10/2/08

La cámara lúcida

Entrevista con Sara Facio
Por María Moreno
Publicado por RADAR

Ahora la buena terrorista Sara Facio, esa que hace unos años se animaba a decir que los fotógrafos se vestían para ir al Sheraton como si estuvieran por ir a Sierra Maestra, que la foto del Che muerto en Bolivia tendía a ser la foto común tomada por un reportero, y que ninguno de los admirables de la izquierda caviar que tanto la promocionaban –Pablo Neruda, Julio Cortázar, Pablo Picasso– se fue a vivir a Cuba, se ha dejado las canas, agregando aún majestuosidad a esa cabeza que, en sus ondas y crestas blanco azulado, parece remedar naturalmente el capello que distingue ciertas jerarquías nobiliarias. Por eso, si bien Maple, el del tango “A media luz” (“pisito que puso Maple/piano, estera y velador/un telephon que contesta”), antaño dictaba una elegancia más a la Argentina Sono Film que al british criollo, a ella le gusta que su última exposición (dice) se realice en el palacio de la antigua mueblería. Para el catálogo oficial: el 14 de febrero a las 19 horas la Fundación OSDE inaugura en Imago espacio de Arte (Suipacha 658, 1ºpiso) la muestra Sara Facio antológica 1960-2005.
Como siempre que se la invita a hablar, Sara Facio empieza por protestar por motivos cívicos. Es que ella, que es capaz de quejarse de la “anarquía” sin ponerle comillas verbales –“Hay tanta anarquía y falta de educación ciudadana que el 80% de la gente que se va con su automóvil de vacaciones no pagó la patente”– y, con jocosa impunidad, suele burlarse de la izquierda –“No sé por qué es un héroe el Che Guevara. Me gustaría que alguien me lo explicara con fundamento”, me dijo alguna vez, cuando todavía no habían aparecido las biografías críticas–, conserva algo del estilo de Victoria Ocampo cuando utilizaba su indignación como garantía suficiente de verdad –la indignación como signo, ya no de clase, sino de pertenencia tácita al campo de la razón y de la libertad.

–Ahora estoy indignada con los intendentes de Buenos Aires, que están espeluznados con que Macri haya tenido el 80% de los votos y no tienen vergüenza de la mugre que han dejado en esta ciudad. Uno de ellos, que se dice afrancesado y que vivía en la Place Vendôme y en la Rue de la Paix, ¿nunca caminó dos cuadras por Buenos Aires? Y el otro, al que ahora votan para la Legislatura, que anunció un superávit, que no sabía qué hacer con la plata, ¿por qué no la arregló?

Con un tono mucho más tenue dice que ésta será su última muestra, que las series de fotografías que integran Buenos Aires, Buenos Aires, Bestiario, Escritores de América Latina, Autopaisajes, Humanario, Actos de fe en Guatemala, Funerales del presidente Perón, Las hechiceras –que ha corregido en De brujos y hechiceras (“que no digan que sólo me gustan las mujeres”) para incorporar las imágenes de Fangio, Quino, Lenoir y Goyeneche– y tantas otras son algo así como un testamento. Que ya basta. Hace poco se quebró las muñecas. Y con ese pragmatismo irónico que cultiva, una especie de sentido común cachador que la hace reírse de lo cool pero que termina por ser cool, afirma que no va a tomar una sola foto más.

PERON VUELVE (CRUZ DIABLO)
Si hay en Sara Facio el placer por las afirmaciones brutales y sin censura que Landrú atribuía a su Tía Vicenta, su gorilismo blando no le impidió ser testigo del peronismo en el poder y una de sus más sofisticadas cronistas. Las series Perón vuelve, Funerales del presidente Perón, más las que ya no conserva y que se han publicado en Francia, durante sus tiempos de reportera gráfica de agencia, son de las mejores: Sara Facio es célebre por sus retratos pero también por sus instantáneas, que sería más adecuado llamar instantáneas con una segunda oportunidad porque parecería que ella registra el instante entre que la cámara le avisa al objeto (humano) de su presencia, permitiéndole corregirse un poco, y el que lo haría llegar a la pose. Como si le habilitara a las figuras de lo que antes se llamaba “pueblo” una cierta participación en el editing.
Los muchachos peronistas adquirió a la distancia un sentido trágico. Se trata del rostro de tres muchachos y una chica. La probable diferencia de clases, la evidente de género, está atenuada por la democrática campera, el cabello largo. Hay un efecto “banda” que cruza el pecho del muchacho ubicado en el centro de la imagen: algo funciona como una profecía en su mezcla de harapo, banda presidencial y luto. Sobre el hombro del muchacho se apoya una mano con una alianza –era un período que favorecía la alianza de clases en torno de un proyecto nacional–; viene de afuera del grupo, sugiriendo el continuum del cuerpo común de la movilización.

–Ahora tiene un último sentido porque vino una persona y me dijo que uno de los muchachos es un desaparecido. Fue algo que me impactó mucho. Tengo fotos de la vuelta de Perón, de cuando el indulto, de la masacre de Ezeiza. Cuando mataron a Rucci, un rato antes yo había mandado a mi agencia en París el rollo tomado en un acto donde estaba Rucci con Perón y otros sindicalistas. Me llamaron por teléfono para preguntarme: “¿Quién es ese Rucci que mataron?”. “Está en el rollo que mandé.” Mientras hablaba por teléfono, ellos lo revelaron y yo les iba dando los datos para que lo reconocieran.

–Estuviste en Ezeiza
–Un odio. Estuve pero me volví cuando empezó la matanza porque me descompuse. Estaba en el suelo del escenario tomando fotos. No se cómo hice para llegar. Había ido con Alicia D’Amico en un Fiat 600, lo dejamos por ahí, en un campo. Era otra época, porque había un millón de personas, lo fui a buscar a los dos días y allí estaba. Entonces trabajaba en SIPA, que funcionaba en Francia. Tenía que mandar los rollos. Desde el aeropuerto. Me acuerdo que fui con un colega que no lo voy a nombrar porque se hacía en los pantalones del miedo que tenía. Agarré el auto y quise seguir. Entonces nos paró un soldado que me dijo: “¡No se puede pasar!”. “¡Pero yo tengo que pasar! ¡Estoy trabajando!” Mi colega bajó. “Usted se estaciona acá”, dijo el soldado. Y yo, en lugar de estacionar, seguí. Mi amigo dice que vio cuando levantaba el arma. ¡Que me iba a disparar!

–No era tan seguro...
–En esa época en que no había Internet ni nada vos sacabas un rollo y tenías que ir a Ezeiza para hacer un envío por Air France. Después de estar en el medio, de vomitar, ¿no iba a entregar las fotos? Andá a saber las buenas que saqué y que nunca vi. Le saqué a Favio y al padre Mugica mientras estaba en el palco y me pasaban las balas por encima. De repente me dije: “¿Qué estoy haciendo yo acá en medio de éstos que no sé quiénes son y que se están matando vaya a saber por qué?”. Era algo en lo que yo no estaba involucrada y no creía. Si hubiese sido peronista y hubiese estado en uno u otro bando, tenía sentido. Si era montonera, de la FAL, de la FAR o de Mongo. No me gusta la política porque me parece que el último patriota fue el que se pegó el tiro.

–¿Cuál?
–Lisandro de la Torre.

CLIC DEL CLIC
En el 2000 Sara Facio se burlaba de las fotografías intervenidas (“yo te doy la fórmula, así que ponela en un recuadrito: hacés una foto grande –ésa es la condición sine qua non– del mar, le agregás lengüitas de lobos marinos, rociás todo con esperma de ballena y la colgás”), pero en los ‘90 había aceptado hacer junto a Nushi Muntaabski la serie Bestiario, donde la autoría original se vuelve indiscernible, con la inclusión de elementos provenientes del diseño gráfico y la historieta. Por esa época coloreó una foto de Jeanne Moreau, por algo es egresada del Profesorado Nacional de Bellas Artes.

–El único que me felicitó fue Marcos López.

–¿En qué medida te valés de los avances técnicos?
–En nada...

Y se detiene. La fotografía digital le parece tan compleja en sus exigencias como la que ella practicó en el siglo XX con rollos, negativos, papel, revelador, fijador y cuarto oscuro (y seguramente esos roperitos con cuerdas y broches de colgar la ropa para secar copias).

–Ahora sí, como dice el lugar común, nivelás por lo bajo: la foto del telefonito es muy simpática y, de carambola, te puede salir fenómena, pero no es serio. Lo serio es que vos digas “voy a hacer veinte fotos para hacer una muestra” y que esas fotos sean perfectas. Y para eso está la técnica.

–¿No te tentó experimentar?
–Tengo setenta y ocho años.

–¿Y la Internet que coloca cámaras en los inodoros y regala amantes planos como tarjetas de crédito?
–Bah. Para lo que sirve es para saber si Cate Blanchett es irlandesa o no.

–¿?
–Yo decía que hizo de irlandesa en una película pero que ella es australiana. Y estábamos en una reunión y empezamos a apostar que sí, que no. Fui a Internet, busqué, imprimí... ¿Qué decía? Que nació en Australia. La fotografía digital no la hace poner el grito en el cielo ni la ve como el democratismo del clic ni la universalización del artista amateur.

