17/2/11

"La fotografía no dice (forzosamente) lo que ya no es,
sino tan sólo y sin duda alguna, lo que ha sido".

Roland Barthes

14/2/11

11/2/11

Revolución en Egipto

La vida, ese género imposible

Por Pedro B. Rey
Publicado en ADN

 
Se diría que Mark Twain no sufría del síndrome de Enoch Soames. A diferencia de aquel rarísimo autor que inventó Max Beerbohm, el estadounidense no necesitaba desplazarse al futuro para verificar su fama póstuma. La daba por descontada: cuando murió en 1910, su alta estima seguía siendo alimentada por una popularidad pocas veces vista. Samuel Clemens (así se llamaba en realidad Twain) determinó que, después de su deceso, debía transcurrir un siglo para que pudieran publicarse, completas, las desbordantes memorias que fue dictando a lo largo de décadas. Es una enormidad de tiempo, pero las cuentas cerraban: a la estela de su celebridad, que sin duda alcanzaría aquella fecha, bien le vendría el empujoncito de una reaparición póstuma. El interés que despertó en su país el primer volumen de esas memorias, recién publicado, confirma esas previsiones. Pero quizá no se trate sólo del olfato absoluto del autor en materia editorial. En una época de autobiografías solemnes, Twain fue descubriendo, a medida que avanzaba en la redacción, las imposibilidades de un género. Porque, ¿qué es una vida? Y ¿cómo puede contarse, si es que puede contarse? Hernán Iglesias Illa lee con desenfado esas memorias y encuentra en ellas un artefacto digresivo y anárquico emparentado con algunas escrituras de actualidad, como si Twain hubiera presentido que la única posteridad garantizada es la de ser contemporáneo de los que vendrán.




10/2/11

Un western como los de antes

Por Luciano Monteagudo
Publicado en PAGINA 12

Casi desde el mismo momento de su publicación, la novela de Charles Portis fue celebrada como un hito de la literatura estadounidense de posguerra. Y la primera versión para el cine, que allá por 1969, en el ocaso de su carrera, le valió a John Wayne su único Oscar, se sostiene todavía hoy como un sólido western crepuscular, en un momento en el que el género se animaba a dar cuenta de su propia crisis. Aunque más no fuera por esos precedentes, la decisión de los hermanos Coen de volver sobre la historia de Temple de acero es quizá lo más audaz de una película por lo demás clásica. Sin duda, la más clásica de los autores de Fargo, una dupla que siempre se caracterizó por reelaborar paródicamente los códigos del viejo Hollywood, desde el film noir (Simplemente sangre) hasta las historias de espías (Quémese después de leerse). Pero esta nueva versión de True Grit –que aspira a diez premios de la Academia de Hollywood, entre ellos a la mejor película– es, en esencia, un western filmado como un western, con sus caballos, sus grandes planos generales y su rigurosa estructura dramática aristotélica. Si no tiene el carácter trágico de algunos de los mejores ejemplos del género es porque el material original –más inclinado hacia la evocación irónica– no lo tenía, y por eso seguramente lo eligieron los Coen.
Hay humor en esta nueva versión de Temple de acero, sin duda bastante más que en la primera película, dirigida por el veterano Henry Hathaway, pero en la mayoría de los casos es un humor que proviene directamente de las situaciones y los personajes, y no de las habituales boutades de sus directores. De la protagonista, por ejemplo, que parece escapada del famoso cuadro American Gothic, de Grant Wood, y a través de quien se narra toda la película. Mattie Ross (Hailee Steinfeld, en un sorprendente debut) tiene 14 años y acaba de perder a su padre, asesinado por un forajido que lo traicionó y se dio a la fuga. Pero no hay nada de debilidad o indefensión en ella. Casi con la misma determinación con que el personaje de Javier Bardem perseguía a su presa en Sin lugar para los débiles, Mattie está dispuesta a cazar al fugitivo Tom Chaney (Josh Brolin). Lo quiere ver colgar en la plaza pública de Fort Smith, como antes –no sin cierta satisfacción– vio balancearse a otros criminales. Para ello, sin embargo, necesita ayuda y recurre a un alguacil ya veterano, un cazador de recompensas con un parche en el ojo y una inocultable debilidad por el whisky, pero de quien Mattie escuchó decir que tiene “verdadero temple” (true grit). Es Rooster Cogburn (el gran Jeff Bridges), un gallo de pelea viejo y mañoso, que todavía mantiene sus garras afiladas.
Lo que no sabe Mattie es que Chaney, antes de matar a su padre, ya debía otras dos muertes: la de un senador texano... y su perro. Por esos crímenes lo persigue también un presumido Texas Ranger llamado La Boeuf (Matt Damon), que comparte con Cogburn la misma desconfianza hacia Mattie. A ninguno de los dos les gusta la idea de internarse en territorio indio tras la pista de una pandilla de pistoleros –Chaney se ha unido a la banda de Lucky Ned Pepper– con una niña de trenzas que debería estar jugando con muñecas en vez de armas. Pero es ella, más que el legendario Cogburn, quien está dispuesta a demostrar que tiene un temple verdadero.
En sus pocas declaraciones a la prensa, los Coen dicen haber sido más fieles a la novela que a la película anterior, pero aun así las coincidencias con el western dirigido por Henry Hathaway son muchas, empezando por escenas y diálogos enteros, que sin duda provienen del afilado texto de Charles Portis. La mayor diferencia está no sólo en el punto de vista, que en el film de los Coen es, como en la novela, el de Mattie, sino en los actores. En la versión de 1969, John Wayne interpretaba a Rooster Cogburn con su propia, inmensa leyenda como bagaje dramático. Nadie mejor que él, en sus últimos años, podía encarnar a un personaje que simbolizaba la historia del western, y por eso el Oscar que le entregó la Academia pareció más un reconocimiento a su carrera que a esa interpretación en particular, inferior sin duda a la de Más corazón que odio (1956), mucho más exigida y compleja, y por la que ni siquiera fue nominado.
La aproximación de Jeff Bridges al personaje, por supuesto, tenía que ser distinta: el suyo es un Cogburn más cáustico, más consciente de su propia decadencia –un poco como su Dude de El gran Lebowsky–, pero no por ello menos dispuesto a defender la fama que supo labrarse. Desde la dirección, los Coen nunca le permiten que pierda ese delicado equilibrio, ni siquiera cuando lo enfrentan a los dos únicos momentos de la película que responden inequívocamente a su visión absurda del mundo: un ahorcado que cuelga de una rama desproporcionadamente alta o un extraño jinete solitario que aparece de la nada envuelto en una piel de oso, cabeza incluida.
Así como la película de los Coen empieza de manera más sintética y precisa que la primera versión, incluye sin embargo una coda, una suerte de epílogo que resulta quizás anticlimático y donde queda claro que el paso del tiempo ha convertido a los grandes nombres del Oeste en figuras de circo, como ya había sugerido Robert Altman en Buffalo Bill y los indios (1976). Por lo demás, este nuevo True Grit es un caso curioso, incluso inédito en la filmografía de los Coen brothers: una película que sin perder el sentido el humor es capaz de tomarse en serio a sus personajes.

