección que uno se esperaría, para nada. Si vas a citar a Vallejo, ¿por qué el de Trilce, el más oscuro y hermético, y no el de la Guerra Civil Española y de masas? Si vas a seleccionar a Neruda, ¿por qué no irte más por el Canto general, que era uno de sus libros favoritos y que era muy acorde ideológicamente con la visión guevarista desde abajo de América latina?”, plantea Taibo II.

¿Por qué decidió publicar el cuaderno?
Me atraía fijar el hecho histórico, el documento. El cuaderno verde del Che es un documento, y la selección de poemas muestra al personaje, no sólo a los poetas. El libro se vuelve, sin querer, una inmensa puerta abierta para todos los adolescentes de América latina que a través del Che van a llegar a Neruda, Vallejo, Guillén y Felipe. Y la literatura como vaso comunicante me resulta muy atractiva. El otro día iba por la calle y un adolescente me preguntó: ¿Neruda es tan chingón como dice el Che? “Más”, le dije, y se fue a comprar un libro de Neruda.

¿Piensa que el Che hubiera querido que se publicara este libro?
No, era un libro de uso, el Che no hubiera querido que se publicara nada, ni sus diarios ni el libro. Cuando el Che publicó, lo hizo después de trabajar obsesivamente el lenguaje. De hecho, su libro Pasajes de la guerra revolucionaria está supertrabajado si se lo compara con los diarios.

¿Cómo explica que un hombre de acción tuviera tanta obsesión por el lenguaje?
Porque esos son los hombres de acción de verdad. Cuando compones el cuadro del Che, encuentras un montón de cosas que no se corresponden con los estereotipos del héroe militar ortodoxo. Encuentras un vagabundo, un antijerárquico, un irreverente, un igualitario, un amante de la poesía.

¿Qué desmitificaciones del Che podrían aparecer a partir de la lectura de los poemas?
Es un libro que compensa las imágenes previamente construidas. El otro día estaba revisando todo lo que se ha producido últimamente sobre el Che y no hay avances. Hay dos o tres cositas por revelarse de períodos oscuros. Juraría que quedan dos diarios, pero no lo puedo afirmar porque no los he visto. Quedarían el diario de México y el diario del Ministerio de Industria.

¿Dónde estarían estos diarios?
Partamos del supuesto de que el Che escribió diarios toda su vida: escribe el diario de juventud, el diario de viaje de motocicleta, el diario del segundo viaje, escribe los diarios de la Revolución Cubana y escribe diarios en Bolivia. Entonces la pregunta es ¿por qué en esos momentos de su vida no hay diarios? El Che era grafómano, tenía una pasión por poner en papel todo lo que vivía. Esos diarios existen, pero ¿por qué razones no fueron aún publicados? El diario de México narra en detalle su relación con su primera mujer, Hilda Gadea, algo que a la viuda actual del Che no le debe gustar demasiado. Y posiblemente en su diario del Ministerio de Industria, el Che debe hacer pomada a un montón de personajes de la Revolución que aún están vivos, gente con la que tuvo contradicciones. Yo entiendo que no los quieran publicar; el Che no los escribió para publicarlos, eran diarios privados, pero también entiendo que son documentos históricos que deberían hacerse públicos.

Si le llegaran esos diarios como le mandaron el cuaderno, ¿los publicaría?
Los publico en chinga (risas). Tengo muy claro el asunto. El Che está en el terreno de la historia. Cuando estás en el terreno de la historia, eres un personaje público y por lo tanto estás sometido al auspicio de la historia.

¿Pero lo privado también?
Lo privado, cuando eres un personaje público, trasciende y se vuelve lo público. Hoy por hoy no puedes entender a Napoleón sin los amores con Josefina, o a Stalin sin las relaciones con su hija.

¿Le propuso a la familia publicar esos diarios?
Sí, alguna vez fui y dije: ¿dónde están los diarios que ustedes no publican? Si no los publican, voy a decir que existen. Y me mandaron a la mierda. Pero estoy seguro de que se harán públicos con el paso de los años.

¿El Che copió los poemas para no cargar con los libros?
Evidentemente. Me acuerdo que Tamayo me contaba que el gran sufrimiento cuando el Che iba en vanguardia era quién cargaba la mochila. Odiaban la mochila del Che porque con lo que pesaba era como cargar piedras.

¿Por qué señala que no ha habido grandes avances en lo que se ha escrito sobre el Che?
Todo intento de sesgar al Che es un error grave. Me ponen los pelos de punta los libros que sesgan al personaje y no lo meten en contexto. Cuando la izquierda más neanderthal de América latina toma ocho frases del Che y se queda con la guerra de guerrillas, pierde al Che, se le va. Cuando lo quieren reducir al animal político y no toman en cuenta la cotidianidad de los actos políticos antijerárquicos del Che en la vida diaria, se les va el Che, lo pierden, no es ése. El Che es básicamente un hombre que habla con hechos que son de composición múltiple. Tiene una vertiente de vagabundo que toda su vida lo ha de acompañar. Y esta vertiente es muy sana. El término “vagabundo” ha sido calumniado por la burguesía, que lo ha sustituido por “turista de elite”, los que recorren los países con vidrios polarizados. El Che era un vagabundo, vagaba mundos. Manuel Vázquez Montalbán me reveló el pensamiento de los vagabundos. Me dijo: “Paco, tengo una puta compulsión: cada vez que llego a un lado, quiero irme a otro”.