–Lo que puede pasar con la foto digital es lo que pasó, salvando las distancias, con el daguerrotipo y la fotografía. Hubo un corte. Porque la fotografía que hemos hecho nosotros en el siglo XX ya no es lo que era. Ni la aproximación de uno, que es lo más importante, a los temas, ni tampoco el registro, porque todo se puede transformar de tal manera que esa esencia de la fotografía que conocemos como reflejo de la realidad, por más subjetivo que sea, se pierde hasta el punto de que se puede poner en duda si estamos haciendo realmente fotografía.
Sara Facio tiene una serie titulada Autopaisaje, donde irrumpe en una escena natural con una parte del cuerpo que subraya la posición de la cámara pero que deja afuera precisamente la zona considerada de mayor concentración de identidad: el rostro. Porque ella dice que de narcisismo, poco. Hay quienes se autoeclipsan con su propia obra con gran alharaca y... reinciden como las estrellas de rock, hay amagos que ceden a una pulsión implacable –hace unos años César Aira coqueteaba con que dejaría de escribir– y hay quienes se dan una prórroga ante la muerte utilizando lo que la actualización técnica tiene de llevadero, como Agnès Varda, a quien la camarita digital le regaló una cómoda movilidad al borde de sus ochenta años.

–¡Pero, por favor! Si para hacer esta clase de fotos ya no se consiguen papeles ni drogas. Entonces, es una etapa terminada. En los museos del mundo ya ni se puede tocar fotos. En uno de Tokio me mostraron unas con guante y barbijos. En la Portrait Galery de Londres las fotos de Lewis Carrol están en una vitrina detrás de una cortina que les tapa la luz y que vos podés levantar con la mano, pero que es tan pesada que a los dos minutos la bajás. ¡Una foto no puede tomar luz! La tenés que ver en pantalla. Entonces yo ya no voy a hacer más fotos.

–¿Se puede parar? Marguerite Duras escribió hasta el final. Claro que la escritura parece más accesible.
–¿Cómo que no se puede parar? ¿No lo hizo Rimbaud? Entonces, mirá si no lo voy a hacer yo.

–Es una de las excepciones. Y muy precoz.
–Muchos lo han hecho, pero lo que pasa es que a Rimbaud, como era lindo, francés y joven, todo el mundo lo recuerda.

–O sea que paraste.
–Lo de romperme las manos pareció adrede. Algo me dijo: “¿No habías dicho que ya basta?”. Entonces ¡basta!

13/1/08

Uribe, las FARC y la verdad sospechosa

Por Horacio Verbitsky
Publicado en PAGINA 12

Las históricas matanzas entre liberales y conservadores colombianos, la lucha de una guerrilla marxista contra un Estado oligárquico y la actuación de bandas paramilitares armadas por los ganaderos y controladas por los militares fueron contaminados por el negocio de la comercialización de psicotrópicos de uso prohibido y por la intervención estadounidense. Desde que en 1975 la comisión presidida por el senador Frank Church investigó las atrocidades cometidas por la inteligencia norteamericana en Asia, Africa y Latinoamérica, la guerrilla dejó de ser una justificación admisible para la intervención y el control. Se acudió entonces con tal propósito a la denominada guerra contra la droga y, desde hace algunos años, a la definición del narcoterrorismo. El presidente Alvaro Uribe fue un sorpresivo vencedor en las elecciones de 2002 porque prometió guerra sin cuartel contra las FARC, luego de las fallidas negociaciones de paz de sus predecesores. Tuvo suficiente éxito como para ser reelecto en 2006 y conservar índices de aprobación muy elevados, coincidentes con los de rechazo a las FARC. Pero al cabo de seis años se llegó a una situación de jaque perpetuo. Las guerrillas no pueden construir poder fuera de las zonas selváticas que controlan y en las ciudades suscitan fuerte rechazo, pero el gobierno no consigue controlar todo el territorio y desalojarlas de sus reductos remotos. Una contradicción semejante ocurre con el método brutal de la toma de rehenes: provoca repulsión dentro y fuera de Colombia pero sirve como escudo protector contra bombardeos indiscriminados por parte del gobierno. Uribe consiguió expulsar a las FARC de las ciudades y avanzó en la desmovilización de las AUC, las Autodefensas Unidas de Colombia, con un ofrecimiento de reducción de penas. Los paramilitares que confesaran cualquier tipo y cantidad de crímenes recibirían no más de ocho años de cárcel y una vez descontados los tiempos de la negociación tal vez apenas dos y medio. En función de esa denominada ley de justicia y paz, casi un millar de paramilitares dieron su versión libre de los hechos al Ministerio Público, a raíz de lo cual se los llama los versionados. Estuve en Bogotá en noviembre, invitado por la revista Semana, que dirige Alejando Santos, sobrino del vicepresidente de Uribe; la Fundación Ideas para la Paz, creada por grandes empresas con actividad en Colombia, el Centro Internacional de Justicia Transicional (ICTJ) y el gobierno de Canadá. Durante el seminario internacional sobre Verdad, Memoria y Medios de Comunicación se analizó la gran crisis conocida allí como la parapolítica, desatada cuando muchos de los relatos involucraron a legisladores y ministros del oficialismo y reavivaron las sospechas sobre el propio presidente Uribe.
En diciembre el diario estadounidense El Nuevo Herald retomó una investigación de 1984 sobre el asesinato del ex ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla. El periodista colombiano Gerardo Reyes citaba como fuente el expediente judicial y el testimonio de su hermana, Cecilia Lara Bonilla, ex gobernadora del estado de Huila. Su hermano le mencionó como prueba el descubrimiento de un helicóptero propiedad de una empresa del padre de Uribe, el ganadero y criador de caballos Alberto Uribe Sierra, durante el allanamiento a un laboratorio de cocaína en una propiedad del cartel de Medellín conocida como Tranquilandia. “La mafia ha entrado en todos los estamentos del país”, dijo Lara Bonilla a Cecilia. También le contó que Uribe Sierra había sido asesinado al bajar del aparato. Alvaro Uribe siempre sostuvo que a su padre lo mató la guerrilla al resistir un secuestro. El presidente y su familia dijeron que la máquina fue vendida antes del operativo policial del que participó la DEA, pero según el Herald nunca aportaron la documentación respectiva. El coronel de la policía Jaime Ramírez Gómez, que coordinó la operación en Tranquilandia, declaró que Lara Bonilla temía un atentado “de los dueños del helicóptero”. Ramírez fue asesinado poco después que Lara Bonilla y que Uribe Sierra. El hijo del ex ministro, Rodrigo Lara Restrepo, fue designado por Uribe al frente de la Oficina Anticorrupción. Renunció hace un par de semanas, luego de estudiar los documentos del expediente y las declaraciones de su tía Cecilia.
Varias decenas de legisladores y políticos fueron detenidos a raíz de las confesiones de los versionados. Pero además, la Corte Constitucional colombiana condicionó la aplicación de la ley al cumplimiento de normas internacionales sobre verdad, justicia y reparación y estableció que la reducción de penas se perdería de comprobarse omisiones o mentiras en el relato. También amplió el plazo disponible por los fiscales para la investigación, exigió la devolución de todos los bienes malhabidos y el pago de reparaciones y admitió la participación de las víctimas en el proceso. Ahora comenzarán los interrogatorios formales, en los que los paramilitares deberán responder preguntas de los fiscales y recibirán condenas de los jueces. No le falta razón al gobierno de Colombia cuando señala el desconocimiento generalizado en el exterior sobre la situación del país aunque no es seguro que la mayor información le convenga. El tembladeral político recién comienza.

9/1/08

El pasado de Leni Riefenstahl

Por Homero Alsina Thevenet

Alguien pudo creer que Adolf Hitler era un fastidio, pero a Leni Riefenstahl le pareció muy simpático. Lo vio por primera vez en un congreso de 1932:
“Yo estaba como paralizada. Aunque no entendí gran cosa del discurso, actuó sobre mí de manera fascinante. Un fuego de tambor atronaba los tímpanos de los oyentes y noté que éstos habían sucumbido al magnetismo de aquel hombre”.
Las multitudes fascinadas provocaron hechos políticos. En las elecciones de 1932, y sin entender gran cosa del discurso, las masas dieron 13.418.547 votos a Hitler y los nazis, lo cual suponía el 36,8 por ciento del total. En enero de 1933 Hitler asumió el gobierno de Alemania y en septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, lo cual costó a Alemania más de cuatro millones de muertos. Lo mejor que puede decirse de Leni Riefenstahl es que no fue la única fascinada.