7/2/11

Fuerza bruta

Por Eduardo Aliverti
Publicado en PAGINA 12

No hay noticia políticamente más importante que el virtual lanzamiento de Mauricio Macri como candidato presidencial. Habrá quienes crean que sólo se trata de una formalidad, al entenderla como una decisión elemental y tomada hace tiempo, pero, en primer lugar, no es así. Y, en cualquier caso, deja las cosas más blanco sobre negro que nunca en términos de dónde pararse frente a un año electoral decisivo para el corto y mediano plazo de los argentinos. E incluso para el largo.
Como se recordó en estos días, Néstor Kirchner juzgaba obvio e inevitable que, más tarde o más temprano y crecientemente, el escenario político quedara circunscripto a una gran fuerza inclinada hacia la izquierda y a otra volcada para la derecha. A fin de evitar polémicas inútiles: estamos hablando de poderíos, figuras y candidaturas con chances de poder real, y no de estampas testimoniales. Con independencia del modo en que cada quien evalúe al ex presidente, los hechos estarían dándole la razón. El denominado “peronismo federal” ya pasó de la puerta del cementerio a los pies de su tumba, con Duhalde como mascarón de proa simbólico y algunos correveidiles que no terminan de decidirse a nada porque apenas los une, o unía, la bronca y el estupor ante el hecho heterodoxo del kirchnerismo. Elisa Carrió, segunda en los últimos comicios presidenciales y construida por gruesos sectores de clase media urbana como una outsider capaz de contener a sus inconformismos sempiternos, ha pasado a ser, definitivamente, un tema de evaluación psiquiátrica. Hace rato que no merecía ser justipreciada con parámetros de medición convencional, porque nadie se dedica a lo político-dirigencial para destruir todo lo que construye. Carrió hace animación mediática, no actividad política. Acaba de afirmar que la masividad del funeral de Kirchner fue montada por Fuerza Bruta. Se diría que no hay vuelta atrás para quien llega a ser corrido por izquierda por Mirtha Legrand, aunque podría argüirse que en la Argentina jamás se sabe. Hay más luego una incógnita, ya pulverizada esa otra construcción, periodístico-campestre, que es el Gardiner mendocino; y descartadas, se supondría, las probabilidades de otro cuyano, Ernesto Sanz, del que más o menos nadie tiene idea de quién es. ¿Hay todavía un voto radical histórico, gorila, maestro-ciruela, en condiciones de hacer entrar en las grandes ligas al hijo de Alfonsín y a alguna porción de ese Partido Socialista al que da pavura confiarle algo más que una intendencia? ¿Hay vuelta, objetivamente, de la imagen de no saber terminar un mandato, del fantasma del helicóptero, de haberse sufrido que sus carencias de liderazgo les impiden gobernar con el peronismo en contra, de no controlar sindicatos, de no conocerse qué diablos es en verdad la alternativa que ofrecen? Finalmente, para volver o seguir andando por postulaciones testimoniales, el neo-Carrió que es Pino Solanas (no por la expresividad ideológica, aclaremos, sino como representatividad quijotesca) resolvió ir por la testificación presidencial inviable y no por la probabilidad certera de gobernar la Capital. Pino no quiere gestionar. Quiere relatar. De modo que resignó el enchastre con lo probable a favor de la comodidad de lo imposible.
Por todos esos agujeros que dejan las opciones al kirchnerismo, Macri comunica que va él. Lanzó una secuencia de oraciones a la que no se prestó mayor atención, ni siquiera por parte de sus más conspicuos detractores. Dijo que va por todo. Dijo que Buenos Aires ya no le interesa porque si gana Cristina no aguantará otros cuatro años de no poder hacer nada, a repugnante contramano de aquello que afirmaba en su campaña: a la Capital le sobra la plata, decía en 2007, y no tiene por qué depender de nadie. Dijo que si le va bien, será presidente. Y que de lo contrario tendrá más tiempo para estar con Juliana, en la definición más pornográfica que el firmante recuerde acerca de cómo se interpreta la vocación política: ya fui presidente de Boca y ya goberné nada menos que a los porteños, así que sólo me queda la Presidencia de la Nación y de lo contrario me dedico a mi mujer y a los negocios que me deja mi papá. Toda una auténtica disposición al entendimiento de la política como servicio público. Que se arreglen entre Rodríguez Larreta y Michetti: si pierden es problema de ellos y no del desastre que fue mi gestión. La derecha peronista no tendrá otra variante que seguirme. Y eso trae tanto (eventual) respaldo de aparato como interrogantes porque, ay, ¿la hibridez de los radicales llegará hasta el punto de votar a un tipo que tiene detrás el apoyo de Duhalde & Cía? No importa. Si les gusta bien y si no, también, porque no tendrán otra en esa segunda vuelta que hoy es una quimera. Macri va por todo y está perfecto. Olfatea que, aun cuando el viento de cola de la macroeconomía le da al kirchnerismo y a la popularidad de Cristina una ventaja enorme, hay una porción de esta sociedad, muy significativa, que no quiere lola con experimentos de aroma zurdo. ¿Cuántos son los argentinos que a pesar de estar mejor que casi nunca, o precisamente por eso, quieren sacarse de encima la incomodidad de enfrentamientos con el Imperio, y a Madres y Abuelas en el balcón de la Rosada, y a los piquetes y a Moyano, y a que el Estado se meta en mi vida como si alguna vez hubiera habido más Estado que cuando la rata lo puso a disposición de sus agentes? ¿Cuántos serán esos argentinos que compran el país que les venden Clarín y sus acólitos? ¿Cuántos son los que creen que está amenazada la libertad de prensa, y que Guillermo Moreno es más perjudicial para su vida cotidiana que los grupos monopólicos? ¿Cuántos los que compran que estamos aislados del mundo? ¿Cuántos los pobres y la clase media a los que les parece que no es cuestión de cómo les va sino de cómo les dicen que les tiene que ir? ¿Y cuántos son los que, malhumorados o indignados por “la inseguridad”, serán capaces de ir atrás de un discurso represivo asquerosamente demagógico, cuya inutilidad completa se reveló una y mil veces? La cuenta que saca Macri es que todavía son muchos. Ha deducido, por pulsión de clase, o porque registra que cuanto mejor se está más miedo puede tenerse a perder alguna quintita, o porque tendrá a sus órdenes a la maquinaria mediática, que es todo o nada. La Presidencia o Juliana. Le llevó su tiempo, y por eso no es cierto que la decisión caía por su propio peso. Apuesta a que, a pesar de lo que se avanzó, ese componente reaccionario de la sociedad argentina es lo suficientemente grande como para ponerle una ficha, aunque pueda quedarse sin el pan y sin la torta.
Que el peronismo antikirchnerista no le garantice ni por asomo la presencia nacional de que carece; que si alcanza la segunda vuelta es dudosísimo su arrastre de voto radical; que no sólo carezca de equipo sino de partido o fuerza militante, directamente, son aspectos que Macri habrá tenido en cuenta, pero sin mayor quite de sueño. Después de todo, él no se metió en política para construir cosa alguna que no fuera un ámbito de negocios institucional, con el apoyo de las grandes facciones de poder económico y el favor de votos que pudiera brindarle la sucesiva defección de los partidos tradicionales. Hoy, ese proyecto tiene la traba de un oponente que suscita ora entusiasmo, ora apoyo por descarte ante la impresentabilidad del resto. Pero confía, o eso sugiere, en que si encarna al original más puro de la derecha, contra fotocopias, insulsos e indecisos, puede haber un espacio importante, y hasta ganador, desde el segmento de la Argentina tilinga, facha, individualista.
¿Tendrá razón Macri? Según la actualidad, no parece. Según la experiencia histórica, siempre hay un huevo de la serpiente dando vueltas. Esa es la auténtica fuerza bruta.