Aunque Paco Ignacio Taibo II no para de hablar, ahora hace una pausa, toma su refresco y bromea: “Cuando dejo de tomar Coca Cola, ando como San Francisco de Asís en el día de los imbéciles”. El escritor confiesa que algún día tendrá que hacer un ensayo sobre el idioma del Che. “Hablaba un argentino muy teñido de cubanismos y de mexicanismos, al que poco a poco había ido incorporando palabras del Altiplano, bolivianas y peruanas. Es el precursor del latinoamericanismo como idioma”, opina. Taibo revela que el Che estaba fascinado por el mundo indígena. “Al fin y al cabo, ¿qué puedes hacer para desconcertar a un argentino?”, señala. “Llévalo a Machu Picchu y dile: ‘Colega: esto eres tú, pero no te habías enterado porque tu país no te permite entenderlo’.”

13/9/07

Un hombre solo


Por Rodrigo Fresán
Publicado en PÁGINA 12

UNO
Un hombre solo es, a veces, un solo hombre. Un hombre único. Alguien que se ha ganado con esfuerzo la admirada o temida soledad de empezar y terminar en sí mismo. No es fácil, tiene sus riesgos, a mucha gente le molesta mucho, pero muy de tanto en tanto la cosa sale bien.

Escribo esto –y lo escribo rápido, casi en piloto automático, en trance; en realidad lo escribí hace unos meses, en enero creo– recién llegado de ver Inland Empire, la nueva ¿película? de David Lynch.

Tres horas que se pasan como cinco minutos o se arrastran como una eternidad según el humor en que uno de encuentre. Y el humor de uno cambia varias, demasiadas, veces mientras se contempla Inland Empire. Y, después, Inland Empire deja un regusto de temor irracional y así uno vuelve casi corriendo a casa con los ojos casi cerrados y un poco rotos por la sobreexposición a tanto video digital de bajísima resolución cortesía de una manuable cámara Sony PD-150 igual a la que cualquiera utiliza para registrar esos bautismos y bodas y funerales y postales turísticas de Maradona en Colombia, donde todos cantan aullando como si se hubieran perdido o encontrado en una escena de Inland Empire.

Y uno escribe rápido ideas lentas porque teme, con razón, que el efecto de Inland Empire sea similar al de un sueño que se vaya disolviendo en la memoria como un Alka-Seltzer y que al final deje un murmullo de burbujas que no se entiende del todo cómo es que llegaron allí.

Decir que Inland Empire no se parece a nada sería fácil porque Inland Empire se parece mucho a uno de esos films de David Lynch que no se parecen a ningún film que no sea de David Lynch. Pero también puede afirmarse sin dudarlo –y no es una redundancia– que Inland Empire es el film más David Lynch de David Lynch. Es decir: han sido advertidos y abandonad toda esperanza quienes entren en él. Inland Empire es, también, la hermana siamesa y deforme de la –ahora lo/la comprendemos– mucho más normalita Mulholland Drive pero, como ésta, una nueva pero mucho más bizarra aproximación al concepto de cine-dentro-de-cine. Y si Mulholland Drive podía ser decodificada como las alucinaciones paradisíacas y el infierno terreno de una rubia llegada a Hollywood en busca del estrellato (Naomi Watts) para acabar estrellándose, entonces Inland Empire tal vez, quizá, quién sabe, puede entenderse como su contracara y negativo: otra rubia, Laura Dern (actuación que quita el aliento o devuelve alaridos, según lo que prefieran, y en la que, por supuesto, llora como sólo ella sabe llorar: Laura Dern es al llanto lo que David Lynch es al cine) es aquí una actriz reconocida que se arriesga a filmar una nueva versión de un viejo film maldito e inconcluso que, en esta nueva encarnación, parece algo así como una pesadilla de Douglas Sirk. Y, por supuesto, algo pasa. Y, ah, en la televisión pasan un programa con unos conejos parlantes con cuerpo de hombre y risas grabadas al fondo. Y de golpe estamos en algún sitio de Europa Central y sin aviso unas prostitutas comienzan a danzar. Y una mendiga oriental no para de hablar de un mono en Pomona y...

DOS
...hasta ahora había muchos libros sobre David Lynch y ensayos antológicos sobre David Lynch (firmados por gente como David Foster Wallace y Slavoj Zizek) y recopilaciones de entrevistas a David Lynch (Lynch on Lynch) y la muy útil guía The Complete David Lynch, de David Hughes. Pero faltaba un libro sobre David Lynch por David Lynch y aquí llega el indispensable Catching the Big Fish: Meditation, Consciousness, and Creativity (que publicará Mondadori en el 2008) donde El Mismísimo revela (a su manera, claro) las claves de su creatividad y el modo en que funciona su muy particular mente. En lo que hace a Inland Empire, Lynch explica que todo surgió de un monólogo de catorce páginas a pedido de Laura Dern para ver qué pasaba. Y algo pasó. Y esta especie de manual de autoayuda que sólo le funciona a él pero que fascinará tanto a sus seguidores –dedicado a “Su Santidad Maharishi Mahesh Yoghi”– arranca con un “Las ideas son como peces” y sale de pesca confesando, otra vez, a su manera, cómo y por qué y dónde pescó David Lynch y cuál fue la caña y carnada utilizadas para hacerles morder el anzuelo a las ideas que originaron cada uno de sus proyectos. La palabra con la que Lynch cierra su libro es “Paz” y, claro, uno se pregunta qué será la paz para este solitario rey pescador.