Mujer útil
En 1987, cuando Leni publicó sus Memorias en alemán, tuvo la franqueza de reconocer plenamente su adhesión inicial a Hitler y también el apoyo que el dictador le prestó en su carrera inmediata. Ese es un rincón poco conocido del gran tema que es “Cine y Política”, con lo que debe celebrarse que las Memorias hayan sido editadas en castellano (por Lumen, Barcelona) y en seiscientas nutridas páginas, más algunas notables fotos.
Cuando inició su carrera hacia las cumbres, Leni tenía 30 años de edad y precedentes artísticos estimables, como bailarina, actriz, alpinista y directora cinematográfica a lo largo de seis años. En su foja de servicios figuraban Prisioneros de la montaña (por G. W. Pabst y Arnold Fanck, 1929) y La luz azul (1932), donde fue realizadora, argumentista y primera actriz. A esa altura, vio a Hitler en un congreso y le envió una carta de admiración, donde se proclamaba magnetizada. Poco después, Hitler derramaba elogios sobre Leni y la convencía de que hiciera para el Partido una película documental, luego conocida como La victoria de la fe (Sieg des Glaubens), que más tarde fue escondida y seguramente destruida. Contenía imágenes de Ernst Röhm y otros jerarcas nazis que después llegaron a caer en desgracia.
Con los elogios a ese documental, Leni recibió el encargo de filmar una segunda obra mayor, que sería El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens), registrando el colosal congreso nazi de 1934 en Nuremberg. Aunque primero no quiso hacerlo, Leni terminó por aceptar, ante la insistencia de Hitler, y allí quedó sellado su destino. Dos años después, Leni se hizo cargo de documentar las Olimpíadas de Berlín en 1936. Esto se concretó finalmente en una doble película titulada Olympia (I y II), que superaba de lejos todo lo que el cine hubiera hecho hasta entonces para registrar el deporte.
Las maravillas formales de El triunfo de la voluntad y de Olympia se debieron ante todo al reconocido talento de Leni para la fotografía y el montaje, a lo cual procede agregar su dedicación de dieciocho horas diarias, sin domingos, a lo largo de semanas y meses. Ya fue escrito que el genio es una larga paciencia. Pero el resultado se debió también al apoyo oficial recibido en ambos casos, con una amplitud y un volumen que nunca habían logrado los realizadores de cine documental. En El triunfo de la voluntad consiguió instalar cámaras y focos de luz en zanjas y en torres especialmente diseñadas y construidas, lo que llevó a afirmar después que el congreso nazi fue reorganizado y acomodado para servir mejor a la película resultante. La ayuda oficial se reiteró para el rodaje de Olympia, esta vez ante dificultades muy especiales, porque el Comité Olímpico no quería arriesgar posibles interferencias de los fotógrafos en la acción, con lo cual también fue necesario calcular otras zanjas, otros puntos elevados y unos carriles muy especiales para seguir de cerca las carreras y otras competiciones. Había que preverlo todo, porque la actividad deportiva no permitiría repetir imágenes.
Con el tiempo, Olympia sería un instrumento de propaganda en manos del gobierno alemán y Leni Riefenstahl sería aclamada como la persona que hizo posible ese logro.

Fingida inocencia
Cuando terminó la guerra en 1945, las autoridades militares norteamericanas y francesas, así como los alemanes mismos objetaron a Leni su pasado nazi, como autora de aquellas dos películas. El caso de Olympia no era muy grave, porque en última instancia se trataba de un documental deportivo de alto nivel, que podía ser depurado (y lo fue) de ciertos fragmentos, eliminando imágenes de Hitler y sus ministros. En cambio, El triunfo de la voluntad era sin equívocos un congreso político. Como lo diría después el historiador Glenn B. Infield, allí Leni presentó
“(...) ante las masas, la política nazi, el poderío nazi, la popularidad nazi, el líder nazi Adolf Hitler, y las masas eran en el caso los ciudadanos alemanes y los ciudadanos del mundo que previamente habían desechado por insignificantes a Hitler y al partido nazi. Lo hizo de manera excepcionalmente hábil, tal como Hitler lo recomendaba en su libro Mi lucha. Convenció a los espectadores de El triunfo de la voluntad de que lo que veían en la pantalla era real, que las SS y las SA eran necesarias, que el Führer era Alemania y que Alemania era el Führer. Era manipulación consciente y era propaganda al más alto nivel. Era un arte falso. La película concentró la atención sobre los impulsos que guiaban a su creadora, y cuando la guerra terminó y Hitler estaba ya muerto, el mundo recordó”.
Leni fue detenida al terminar la guerra. Interrogada por los militares aliados, sufrió diversas humillaciones, un período de cárcel, una internación en un manicomio. Entre quienes la interrogaron figuró Budd Schulberg, un escritor que poco después sería destacado libretista en Hollywood y que entonces era uno de los encargados de recoger información para lo que sería el juicio de Nuremberg. La línea defensiva de Leni fue, entonces y después, la declaración de que nunca había sabido la realidad de los campos de concentración, que nunca fue nazi ni antisemita, que nunca tuvo relación personal con ministros del nazismo. Sus manifestaciones, que en mayo de 1945 integraron un extenso informe del Séptimo Ejército de Estados Unidos, eran toda una búsqueda de un rostro inocente.
También eran un ejemplo de astucia. Pudo decir con razón que entre sus colaboradores hubo judíos (Harry Sokal, Bela Balasz), pero no podía ocultar que apoyó abiertamente a un régimen antisemita, incluso después de los diez famosos decretos públicos de 1938 que convertían a todo judío en un criminal de nacimiento. Con el tiempo se conoció un episodio de diciembre de 1933, cuando Bela Balasz reclamó a Leni por su escasa mención en los créditos de La luz azul. En la emergencia, Leni recurrió nada menos que a Julius Streicher, el más fanático antisemita del régimen, confiriéndole “poderes de abogado en cuanto a la reclamación que el judío Bela Balasz me formula”.
La búsqueda de un rostro inocente llevó a Leni a apuntar que después de El triunfo de la voluntad no hizo otras películas de claro contenido político, como en cambio las hicieron diversos directores alemanes de la época (Hippler, Bertram, Harlan, Steinhoff, Waschneck, Ritter). Pero su identificación con el régimen estaba certificada de otras maneras. En 1940 las tropas nazis ocuparon París y Leni envió a Hitler un caluroso telegrama de felicitación. En 1943 decidió retomar el plan de filmar Tiefland (Tierra baja), una opereta de Eugene D’Albert, y volvió a tener el apoyo oficial para gastos, equipos y las divisas indispensables que le permitieron viajar a España para rodar algunas escenas. Para la misma película, Leni consiguió los servicios del fotógrafo Albert Benitz, quitándolo a otros compromisos con la productora Terra, y poco después los servicios de Hermann Storr, técnico de sonido, que estaba previamente contratado por el director Veit Harlan. En los casos de Benitz y Storr, no sólo superó Leni la oposición de Goebbels, que teóricamente era el amo supremo del cine alemán, sino que triunfó en ambas gestiones durante 1944, cuando Alemania estaba acosada por la invasión de los Aliados en Normandía y en seguida por el atentado de un grupo de militares contra Hitler. Sólo una mujer muy importante podía obtener tanto respaldo para filmar una opereta, apoyándose en Hitler o en los ministros Albert Speer y Martin Bormann. Los telegramas y las cartas quedaron en archivos oficiales de Berlín, donde fueron hallados después de la guerra.

A la Lista Negra
A pesar de abundantes interrogatorios en la posguerra, no se pudo probar que Leni hubiera cometido otro delito que la filmación de dos películas de propaganda. En 1949, una comisión estatal alemana para la depuración política dictaminó que Leni debía ser clasificada entre los “simpatizantes” del nazismo, lo cual no la hacía pasible de juicio, pero la colocaba de hecho en una Lista Negra que le impediría toda actuación pública. En 1952, un pronunciamiento judicial francés la exoneró de posibles sanciones. En el mismo año, el Senado de Berlín ratificó que Leni no sería acusada de delito alguno, lo cual ocasionó violentas protestas en la prensa.
Pese a todos esos pronunciamientos oficiales, Leni padeció en la posguerra un sostenido ostracismo interno. No podía trabajar, no podía explotar sus películas, comprobaba a diario que antiguos amigos le daban la espalda. En sus Memorias (p. 330) cuenta que en cierto momento cercano a 1950 visitó los estudios Bavaria, donde estaba filmando el popular actor alemán Hans Albers, y éste se puso furioso, exigiendo que ella dejara inmediatamente el local. El episodio parece más notable si se recuerda que Albers trabajó sin molestias en el cine alemán durante todo el período nazi, hasta 1944, y siempre en papeles protagónicos. No era el mejor fiscal antinazi en el caso.
En 1966, Leni hizo el primero de sus cuatro viajes al Africa, que terminarían por ser una segunda carrera y una mitad de su vida. Allí convivió con la tribu negra Nuba, en el centro de Sudán, tomando centenares de fotografías, a lo largo de veinte años. Las peripecias africanas ocupan también una mitad del libro de memorias e incluyen todo tipo de accidentes físicos, robos, estafas y desilusiones, pero también un contacto con una vida primitiva que la fascinaba. Entre un viaje y otro volvía a Europa a pelear por el rescate de sus películas y sus derechos. En la página 405 de sus Memorias se lee:
“A finales de 1960 hice un balance de los quince años que habían transcurrido desde el fin de la guerra. Había pasado tres años en campamentos y prisiones, cuatro meses en un manicomio. A ello se añadieron el embargo de mis bienes, la desnazificación, los procesos y la destrucción de mi carrera profesional. Todos mis proyectos cinematográficos, Los diablos rojos, Cargamento negro y por segunda vez La luz azul, se habían frustrado.”
También en 1960, el director alemán Erwin Leiser, que había conseguido huir del país en 1938, recopiló en Suecia un documental antinazi al que tituló Mi lucha, igual que el libro de Hitler. Una décima parte del metraje fue tomada de El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl. Esto originó una reclamación de la directora y un pleito en Hamburgo, por presunta violación de los derechos de autor. La empresa sueca Minerva y el director Leiser adujeron, a la inversa, que la película no era de ella sino del partido nazi, diferenciando así los papeles de un productor y un director. Por otro lado, todo el material de la película de Leiser había sido extraído de noticiarios y registros históricos, como era razonable suponerlo. El fallo demoró hasta 1969 y fue adverso a la directora. En el entredicho, Leiser había señalado que “los viejos entusiastas del nacional-socialismo se están mostrando tan audaces como para reclamar beneficios económicos de la denuncia de crímenes que ellos mismos ayudaron a provocar”.