Lanzarote

Por Noé Jitrik

El coche de José Saramago es un Opel convertible, Corsa, cuyo año no puedo discernir; ni él ni Pilar lo manejan, de modo que permanece días seguidos inmóvil, en un terreno vecino a la casa. Pese a los destrozos producidos por el óxido, el mar sin duda, y a las graves irregularidades que se observan en el techo –los broches que fijan la tela que lo hace convertible no cierran nada–, pese a que el freno de mano no funciona, el coche camina y lo hace con ganas una vez que se lo pone en marcha, nos transporta servicialmente de sur a norte y de este a oeste por esta isla tan extraordinaria que es Lanzarote.
Casi todas las islas lo son, o así se suele creer, pero los motivos de la excepcionalidad son diversos; en ésta, lo que la hace merecedora del adjetivo es su tormentoso, caliginoso, pero no tan remoto, pasado: las erupciones de treinta volcanes hacia 1730 no sólo se tragaron poblaciones que sobrevivían penosamente sino que tendieron un manto de piedras sobre una superficie enorme, lo cual tiene por efecto una diversidad de formas inaprensibles y dramáticas, de hendiduras y grutas, de colinas y súbitos agujeros pero, además, el predominio, en toda la isla, de un color gris sobre el que el blanco de las casas se entabla, como si luchara saliendo ora vencedor, ora perdedor en las pampas de piedra que rodean el Timanfaya.
Así, pues, salimos en el automóvil –conduzco yo– guiados por José, que explica casi todo lo que vemos a un lado y otro de los buenos caminos que atraviesan la isla por todas partes. José, cuyo estilo descriptivo, considerado y razonable, no se parece al que se advierte de inmediato en sus libros, eso que los críticos llaman “el estilo Saramago” y de cuya intensidad es difícil desprenderse, es algo escéptico respecto de las razones –caudillismos, predominios políticos, intereses empresarios– por las cuales se han construido tantas rutas, pero no deja de estimar su calidad ni de hacernos ver, con amorosa minucia, detalles, esbozos de historias, formas y colores. De ordinario, por otra parte, según él, un cielo límpido hace que se vean mejor todas esas maravillas que la lucha entre el fuego de las profundidades y el agua de las superficies ha producido, esas superficies volcánicas plagadas de figuras retorcidas, silencioso y torturado congreso de roca; ahora, desafortunados –hay un exceso de viento–, las nubes matizan y ocultan pero tampoco es de desdeñar el modo en que tiñen las aguas del mar que observamos, absortos, desde el Mirador del Río, una de las obras de César Manrique, de quien veremos más y de quien habrá quizá mucho que decir. En la baranda, colgada sobre un descenso de más de quinientos metros, se ve, desde lo alto, la Graciosa, una subisla, que se dibuja entera, con sus dos pueblecitos igualmente blancos; ese color –o ausencia de color según algunos– es el más común en Lanzarote, nadie lo debe haber impuesto pero no se ve otro en paredes y techos, acaso resto berebere –los wonches que habrían sido los primitivos pobladores de la isla–, acaso influencia norteafricana, Mauritania está ahí nomás, cruzando el estrecho, a dos o tres horas en vuelo directo.
Pero este recorrido no ha sido tal como lo vengo diciendo, mezclo muchos momentos, no podría ser de otro modo, dado lo que podría ser lo que persigo. Antes, por ejemplo, comimos pescados y mariscos en un lugar llamado El ancla, en el pueblo de Arrieta, con buenos amigos de Pilar y José, Manuel Medina y María Dolores, político él, abogada ella, y con la novelista Josefina Aldecoa, una mujer muy simpática, que durante la comida me hizo algunas breves semblanzas sobre lo que fue vivir en España en la época de Franco, la existencia era gris y mediocre, los pocos libros no canónicos que se podían leer llegaban desde el exterior y con cuentagotas; el aislamiento era, tal vez, lo peor, por no hablar del tipo humano que el franquismo engendró y del cual tuvimos una vislumbre en la procesión del Jueves Santo en Madrid, ese grupo de jamonas y ajamonadas de negro, taco, peinetón y mantillas, la viva imagen de una perversa viudez. Por contraste con esa imagen, la comida es alegre, se habla como en toda comida de sábado al mediodía y, al final, se hace el paseo que conduce a una escollera golpeada por las aguas. Junto a ella, una casa extraña, ella sí pintada en parte de azul, tiene su leyenda cuasi romántica y que nos concierne lejanamente; es Medina quien la narra, acaso intimidado, tratándose de narración, por la presencia de Saramago. Esa casa fue construida por un lanzaroteño llamado Perdomo que había emigrado a la Argentina y había hecho fortuna; enferma de tuberculosis una de sus hijas, decidió volver a su pueblo natal, seguro de que ella recuperaría la salud, ignorando, sin duda, las virtudes que para ese mal ofrecía ya, hacia 1910, nuestra Córdoba. La niña murió, como Alfonsina, en o frente al mar, y durante años se entendió que la casa tenía mala onda, fantasmas o ecos de voces perdidas.
Los paseos continúan. Durante los trayectos, además de las explicaciones, surgen temas de conversación. Yo pongo expectativas en las que se suscitan pero no es fácil; apenas nos conocemos, no creo que nadie sepa bien cómo hacer para que tal conocimiento se profundice y consolide una amistad, pero también todos apreciamos, creo, el acto de arrojo que implica estarlo intentando, todos ya personas hechas y que quizá defienden, de a ratos más de lo necesario, puntos de vista o posiciones largamente constituidas. Pero hay temas que nos vinculan: José esgrime la copia de una carta que Camilo José Cela enviara, el 30 de marzo de 1938 - II Año Triunfal, a un, acaso, policía ofreciéndose para “dar datos sobre personas y conductas”. Dos mundos, el de Cela y Saramago, pero que en cierto punto, el del éxito, arrancado por la fuerza en el caso de Cela, legítimo en el de Saramago, se tocan, nadie le pone el cascabel a ese gato, tal vez éste sea el modo en que se vive la cultura en nuestro tiempo en los medios exitosos, las solicitudes constantes, los premios y las condecoraciones que Cela pide y obtiene, que Saramago no pide y que le otorgan. José piensa mucho en este tema; me cuenta un sueño o una utopía diurna: un mundo de pura y armoniosa naturaleza, con todo lo que tiene el mundo pero sin seres humanos. ¿Quién entonces podría determinar o apreciar tal armonía, de lluvia sobre tierra, de fuego sobre escoria, de bestia sobre alimento o instinto?
Vamos al día siguiente a las Montañas del Cuervo; dejamos el coche en la carretera y a pie llegamos hasta el cráter de lo que fuera un furioso volcán; caminamos en silencio, sobrecogidos, sólo escuchamos el sonido que hace nuestro calzado sobre las piedras negras del sendero. Ese hueco está del otro lado del Parque Nacional de Timanfaya, hacia el este. Se tiende, en esa zona, una planicie pedregosa, uno de cuyos momentos se llama “Malpaís” y en el cual los viñedos están protegidos del viento, planta por planta, por bardas de piedra semicirculares o cuadradas llamadas “socos”. Pese a todo, y como para probar que hay constancia e imaginación en la raza humana, se produce un vino que no sería tan desdeñable; la tenacidad rinde también su fruto.
Al llegar a las “Montañas de fuego”, otra obra de Manrique, se sube a un autobús que recorre los volcanes, esos mismos que en 1730 aumentaron, gracias a los torrentes de lava que lanzaron, la superficie de la isla en casi un tercio ganado al mar. Lo que se ve es indescriptible, hay que limitarse a verlo, ni siquiera cabe la admiración; la admiración, me parece, tiene que ver con las obras humanas y no con estas explosiones de las que quedan restos que son mostrados como animales domesticados en un circo; en unos agujeros a ras del suelo un empleado arroja baldes de agua: los cuatrocientos grados de temperatura que hay a los 10 metros de profundidad, pálida idea de lo que ocurre en el centro de la Tierra, producen una explosión de vapor que nos asusta a todos pero que inmediatamente después nos hace reír, como en el circo. Durante el viaje en autobús me dormí un par de veces, tal vez pensaba que no sólo ese paisaje era un sueño sino yo mismo, en él, una entidad irreal, el sueño de otro, quizás un sueño de José Saramago que desde aquí construye sus ficciones, las cuales nada tienen de exaltación de estas maravillas naturales pero que estas maravillas ayudan a concebir. ¿Será eso? ¿Puedo dejar de pensar en términos literarios? ¿Puedo desechar esos versos de Eliot, conocidos en la versión de Pierre Leiris, “le roc, point que le roc”, que no me abandonan desde que llegué aquí y que mis ojos ven grupos de pequeñas casas junto al mar o en la ladera de una montaña, entre cactus de las más variadas y raras especies, en un silencio general difícil de entender pero no de aceptar?
Conversamos, como estaba previsto, con José. A veces no estamos de acuerdo, a veces coincidimos. Tengo la impresión de ser un poco más optimista que él en punto a lo que implica “hacer algo”, o sea escribir o pintar, en medio de esta general injusticia, de este desequilibrio en que vive el mundo y que se manifiesta por la cada vez mayor existencia de miserables y de seres sin destino ninguno. José no cree mucho pero debería hacerlo, sus novelas son no sólo bellísimas sino que tocan alguna forma de verdad, pero el modo de sus argumentos, mundo mal concebido y realizado, salvajes represiones, indios mexicanos que pelean por su dignidad en Chiapas, me hace sentir que, porque soy una de esas personas que creen que un buen libro o un buen cuadro redimen algo de la pobreza de la existencia, soy un esteticista: cada cual resiste como puede y si en alguno se da un entusiasmo por articular un poema o un cuadro o una novela o un proyecto político, inclusive se debería hacer un esfuerzo por entender qué significa eso desde un punto de vista general, si es que los actos individuales se tocan en alguna zona del sentido con lo que el mundo objetivo debería poder proponerse.
Lo que no impide seguir desplazándonos en ese auto al que le hacemos afectuosas bromas porque, pese a su decadencia física, no nos ha dejado abandonados entre breñas y soledades pétreas. José nos lleva a ver playas; en una, la Famara, un golpe de viento me recuerda lo que sentí, en enero de 1962, cuando entramos, todos fatigados, respirando dificultosamente, en el cañón del Río de las Terneras Atadas, en Ongamira; el cuerpo se enaltece, las aguas, al golpear en las rocas, nos limpian el alma, no hay necesidad de hablar ni de informar de sensaciones, es un “estar ya ahí” conmovedor en coherencia con esos otros “estar ya ahí” que depara este lugar cuya fragilidad se comprende, bien podría ser que los volcanes volvieran a tratar de comunicar fuego y agua, bien podría ser que la imaginación del hombre, o su torpeza, arruinaran los precarios recursos que con enorme dificultad le han sido arrancados a esta tierra.
Precisamente ése es el fondo del proyecto de Manrique. Y una paradoja positiva, porque en ningún momento se deja de recordar que era un “estecista”, un pintor muy exitoso en Nueva York, cercano a Warhol, Rotko y Lichtenstein, que al regresar a Lanzarote, con el mucho dinero que ganó en y con el arte, imaginó en cada momento de la naturaleza de la isla una obra de arte, en un precipicio, en una gruta, en unos cráteres llamados “burbujas”, y en una casa en la que cada rincón, como ocurrió con los decadentistas, está destinado a halagar su vista y su cuerpo. Sin embargo, o gracias a su coherencia, o a sus resultados, nadie ve en su esteticismo un motivo de condena y ni siquiera de censura.
Me habría gustado ir más lejos en las conversaciones sobre literatura; algo se resiste, acaso es a un movimiento de seducción que en mí es espontáneo y que no tiene ningún otro objetivo que crear un puente de comunicación o de verificación, existencial me atrevería a decir. No se da del todo y ambos, Tununa y yo, nos sentimos al mismo tiempo rodeados de maravillas, de atenciones y de un afecto superior, pero también es como si no se diera posibilidad de decir o mostrar quien uno es, condición básica para que eso que llamamos amistad perdure. Sobre ese ánimo algo alicaído el plazo se cumple y ya tenemos que dar por terminada la visita. José se ha ido a Tenerife y a Palmas y ha llamado por teléfono preguntando por nosotros; ya no lo veremos, quién sabe cuándo nos volveremos a ver. Sin embargo, sigo leyendo Todos os nomes y siento que terminarlo en la propia casa de su autor tiene un sentido si no un privilegio. Por fin concluyo, poco antes de partir. Cierro el libro y, de pronto, siento una emoción tan fuerte, tan desmedida, análoga a los volcánicos vuelcos de la isla, que cuando Pilar y Tununa me preguntan qué me pareció, qué opino, siento un ahogo en la garganta, no puedo hablar, me sacude un llanto que hace mucho no me sacudía de tal modo a causa de un relato, tal vez desde que era niño y la literatura me parecía el único cielo posible en esta tierra. Entonces, sin decirlo, comprendí por qué habíamos venido aquí, ese llanto compensaba lo que había buscado y tal vez no había encontrado no por no quererlo sino tal vez porque no se puede encontrar, porque somos seres solitarios y estamos muy metidos en nosotros mismos, sólo perseguimos hallarnos a nosotros mismos pero no calculamos o no admitimos que puede darse en la emoción, en suma en el amor, donde fuere que pueda estar esperándonos, incluso en las frases de un libro.

