11/10/11

La tarde de un escritor


Desde que una vez vivió convencido, durante casi un año, de que había perdido el habla, cada frase que el escritor anotaba, y con la que incluso experimentaba el arranque de una posible continuación, se había convertido en un acontencimiento. Cada palabra no pronunciada pero hecha escritura traía las demás, y él respiraba sintiéndose de nuevo unido al mundo; únicamente con uno de esos apuntes logrados empezaba el día para él y entonces se encontraba a salvo, o así lo creía, hasta la mañana siguiente.  

Peter Handke
La tarde de un escritor

 

Carlos Altamirano: “Kirchner trae una visión estilizada de los años ‘70”

Por José Natanson
Publicado en PAGINA 12

Como tantos otros, Carlos Altamirano pasó del sueño revolucionario a un progresismo moderado, del maoísmo al reformismo. Investigador del Conicet, profesor de la UBA y de la Universidad de Quilmes e integrante de la redacción de la revista Punto de Vista, Altamirano analiza en diálogo con Página/12 la relación de Néstor Kirchner con la experiencia de los ‘70. “Esta versión de los ‘70 es una versión más relativa a la memoria y a la identidad que a la historia efectiva. Es una corriente que se conecta con su pasado y produce una rememoración de ese pasado en torno a esta visión en la que, por ejemplo, (Mario) Firmenich no tiene ningún lugar. Es una versión estilizada y depurada”, asegura Altamirano.

Partiendo de un concepto de Juan Carlos Torre, usted dividió al país entre dos esferas –la peronista y la no peronista– a partir de las cuales explicó el desarrollo de la crisis del 2001. Después de seis meses de gestión de Kirchner, ¿cree que se puede seguir hablando de dos esferas diferentes?
La incorporación de Kirchner ha cambiado la representación que uno podía hacerse de las cosas. Hace un par de años, Alan Pauls, en un artículo muy divertido y agudo, pensaba el peronismo a partir de una película de ciencia ficción de los ‘60, “La mancha voraz”: una mancha, de origen extraterrestre, se expandía a costa de los objetos que encontraba en su camino. Este proyecto de la transversalidad tiene algo de eso. En el peronismo de izquierda, y evidentemente Kirchner está inscripto en esta tradición, siempre tuvo vida una idea cuya fórmula acuñó Jauretche en los ‘50: barajar y dar de nuevo. El supuesto era que el modo en que se habían distribuido las fuerzas políticas no había sido bueno, que las cartas no se habían distribuido bien. Había nacionalistas que se habían puesto contra el pueblo y socialistas que habían estado contra la nación. Jauretche decía que había que poner en comunicación las fuerzas de la izquierda con las fuerzas nacionales. Esta idea siempre apareció en el interior de la izquierda peronista, que fue, hasta los ‘70, un actor más ideológico que político. Y en la transversalidad está presente esta idea de redistribuir el modo en que se han dividido las fuerzas políticas. Sobre todo al comienzo de la gestión de Kirchner se vieron pasos que tenían el sentido de recomponer o estimular otro modo de distribución de las fuerzas.

¿La idea es producir un reagrupamiento?
Sí. En la Argentina la izquierda, al menos la izquierda reformista, tiene dos alas. Una socialdemócrata, con base en los socialismos o en sectores intelectuales o de clases medias más o menos independientes. La otra es nacional popular, con estribación en el peronismo. Uno podría descifrar algunos movimientos de Kirchner, como la alianza con (Aníbal) Ibarra en la Capital, como una búsqueda de comunicación con este otro sector de izquierda, centroizquierda o progresismo, que no procede de las filas peronistas ni de la cultura nacional popular.

¿En los ‘70 se produjo esa articulación?
Sí, pero en torno a un pensamiento y una estrategia asociadas a la teoría y la práctica del partido armado.

La apelación kirchnerista a los ‘70 es explícita y se da también en la incorporación de figuras con protagonismo en aquella época, como Eduardo Luis Duhalde o Miguel Bonasso. ¿Esa apelación es consecuencia de este reagrupamiento social o tiene un sentido simbólico extra?
Primero, me parece importante aclarar que esta versión de los ‘70 es una versión más relativa a la memoria y la identidad que a la historia efectiva. Es una corriente que se conecta con su pasado y produce una rememoración de ese pasado en torno a esta visión en la que, por ejemplo, Firmenich no tiene ningún lugar. Es una versión estilizada y depurada. Está destinada a constituir una identidad, y tiene por lo tanto un valor simbólico importante. Se conecta con un clivaje de orden generacional. Bielsa, Bonasso, todos tienen más o menos la misma edad. Es el peronismo que se retiró de la Plaza el primero de mayo de 1974. La identidad en torno a la cual se constituye este peronismo neocamporista se funda en la idea de que el verdadero peronismo era el portado por los jóvenes de los ‘70, y que el elemento armado fue contingente y en general un error.