Mujer humillada
Los derechos de autor fueron sólo uno de los problemas que Leni debió enfrentar desde 1945. Al defenderlos se introducía en una difícil paradoja. Reclamaba el pago de derechos porque se identificaba a sí misma como productora (de El triunfo de la voluntad, de Olympia), pero al mismo tiempo declinaba responsabilidades por su contenido político o por su utilización como propaganda. En ambos casos, su papel era de víctima. Es cierto que estaba cercada por enemigos y piratas, comenzando por un distribuidor norteamericano llamado Raymond Rohauer, que desde 1940 explotaba Olympia en Estados Unidos, sacando provecho de la distancia y de la guerra.
Junto a los problemas materiales aparecieron las humillaciones. Las había sentido ya en 1938, cuando visitó Hollywood y muy pocas personalidades quisieron estar cerca de ella. Las volvió a sentir en la posguerra, con el reiterado fracaso de sus planes, que eran manejados con ilusión hasta que un banco, un financista o una productora cinematográfica terminaban por dar la negativa a todo contacto comercial con ella. Una adaptación de La luz azul, que debía ser representada como ballet en París, por el célebre conjunto del Marqués de Cuevas, terminó por ser cancelada sin explicaciones. Otra invitación del British Film Institute en Londres, para dictar una conferencia en 1960, fue también cancelada de pronto, en apariencia por presión de Ivor Montagu, un historiador cinematográfico que estaba también invitado en esas fechas y que dio a elegir al Instituto entre su charla y la de ella. Su presencia en el festival cinematográfico de Telluride (1974) generó otras protestas de grupos que llevaban pancartas acusando a Leni de complicidad en los crímenes de los campos de concentración.
Aun más incisivas fueron las objeciones presentadas por Susan Sontag en su artículo “Fascinating Fascism” (en The New York Review of Books, febrero 1975), donde sostenía que las inclinaciones nazis de Leni Riefenstahl eran congénitas y se expresaban por igual en el alpinismo, en el culto de la belleza física, del esfuerzo, de la lucha de los cuerpos atléticos de los negros Nuba, que llegaron a ocupar tres libros de fotografías. El artículo de Sontag (que aparentemente no fue incluido en sus libros de recopilación) provocó en su momento que la revista National Geographic cancelara en el último minuto su plan de publicar las fotos de los Nuba.
Esos episodios de humillación y de perjuicio económico aparecen narrados por la misma Leni en sus Memorias, junto con la difamación de un falso Diario de Eva Braun (promovido por su ex amigo Luis Trenker) y junto con su queja ante el libro de Glenn B. Infield (1976), al que acusa de escandaloso y disparatado. Pero en esas pocas líneas no consigue refutar a Infield su poderosa documentación en archivos, en libros y en revistas, que obligó al autor a dar seis páginas a la sola enumeración de sus fuentes.

Arte versus política
Hay dos maneras de borrar el nazismo de Leni Riefenstahl. Una fue propuesta por la interesada en 1965 y en una larga entrevista que Michel Delahaye le hizo para Cahiers du Cinéma:
“El triunfo de la voluntad me trajo innumerables y difíciles problemas después de la guerra. Era, en efecto, una película de encargo, propuesta por Hitler. Pero eso ocurría, debo recordarlo, en 1934. Y para la joven que yo era entonces, seguramente resultaba imposible la previsión de lo que iba a ocurrir. En la época, Hitler había adquirido cierto crédito en el mundo y había fascinado a muchas personas, entre ellas a Winston Churchill. ¿Y era yo, solamente yo, quien debía adivinar que un día cambiarían las cosas?”.
Esta protesta de inocencia juvenil (aunque tenía 32 años) no resulta muy convincente en quien desde 1934 hasta 1944 se benefició de sus buenos contactos con la jerarquía nazi y con Hitler mismo.
La otra línea de defensa es la del Arte con mayúscula. Las Memorias de Leni fueron publicadas en Barcelona con un informado prólogo del crítico catalán Roman Gubern, donde éste recuerda que la obra de la directora fue estimada y hasta emulada por personalidades tan diversas como Stalin, Chaplin o Frank Capra, que entre sus colaboradores hubo hombres de la izquierda política (Bela Balasz, Walter Ruttmann) y que la excelencia estética puede ser una categoría separada de la excelencia ideológica. Apoya esa afirmación con el recuerdo de que Carlos Marx admiraba la obra del reaccionario Balzac, o Lenin la del terrateniente Tolstoi, apuntando que la obra de Riefenstahl se ubica en este siglo junto a la de otros creadores cercanos al fascismo y al antisemitismo, como Louis Ferdinand Céline, Pierre Drieu la Rochelle o Ezra Pound. Agrega aun que la postura personal contra los indios o contra los negros no ha impedido las calidades en el cine del Oeste de John Ford o en El nacimiento de una nación de Griffith.
El alegato de Gubern conduce en definitiva a incluir a Leni Riefenstahl entre las víctimas de la intolerancia de este siglo por las ideas ajenas, hostilizando de diversas maneras a escritores y artistas. Los ejemplos colectivos de la Unión Soviética, de la Alemania nazi, de Estados Unidos en la época de McCarthy se prolongan aun a importantes casos individuales como Wagner (en Israel), Eisenstein, Picasso o Chaplin, con un extremo dramático en Salman Rushdie, condenado a muerte por el mundo mahometano, con la única culpa de haber escrito cierto fragmento de cierta novela. En la propuesta de Gubern, el mundo debió olvidar el pasado y permitir que Leni produjera, dirigiera, fotografiara y exhibiera con total libertad, porque tenía talentos singulares para hacerlo.
Esa propuesta liberal parece simpática y encomiable, pero antes de proclamar víctimas será útil recordar por qué llegaron a serlo. Cuando el gobierno norteamericano apresó, encarceló, juzgó y recluyó al escritor Ezra Pound, que llegó a vivir doce años en un manicomio, no estaba castigando su poesía sino los centenares de trasmisiones fascistas en inglés que Pound hizo por radios italianas durante la guerra (1941 a 1943), en un caso claro de traición a su país. En cambio, su poesía siguió en libertad y recibió en 1949 el importante Premio Bollingen.
Buena parte del cine alemán en la época nazi hoy parece inofensiva, pero algunas películas plantean crisis más serias. Es el caso de El judío Suss (Veit Harlan, 1940), que en su momento provocó violentas manifestaciones contra comercios y hogares judíos, tanto en Alemania como en Francia, y que años después fue explotada por países árabes como una forma más de la lucha contra Israel. Es también el caso de El triunfo de la voluntad, que fue una importante pieza de propaganda, con su abrumadora colección de discursos, desfiles, refinada fotografía, eficaz montaje. Es razonable suponer que su exhibición fue un avance del nazismo y un paso hacia la guerra mundial. Medio siglo después, el nazismo está resurgiendo en Alemania y ningún país europeo se atrevería a exhibir El triunfo de la voluntad, porque eso sería jugar con dinamita. La película existe y es razonable restringirla sólo a historiadores, críticos y afines, como lo hizo el Instituto Goethe en el Río de la Plata, a fines de 1991. En cambio, si es exhibida ante las masas, puede llegar a fascinar y magnetizar, como le ocurrió a Leni en 1932, dos años antes de filmarla, siete años antes de la Segunda Guerra Mundial.

Este retrato está incluido en Nuevas Crónicas de Cine
de Homero Alsina Thevenet.
Se reproduce por gentileza de la editorial Ediciones de la Flor.

26/12/07

Cormac McCarthy: "The road"

Por Enrique Murillo
Publicado en EL PAIS (España)