5/2/11

Leyenda negra

Por Luis Bruschtein
Publicado en PAGINA 12

Para Elisa Carrió las exequias del ex presidente Néstor Kirchner fueron organizadas por Fuerza Bruta. “Usted se confunde con el Bicentenario”, aclaró, en su almuerzo del miércoles, Mirtha Legrand. “Esa también”, le soltó la candidata de la Coalición Cívica. El tamaño de los mitos urbanos que construyen sus adversarios describe también por regla inversa el tamaño de lo que se quiere denigrar. Todos los cuentos que se inventaron de Perón y Evita se correspondían de alguna manera con la obra que generaron. Los aspectos negativos de cualquier gobierno se critican con argumentos. Los que son más difíciles de desvirtuar son los hechos positivos, que son la causa de cuentos que sólo pueden ser creídos desde el odio. De los Kirchner se ha dicho que Néstor la emprendía a puñetazos con Cristina y que después de la derrota del 28 de junio descargó tanta furia a piñas sobre su esposa que debieron internarla. Se ha dicho que Cristina es bipolar. Se ha dicho que el cuerpo de Néstor Kirchner no estaba en el cajón delante del cual desfilaron decenas de miles de personas.
En realidad, fue Mirtha Legrand la que difundió la historia del cajón vacío, aunque después le dijo a Carrió que no creía que Fuerza Bruta hubiera organizado las demostraciones populares de pesar. Pero de alguna manera los dos cuentos están ligados porque se refieren a una especie de gran engaño organizado por una mujer que acababa de perder de manera inesperada a su pareja de toda la vida, y además ese engaño tan maquiavélico estuvo relacionado con los restos del ser querido que acababa de fallecer.
Es estúpido explicar algo tan absurdo, pero el cuento de Carrió dice que en el poco tiempo que pasó entre el fallecimiento de Néstor Kirchner y sus exequias en Buenos Aires, su viuda contrató a Fuerza Bruta y Fuerza Bruta contrató a decenas de miles de extras para que lloraran en la Plaza de Mayo, para que escribieran mensajes en papelitos, para que aguantaran horas y horas hasta llegar al cajón donde estaban los restos del ex presidente, para que esos miles y miles gritaran consignas, recitaran poesías o cantaran al pasar delante del féretro. ¿Y el cuerpo?, ¿dónde podía estar si no estaba en el cajón? A lo mejor está vivo y toda la historia de su muerte sorpresiva fue para que Cristina creciera en las encuestas.
Tanto las leyendas denigrantes como las elogiosas tienen cierta ingenuidad infantil y sus orígenes son difíciles de ubicar, como la de las orgías de Perón con las púberes de la UES o la de las noches de sexo ardiente entre el General y el campeón de boxeo de los medio pesados, el norteamericano Archie Moore, que había pasado por Argentina. Pero en este caso el origen es una candidata a presidente que pone la cara por televisión para iniciar el cuento haciendo polvo cualquier vestigio de su credibilidad. Es un cuento infantil, de una ingenuidad cruel, pero es un cuento increíble y la candidata puso cara de esfinge y dijo: “Alguna vez se va a saber lo que pasó en el velatorio de Kirchner”, con lo que dejó en ascuas a su anfitriona que, ni corta ni perezosa, le exigió que contara lo que sabía.
Nobleza obliga, hay que reconocer que Mirtha Legrand repreguntó, porque la mayoría de los periodistas se hubieran quedado con la cara de misterio de Carrió cuando lanzó su primera frase. Y después, con su veteranía inimputable, le dijo que no le creía. El relato no se puede creer ni haciendo mucha fuerza. Carrió da una versión corrupta de la historia porque le conviene políticamente. La conveniencia personal o grupal es la justificación de todas las formas de corrupción.
En la sociedad se acuñan leyendas sobre vidas, amores y muertes de los presidentes que han dejado una marca en la historia. La mayoría de las veces tienen algún elemento de verdad o tratan de afirmarse en hechos reales, incluso los menos creíbles, como aquellos que inventó la llamada Revolución Libertadora para desacreditar al peronismo.
En el que las inventa o las cree hay un mecanismo tan ingenuo como en sus historias. Igual que un niño impedido de crecer que mira a un adulto como el que nunca podrá ser. Además del odio que las motiva, expresan también cierta fascinación resignada por los protagonistas que los enojan. Hay un complejo de inferioridad en los cimientos de esa mirada frente a la épica que sustentan los cuentos. Porque hay una épica real sobre la que se monta la fantasía. Es la fascinación que siente por Evita el coronel de los servicios de inteligencia que oculta el cuerpo embalsamado, como lo relata Rodolfo Walsh en “Esa mujer”. Ese coronel existió, igual que el ocultamiento del cadáver, en el mismo servicio de inteligencia que estaba generando los mitos contra un peronismo derrocado pero fuertemente enraizado en las culturas populares.
Ingenuamente, el objetivo de esos cuentos era arrancar esa raíz. El mito denigrante como antídoto del mito favorable. Lo más irónico de la situación era que el jefe de la institución que generaba esos cuentos estaba totalmente subyugado por los mitos de esas raíces, sobre todo por el más potente, que era Evita, como lo relata también Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. Mito contra mito, igual que ahora los partidarios del Gobierno se definen irónicamente como “la mierda oficialista”, en aquella época, los peronistas respondían: “Puto o ladrón, lo queremos a Perón”. No creían en las orgías de la UES ni en la encamada con Archie Moore. En el peor de los casos, esos cuentos contribuían a exaltar un nivel de sexualidad, por la que, en realidad, Perón nunca mostró mucho entusiasmo.
Esa leyenda negra tejida sobre las exequias de Kirchner ofrece el primer síntoma de que hay un hecho que desencaja, que produce rupturas y nacimientos, que necesita del mito para ser explicado. Y si para los protagonistas, los que asistieron a la Plaza y a la Casa Rosada, todo fue sorpresivo y desbordante, la leyenda negra deja vislumbrar un sentimiento de sorpresa atrapado en la propia mezquindad de quien ha tejido esa fantasía. Ante sus ojos todo aparece hiperdimensionado de gestos y emociones, con una épica que la deslumbra aunque la rechace. La impresión es tan fuerte que no se asimila y necesita su propia mentira para explicar ese rechazo. Entonces todo lo que ve se tiene que entender como una gran escena teatral, con el poeta Carlino pagado para leer sus poesías o Bauer para cantar el Ave María o el presidente de la SRA de una localidad cordobesa para darle fuerza a Cristina o los mozos de la Casa Rosada para llorar, o los miles de chicos que levantan el puño o hacen la “V”. Todo fue orquestado y guionado por Fuerza Bruta. Es un gran escenario montado alrededor de un cajón que ni siquiera tiene el cuerpo. Sin tristeza, sin lágrimas, sin espontaneidad, sin muerto.
Resulta extraña esa idea del cajón sin el muerto. Siempre hay una apropiación de los cuerpos, como con Evita o los desaparecidos. Hay una disputa por los restos de los que lucharon. Porque los que luchan no pasan inadvertidos, son odiados y son amados y trascienden en esos sentimientos, pero sus restos no tienen resplandores ni secretos. Quizá sus restos simbolicen esos sentimientos que los trascienden.
La leyenda negra circulará en las sobremesas de los countries, en las reuniones de las cámaras empresarias, se seguirá alimentando y de vez en cuando, algún periodista “independiente” dirá otra vez que la gente dice que el cuerpo de Néstor no estaba en el cajón. Otro dirá “Fuerza Bruta” por lo bajo. La leyenda crecerá en detalles y en veneno y con el tiempo hasta se podrá convertir en argumento político. Habrá sociólogos de la izquierda y la derecha académica que estudiarán las barbaridades que hacen los populismos.
Muchos de estos sociólogos se hicieron famosos investigando los mitos populares, es decir, “la estupidez” de los pueblos que generan mitos como los de Gardel, Maradona, Evita o el Che y los cuentos que los rodean. Los pueblos han generado esos mitos o leyendas blancas que enaltecen a esas figuras. Sería bueno que ahora estudiaran el fenómeno inverso. Porque en este caso no ha sido el pueblo el que inventó las historias, sino la “gente de bien”, o “las capas medias y altas blancas y urbanas”, como diría el sociólogo brasileño Emir Sader, o directamente la tilinguería, como le gustaba decir a don Arturo Jauretche. Sería interesante también subrayar que, a diferencia de los mitos populares –que la mayoría de las veces son enaltecedores–, en estos casos se trata de relatos denigrantes. Sobre todo, habría que reconocer que todavía no existe una leyenda para Néstor Kirchner, que sigue siendo un ser humano. Extrañamente, esta vez el antimito ha surgido antes que el mito.