TRES
Y cabe la posibilidad –al menos así era hasta hace poco– de preguntárselo en su site. Preguntarle lo que uno quiera y tal vez responde y yo el otro día estuve tentado de preguntarle si no le parecía que Wes Anderson –otro solitario, acaso la contraparte angelical de Lynch– era el candidato ideal para filmar el On the Road de Jack Kerouac con Ben Stiller como Paradise/Kerouac y Owen Wilson como Cassady/Moriarty Y hay tantas cosas ahí... Episodios de proyectos televisivos de Mr. Lynch, series como Rabbits (los conejitos de Inland Empire) creadas para ver on-line, galería de arte, y acaso lo más interesante de todo: el apartado Interesting Questions donde es nuestro maestro de ceremonias quien deja de tanto en tanto caer preguntas para ser respondidas por la concurrencia. Ejemplo: “¿Si dos casitas para perros se incendian y sus respectivos perros se mueren, ¿debería uno prenderle fuego a una tercera casita?” Mientras se lo piensan –más información en http://www.davidlynch.com– tómense un café. Un café marca David Lynch. Orgánico, por supuesto. Y después métanse en el cine más cercano para que así Inland Empire se meta dentro de ustedes. Y ya no salga.

CUATRO
Porque, sí, desde su site David Lynch te vende su propia marca de café (la droga del pescador, en su libro el director dice que no se droga porque “las drogas dañan el sistema nervioso” y porque “existen experiencias más profundas y naturales disponibles”) con el slogan “Todo está en los granos, y yo estoy lleno de granos”. Y, para ir cerrando todo esto, una advertencia que, seguro, ya conocen. David Lynch es cafeína pura. David Lynch excita. David Lynch crea adicción. Pero también es cierto que David Lynch hay uno solo y que su influencia –como ocurre con el influjo de muchos de los muy pocos verdaderamente grandes– suele resultar incómoda cuando no funesta y generar productos más bien descafeinados. Por ejemplo: Alias ha sabido ser davidlynchiana sin caer en el absurdo. Millennium supo sacar provecho a sus enseñanzas mientras que X-Files reprobó el último examen. Carnivale (que le robó hasta a su enano) resultó una tontería y Donnie Darko una sorpresa. Lost, mientras tanto, ya no sabe cómo salir de ese ridículo laberinto para poder encontrarse a sí misma.

Y es que resulta arriesgado intentar caminar junto a su fuego. Así que, mejor, ya saben, recuerden Twin Peaks: café y donuts y dejar que David Lynch –definido justicieramente por Mel Brooks como “un James Stewart venido de Marte”– siga haciendo de las suyas.

Esas cosas únicas que él hace.

Solo y a solas.

Pescando.

24/8/07

Manu Chao. La vida libre

Por Diego A. Manrique
Publicado en EL PAIS (España)