Es el libro más oscuro de Cormac McCarthy, desde su negra portada hasta el paisaje sombrío que preside cada una de sus páginas, pero ha colocado al gran escritor norteamericano en las listas norteamericanas de best seller, superpobladas este otoño de libros nacidos para vender. The road ha sido saludada por la crítica como la obra maestra máxima del novelista magistral, pero además ha sido tan bien recibida por los lectores que, apenas un mes tras su publicación, ya ha entrado en su segunda edición, con más de 150 mil ejemplares impresos, un récord para él, que sin embargo ya había obtenido éxitos de venta con los westerns melancólicos de su Trilogía de la frontera.
McCarthy, cuya obra publica en español Mondadori, ocupa en las últimas semanas un puesto entre los 10 primeros de la archifiable lista de más vendidos que publica The New York Times. Entre sus vecinos se encuentran autores consagrados como John Le Carré, y sobre todo los productos de género, como la última novela de Stephen King, Lisey's story, o el más reciente disparate cómico-detectivesco de Janet Evanovich. La última incorporación a las listas, muy esperada tras haber vendido cuatro millones de ejemplares de Cold Mountain, es la nueva novela de Charles Frazier, Thirteen moons.
En el apartado de no-ficción, que este otoño rebosa también nombres-marca, aparecen John Grisham (The innocent man), o Bob Woodward con su último libro-crónica de la política norteamericana.
Que en medio de todo este panorama haya un hueco para McCarthy, un constante candidato al Nobel, resulta cuando menos sorprendente. Por cierto, entre otros escritores y críticos mundiales, Javier Marías, preguntado por si él era candidato al Nobel, respondió que si alguien merecía ese galardón era Cormac McCarthy, que también figura entre los preferidos de otro escritor español, Ray Loriga.
El primer toque de atención sobre The road lo dio William Kennedy, el autor de Tallo de hierro, en su reseña de The New York Times Book Review. Kennedy no solamente elogiaba sin tasa la magnificencia literaria de The road, sino que señalaba que esta vez McCarthy había abandonado las complejidades sintácticas que generalmente hacen tan difícil su lectura para escribir en una prosa ritmada, de frases breves, nada abstrusas, y profetizaba que este libro iba a suponer para McCarthy muchísimos miles de lectores. William Kennedy acertó.
Otros críticos han visto posteriormente lo mismo. The road transcurre en un mundo literalmente quemado por lo que sin duda fue un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo con él "el camino" del título. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan todas sus posesiones, atraviesan los lugares donde el padre pasó su infancia, recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío "capaz que quebrar las rocas".
El niño tiene aproximadamente 10 años y el mundo sufrió un apocalipsis antes de que él tuviera conciencia. El padre le lleva de la mano por gasolineras abandonadas, supermercados desiertos donde tratan de encontrar latas de alubias, restos olvidados de alimentos, una lata de Coca-Cola cuyas burbujas, nuevas para el niño, constituyen un instante festivo en medio de la desolación.
La historia estremece, pero tiene momentos de luz, muy fugaces, cuando narra la relación física y emotiva del padre y el hijo. En el mundo devastado, la imagen del hombre y el niño temblando, pegados, bajo la manta, adquiere una potencia que sin ser sentimental acaba emocionando.
Que un libro así esté llamando la atención de tantos lectores en Estados Unidos supone una verdadera sorpresa, y sin duda contribuirá a reforzar la fama tardía de su autor. McCarthy vive en una caravana en algún rincón del sur de Estados Unidos, y se niega a toda clase de promoción de sus libros. Su editor, Gary Fisketjohn, tomó su obra cuando McCarthy había alcanzado el punto máximo de impopularidad, con unas ventas inferiores a cinco mil ejemplares. Había publicado un libro grandioso, Meridiano de sangre, pero nadie se enteró. Su siguiente novela, la que abría la Trilogía de la frontera, se titulaba Aquellos caballos tan lindos.
Era a comienzos de los noventa. Y ahí empezó la recuperación de la fama y las reediciones de toda su obra anterior. Ahora, como si quisiera advertirnos frente al apocalipsis con el que el presidente Bush y sus neoconservadores parecen querer regalarnos, McCarthy ha escrito un alegato antinuclear y antibelicista, y un sorprendente canto a la solidaridad humana, al amor paterno-filial.

16/12/07

Michel Houellebecq

Por Alan Pauls
Michel Houellebecq es uno de esos escritores que ya no tienen currículum sino prontuario. A esta altura del partido no son tanto sus libros los que llaman la atención en lo que los medios dicen de él; son sobre todo sus apariciones públicas, sus escándalos, sus monosílabos, sus exilios, sus performances como poeta-rapper, sus condenas a muerte, sus cambios de editor. Curiosa inflación de la figura de un escritor que si de algo puede jactarse es de haber apostado todo, incluso –o empezando por– su capital personal, a una sola ficha: convertirse en una máquina de describir, un dispositivo a la vez muy viejo y muy nuevo dedicado a relevar, a observar, a registrar... ¿qué, exactamente? No el yo, sin duda, no la subjetividad ni la interioridad humanas, sino la lógica fluida y monstruosa y asordinada que los corroe, los ridiculiza y quizá los extingue: la lógica de un mundo colonizado por el mercado, el mundo poscapitalista.
Es fácil leer la obra de este ex ingeniero agrónomo como una literatura “de agenda”. A lo largo de trece años y cinco novelas (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Lanzarote, Plataforma, La posibilidad de una isla), Houellebecq ha explorado con una puntualidad asombrosa el repertorio de endemias más representativo y espectacular del occidente contemporáneo: el corporativismo, el consumo, el turismo sexual, la clonación, los experimentos biogenéticos, las ingenierías poshumanas, el terrorismo, el milenarismo, las sectas, los desastres naturales, la saturación hedonista, la pedofilia, el poder tecnocientífico, la información... Nada que haya gozado de quince minutos de fama en la primera plana de un diario o un noticiero de televisión puede faltar en una novela de Houellebecq. Gran balzaciano, este panoramista impasible tiene un ojo clínico que no tiene nadie y siempre se empeña en orientarlo hacia un objeto informe, irritante, a la vez ineludible y pedestre, que la literatura sólo toca con pinzas o para reducirlo a un mero decorado. Ese objeto es “la actualidad”, esa compulsiva vidriera de goces donde coexisten en pie de igualdad Steve Jobs y la estrella porno de moda, las vacas locas y David Bisbal, la nueva conjetura sobre el origen del universo y el último grito en atentados fundamentalistas, Philippe Sollers y el lanzamiento de la cámara Sony DSCF-101 con tres millones de pixeles. Enfrentado con la actualidad, Houellebecq actúa como un escáner implacable. Caracteriza universos, cataloga tipos, señala tendencias. Nada de la industria del presente parece escapársele. Pero esa perspicacia luminosa está teñida, como cortada por una especie de sarcasmo amargo, casi tóxico, el tipo de mal gusto que dejan en la boca todos esos saberes que sociólogos, semiólogos y mitólogos acuñaron a fines de los años ‘60 para criticar el capitalismo posindustrial y ahora, cuarenta años más tarde, son bibliografía obligatoria en las sesiones de marketing donde se piensa cómo seguir reproduciéndola.
Ese efecto de resaca histórica es uno de los factores más notables de la ficción de Houellebecq, mucho más, quizá, que el cinismo que reivindican a menudo sus personajes o que los sopapos que sus provocaciones políticas propinan al lector biempensante. Otro factor, que hace un juego perfecto con la resaca, es el tono que esa ficción elige para desplegarse. Es el tono crudo, neutro y como anestesiado de un informante escrupuloso pero exhausto, obligado a informar sobre un estado de cosas que no necesita de él, ni de su informe, ni de su tono, ni de nada que no sea él mismo, la propia compulsión que ese estado de cosas experimenta para seguir, para ir más allá, básicamente más allá de lo humano. Es el tono –para hacernos una rápida idea– de un Albert Camus que permanece en vela, pero ya no tiene una sola gota de energía, lobotomizado por años y años de estadísticas, cálculo de trends, trabajos de campo, sondeos de opinión, compulsas motivacionales. Es el tono de un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea. Mucho más que los temas calientes, las bravuconadas sexuales o la incorrección política, es ese idioma implacable y deshidratado lo que nos corta el aliento en los libros de Houellebecq, del mismo modo en que, en un escritor como Sade, el escándalo viene menos de las aberraciones eróticas que de la prosa distante y gélida que las narra. Hay en efecto algo en esa lengua administrativa de Houellebecq –escritor “frío”, “sin alma”, “desapegado”, como lo describe a menudo la prensa– que recuerda inevitablemente al decir maquínico de Sade, el escritor más candente de la literatura francesa: el mismo talento descriptivo, la misma capacidad de razonar el goce del Mal, la misma impunidad para mimetizarse con posiciones intolerables. La misma adicción a una risa negra, sin fondo. Y la misma arte para reducir un gran fantasma occidental, el sexo, a un manual de instrucciones seco pero eficaz, que cualquier hijo de vecino puede poner en práctica en casa sin dificultades.
Hay mucho sexo en los libros de Houellebecq; quizás el mejor, el sexo menos erótico y más contagioso que pueda rastrearse en la ficción contemporánea. Es un sexo que tiene al menos tres variantes. La primera –sin duda una de las más originales– es problemática, desdichada, siempre insatisfactoria: es un sexo de gente traumatizada o vaciada de deseo. Otra es el sexo eficaz, exitoso, en el que cada órgano y cada deseo buscan y encuentran siempre su lugar; el sexo literal que Houellebecq parece calcar del cine porno como nadie, asordinando siempre el énfasis virtuoso que lo envuelve en la pantalla. La tercera es el sexo extático, el que corona o transgrede la voluntad de eficacia con un plus inclasificable que se vive como un trance (un desvanecimiento, un deseo de muerte). Cada una de esas variantes sexuales implica una cierta economía del tiempo: la primera es la interrupción; la segunda, la continuidad mecánica; la tercera, una especie de abolición abrupta y brutal. De las tres, la segunda es la que mejor responde al mundo pleno y autosuficiente de las novelas de Houellebecq, donde dos ideas como fornicar y vomitar pueden tentar al mismo tiempo, con las mismas chances de ganar, al tipo que mira a una mujer que le sonríe. Las otras dos, la torpe y la mística, brillan siempre como dos anomalías aristocráticas. Una es un síntoma, el rastro tragicómico pero vivo que deja una humanidad en retirada; la otra es sin duda una felicidad, pero una felicidad imposible, siempre condenada al desastre. Ambas encierran, sin embargo, esa energía desesperada y romántica que tarde o temprano termina tajeando como un relámpago el famoso depresionismo houellebecquiano.
Ampliación del campo de batalla cita a Barthes: “De pronto me fue indiferente no ser moderno”. Houellebecq se apropia de esa indiferencia y parece dictaminar: las alternativas al desierto poscapitalista no son, no podrían ser modernas, porque la modernidad es la madre del poscapitalismo; las alternativas sólo podrían ser anacrónicas. Las alternativas son la poesía (que por algún milagro siempre parece sobrevivir al desencanto houellebecquiano), las evidencias de cierto sentido común existencial (“En el fondo uno nace solo, vive solo y muere solo”, reflexiona en algún momento un personaje), la emoción simple, el sentimiento desnudo, el afecto del que prácticamente es imposible decir nada, nada al menos que pueda corromperlo con alguna dosis de inteligencia. Esas son las únicas islas posibles. “He tenido que conocer/ Lo mejor que hay en la vida,/ Dos cuerpos que disfrutan de su felicidad/ Uniéndose y renaciendo sin fin”, dice el último poema de La posibilidad de una isla, el poema que enciende la mecha y empuja a una mujer neohumana a desertar del posmundo en el que vegeta y a buscar una nueva utopía humana.
¿Y si el cínico, el pesimista, el gran desapegado fuera en el fondo un sentimental? ¿Y si la apatía con que las ficciones de Houellebecq constatan la lógica de un presente atroz estuviera siempre acechada por la sombra de un sueño crédulo: el sueño de que “dos cuerpos que disfrutan de su felicidad” rompan el cerco de lo actual y reintroduzcan un poco de tiempo real –un poco de pasado y de futuro–, no sé si en nuestras vidas pero sí, al menos, en nuestras novelas? En su primera novela, Houellebecq ya confesaba el desafío que había asumido al escribir ficción: encontrar la forma novelesca capaz de retratar la indiferencia, el vacío, la nada. La forma más adecuada a una civilización que –salvo las sardinas en lata– ya no concibe nada de larga duración. Las cuatro novelas que publicó prueban que la encontró, pero que al mismo tiempo que esa forma adecuada al mundo encontró también su resistencia y su antídoto: una suerte de neoinocencia, el extraño tipo de entusiasmo y de confianza que –inyectándole tiempo, todo ese tiempo que el mundo ya no tiene– la contradicen y la ponen en peligro.