1/2/11

Difusión

Adrián Dárgelos

El rock se ha convertido en otra plataforma de exhibición para las empresas. ¿Qué pensás de ese sponsoreo?
Y yo soy muy puta, hace años que lo dije, ¿no? ¿Qué es lo que quieren saber sobre el rock sponsoreado? Vos no tenés que colaborar con el sistema, pero tenés que usar la plata del sistema para volvérselas en contra. Volvemos a Spinetta: “La libertad es muy linda pero si no tenés nafta no vas a ningún lugar”, dice él. Es genial, tiene razón. Qué importa de dónde viene el capital. ¿De dónde viene la guita de las FARC? ¿De dónde viene la plata del Ejército Zapatista? Del ejército de Francia… Vamos, basta de chamuyo. ¿Quién piensa luchar contra el capitalismo sin dinero? Nosotros somos provocadores culturales, básicamente. Creemos que el rock es una vía de provocación. Nosotros creemos que la música es un agente movilizador. No nos creemos referentes, ¡pero sí tenemos el poder de decir un montón de cosas que los demás no dicen! Yo creo que la música te abre una brecha para discutir la cultura. No es que me voy a aislar y ser un músico que quiere voltear el mundo desde el silencio… No. Lucho por el mismo camino.

Son momentos distintos… Ustedes arrancaron en el 90. Hoy existe una corriente cultural diferente.
Y…sí, antes había un ambiente aspiracional en la Argentina. Los Redondos, Sumo… En los 90, el desmedro del menemismo, la exposición de nuevos estereotipos triunfadores, como Fassi Lavalle y compañía, generaron un nivel no aspiracional en la cultura. El ganador es el vivo, no el que encontraba el entendimiento. Entonces las bandas no aspiraban a eso. Lo que quedó es otro estereotipo triunfador en el desmedro cultural. Y todo eso se ve ahora: en la quita de presupuesto a la educación durante toda la década del 90. En mi época a los maestros los tenías que respetar. Ahora, como ganan menos, son losers, ¿no? Así es más fácil el acceso a la compra de votos. Yo ahora no detecto la operación cultural. La mayoría de las bandas somos de colegio del Estado. Andáa sacar hoy, de un colegio del Estado de la provincia, un nivel de discusión retórico tan complejo como el que tenemos nosotros. Quizás está y yo soy el equivocado. Es raro, boludo. Ahí tendríamos que discutir por qué se da un entretenimiento tan malo. Ok, todo entretiene igual: leones comiéndose esclavos o Tristán e Isolda. Para uno vas a necesitar formar a la gente para que lo entienda. Para el otro, no. Justo es jodido hablar de Wagner, ¿no? Pero me fascinaría que los pueblos tuvieran una identidad cultural y que en vez de ver televisión haya escritores de obras de teatro. El otro día en Colombia me preguntaban si seguíamos siendo una banda de rock, estaban preocupados por eso. Y yo les decía que no hay más rock o pop o nada. Hay bandas que emocionan, bandas que son y bandas que tratan de ser. Hay músicos inquebrantables, que están en el escenario y se ponen a la gente en la mano, sin artilugios demagógicos. Sin ese “ey, loco ¡vamos todos!” Yo me pregunto, ¿por qué no funciona el rock que no arenga en Argentina? ¿Por qué un Radiohead no podría haber sido argentino?

Hay un nuevo tipo de violencia en el aire

"Cuando comencé a escribir esta obra ya hace unos años, lo hice a partir de una extraña noticia que me llegó, intuyo, distorsionada: Suicidios colectivos de mamíferos/ cuadrúpedos -nunca supe qué clase de animales eran estos. El informe decía que se arrojaban por un acantilado, aparentemente sin causa. Sucedió en el interior del país. Sentí que debía escribir sobre esa necesidad de estar en el aire, de vivir en el aire, cuando la tierra ya no puede soportar el peso de nuestro pensamiento. Estando en el aire, ¿a qué nos atrevemos? Hay un nuevo tipo de violencia en el aire. Lo veo. Lo siento dentro mío y dentro de mucha gente. Yo decidí escribir entonces. El trabajo en escena es terreno de reconocimiento y disección de estos sentimientos censurados y amorales que no nos permitimos expresar del todo. Algo del trabajo final me permite percibir por qué algunas cosas son como son".

Daniel Veronese
sobre Mujeres soñaron caballos

31/1/11

El Gran Circo




El gran circo es un homenaje de Ariel Bufano, creador del Grupo de Titiriteros, a los orígenes del teatro nacional y a sus pioneros, los hermanos Podestá. Y está integrado por números circenses tradicionales (destrezas, acrobacias, malabaristas, payasos, animales amaestrados, equilibristas y trapecistas), materializados con toda la magia de los títeres. Estrenado en 1983 y repuesto numerosas veces desde entonces, este espectáculo se ha convertido en un verdadero clásico de la compañía y se cuenta entre los que más público han convocado en toda la historia del teatro argentino.