El hombre más libre del negocio musical va a venir a ensayar. Estamos en el callejón del Salamandra, un club de rock de L'Hospitalet de Llobregat. Sin camisas, músicos y técnicos dan patadas a un balón mientras esperan a que se materialice su cabecilla. Caso raro el de este artista, que vende millones de discos y convoca multitudes: carece de local de ensayo fijo. Si se le acercan actuaciones, llama y pide que le cedan durante unos días un espacio. Luego, compensa el favor haciendo un concierto. El boca a boca llena inmediatamente un recinto como el Salamandra, con capacidad oficial para 500 personas.
Cuando aparece Manu Chao (París, 1961), decidimos que un club vacío es un lugar incómodo para una entrevista. Cruzamos la avenida de Carrilet, hacia un bar donde le conocen. Un dicharachero camarero cubano le hace los honores; también es un cantante lírico, especializado en boleros, algo que demuestra al momento. Y quiere actuar con su cliente: "Yo te canto Dos gardenias o algo así". Manu acepta inmediatamente la oferta: "Pues te pasas el viernes por el Salamandra, a eso de las doce de la noche". El espontáneo recula: "Oh, a esa hora todavía estoy trabajando".
Son las cinco de la tarde y Manu confiesa que acaba de levantarse, que no ha desayunado. Al punto llegan platos de queso, jamón, pan con tomate. Entre bocado y bocado, explica las razones de que las próximas actuaciones sean en pequeño formato: "Cinco o seis músicos formamos un comando, algo con mucha movilidad. Me encantan los metales, pero eso supone contar con [el trompetista napolitano] Roy Paci, que ahora está defendiendo su propio proyecto, Aretuska. La banda se pone entonces en 12 personas y ya no es posible juntarse de una semana para otra".
Se ríe: "A veces, algún músico se queja. Puede que, tras seis horas de ensayo, hagamos un concierto de tres horas. Además, luego sigue la fiesta y podemos terminar a las siete de la mañana. Con todo, la de músico es una de las dos profesiones más bonitas que conozco". La otra, asegura, es la de médico: "Cuando me sienta demasiado seco o cansado, dejaré la música y estudiaré medicina, para curar dolores musculares, de huesos. Por ejemplo, los que trabajan en un estudio de grabación tienden a terminar con la espalda destrozada y yo sé arreglarlo. Lo hago de forma intuitiva, pero quisiera tener más conocimientos". Una sonrisa: "En la siguiente vida quiero ser masajista para mujeres".
De momento, ejerce de músico pluriempleado. Quiere continuar produciendo, tanto a novísimos ("Sam, un rapero de Mali, que ni fuma ni bebe") como a veteranos ("admiro a Elíades Ochoa, el sonero cubano"). Le gusta colaborar en discos ajenos, generalmente de forma minimalista: "Detesto esas grabaciones rebosantes de música, prefiero quitar pistas antes de añadir algo". Mantiene otra formación aún más simple, capaz de tocar en bares, incluso sin amplificación: "Somos los Musicarios, los que asesinamos la rumba. Vamos a sacar un disco que se llamará Lo peor de la rumba, vol. 1". Usa Manu un castellano simpático, heredero de construcciones francesas, enriquecido por jerga callejera, neologismos particulares y mucha gestualidad.
Uno de los misterios de Manu Chao es la divergencia entre lo que ofrece en directo y sus discos de estudio. Clandestino, Última estación... Esperanza y, ahora, La radiolina son cuidados collages, seductores rompecabezas donde encaja elementos sonoros captados en sus viajes. En vivo, no hay margen para sutilezas: plantea una descarga de punk, ska y reggae para botar. Como si sus dos principales vocaciones, la de creador y la de animador pachanguero, siguieran trayectorias paralelas, de imposible coincidencia. Su explicación rompe los esquemas: "Son mundos aparte, que necesitan estímulos diferentes. Para grabar funciona muy bien algo de marihuana. Sin embargo, fumar no le viene bien al directo, es preferible un chupito de algo. El alcohol es peligroso en el estudio; al rato, lo que quieres es dejar la computadora e irte a un bar. La maría también tiene consecuencias: no te deja soñar, puede darte pesadillas".
Se anima con el asunto de las sustancias. "La más traicionera es la cocaína. Su mera existencia da mal rollo. Cuando vivía en Madrid, salíamos de marcha por Malasaña; entonces, el combustible del barrio era la coca. Y la gente se pasaba las horas buscando la siguiente raya. Como nosotros no consumíamos, nos manteníamos frescos y nos miraban con sospecha: "Putos franchutes tacaños". ¡Se corrió la voz de que Manu tenía la mejor coca, pero no invitaba a nadie! La coca es lo peor. Cuando se vende como crack, trae armas y violencia. He visto cómo destroza lugares y no es bonito".
Está rompiendo, le advierto, una de las convenciones de las entrevistas con rockeros; habitualmente, sólo se permite hablar de drogas hacia el final de la conversación. "Me fastidia toda esa hipocresía. Cuando Mano Negra giró por Colombia [una aventura narrada por su padre, Ramón Chao, en el libro Un tren de hielo y fuego], la guerrilla nos dijo que no tendríamos problemas, pero que nos abstuviéramos de consumir drogas. ¡La misma organización que se financia cobrando impuestos por la coca y la marihuana! No les concedo el derecho a regular lo que yo hago con mi cuerpo".