26/11/07

Magdalena derrapando tempranísimo

Magdalena Ruiz Guiñazú y el periodista y abogado Pablo Llonto (ex diario Clarín y autor de La Noble Ernestina, biografía obviamente no autorizada de Ernestina Herrera de Noble) se cruzaron duro el viernes pasado en el programa Magdalena tempranísimo (Continental, AM 590, de 6 a 9).
Llonto es el abogado de la familia de Diego Muñíz Barreto, el ex diputado del PJ asesinado durante la dictadura, crimen por el cual se encuentra detenido el ex comisario Luis Patti.
Lo insólito de la charla es que Magdalena nunca supo que Llanto, además de abogado, es periodista, y bastante conocido en el gremio de prensa. Por lo que la conductora quedó expuesta tras “retar” a Llonto, increpándolo por denunciar a la señora de Noble y a la complicidad de un sector influyente del gremio periodístico durante la dictadura. Dicen que terminada la charla con Llonto, la señora Guiñazú se enfureció con uno de sus jóvenes productores porque no le había advertido de que el Llonto con quien hablaría al aire era… "ese Llonto".

Transcripción de la charla al aire entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Pablo Llonto:

LLONTO: ...Patti me parece uno de los últimos símbolos de la impunidad en la Argentina que todavía estaba sin detener. Creo que él y la señora Ernestina Herrera de Noble, la dueña del grupo Clarín, que tiene dos hijos que se sospecha que son...

MAGDALENA: Pero no tiene nada que ver una cosa con la otra...

LLONTO: Sí que tienen que ver, Magdalena, porque los casos símbolos de la impunidad en la Argentina son los que ha protegido el poder. A Patti lo protegió el poder y a la señora de Noble la protege el poder también e importantes sectores de la prensa que no tienen la valentía y el coraje de denunciar a esta señora que tiene dos hijos; yo también llevo la causa de ella y estamos investigando quiénes son Marcela Noble y Felipe Noble.

MAGDALENA:¿Por qué no se da a conocer justamente quiénes son si usted tiene las pruebas?

LLONTO: Precisamente porque la Justicia y gran parte del periodismo se niega.

MAGDALENA: No, mire, si ha habido gente que se ha jugado y si ha habido gente que ha levantado su voz cuando todo el mundo se quedaba callado, han sido miembros del periodismo.

LLONTO: Muy poca gente.

MAGDALENA: Bueno, muy poca pero valiosa y fíjese que también si vamos a eso, hay muy poca gente que se anima y que se animó en su momento a dar testimonio. Pero no involucremos así a la ligera a todo un gremio como es el nuestro, yo personalmente no se lo admito...

LLONTO: Magdalena, yo soy parte también del gremio.

MAGDALENA: No, no sabía, no sabía doctor que usted era periodista. ¿En qué medio está trabajando?

LLONTO: Escribo para Caras y Caretas, escribo para la revista Selecciones y he trabajado muchísimos años en el diario Clarín, y conocemos todos desde adentro quiénes fueron los periodistas que tuvieron valentía, que fueron pocos, y quiénes fueron la mayoría de los cobardes que en la época de la dictadura no fueron capaces de contar lo que estaba pasando. Todos lo sabemos, pero yo no hablo de los periodistas.

MAGDALENA: ¿Sabe una cosa? Me parece que hay que tener un mínimo de respeto por el miedo ajeno. Yo personalmente tengo un gran respeto por el miedo ajeno y por el propio, así que, ¿sabe qué?, si tiene denuncias para hacer, doctor Llonto, hágalas en la Justicia, donde corresponde, pero no se dedique a ensuciar un gremio al que usted dice pertenecer… La verdad es que yo a usted no lo conozco.

LLONTO: Magdalena, lo que usted no puede hacer es mentir y no decir que hubo periodistas que en la época de la dictadura no fueron capaces de investigar lo que pasaba en la ESMA.

MAGDALENA: Yo lo llamé, doctor Llonto, para hablar del caso Muñiz Barreto y para hablar justamente de los secuestros que se le imputan a Patti. Y usted me sale con una imputación al periodismo en general. Además, dé nombres si se anima, vamos, me revienta eso de salir a acusar sintiéndose el dueño de la verdad. También me acuerdo de una presunta guerrillera a la que hicieron aparecer en una revista como si estuviera arrepentida, todas esas cosas infames las recuerdo, pero yo como creo en la Justicia no me siento juez de nadie, ¿se da cuenta?

LLONTO: Pero Magdalena, estamos iniciando una causa por el caso de Telma Jara de Cabezas. ¿Usted recuerda ese caso?

MAGDALENA: ¿Sabe qué? Como integrante de la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas no voy a empezar a citarle nombres. También a Norma Arrostito la daban por muerta en un enfrentamiento y la habían matado en la ESMA. Son cosas muy conocidas, doctor, me llama la atención que recién usted las descubre.

LLONTO: Magdalena, al revés, soy el abogado de la familia Arrostito, acá cometiste un error.

MAGDALENA: No, no me tutee porque yo a usted no lo conozco.

LLONTO: Soy el abogado de la familia Arrostito desde hace casi tres décadas.

MAGDALENA: Llonto, ¿tiene algo más que agregar sobre el caso Patti?

LLONTO: No, no entiendo por qué se enoja por hechos que son reales.

MAGDALENA: No me gusta la gente que se siente juez y que puede juzgar a todo el mundo como si fuera el dueño de la verdad. Doctor Llonto, ¿ tiene algo más que agregar?

LLONTO: No, no Magdalena, gracias.

MAGDALENA: Adiós.

5/10/07

Naomi Klein. La marca de la política

Por Lola Huete Machado
Publicado en EL PAIS SEMANAL

Economía pura, política dura. O viceversa. De ambas unidas; del poder del corporativismo. De eso trata el nuevo libro de la canadiense Naomi Klein (Montreal, 1970), la musa de la antiglobalización que vendió más de un millón de ejemplares con su No logo (2000). Versaba éste sobre el poder de las marcas y sus maniobras feroces para colocar sus productos; The New York Times lo definió como "biblia del movimiento antiglobalización", y la revista liberal The Economist le dedicó una portada réplica que tituló 'Pro logo'. Ahora presenta en Europa su nuevo libro, La doctrina del shock, y siempre acompañada de su marido, Avi Lewis, Klein se aloja en un hotel del Soho londinense y anda inquieta porque mantiene abierto un foro caliente con lectores de The Guardian, diario del que es columnista, al igual que del semanal izquierdista norteamericano The Nation.
El libro ha causado expectación en el Reino Unido, y hay debate, desde luego, a tenor de las respuestas en distintos medios o de las recogidas en el citado foro digital: desde el "éste es un libro que debería leer gente de todo el espectro político", de un blogero llamado Richard Marcus, hasta la de otro, de nombre Tim Worstall, que se despacha: "¿Que la caída de los sóviets es un crimen contra la democracia? ¿Pero qué se ha fumado esta mujer?".
Ella -nieta de sindicalista en la empresa-marca Disney e hija de una pareja formada por una artista feminista y un objetor de la guerra de Vietnam huido a Canadá-, seguidora entusiasta de los trabajos de Eduardo Galeano, John Berger o Susan Sontag, responde con detenimiento y seriedad a todos: "Se trata de intercambiar información, no de despotricar; de generar polémica. Esta obra es un inicio, no un punto y final". Para esta mujer, el activismo es su escritura. Y la editorial en España, Paidós, la presenta así: "Como pasó con No logo, ahora, con La doctrina del shock, Klein va a volver a sentar cátedra porque... vuelve a desarrollar una teoría fruto de la observación in situ del avance demoledor del capitalismo". En un volumen de casi 600 páginas, la autora no deja títere con cabeza en el entramado de los intereses económicos y políticos de EE UU, donde se publicó a inicios de septiembre.

¿Está siendo diferente la respuesta hacia este libro que con 'No logo'? Su nueva obra es aún más política...
La respuesta es distinta. Cuando salió No logo, yo no era conocida, por lo que no había un deseo expreso de atacarlo; eso sucedió después. En principio, las críticas fueron positivas, y luego vinieron las negativas. Con éste ha habido polémica inmediata. Es controvertido. Cuento con que algunos se sientan amenazados: cuestiona una versión de la historia que siempre se ha aceptado, y la gente tiende a proteger su territorio. Habrá respuestas encolerizadas, otras le quitarán importancia, otras hablarán de conspiración, y otras, encantadas.