24/1/11

“La izquierda lee, la derecha asesina”

Por Andrés Rivera

Dashiell Hammett, el autor del Halcón Maltés, fue juzgado el 26 de marzo de 1953 por el subcomité del Senado estadounidense presidido por Joseph McCarthey que examinaba qué libros procomunistas habían conseguido infiltrarse en ciento cincuenta bibliotecas dependientes del Departamento de Estado en el extranjero. Entre ellos, había trescientos ejemplares de libros de Hammett en las estanterías de setenta y tres de estas bibliotecas. Por esa razón el escritor fue citado a declarar. Tras un largo interrogatorio, McCarthey le pregunta a Hammett: “Si usted estuviera gastando, como estamos haciendo nosotros, más de cien millones de dólares al año en un programa de informaciones que se supone tiene por objetivo luchar contra el comunismo, y si usted fuera el encargado de este programa de lucha contra e comunismo, ¿adquiriría usted las obras de unos setenta y cinco autores comunistas y las distribuiría por todo el mundo estampando en ellas nuestro sello oficial de aprobación? ¿O prefiere no contestar a esta pregunta?”. Hasta ese momento Hammett se había atenido a la cláusula cuarta de la constitución norteamericana que autoriza a no contestar si la respuesta puede volverse una acusación hacia uno mismo. Pero ante ésta contestó, y dijo: “Bien, yo pienso -por supuesto no lo sé- que si estuviera luchando contra el comunismo creo que lo que haría es no darle a la gente ninguna clase de libros”. A lo cual McCarthey agregó: “Viniendo de un autor, este comentario es poco corriente. Muchas gracias, ha terminado el interrogatorio”.
La primera revolución perfecta, la más burguesa y acabada y ejemplar fue -en la opinión de Lenin- la francesa, la de la emblemática caída de la Bastilla. Esa revolución se forjó en la biblioteca de Juan Jacobo Rouseau. A partir de eso me pregunto: -¿Cuáles fueron las bibliotecas que dieron agua y pan a Kurt Wilckens, el obrero anarquista que puso fin a la vida del Coronel Varela, jefe de la represión armada y del pogrón de la semana trágica? Kurt Wilckens leía a Bakunin y a Kropotkin.
¿A quiénes leyeron los estudiantes que protagonizaron la reforma universitaria de 1918? A Hegel, a Marx, a Engels. ¿Sacudieron el polvo de muchas, pocas, algunas bibliotecas? Sí, allí estaban sus armas. ¿Allí estaba la letra, el grito, la consigna?
Si, allí, en los intersticios de la palabra escrita, reunida por militantes desvelados, por trabajadores que llegaron de Génova y Turín, de la dilatada Rusia zarista, de Barcelona la hermosa, del París insurrecto de 1871.
¿Quiénes contribuyeron, quiénes nutrieron a los revolucionarios bolcheviques?
Las bibliotecas, que guardaban los trabajos de Marx, de Engels, de Jorge Plejanov, de Rosa Luxemburgo. ¿A quién leyó Rodolfo Walsh? ¿Sólo al aséptico Artur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes? ¿A quién leyó David Viñas en el destierro? ¿Cuáles bibliotecas frecuentó en su azaroso exilio, mientras le llegaban informaciones desgarradoras del holocausto argentino? ¿A quiénes leyeron los treinta mil desaparecidos? ¿Qué bibliotecas dieron asilo a su congoja antes de que los narcotizasen y los arrojaran al mar desde los aviones? ¿Qué leyó, y en cuáles bibliotecas, el ciudadano y ex presidente Carlos Saúl Menem? ¿Y el ciudadano y actual mandatario Fernando de la Rúa? El hoy comandante en jefe del Ejército, teniente general Ricardo Brinzoni, que suele reivindicar, con mala prosa, a torturadores confesos y asesinos convictos, ¿qué lee? ¿A cuáles bibliotecas apela?
¿Quiénes sacan de las bibliotecas a Esteban Echeverría, a José Hernández, a Roberto Arlt, a Manuel Puig? ¿Quiénes han leído Literatura argentina y realidad política de David Viñas? ¿Y Noticias secretas de América de Eduardo Belgrano Rawson? Títulos imprescindibles para el adolescente, para la dama y el caballero y para los camaradas, si aún los hay. También hay que incluir Respiración artificial de Ricardo Piglia en esta escasa nómina.
¿Tuvo bibliotecas el teniente coronel Varela, que ordenó ejecutar durante el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen a centenares y centenares de trabajadores en el sur patagónico? ¿Tuvieron bibliotecas Jorge Rafael Videla y Eduardo Emilio Massera? ¿Tuvo una biblioteca Adolfo Hitler? ¿Tuvo una biblioteca Francisco Franco? ¿Qué lee en su retiro Augusto Pinochet.
¿Qué buscó en las bibliotecas el subcomandante Marcos ¿Qué Karl Marx en el British Museum? ¿Qué Jorge Luis Borges en silenciosas bibliotecas porteñas? ¿Qué buscaron los rehenes políticos e ideológicos de Juan Manuel de Rosas y de los generales José Félix Uriburu, Agustín P. Justo, Pedro Aramburu, Antonio Bussi y del Coronel Ramón Camps? Consuelo, placer, sabiduría, para enfrentar a los laceradores de su carne y verdugos de la contrarrevolución. Lo que aquí sostengo no ofrece posibilidad, ni la más mínima, de refutación: la izquierda lee, la derecha asesina.


El siguiente texto es un fragmento de una conferencia de Andrés Rivera durante el ciclo “Un golpe a los libros”, desarrollado entre marzo y septiembre de 2001 en la ciudad de Buenos Aires. El texto integra el libro del mismo nombre, de editorial Eudeba.

18/1/11

Lo que sé

Por Robert De Niro
Publicado en ESQUIRE


Los que hablan no saben. Los que saben no hablan. Eso ha sido así desde siempre.

También: si no vas, nunca lo sabrás. Les digo eso a mis hijos.

Diez años parecen haber sido hace unos pocos años.

Si es la silla indicada, no lleva demasiado tiempo sentirse cómodo en ella.

Italia ha cambiado. Pero Roma es Roma.

Construimos una pared de goma para la escena de la cárcel en Toro salvaje. Era una gomaespuma dura. Estrellar la cabeza contra una pared verdadera no hubiera sido posible. Había que hacerlo hasta quedar contentos.

Me gustaría ver todas mis películas una sola vez tan solo para ver qué me hace pensar, para ver cuál fue el patrón. Pero con todas las películas en las que estuve, eso significaría ver dos o tres por día durante un mes. No sé de dónde sacaría el tiempo.

Si Marty quisiera que yo hiciera algo, lo consideraría muy seriamente, aún si no me interesara.

Mi definición de un buen hotel es un lugar en el que me quedaría.

Si no recuerdo mal, no se hacían muchas secuelas en aquella época. El Padrino fue una de las primeras. Así que no pensábamos sobre las secuelas de la manera en que lo hacemos ahora. Recuerdo estar viendo la calle completa entre la Avenida A y la Avenida B convertida en los comienzos del siglo XX. Las vidrieras, los interiores de los locales. El tamaño era increíble. Uno sabía que lo que estaba haciendo era ambicioso.

Siempre estaré en deuda con Francis.

Cuando hice El francotirador, pensé: Tailandia es un lugar interesante. Volveré pronto. Pero no regresé hasta como dieciocho años después.

Todos pueden criticar. Pero al final del día, uno sabe que las intenciones de Obama son las correctas.

Deberías haber hecho esto. Deberías haber defendido esto más que aquello. El presidente tiene que lidiar con eso todo el tiempo. Imaginate lo que debe ser tener que tratar con todas estas fuerzas que se te vienen encima, tener que transar, sopesar las consecuencias de cada decisión en relación a las otras. Es difícil. Si lo pensás un poco, es un poco como ser un director.

Siempre les digo a los actores que van a una audición: No temas hacer lo que indican tus instintos. Tal vez no consigas el papel, pero la gente va a tenerte en cuenta.

Me dicen que Jodie Foster dijo:

Para el momento en que me dieron el papel en Taxi Driver, ya había hecho más cosas que De Niro o Martin Scorsese. Había estado trabajando desde los tres años. Así que aunque tenía sólo 12 años, sentía que era la veterana allí.

De Niro me llevó a un lugar aparte cuando empezamos a filmar. Me pasaba a buscar por mi hotel y me llevaba a diferentes restaurantes. La primera vez básicamente no dijo nada. Sólo murmuraba. La segunda vez comenzó a repasar las líneas conmigo, lo cual era bastante aburrido porque yo ya me las sabía. La tercera vez, repasó las líneas conmigo otra vez, y ahora estaba realmente aburrida. La cuarta vez, repasó las líneas conmigo, pero empezó a irse para otro lado, sobre ideas completamente diferentes dentro de la escena, hablando sobre cosas muy locas y pidiéndome que siguiera su improvisación.