Tiene la flexibilidad de reconocer que cada cultura genera su ritmo y sus apoyaturas. "En Cuba funciono con ron, como todos los nativos. Sé que hay marihuana, y dicen que muy buena, pero nunca he hecho nada por conseguir algo". Mejor: en el país de los Castro le tienen fichado. El pasado año, Manu visitó La Habana para actuar en la Tribuna Antiimperialista, junto al Malecón. En la recepción oficial, un repentista -según otra versión, un grupo de rumba afrocubana- le mandó un aviso musical, sugiriéndole que obviara las referencias a la hierba en su concierto. Asegura hoy que no recuerda recibir ese mensaje y que no se autocensura: "Si los periodistas cubanos me hubieran preguntado por las drogas, habría sido sincero con ellos; otra cosa es que publicaran mis opiniones". ¿Podría resumirlas? "Estoy por la legalización, con los controles que sean. Me parece contraproducente que los Gobiernos dejen el negocio de las drogas a los malos. Odio que ese dinero vaya a las mafias, que son el peor enemigo de la democracia. Intento que lo que consumo no haya pasado por manos sucias".
En el nuevo disco hay una referencia a Tepito, extraordinario barrio de México DF donde todo lo ilegal está a la venta: armas, discos piratas, drogas. "Tepito me cuidó. Hay muchos chilangos [habitantes del Distrito Federal] que no se atreven a ir allá, pero yo paseaba empeyotado por sus calles y nada me pasó". Eso, vamos a ser delicados, va frontalmente contra la liturgia del peyote, que requiere ser consumido en el campo, en compañía de algún guía local. "Ya, ya lo sé. Pero yo soy rata de ciudad y, para mí, la naturaleza es la urbe. Don Peyote fue bueno conmigo. Aprendí el valor de la intuición, algo contrario al racionalismo cartesiano que te implantan en los colegios franceses".
En el fondo, piensa, sigue siendo un racionalista, aunque abierto a lo improbable. En sus estancias en América comprobó la fuerza de la santería y, especialmente, la macumba y el candomblé brasileños. "Llegará el momento en que sea aceptado científicamente, cuando tengamos instrumentos que cuantifiquen las energías positiva y negativa. Yo he recurrido a un brujo cuando alguien me quería hacer mal. Me dijo que debía blindarme, para que el odio rebotara hacia quien me lo enviaba. Y resultó, te lo aseguro".
En verdad, la voluntad del entrevistador era tratar temas menos espirituales. Por ejemplo, su alto grado de autonomía respecto a la industria musical. En 2003, cuando Manu anunció que dejaba Virgin, alegando que no podía seguir con una compañía que acababa de despedir a muchos de sus "colegas", se pensó que era un gesto cara a la galería y que pronto ficharía por otra multinacional. No ha sido así. Trabaja con Because Music, pequeña compañía fundada por un amigo de Virgin, Emmanuel de Buretel. Allí edita sus producciones y discos como La radiolina, aunque también ha probado otros canales de distribución: Siberie m'etait contée, el disco-libro hecho a medias con el dibujante Wozniak, tuvo en 2004 una buena vida comercial a través de librerías y quioscos franceses.
Un inciso: Siberie m'etait contée ofrece veintitantas canciones en francés, donde Manu usa la metáfora de París-es-Siberia para explicar algunas decisiones vitales. "Me he pasado demasiados inviernos sin ver el sol. El alma de la gente, las relaciones humanas, todo se entristece y se amarga. Si hay una prerrogativa de star que creo haberme ganado es la de vivir bajo un cielo azul, sin nubes grises. Se trata de algo por lo que nunca voy a pedir disculpas. Oye, hay personas que viven en climas fríos y tienen sol en el corazón. Pero mi opción es esta: Barcelona".
Sigamos con el asunto industrial. Manu evita el tono apocalíptico cuando se refiere a la crisis causada por las descargas irregulares. "Después de todo, yo también me formé con copias piratas, casetes que nos intercambiábamos. Y claro que me gustaban más los elepés. De todas formas, el vinilo no ha desaparecido y vamos a seguir usando el CD. Quizá tengamos que cambiar el concepto de obra: un CD retrata al artista en un momento determinado, pero eso puede ampliarse. Aunque La radiolina tenga veinte temas, quiero seguir en la misma onda. El mismo nombre lo explica: voy a convertir mi página de Internet en una pequeña radio que vaya difundiendo mis novedades. Al final, La radiolina puede que sean treinta o cuarenta canciones".
Eso encaja mal con las angustias que, según Manu, acompañan el proceso de elaboración de un disco largo. "Para mí, cada disco debe ser un viajecito, que te lleve de un punto a otro. Cuando quieres cerrar un disco, descubres que falta, no sé, un nudo que te permita pasar de un bloque a otro. Idealmente, los cuarenta o cincuenta minutos de un álbum deben ser como una sola canción, que fluya sin sobresaltos. Suelo escucharlo de noche, en la cama. Sin los ruidos de fuera, sin llamadas, compruebas si sobra o falta algo. Hay temas en La radiolina que están hechos a última hora para eso, para tapar un hueco".
A Manu le gusta desmitificar el proceso de creación: "Las canciones son bichitos que se reproducen. La misma música te puede servir para dos o más canciones, no entiendo que se me recrimine por eso". Se reconoce el rey del reciclaje: "Voy probando ideas a lo largo de los años. Un tema que estaba en el disco de Amadou et Mariam [músicos ciegos de Mali a los que Manu produjo en 2004] reaparece en La radiolina. Hay canciones como El hoyo que llevan siglos rodando por Internet. Igual que The bleedin clown, que viene de los principios de Mano Negra".
Para grabar, mantiene "un hangar" en Barcelona donde ha montado su estudio. "Bueno, no se parece a los estudios clásicos: allí guardo las guitarras y las mil cajas que me traigo de los viajes y que luego no vuelvo a abrir". En realidad, la tecnología le permite grabar donde se encuentre: "Saco ahora cosas que hice en hoteles, de gira. En el disco duro del portátil está toda mi obra de los últimos años, lo mío y lo que he producido. Y también la materia prima de la que saldrán nuevas canciones".