El sociólogo Marcos Novaro sostuvo que los dirigentes del progresismo sufren porque el peronismo ocupa el espacio que supuestamente ellos deberían representar. En los ‘70 la izquierda, o una parte importante, aceptó esa realidad y jugó dentro del peronismo. ¿Está sucediendo lo mismo ahora?
Sí, con una diferencia: este gobierno no solicita la identificación peronista de sus simpatizantes. No dice que para apoyarlo deben cantar la marcha o adherir a la mitología peronista. De hecho, la iconografía peronista no ocupó ni ocupa un lugar relevante. En cualquier caso, es efectivamente un viejo problema, que no se plantea sólo después del ‘45. Ya el socialismo había sufrido por el hecho de que buena parte de las clases populares que teóricamente debían adherir a ellos adherían al radicalismo. Esto es así porque en la Argentina los actores políticos no se constituyen a partir de los clivajes de clases sino que dan lugar a movimientos interclasistas. Esto, por ejemplo, pone en dificultad a la burguesía, y por eso la fórmula de John William Cooke: “el peronismo es el hecho maldito del país burgués”.

La idea es que ni el peronismo ni el radicalismo respetan los clivajes de clases: ¿Kirchner forma parte de esta tradición?
Claro. En el caso de Menem había hecho una fusión interclasista, con una figura más tradicional en Latinoamérica, la de las fuerzas conservadores de bases populares. Era novedoso el modo en que se habían combinado los elementos, pero el tipo de movimiento no era nuevo. Incluso en la Argentina, el Partido Conservador era en muchas provincias un partido popular y populista. En Kirchner, lo novedoso está en el papel de las clases medias. Son las que fueron ganadas en primer término por el discurso y la acción del Gobierno. Kirchner, por ejemplo, no fue a la CGT. Menem sí. Y la agenda de temas, la Corte, los derechos humanos, la lucha contra la corrupción, es el repertorio de las clases medias urbanas. Hablando abstractamente, quizás haya habido otros episodios en los cuales las clases medias y populares hayan sido puestas en conexión. Hay un momento en los ‘70. Pero la gravitación de la columna vertebral era formidable, tenía que ver con el lugar central de la clase obrera en el capitalismo de esos años. Eso hoy no está.

Kirchner interpela a las clases medias urbanas, al votante progresista. Sin embargo, también consiguió –y se preocupa por cuidar– el apoyo del peronismo tradicional.
Ha logrado una política de compromiso. Estaba obligado a buscar su consolidación como presidente reconocido por el peronismo. Eso queda claro en su alianza clave con Duhalde. Era inevitable que se moviera en esta dirección, dado el modo en que accede a la presidencia, por obra de una especie de carambola política. Uno lo ha visto interpelar directamente a la opinión, que es la opinión de clases medias. Tomó buena parte de las expectativas y del atractivo del Frepaso, que había logrado activar y luego representar a esos sectores. Kirchner asumió ese legado en disponibilidad. Y por otro lado dio una serie de pasos destinados a consolidarlo como presidente reconocido por el peronismo. Es un presidente que procede del peronismo, pero no actúa como un presidente peronista.

¿Cree que es posible construir un partido transversal que articule con Kirchner sin sumarse al peronismo?
Es difícil. El problema no radica en que el peronismo absorba todo elemento que tenga por adelante o todo aliado sino en definir una agenda que le dé sentido a una fuerza de este tipo. Es un problema político ideológico, porque estamos frente a un gobierno muy activo, que produce acciones permanentemente y que obliga a toda fuerza política a definirsefrente a las disyuntivas que crea. De todos modos, hay algunos aspectos de la acción en la esfera oficial en la que es posible marcar diferencias.

¿Cómo cuáles?
Temas puntuales. La actitud frente al gobierno de Uruguay. Batlle es un reaccionario, eso está claro. Pero hay una imagen de la Argentina arrogante, que irrita no ya al gobierno sino al pueblo uruguayo. Hay que tener en cuenta la sensibilidad. Ese tipo de presión, independientemente de la causa, que por supuesto es justa y hay que tramitar, puede asociarse fácilmente con la mala imagen de los argentinos en Latinoamérica: la arrogancia. Lo mismo con la retórica del Gobierno en relación con algunos temas económicos: es inútilmente desafiante, irritante sin necesidad. Los desafíos frente a los poderosos del mundo se ejercitan a veces mediante un exceso de retórica confrontativa que no es necesario ni deseable. Cuando estaba en Malvinas, Menéndez dijo: “que venga el Principito”. Una vez que uno dice esa frase, o muere con las botas puestas o se pega un tiro. Es mejor no decirla. Yo fui maoísta, y Mao decía que no conviene provocar al tigre con la vara corta.

17.02.2004

10/10/11

Genio y figura

Por Horacio Verbitsky
Publicado en PAGINA 12

Estuvo con Menem, Duhalde, Kirchner, y ahora de nuevo con Duhalde. ¿Cuál es su pensamiento económico? –le preguntó ayer La Nación a Martín Redrado.

–La respuesta la dio Néstor Kirchner una vez que Horacio Verbitsky le hizo esta pregunta. Quizás es feo que lo diga uno, pero “es porque Martín sabe” –contestó el candidato duhaldista en la Capital Federal.