Así que empezamos con el guión original y él luego se iba por una tangente y tenía que seguirlo, y entonces era mi trabajo encontrar eventualmente el espacio para devolverlo a las últimas tres líneas de texto que ya habíamos aprendido.

Fue una revelación enorme para mí, porque hasta ese momento yo creía que ser un actor era tan solo actuar naturalmente y pronunciar las líneas que había escrito otro. Nadie jamás me había pedido que construyera un personaje. Lo único que habían hecho para dirigirme era decir algo como “Decilo más rápido” o “Decilo más lento”. Así que era una sensación completamente nueva para mí, porque me di cuenta de que actuar no era un trabajo tonto. Yo creía que era un trabajo tonto: alguien escribía algo y vos lo repetías. ¿Qué tan tonto era eso?

Hubo un momento en algún restaurante, en algún lugar, en el que me di cuenta por primera vez de que era yo quien no había estado aportando demasiado a la mesa. Y sentí una excitación de esas en las que transpirás y no podés comer y no podés dormir.

Me cambió la vida.

¿Jodie dijo eso? No, no me acuerdo. La gente tiene recuerdos de cosas que yo no recuerdo. ¿Ella tenía cuánto, doce? Increíble...

Si no lo hacés bien ahora, nunca será como debería ser; y se queda ahí para siempre.

Es la misma historia de siempre: la delgada línea entre el dinero y la calidad. ¿Tenemos que gastar todo esto para hacer esto? Bueno, sí, porque si no lo hacemos...

Si tomás un atajo, la gente se va a dar cuenta y se va a sentir engañada. Es como una película: acumulativamente, todos los atajos y los engaños restan algo de la textura.

En ocasiones, tener restricciones financieras te beneficia. Te obliga a inventar soluciones más creativas.

Simplemente voy al teatro. Nadie me molesta. Ni siquiera me reconocen. Lo hago de cierta manera.

No pude entrar a ver Avatar en el IMAX 3-D.

Mientras tengas hijos, siempre habrá algún problema.

No sé si mis hijos me han enseñado algo, pero se me han revelado cosas. Cosas que ocurren. Ahora sos un abuelo. Y tus hijos te están dando consejos.

Es interesante cuando tus hijos te dan consejos. El otro día tuve una conversación con mi hijo mayor. El me decía: “No debería hacer esto, y esto, y esto”. No es que estuviera de acuerdo con él en todo. Pero fue una buena sensación.

Envejecés y te volvés más cauteloso.

Aparecen situaciones por las que ya pasaste, y podés ver hacia dónde se dirigen.

Un buen consejo puede ahorrarte un pequeño fastidio.

Tuve a mis mellizos aquí. Tienen quince años. Cuando yo era adolescente, había menos restricciones que las que yo les impongo a mis hijos. Pero yo sé que esas restricciones son importantes. Aun así, tienen que tener su espacio. Es un equilibrio delicado. Te decís: yo sobreviví a eso. ¿Cómo lo harán ellos? Y sin embargo lo hacen. Con un poco de suerte.

Puedo reírme más ahora que cuando era más joven. Soy menos sentencioso.

Me cuesta mucho regalar una de las pinturas de mi padre.

He mantenido el estudio de mi padre por los últimos 17 años, desde que murió. Lo mantuve tal cual estaba. En un momento pensé en dejarlo ir. Luego tuve una reunión de amigos y familiares para verlo por última vez. Grabarlo en video. Pero me di cuenta de que es diferente en persona que en video. Es otra experiencia. Así que me lo quedé.

Sé valiente, pero no imprudente.

Sin importar lo que hiciera, Marlon siempre era interesante.

Para mostrar lo primitivas que solían ser las cosas: teníamos que disponer un trípode para pasar en video las escenas de Marlon en la sala de proyección de Paramount, para que yo pudiera estudiar sus movimientos. Lo interpretaba sobre un pequeño acto por acto.

Nunca hablamos con Marlon sobre nuestras actuaciones en El Padrino. ¿Qué me iba a decir? Nos conocíamos. Pasé algún tiempo en su isla con él. Pero no hablás de actuación. Hablás de cualquier cosa menos de actuación. Supongo que la admiración no se expresa en palabras.

Sí, podés hacer nuevos amigos. Hace poco conocí a una pareja; son mucho más jóvenes que yo. Es agradable.

La realidad es este momento.

Alguna gente entiende lo que es crear algo especial, y otras piensan en qué es lo que pueden sacarle.

No voy a leer todos los libros que quiero leer.

Quizá me gustaría hacer cosas que fueran más como retirarse. Como sentarme en un lugar y simplemente disfrutar. Una buena caminata. Un café. Como retirarme, pero no retirarme. Mientras disfrute de lo que estoy haciendo, ¿por qué retirarme?

Atravesás muchas fases diferentes en la vida. Solía comer postres todo el tiempo de chico. Ahora no como mucho postre. Excepto cuando estoy en restaurantes especiales y me digo: Bueno, estoy acá, tengo que comer el postre.

Ahora es ahora. Entonces era entonces. Y el futuro será lo que el futuro sea. Así que disfrutá el momento mientras estás en él. Ahora es un gran momento.