Es la estrategia del caracol, afirma: la casa a la espalda. "Te da mucha libertad. Estaba en Madrid con Fernando [León de Aranoa] y me puso su Princesas. Me quedé tan emocionado que inmediatamente, raaak, me salió la canción para la película, Me llaman calle. De un tirón, como un orgasmo. Lo menciono ya que no es lo normal". La relación con las prostitutas que inspiraron la película está entre lo mejor que le ha ocurrido: "Son personas muy fuertes, con humor y un sentido auténtico de la solidaridad. Cuando vivía en Madrid, las veía en la calle del Desengaño -vaya sarcasmo- y me salió el tema Malegría. Diez años después estaba en la misma calle, donde ha abierto la sede su asociación, Hetaira. Iba a llevarles el goya que me dieron por su canción y aproveché para tocarles unas rumbitas. Uno de esos momentos en que sientes que hay una lógica en la vida".
Con el mismo espíritu, Manu se presta a emparejamientos insólitos. Así, está componiendo una canción con ese gigante, Adriano Celentano. "Para mí, siempre fue un modelo. En lo musical, por hacer rock and roll cuando era exclusiva de los yanquis. Me inspiró en los inicios, cuando hacía rockabilly. En mi barrio mandaban los rockers y te hostiaban si tocabas algo posterior a 1963; Celentano no se quedó allí. Luego fue capaz de enfrentarse con Berlusconi, cuando mandaba sobre todas las televisiones de Italia. Me mandó llamar a su casa del lago de Como, una mansión muy... celentanesca. Tiene el estudio de grabación en el salón, nada de sótanos sin luz. Charlamos de música, no tocamos la política. Para mí, Celentano está por encima del bien y del mal, como Elvis o Maradona".
Ah, hablemos de Diego Armando. "Con Mano Negra, le dediqué Santa Maradona y lo agradeció con un artículo en Página 12 donde me invitaba a visitarle. Claro, fui luego muchas veces a Argentina, pero nunca me atreví a llamarle. Hasta que Kusturica me pidió música para su documental sobre Maradona. Nos encontramos y le encantó el tema que le hice, La vida tómbola. Me gustó su forma de ser: tiene interiorizados los códigos del barrio pobre donde creció. Y vive a flor de piel, vive al momento". Algo que comparten sus amigos musicales, que insiste en enumerar: "Amparanoia, Tonino Carotone, Che Sudaka, que viven en Barcelona o alrededores. Pero también saco al escenario a los de La Colifata, esa emisora de radio que hacen enfermos mentales en Buenos Aires: son poesía pura, aunque no lo sepan".
El Manu Chao de 2007 se revuelve incómodo cuando se menciona su activismo político. "Detesto que me consideren el líder de los antiglobalización, los altermundialistas o como quieras llamarlo. Primero, es un movimiento que no admite líderes. Perfecto: lo más fácil del mundo es corromper a un líder. Segundo, nadie me ve como líder, a algunos les gustará mi música y otros pensarán que soy un payaso. Tercero, es peligroso. Estuve en los actos contra el G-8, en Génova, donde la represión fue fortísima, hubo hasta un muerto. Ahora, los policías han reconocido que tenían orden de machacarnos. No quiero que me confundan con lo que no soy y vayan contra mí".
Asegura que Politik kills, Rainin in paradize, Panik panik y otras piezas de La radiolina contienen sus avisos sobre lo que está ocurriendo. De acuerdo, pero son declaraciones esquemáticas; ¿podría intentar sistematizar su postura ante el presente del planeta? "Dudo que haya alguien al volante. Los que mandan ni siquiera saben hacia dónde nos llevan. Estamos en una carrera entre un sistema que se ha vuelto loco y el instinto de conservación de los humanos. Por eso el movimiento atrae a gente tan diversa. Vas a una mani y están desde abuelitas con sus nietos hasta los del Black Block, dispuestos a enfrentarse a la violencia de los polis. Hacia el final de mi disco hay un tema llamado Y ahora ¿qué?, una frase que también va en la portada. No tengo respuestas, sé actuar en el día a día, pero ignoro cómo dirigir toda la energía para que sea eficaz y útil para el movimiento. Allí canto: "Y cada día yo lucho para no decaer, / cada día me espanto de tanto rebuscar".
Cada poco, Manu siente el deseo de huir. "Me suele pasar en las giras, quiero olvidar la música y perderme por los callejones de cualquier ciudad. ¿Qué ciudad? Estambul, por ejemplo. Es la mayor urbe europea y todavía no está envilecida por la especulación inmobiliaria, como Barcelona. Cuando me subo al avión para ir a otro país, a otro concierto, me veo gilipollas. Si reconoces un lugar como el paraíso y tienes que marcharte, te expones a una crisis existencial".
Para descomprimirse, suele escapar hacia latitudes menos agobiantes. Por ejemplo, Bamako, la capital de Mali, que descubrió cuando produjo a Amadou et Mariam. "Allí comprobé que lo lento no es negativo, como nos enseñan en la escuela. Para un drogadicto de la velocidad como yo, supone una bofetada en la cara. Debes entender que quedar para tomar un té y comer puede ocuparte todo el día. Aprendí que dormir no es perder el tiempo; es un derecho, al que no voy a renunciar. Dormir diez horas, pasar un día sin hacer nada son libertades bonitas".
También viaja a Brasil, donde crece su hijo. "Yo rechazaba la paternidad, no quería esa responsabilidad. Aún hoy, con 46 años, me niego a reconocerme como adulto: siempre odié la idea del núcleo familiar, los padres y el niño encerrados en su pisito o en su chalé. Tampoco creo que padres e hijos deban estar todo el tiempo juntos. Vi la última vez a mi niño en diciembre, pero sé que está bien y eso me basta. A veces, cuando voy allí, sólo me le encuentro a la hora de comer: tiene su vida, anda con su pandilla, va a la playa. Allí, igual que en África, los niños son un proyecto de la comunidad entera, los adultos cuidan de todos. A su lado he revivido algo que había perdido: el sentido poético de la existencia, la capacidad para vivir lo onírico, el reino de la fantasía. Veo una chispita en sus ojos que me maravilla: así era yo... Y me alegro de ser padre".