Naomi Klein, que algunos columnistas británicos presentan como "apasionada abogada de las teorías de Keynes y Galbraith", describe el auge del capitalismo del desastre y sus efectos devastadores sobre los ciudadanos de a pie. "De cómo forrarse con la desgracia ajena", se podría titular. Si la historia oficial indica que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado desregulado va de la mano de la democracia..., ella asegura: "La historia del libre mercado contemporáneo -el auge del corporativismo, en realidad- ha sido escrita con letras de shock". Una doctrina creada y recreada durante las últimas tres décadas que ella hace metáfora y lleva del cuerpo físico al político.
Así empieza su exposición, con las torturas y shocks infligidos sobre ciudadanos por agentes de la CIA durante los años cincuenta -descritos en manuales no hace mucho desclasificados-, y lo extiende a la política económica internacional implantada en distintos Estados en coyunturas concretas: Argentina y Chile, en los setenta; China y Polonia, al caer los ochenta; Rusia, la ex Yugoslavia, países de Asia o África, en los noventa, y luego el mismo Estados Unidos e Irak, en el inicio del siglo XXI. Todos, laboratorios de esta doctrina que necesita para aplicarse, "sin ningún tipo de restricciones, algún tipo de trauma colectivo adicional que suspenda temporal o permanentemente las reglas del juego democrático".
Detrás de todo ello: la ideología y práctica de la Escuela de Chicago, con Milton Friedman, el gurú neoliberal estadounidense y premio Nobel, a la cabeza. "Su teoría se impuso en todo el mundo desde los setenta, pero hasta hace poco su visión jamás se había aplicado totalmente en su país de origen". Hasta que llegó el 11-S y los neoconservadores se toparon con terreno abonado: pánico, incertidumbre, el enemigo terrorista..., y descubrieron las mil posibilidades del país de Sadam".
A la luz de esta doctrina, sigue Klein, la historia política de los últimos 35 años adquiere un aspecto muy distinto del que nos han contado. "Algunas de las violaciones de derechos humanos más despreciables de este siglo se articularon activamente para preparar el terreno e introducir las reformas radicales que habrían de traer ese ansiado libre mercado". Nada como la frase de un ex agente de la CIA para orientar: "Para nosotros, el miedo y el desorden representaban una verdadera promesa".

Su obra será especialmente criticada por los relacionados con la filosofía o las teorías de la Escuela de Chicago.
Sí, sí, pero un libro como éste no puede medirse por sus críticas. A alguien de izquierdas, le gustará; alguien de derechas, quizá lo odie. Para mí será un éxito si estas teorías salen a la luz, y si son capaces de abrir discusiones sobre cómo llegaron a dominar.
Otra respuesta a un forero para atajar críticas: "Quiero aclarar lo que es y no es este libro: no es la historia exhaustiva de todas las formas de uso del shock y las crisis para introducir medidas impopulares. Sé que los regímenes totalitarios comunistas y fascistas usaron tales tácticas. La diferencia es que dichas ideologías han tenido que rendir cuentas por sus crímenes. El capitalismo contemporáneo nunca se ha planteado tal responsabilidad?, y ya es hora".

Vestida con vaqueros y camiseta roja, media melena de corte perfecto y gafas a ratos, de aspecto más maduro que antaño, la autora, periodista y activista se deja fotografiar con parsimonia y contesta de forma apasionada a todas aquellas cuestiones referidas al contenido del libro; las otras las evita, le exasperan: "Mi vida no importa, intereso por lo que hago". Se entusiasma al citar el corto documental que le ha preparado Alfonso Cuarón (se ha visto ya en festivales) como aperitivo de su nueva publicación: "El futuro que él había creado en Children of men era muy cercano al presente que yo estaba contemplando en zonas devastadas...".
El libro expone mucho, describe un panorama desolador de maniobras políticas y económicas, y nos deja sin aliento. Si todo está tan mal, la reacción del lector puede ser más bien la contraria a lo que usted querría como activista; es decir, ¡pasemos de todo...!
¿Que la reacción puede ser negativa?
Sí. Si todo está perdido, se puede producir una huida hacia adelante? "¿Quién dice que todo está perdido?" [aquí encaja la frase de Mercedes Sosa]. No. Hay esperanza en el hecho de que las ideas progresistas y de izquierdas no perdieron la batalla ideológica; fueron forzadas, y fue una crisis lo que las derrotó. Pero las crisis son temporales. Si te fijas en lo que pasa en Latinoamérica hoy, se trata de un continente que ha sufrido todo tipo de crisis, y aun así, 30 años después, las ideas y la esperanza reaparecen. Y se están encontrando nuevas formas para protegerse de crisis futuras. La única cosa peor que el capitalismo es esa otra opción que sugiere que no hay alternativas. Precisamente yo digo que las hay, que las hubo siempre, que la gente las eligió y que fueron derrotadas en guerras sucias, tanto intelectuales como reales. Esto debería dar confianza a la gente...

En 'No logo' decía que había que poner más atención a las estrategias de las marcas..., pero han pasado seis años y las cosas no han cambiado mucho...
¡No logo no pretendía eliminar las marcas! Era un libro de política y hablaba de un sistema comercial injusto. Yo decía que las marcas son sólo símbolos, puertas de entrada al debate sobre el tipo de sistema comercial que queremos. Que era el momento de entrar por esa puerta. Y de eso trataban las protestas en Seattle contra la OMC, en Washington contra Banco Mundial y FMI, y en Génova contra el G-8; contra este sistema. Y si nos fijamos en dónde estamos en 2007, vemos que esas organizaciones están en crisis. Hay un cambio enorme.

Bien. Pero para muchos perdura la idea de que 'No logo' iba contra la industria, contra la economía en general...
Estaba en contra de la explotación de los trabajadores.

... y sin consumo, sin gente que consuma, no hay economía...
Sí, pero ése es un análisis muy tonto.

¿Como el de la revista 'The Economist', al sacar una portada titulada 'Pro logo'?
Exacto. Cuando The Economist dice algo así, es una estrategia política. Hay una expresión para esto: "Construir un hombre de paja para luego poder derribarlo". En tal batalla política, yo estoy a un lado, y The Economist, al otro. Por supuesto que va a malinterpretar mis ideas, pero eso no es problema a no ser que sólo creas lo que dice esa revista.

¿Están más concienciadas las empresas ahora que hace un lustro?
No creo. Ha habido cambios, pero no hay ningún sistema de control, así que ¿cómo lo sabemos? Pero el plan que existía, y que buscaba formas más profundas y rápidas de liberalismo corporativo, se ha estancado. Es decir, no está mejorando, pero tampoco empeorando. A eso me refiero cuando digo que las negociaciones de la OMC llevan paradas cuatro años, que el FMI ha perdido poder, que el Banco Mundial está en crisis y que los intentos de expansión de las áreas de libre comercio se han detenido. Yo sé que no hay utopías, pero, a día de hoy, el poder parar estas cosas es en sí una victoria: el principio.

Hablando de victorias, la sensación en Europa es que los estadounidenses no reaccionan mucho con la guerra de Irak.
Es verdad, creo que es una de las ironías de la era George Bush. Esta Administración es tan terrible que hay una gran cantidad de activismo; la gente tiene más conciencia política ahora que hace cinco años. Pero todo está centrado en odiar a Bush o a Cheney, en conseguir que Obama o Hillary salgan elegidos. Todo se centra en las elecciones, en esas personas. Se ocupan menos de cuestiones como el cambio climático o la guerra, y más del enfrentamiento entre demócratas y republicanos.

Usted dijo en Francfort en 2002 que la esperanza para el futuro del movimiento antiglobalización era Europa... ¿Por qué cree que es aquí diferente a EE UU?
Si lo dije en 2002 fue porque tras el 11-S había pánico en EE UU y muchos activistas dejaron de serlo por miedo a parecer antipatrióticos. La guerra contra el terrorismo se usó como arma frente al activismo. Precisamente he escrito este libro para que mis compañeros estadounidenses vuelvan a hablar sobre sistemas. Porque antes del 11-S, lo importante del debate que existía sobre la globalización es que no era sobre Bush, Cheney o Clinton, era sobre sistemas y mentiras. Y tenemos que volver a eso.

La génesis del nuevo libro se produjo durante el año en que vivió en Argentina, mientras rodaba junto a su marido la película La toma, sobre obreros en plena crisis que sacan adelante una fábrica; allí sus amigos le hablaron de las sangrientas raíces del proyecto de la Escuela de Chicago: "A menudo, compartiendo sus propios recuerdos y tragedias personales y familiares conmigo. Ellos cambiaron la forma en que veía el mundo", recuerda Klein. Aquel primer destino le llevó luego a un periplo por el mundo que le marcó. Especialmente, Irak: "Cuando volví en 2004 tenía claro que debía escribir sobre aquello. Estaba obsesionada con el asunto del shock: era la metáfora elegida por los invasores y por los economistas. Así que empecé a investigar acerca del shock verdadero de forma científica, y a ver más similitudes entre el shock científico y lo que estaba pasando en estas zonas de conflicto".