11/1/11

Tracy Tzu

El día en que el mundo volvió a quedar patas para arriba

Por Silvina Friera
Publicado en PAGINA 12

Verano imperdonable, con la tristeza embotellada en los ojos, en el cuerpo. El país está de riguroso luto. Las niñas y los niños de ayer, las mujeres y los hombres de hoy que siguen cantando a coro a Manuelita que vivía en Pehuajó tienen una pena infinita. Esas voces ahora se quiebran –la congoja siempre desafina– cuando intentan completar lo que hizo la tortuga: un día se marchó. “¡Qué de campanas en la sangre siento/ cada vez que me olvido de la muerte!/ Pero sucede que ella no me olvida”. Estos versos, pletóricos de exquisito dolor adolescente, pertenecen al primer libro que publicó María Elena Walsh, Otoño imperdonable, en 1947. Prologaban, con la energía desmesurada de los primeros pasos, la obra de una artista genial, tan fuera de serie que todo lo que tocaba –poesía, narrativa, música, dramaturgia– devenía inmediatamente en oro. Tan fuera de serie es –en presente, porque su inmenso legado no admite el pretérito– que considerarla un “icono nacional, “prócer cultural”, “blasón de casi todas las infancias”, “un mito o patrimonio de la Argentina”, es recitar –de memoria– una seguidilla de lugares comunes de la lengua contra los que ella luchó hasta pulverizarlos. La muerte no se olvidó de ella. Aunque se deseó que la noticia se hiciera humo, como un mal presagio, ayer murió María Elena o la Walsh –como prefiera cada lector–, a los 80 años, “luego de una prolongada internación y como epílogo de padecimientos crónicos que la aquejaban”, según indicó el parte emitido por el Sanatorio de la Trinidad.
La muchacha que alguna vez se definió como “desabrida, limpia y chúcara” nació en “cuna de oro” el 1º de febrero de 1930, en Ramos Mejía. Su padre, Enrique Walsh, era un alto empleado de los ferrocarriles, “un anglo-argentino enamorado de Dickens y fabuloso músico autodidacto” que tocaba muy bien el piano. Su madre, Lucía Elena Monsalvo, descendía de andaluces. En la tranquila población de la línea del Oeste, la niña trovadora crecía con el abono ideal: infancia de clase media ilustrada, rodeada de libros y de cine. Entre sus fantasías más secretas –confesaría muchos años después, cuando ya era María Elena Walsh y se arrimaba a la orilla de lo que se llama un clásico– se imaginaba cantando y bailando en un escenario, como en las “maravillosas” comedias musicales que admiraba, las de Ginger Rogers y Fred Astaire. En el aula de sus recuerdos brillaba la alumna aplicada, amiga atenta de los árboles y las gallinas, y del pastito que brotaba entre los ladrillos de las antiguas veredas, las mismas que evocó en una de sus canciones, “Fideos finos”. En ese ambiente de libertad, el oído se afinó con las canciones tradiciones inglesas para niños que su padre le cantaba. Ahí comenzó a meter manos a la obra gracias a las construcciones verbales del nonsense británico.
Dueña de un pudor victoriano que se confundía tal vez con timidez, María Elena se plantó, incorregible en su rebeldía, cuando a los 12 años decidió ingresar a la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Allí conoció a la fotógrafa Sara Facio, quien con los años se convertiría en su “gran amor, ese amor que no se desgasta sino que se transforma en compañía perfecta”, como se lee en su última novela autobiográfica, Fantasmas en el parque, publicada en 2008. En 1945, con tan sólo 15 años, apareció su primer poema, titulado “Elegía”, en la revista El Hogar, y también escribió para el diario La Nación. Dos años después, en ese 1947 dolorosamente inolvidable, murió su padre al mismo tiempo que publicaba el poemario Otoño imperdonable, que recibió el segundo Premio Municipal de Poesía. Una lluvia de elogios coronó a la “joven promesa”. Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Silvina Ocampo y Juan Ramón Jiménez celebraron ese primer libro.
Cuando se recibió de profesora de Dibujo y Pintura, enfiló con una beca para la Universidad de Maryland (Estados Unidos), invitada por Jiménez, el autor de Platero y yo. Los seis meses que permaneció junto al poeta fueron una experiencia traumática. Inolvidable, en el peor de los sentidos. “Cada día tenía que inventarme coraje para enfrentarlo, repasar mi insignificancia, cubrirme de una desdicha que hoy me rebela –escribió Walsh en un texto publicado en la revista Sur, en 1957–. Me sentía averiguada y condenada. Suelo evocar con rencor a la gente que, mayor en mundo, tuvo mi verde destino entre sus manos y no hizo más que paralizarlo.”
De regreso en Buenos Aires, consiguió la medicina para superar ese mal trago junto a Jiménez. Volvió a escribir ensayos en diversas publicaciones y frecuentó los círculos literarios e intelectuales. “Como a sus vanas hojas/ el tiempo me perdía./ Clavada a la madera de otro sueño/ volaban sobre mí noches y días.” Otra vez llegó un libro, el segundo poemario, Baladas con Angel, editado en un mismo volumen con Argumento del enamorado, de Angel Bonomini, quien entonces era novio de María Elena. No todo iba viento en popa, aunque pocos lo pudieran percibir. No soportaba las presiones familiares ni de la sociedad. Para ella el peronismo era una “dictadura”. Necesitaba un cambio, respirar otros aires. La aventura arrancó con una carta que sería el principio de una asociación artística y amorosa. La tucumana Leda Valladares, que entonces se encontraba en Costa Rica, la tentó con una propuesta: juntarse en Panamá para rumbear juntas hacia Europa. En el barco Reina del Pacífico, María Elena se probó el traje de cantante. Días y noches su voz se fue fogueando con las zambas de Yupanqui y los hermanos Abalos; cantó chacareras, bagualas y vidalitas anónimas, al son de los instrumentos de la compañera tucumana. Instaladas en París en 1952, en el Hôtel du Grand Balcon, una desvencijada pensión de artistas, la dupla fue eclipsando los escenarios parisienses con su exótico repertorio de canciones folklóricas. El dúo llegó nada menos que al famoso cabaret Crazy Horse. Pablo Picasso, Jacques Prévert y Joan Miró estuvieron entre su fascinado público. Las muchachas compartieron camarín con Charles Aznavour, por entonces un simple debutante.
En la “ruta a la libertad”, en la París donde se codeó con la chilena Violeta Parra y grabó sus primeros álbumes –Chants d’Argentine (1954) y Sous le ciel de l’Argentine (1955), con canciones de tradición oral del folklore andino argentino–, empezó a escribir su primer libro para chicos, Tutú Marambá. Leda & María Elena volvieron a la Argentina en 1956 y pronto salieron de gira por el noroeste argentino. Después grabarían los dos primeros álbumes en el país, Entre valles y quebradas vol 1 y Entre valles y quebradas vol 2, ambos de 1957. Canciones de Tutú Marambá (1960) incluye las primeras canciones que harían famosa a María Elena: “La vaca estudiosa”, “Canción del pescador”, “El Reino del Revés” y “Canción de Titina”. El espectáculo musical-dramático para niños concebido por el dúo, Canciones para mirar, se estrenó en el Teatro San Martín en 1962. A partir de doce canciones, Leda y María irrumpían en el escenario vestidas como juglares mientras los actores –Alberto Fernández de Rosa y Laura Saniez– representaban mímicamente, entre otras, “La Pájara Pinta”, “Canción del estornudo” y “La mona Jacinta”. La sociedad parió un nuevo espectáculo más, Doña Disparate y Bambuco, dirigido por María Herminia Avellaneda, donde aparecieron el Mono Liso y la tortuga Manuelita, el personaje insignia del universo infantil amasado por Walsh.
Antes de la separación de María Elena & Leda, hubo un último disco, Navidad para los chicos (1963). Etapa creativa y amorosa cerrada, publicaría un puñado de libros para chicos –El reino del revés (1964), Zoo loco (1964), Dailan Kifki (1966), Cuentopos de Gulubú (1966) y Aire libre (1967), que consolidó el universo infantil que MEW construyó en la década del ’60. Desde entonces, las infancias de millones de argentinos estarán enlazadas por una liturgia inoxidable.
Narradora del disparate, “milagrera” a la hora de expandir el humor y el absurdo, irreverente hasta lo inconcebible, además de irónica y satírica, no habrá otra igual. La genia MEW, como si fuera una hechicera, tenía una pulsión poética extraordinaria. En la matriz de su escritura está la poesía. En el prólogo de Hecho a mano, su poemario para adultos de 1965, está la clave. “No sé, yo solamente versifico/ pura conversación a mi manera”, decía. Las etapas, del folklore a las canciones para chicos, pasaban. La poesía siempre quedaba. En el ’68 arrancó con sus recitales unipersonales para adultos, Juguemos en el mundo, que fue disco también y en 1971 se transformó en una película en la que actuó, dirigida por Avellaneda. Ese espectáculo-disco incluía la emblemática “Serenata para la tierra de uno”: “Porque me duele si me quedo,/ pero me muero si me voy/ con todo y a pesar de todo/ mi amor yo quiero vivir en vos”.
A la Walsh –opción que suena mejor para repasar sus intervenciones públicas– le encantaba levantar polvareda. La bandera que se enarboló como símbolo de libertad y coraje fue el artículo que publicó en 1979 “Desventuras en el País-Jardín de Infantes”, cansada por la censura y las prohibiciones de películas, programas de televisión y libros. Ya estaba retirada de los escenarios; dictadura, terror y espanto trajeron el parate artístico en 1978. Esa pieza contra la figura del censor merece ser revisada y discutida sin menoscabar la importancia capital que tuvo. Un párrafo de los menos recordados legitima sin artilugios lingüísticos el accionar de la represión y convalida la teoría de los “dos demonios”. “Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos –señaló en ese texto–. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.” Ante la posibilidad de implementar la pena de muerte en el país, en 1991 escribió un poema demoledor: “Cada vez que se alude a este escarmiento, la Humanidad retrocede en cuatro patas”. La Walsh no sintonizaba con el imperativo de la “corrección política”. Una de sus últimas intervenciones más criticadas fue cuando –en 1996– invitó a la Carpa Blanca docente a retirarse de la plaza “por autoritaria e inofensiva”.
Su primera novela para adultos, Novios de antaño, fue publicada en 1990, el mismo año en que recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, cuando ya era –desde 1985– Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En 1994 se recopilaron las canciones completas para niños y adultos bajo el título Las canciones; toda su obra literaria ha sido reeditada por Alfaguara y sus libros han sido traducidos al inglés, francés, hebreo, italiano, finés, danés y sueco. En una de sus últimas entrevistas con el suplemento Radar habló de su reconciliación con el peronismo. “Al ver los manejos de la Revolución Libertadora recapacité sobre todo lo que había sido la obra del peronismo, aparte de sus manejos, así, represivos, digamos. Me di cuenta de lo que había representado para el pueblo, que es mucho. Años después viajé por el interior y la única escuela que había y el único puente eran restos de esa época del peronismo.” Se burlaba, en esa entrevista, sobre lo que le generaba la palabra “póstumo”. La pensaba como “una especie de chiste”. Y confesaba que le gustaría ser recordada “como alguien que quería dar alegría a los demás”. La vida sin María Elena tiene un gusto amargo. Entre risas y lágrimas, dos sentimientos que no son incompatibles, los argentinos la despedimos, emocionados: “¡Gracias, maestra, por tanta alegría!”.

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