1/8/07

El abrazo

Por Pablo Lettieri
Publicado en TODAVIA

Tal vez porque encarna una imagen tan típica de Buenos Aires, tan presente en su escenografía –sea ésta real o soñada– que se vuelve irremediablemente cliché, postal turística, estereotipo visual de lo “porteño” para el extranjero. O porque intentar capturar el sentimiento, la emoción y la pericia del movimiento es una atracción irresistible, fotografiar el tango bailado puede resultar una experiencia tan delicada como seductora.
Carlos Furman se dedica a la fotografía teatral desde hace más de veinte años y se lanzó a esos territorios íntimos y secretos que son las milongas y los salones de baile movido por los mismos desafíos que le impone la ficción sobre el escenario: apresar ese instante fugaz, aquel gesto seductor, la comunión de los cuerpos en penumbras.
Y conectarse con una sensación más primitiva de la fotografía: dejarse llevar por los impulsos y la intuición. Hay en sus imágenes, inevitablemente, un componente “teatral” en el uso de los claroscuros, en los cuerpos que se encuentran y desencuentran.
Pero, también, en el hallazgo de una figura, un gesto o un instante de intimidad, cuando el tango se desnuda del movimiento.

8/7/07

“Berlusconi es un monopolio que tiende a perpetuarse”

Entrevista con Nani Moretti
Por Luciano Monteagudo
Publicado en PAGINA 12

 
”No es un film sobre Berlusconi, es un film sobre Italia”, repite una y otra vez Nanni Moretti desde el año pasado, cuando dio a conocer Il caimano, su primer largometraje desde que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes por La habitación del hijo (2001). En El caimán Moretti vuelve al espíritu satírico y libre de Caro diario y Aprile. Pero a diferencia de aquellos films –que lo tenían por protagonista absoluto, narrador y comentador de la realidad que lo rodeaba–, aquí resigna la primera persona del singular para contar la historia de un productor de cine (Silvio Orlando, un actor recurrente en su filmografía) enfrentado casi sin quererlo a un proyecto impensable en la Italia de hoy: hacer un film sobre Berlusconi.
“Ustedes me preguntan si algo ha cambiado para el film desde el triunfo en marzo de Romano Prodi y yo les digo que no, que mientras ustedes acá ven cuatro películas por día, allá en Italia nada cambió”, decía Moretti en un encuentro con la prensa que tuvo lugar en el Festival de Cannes del año pasado y del que participó Página/12. “Y nada ha cambiado porque el triunfo de Prodi fue por pocos votos, lo que significa que Italia no ha cambiado. Y si hablamos de Berlusconi, el personaje tampoco ha cambiado ni está dispuesto a hacerlo.” Para Moretti, el problema sigue siendo el mismo que denuncia sin rodeos en su película: “La competencia por la Palma de Oro es equitativa, pareja para todos, pero la competencia electoral en Italia no: Berlusconi, les recuerdo, sigue siendo dueño de tres redes de TV, diarios, revistas... tiene intereses económicos en casi todos los campos. Es un monopolio que él ha legalizado y está decidido a perpetuar”.
Y aclara Moretti: “No creo ser un cineasta símbolo de la izquierda. Pienso en todo caso que hago películas que otros no hacen, que me ayudan a entender mejor las cosas y a confrontarme a mí mismo. Como el protagonista de mi película, yo tampoco creo que el llamado cine político, que le propone al público tomar conciencia, sea interesante. En todo caso, ése es un camino demasiado estrecho. Para eso, prefiero hacer política, como lo estuve haciendo estos últimos años, después de que me paralizó un poco la Palma por La habitación del hijo”.

¿Y cuál es la relación entre el Moretti político y el Moretti director de cine?
Ninguna. Cuando en un momento de mi vida, cuatro años atrás, tomé la decisión de hacer política, de manera voluntaria, por un deseo muy fuerte, dejé de hacer cine, porque para mí se trata de cosas muy distintas, que no conviene mezclar. Realmente no tienen nada que ver.

Usted participó muy activamente del movimiento llamado Girotondi, que se levantó contra Berlusconi, pero que también supo cuestionar la dirigencia del Olivo. ¿Cuáles considera que fueron los mejores momentos de su experiencia política?
El hecho de sentirme en sintonía con tantas personas, tener la confianza de la gente para poder representarla en la expresión de sus ideas, que mi voz pudiera ser también la de muchos otros. En las últimas elecciones –de las cuales yo no participé como candidato sino como simple ciudadano, le aclaro– la participación de la gente fue altísima, porque se produjo un fenómeno muy particular: una mitad de Italia estaba “encantada” literalmente con Berlusconi, mientras que la otra mitad sentía un rechazo muy profundo. Y este enfrentamiento de tipo casi futbolístico llevó a votar a mucha gente que habitualmente ya no lo hace.

¿Por qué eligió hacer una ficción y no un documental sobre Berlusconi?
Porque no lograba encontrar el tono justo para un documental. Y también –y le estoy hablando de algo que se remonta a cuatro años atrás– un proyecto de esa naturaleza chocaba con mi fuerte compromiso político de ese momento, en primera persona. Insisto: una cosa es el cine y otra la política. Y cuando volví a hacer cine sabía que tenía que contar una historia política, pero no solamente política.

El hecho de que Berlusconi confunda constantemente la cosa pública con la vida privada y lo privado con lo público, ¿fue determinante a la hora de concebir El caimán?
No, porque en el centro de mi película hay dos personajes que no son Berlusconi y por quienes siento mucho afecto: el productor veterano y la directora joven. Quería en todo caso que el film tuviera diversos ángulos: una historia de amor, un homenaje al cine y un cuestionamiento político, pero todo junto, alimentándose mutuamente. Por otra parte, es verdad que lo privado y lo público se confunden permanentemente en Berlusconi y eso lo hace un personaje muy complejo, tan complejo como la Italia misma. La izquierda institucional, por ejemplo, encuentra banal recordar que Berlusconi participa de la competencia política, de la competencia electoral con una enorme ventaja: tres redes de televisión sobre un total de seis, periódicos, radios, todo un gigantesco imperio financiero... Y lo que no entiende esta izquierda es que no es banal recordar esto, lo que es banal es la realidad italiana. Quizás el modo de hacer política de Berlusconi se pueda encontrar también en otros países. Pero no creo que en otros países sea posible lo que hace Berlusconi en Italia, la impunidad con la que se maneja sin que haya ninguna ley antitrust que le ponga algún límite. Es la cuarta vez que tenemos elecciones bajo estas circunstancias, con un candidato que tiene todas las ventajas. Y esto es inaceptable en democracia. Y no puede volver a suceder.

En su nueva película es una mujer, la directora, quien tiene mayor conciencia política: es ella quien quiere hacer una película contra Il Caimano. ¿Por qué?
Porque a diferencia del estereotipo, que dice que en Italia somos los hombres quienes nos dedicamos a la política, la realidad muestra algo bien distinto. En el movimiento espontáneo, autónomo del que formé parte en los años 2002 y 2003, con muchas movilizaciones en las principales plazas del país, la mayoría de los participantes eran mujeres. Quizás allí nació el personaje de Teresa.