¿Se les ha ido la mano en esa guerra?
Sin duda, la guerra de Irak no ha salido según lo previsto. Y conocemos el plan porque Paul Bremen entró en Irak e intentó convertirlo en zona de libre comercio; dejó papeles que lo demuestran. Pero la ideología (del shock) ha tenido tanto éxito que ha penetrado en el corazón del Gobierno estadounidense. Incluso cuando la guerra fracase, sigue tratándose de un éxito económico para las empresas privadas; gran parte de la guerra la están librando ellas. Así que, cuanto peor están las cosas, más beneficioso es para estas compañías.

¿Las de armas, de seguridad...?
No sólo armas, va más allá. Es muy radical lo que ha hecho esta Administración; cosas como el espionaje, los interrogatorios de prisioneros, la construcción de cárceles? Tareas que son el núcleo de lo que entendemos por Estado han sido privatizadas.
Siempre se benefician y pierden los mismos. Y esto es desesperante...
No hay nada desesperado cuando tienes claro a quién te enfrentas. Lo es más pensar que los demócratas van a arreglarlo todo en las próximas elecciones. Deprimen más las falsas esperanzas.

Tampoco parece que la izquierda tenga ideas o margen de maniobra...
Bueno, en España tenéis un ejemplo de esto; tuvisteis unas elecciones en las que decidisteis que queríais salir de Irak, y así fue: un milagro. Y esto nos demuestra que es posible tener una democracia en la que haya una relación entre lo que se vota y la realidad.
Precisamente muchos integrantes del movimiento antiglobalización no votan.
Yo, sí.

¿Y qué piensa sobre ello?
Hay mucho escepticismo debido a la experiencia de votar para el cambio y no conseguirlo. Eso aumenta el desaliento. Pero si la gente ve que se consiguen resultados, se implica más. Hay muchas situaciones en las que boicotear las elecciones fue una opción racional. Si tienes un sistema roto... Por ejemplo, Argentina antes del derrumbamiento: muchos votaron a un personaje de dibujos animados porque no tenía manos y no podía robar. Fue un voto de protesta que venía a decir que todos eran ladrones y que no querían participar en eso. Cuando un sistema está corrupto, como el de Estados Unidos, es una postura muy legítima no seguir fingiendo que esto va a funcionar. Pero si se pueden tener elecciones reales, como, espero, en Ecuador o Bolivia, la gente recupera la fe en la democracia.
Usted es de izquierda, de familia y pensamiento...

¿Cree que los partidos políticos de izquierda deben plantearse una vez más lo de renovarse o morir?
Gran pregunta, pero es difícil para mí generalizar; puedo hablar de situaciones concretas, de cada país. Decir en EL PAÍS que todos los partidos de izquierda deben morir puede ser mala idea.

¿Han perdido la conexión con la gente joven? ¿Ésta no se siente representada por los partidos de izquierda?
Mira lo sucedido en Italia con el partido comunista. Un grupo de activistas se presentó a las elecciones, hubo una renovación; después, coalición con Prodi, y poco ha cambiado... Muchos movimientos sociales muy efectivos para presionar al Gobierno están apartados... Creo que, a no ser que tengas un verdadero plan para arreglar el sistema, y no sólo sentarte y ocupar sitio en el Parlamento, es mejor y más efectivo quedarse fuera, estar bien organizado y ejercer presión. Así que depende; deben ser estrategias bien pensadas. Diría que mi generación de activistas no se toma el poder político en serio.

¿Por qué no?
Porque es posible cambiar el sistema no sólo presentándose a las elecciones, sino con un plan serio de reforma constitucional y política. Eso es lo que está pasando en parte de Latinoamérica. En Europa y América del Norte no parece haber tanta prisa, pero ocurrirá.

¿Cuándo comenzó a interesarse por la política? Ha contado en alguna ocasión que era muy consumista de joven.
Sí, cuando era adolescente.

¿Por qué cambió?
Porque dejé de ser adolescente.

Usted cambió esa conducta. Si tuviera que decirle a alguien cómo hacerlo...
Le diría que me leí un libro que se llama No logo y ya no pude ir de compras.

¿Ahora es más 'no logo' o 'pro logo'?
No soy pro logo, pero no creo que mis compras sean relevantes.

Y en lo político, ¿dónde podemos hacer algo los ciudadanos?
Bueno, ésa es la razón por la que escribí el libro: el tipo de cosas que cuento van a seguir pasando. Cada vez hay más crisis y desastres, el mercado está en crisis en América del Norte, tenemos amenazas de ataques terroristas todo el tiempo, el clima enloquece... Lo escribí para que cuando esto ocurra, la gente esté informada, sepa cómo funciona, defienda sus derechos y también use esos momentos para decir con más claridad qué tipo de sociedad quiere.
Y ahí estamos. "La información es el único medio de resistencia ante el shock. Arm yourself", dice.
Klein no acepta el pesimismo. Se resiste. Rebate preguntas, las devuelve. "¿Piensas que el activismo no puede cambiar nada y que todo lo que existe en torno a la globalización no ha conseguido nada? Pues te puedo dar ejemplos de situaciones en las que sí se han cambiado cosas. El problema es que los medios tienden a ser escépticos en cuanto a las posibilidades del activismo. Y yo no lo soy porque creo en él, paso mucho tiempo con distintos movimientos sociales, y eso es lo que me inspira. Acabo de volver de Nueva Orleans: allí he conocido a padres, profesores y alumnos que intentan recuperar sus escuelas, y es duro, pero lo hacen. Veo a gente que es activa y que tiene muy poco. Gente que lo ha perdido todo y se organiza".
E insiste en que parte del problema está en creer que con el activismo se consiguen resultados inmediatos: "Se trata siempre de una lucha muy larga, de toda la vida, que unas veces se gana, y otras, no". Que algunos le dicen: fui a una manifestación contra la guerra, y como eso no ha servido, ya no voy a hacer nada nunca más. "En cierto sentido, ésta es una idea consumista del cambio; es como ir de compras: salir a la calle para que se acabe la guerra y esperar que sea ya, así, de inmediato".
Para la escritora, la solución de muchos males pasa por alejar el dinero de la política. "En EE UU, lo más urgente, si se quiere un cambio, es la reforma electoral, para que las corporaciones que están financiando a los políticos y comprando anuncios de televisión tengan menos poder; en la actualidad, presentarse a presidente es cosa de ricos".

En su libro aparecen algunos personajes, como Milton Friedman, que debieron de ser una auténtica pesadilla...
Bueno, él es ejemplo de una forma de pensar. Escribo de él para mostrar cómo se extendieron sus ideas. Pero es mucho más que el individuo en sí. Siempre ha sido apoyado por Wall Street, y forma parte de una batalla. En EE UU se trata de una batalla entre los keynesianos y Wall Street. Y la mayoría de los economistas se refieren a él como una contrarrevolución, una revolución que se dio tras la II Guerra Mundial con la aparición del Estado de bienestar, que perjudicó los beneficios de los más ricos. Veo a Friedman como una herramienta de estos poderes; no le considero por su ideología, no le veo como alguien especialmente malo. Era una persona que creía en la ley de la oferta y la demanda. Y en ese momento había demanda de Friedman, precisamente; él proporcionó estas ideas.
Hay otros muy interesantes, que atrapan en su evolución... Por ejemplo, Jefrey Sachs.

Usted cuenta cómo empezó en Bolivia, cómo fracasó en Rusia...
Si no hubiera personas concretas en el libro sería muy difícil de leer, sería sólo teoría. Sachs se enfrentaba a unas fuerzas que eran más poderosas que él. La suya es una historia que trata sobre la importancia de los individuos y a la vez de los límites, de aquello que los individuos no pueden conseguir frente a la fuerza de la historia.
Además de personajes, Klein, que estudió filosofía y letras, y que procede del mundo de la cultura -"supongo que escribo sobre economía de la misma forma en la que lo haría sobre libros, con las mismas herramientas; si no fuera así, yo tampoco leería un libro de economía"-, usa situaciones políticas, describe maniobras detalladas, incluso localizaciones concretas que son como imágenes detenidas, cinematográficas, para contar lo que quiere contar: "La economía es muy importante, hay que leerla. Muchos no lo hacen porque parece un tema complicado, muy masculino, exclusivo, que hay que haber ido a la universidad para poder leer esa información. Y no tiene por qué ser así".
Cita lo masculino... ¿Qué importancia le da hoy a ese otro pensamiento, el femenino? ¿El de autoras como Susan George, Arundhati Roy, Anita Roddick...?
Mucha. No es tanto que esté unificado, sino que hay afinidad entre mujeres escritoras. Me da pena que no se mencione a más en el libro, pero el que se narra es un mundo de hombres y no creo que sea coincidencia. Esta forma de pensar del mundo de hoy no la comparten muchas mujeres. Sólo Condoleezza Rice; es la única a la que he escuchado usar este lenguaje al hablar de la guerra de Líbano. Me considero feminista, y confundir creación con destrucción tiende a ser patología muy masculina.

¿Cuánto de capitalista tiene usted?
Es algo con lo que lucho cada día; lucho por vivir una vida con diferentes valores en una sociedad de consumo hipercapitalista, así que yo diría que es algo que fluctúa, sube y baja.

¿Qué le gustaría cambiar de sí misma?
Todo, soy muy autocrítica; pero ser autocrítica en una entrevista con un periódico... es otra cosa.

¿Incluye el libro todo lo que quería?
No, no lo incluye, pero no me siento limitada. Siempre vi esta obra como un comienzo. Soy consciente de sus limitaciones, igual que lo era con No logo.

¿Qué portada sacaría 'The Economist' ante 'La doctrina del shock'?
Ésa es la cuestión [se ríe].

"¿Pro shock, quizá?", apunta Avi, su marido, por detrás.

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