Si se encontrara en un set con Teresa, ¿qué consejo le daría?
Lo que yo le diría a un joven director que empieza ahora a hacer cine es que no pierda tiempo quejándose y que trate siempre de hacer cosas. Porque lamentarse, dar lástima, hacerse las víctimas, lamentablemente es algo ya muy extendido en Italia en el campo del fútbol profesional y no vale la pena que también forme parte del folklore del cine.

¿Encuentra cierto paralelismo entre Palombella rosa y El caimán? En aquella película cuestionaba fuertemente a la izquierda italiana y aquí a la derecha...
Sí, en mis primeras películas lo que hice fue interrogar, cuestionar a la izquierda y ahora con El caimán le doy un descanso. Palombella rosa era una película sobre la crisis de la izquierda italiana y, de hecho, se estrenó dos meses antes de la caída del Muro de Berlín y del comienzo del fin del Partido Comunista Italiano, del proceso de transformación que luego incluso derivaría en su cambio de nombre. Pero el estilo de aquel film era muy distinto al de El caimán: era un film que no podía ser realista, porque trataba sobre la confusión de la izquierda italiana, y por lo tanto era una metáfora, ambientada en una piscina, un micromundo donde se reflejaban las contradicciones de aquella época.

Pero acá en El caimán también hay una piscina... Es una escena corta pero donde hay una caracterización muy fuerte de lo que es Italia.
¡Hay dos escenas en una piscina! Una es en los viejos estudios donde el productor piensa rodar la película. Sobre esto le quiero contar una cosa: ese decorado es real, es una escuela de cine para adolescentes, chicos de 16 o 17 años, pero la piscina la mandamos a construir nosotros especialmente. Y no bien terminó el rodaje y nos fuimos, ¿sabe qué hicieron las autoridades? La destruyeron inmediatamente, la taparon con tierra. Así están las cosas en Italia... En cuanto a la otra escena en una piscina, que es a la que usted se refiere: quería allí un personaje extranjero, porque pienso que los extranjeros pueden ver con mayor lucidez a Italia. Las cosas que le dice este extranjero a Bruno, el productor, son muy duras. Y al ciudadano italiano que es Bruno le cuesta mucho asimilarlas.

¿Le parece que su película pudo haber marcado la diferencia que determinó el triunfo de Romano Prodi en las últimas elecciones?
No estaba en mis intenciones. En primer lugar, lo que yo quería era hacer una buena película, punto. Si además de hacer una buena película hice también una película que tuvo además esta función, mejor. Me pone muy feliz. Finalmente, uno también hace cine para imaginar una realidad distinta a la que encuentra todos los días. Por ejemplo, el chico que aparece en El caimán ve por televisión una película de Hayao Miyazaki, el gran animador japonés, y no creo que eso sea algo común en los chicos italianos que prenden la TV a la noche. Lo que me interesaba, en todo caso, era mostrar que los únicos en Italia capaces de hacer una película sobre Berlusconi son un productor de clase “B” y una joven sin experiencia ni poder alguno. En relación con los jóvenes italianos, los verdaderos, no los que salen en mi película, debo decir que su descreimiento de la política es una consecuencia natural del orden de las cosas en Italia: crecieron en la era Berlusconi, es todo lo que conocen y entonces consideran normal que un hombre que es dueño de medio país sea también el jefe de gobierno.

Entre La habitación del hijo y ahora El caimán pasaron más de cuatro años. ¿En este lapso hizo cine publicitario?
No, no hago publicidad porque el dinero que hago con mis películas me basta. Aunque si usted habla con un director que hace publicidad nunca le va a admitir que lo hace por dinero. Le dice que... “es interesante la forma narrativa, el desafío de contar una historia en 30 segundos, la posibilidad de experimentar...” Todas mentiras. Si le interesa, le puedo decir que en estos cuatro años me dediqué a la política, de forma voluntaria, sin cobrar un centavo; también fui productor de un largometraje de ficción y de once documentales; y continué mi actividad como propietario y programador de un cine de Roma (el Nuovo Sacher, en el Trastevere, ndr), en el que me doy el gusto de exhibir el cine que a mí me gusta. Jugué menos tenis del que solía jugar antes, cuando era más joven, y lamentablemente no jugué ni un partido de fútbol. Antes de filmar La habitación del hijo participaba de un equipo de fútbol, pero ya no.

¿Directores contra críticos?
No... yo debo ser uno de los pocos directores italianos que nunca se han quejado ni pública ni privadamente de una crítica negativa. Jamás levanté el teléfono para llamar a un crítico. Dicho esto, ya que estamos, quiero mencionar una cosa: los franceses no rompen las bolas con la Palma de Oro para una película francesa en el Festival de Cannes. ¿No llega la Palma para Francia? Bueno, paciencia. En cambio, los periodistas italianos rompen una y otra vez con el León de Oro para una película italiana en Venecia. ¿Por qué? Hay algo que funciona mal en la cabeza de esta gente, de los periodistas italianos. Les ha sucedido algo terminal, definitivo: no es un problema histórico, no es un problema cultural, es un problema biológico, está en el ADN. Pero volviendo al equipo de fútbol... Dos de mis mejores amigos jugaban también en este equipo, que se disolvió cuando empecé a filmar La habitación del hijo. Nos reencontramos en el estreno, vieron la película y me dijeron: “La película está bien, pero no tanto como para que nos hayamos quedado sin equipo”.

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