No sólo “es feo que lo diga uno”. Sobre todo es falso de toda falsedad. Es la tercera vez que registro esta afirmación, en la que Redrado usa mi nombre para justificar sus piruetas de saltimbanqui. Cuando Kirchner rechazó las condiciones que intentó imponerle De Prat Gay y designó a Redrado para sucederlo al frente del Banco Central, escribí que había escogido a un militante del poder. Esto fue lo más suave que se dijo de él, cosa que me fue recriminada por enardecidos militantes populares de la primera hora posterior a la victoria. Pero aun así, Redrado se sintió incómodo, supongo que no por la frase en sí sino por la fantasía que desde entonces me tomaba por hombre de consulta del presidente. Me dio entonces una larga explicación que concluyó con una pregunta: “¿Por qué mejor no decís que recurren a mí por mi eficiencia?”. Lo escuché en silencio y me despedí con una sonrisa. A la vuelta de los años constato que su poder de persuasión alcanza por lo menos a sí mismo. No dudo de que este hoy ex militante del poder está convencido de que Kirchner me dijo esas palabras, con las que hoy se consuela de su espantoso presente político, como estandarte de lo peor de un pasado que se esfuerza en vano por eludir su destino de sepultura.

9/10/11

Martín Redrado: "Hay que corregir a tiempo o se viene un segundo gobierno de Menem"

Por Florencia Donovan
Publicado en LA NACION

Martín Redrado llega una hora tarde a la entrevista. La campaña, se excusa, lo tiene de un lado a otro. El candidato a diputado por la Ciudad de Unión Popular dice, después de todo, que el partido se juega hasta el minuto 45, y que aspira a llegar al Congreso para "marcarle la cancha a este gobierno que tiene muchas características de autoritarismo".

Estuvo con Menem, Duhalde, Kirchner, y ahora de nuevo con Duhalde. ¿Cuál es su pensamiento económico?
La respuesta la dio Néstor Kirchner una vez que Horacio Verbitsky le hizo esta pregunta. Quizás es feo que lo diga uno, pero 'es porque Martín sabe'. Después de la crisis de 2008, todos somos keynesianos: creemos que el Estado debe intervenir, pero de manera eficiente. Divido el mundo entre los economistas keynesianos consistentes y los inconsistentes. Los primeros somos aquellos que sabemos gestionar y financiar un crecimiento con sustentabilidad; los inconsistentes son los que prometen hacer de todo sin pensar en cómo se financia. Lo que marcó mi pensamiento económico fue el libro El Humanismo Integral de Jacques Maritain, también la doctrina social de la Iglesia, el principio de subsidiaridad del Estado, es decir, el Estado debe estar donde los privados no pueden pero debe ser la actividad privada la que lleve adelante la economía. ¿Por qué trabajé con distintos gobiernos? Porque creo que la Argentina puede más, y a uno le dan un espacio de trabajo. Con Menem, me hago responsable de lo que hice en la Comisión de Valores; con Duhalde, en la Secretaría de Comercio Internacional, y con Kirchner, en el Central. Siempre tuve un enfoque práctico, de gestión.

Hoy se critica al Banco Central por no bajar la inflación, pero en su gestión también había una inflación de dos dígitos?
Lo dijimos como lo dice un presidente del Central, por sus escritos. Siempre dije que los problemas de inflación no son sólo del Central. En un mercado en donde el crédito es sólo el 11%, la política monetaria se sienta en el asiento del copiloto; la política fiscal, de ingresos y salarial, todas deben converger. [Ben] Bernanke dijo que la gente pide muchas veces cosas que están fuera da la provincia del banco central. Entonces digo, con respecto a la inflación, no me miren a mi.

Pero en sus programas monetarios fueron expansivos.
Ninguno fue más alto del crecimiento del producto bruto nominal; nuestra visión fue mirar la demanda de dinero que tenía el público. Sí fue una política monetaria que no ahogó el crecimiento. Yo definí nuestro periodo como de transición, que lamentablemente terminó siendo ahora como una rueda de auxilio del financiamiento público. Quizás se me ponga el rótulo es de gradualista. Pero una de las cosas que hicimos fue no mostrarnos como una isla, sino ver el momento histórico que vivía la Argentina.

También fue en su gestión que se inició el financiamiento al Tesoro con ganancias del banco.
La política monetaria debe ser anticíclica. Uno debe mirar el periodo entero: los primeros tres años nuestros son de fuerte capitalización y baja distribución de utilidades. Y luego cambiamos en 2008 y 2009, en medio de la crisis. En la función pública uno debe tener un buen respaldo técnico, pero después está el juicio del hacedor de las políticas. La diferencia con lo que se hace ahora es que no distribuí sobre la valuación de los títulos del banco; siempre los contabilizamos a valor de mercado. Lo que hicimos fue distribuir por diferencia de tipo de cambio, porque a mi juicio el valor nominal del dólar no volvía hacia atrás. Lo que no disputo es que hicimos política anticíclica: guardamos en las épocas de vacas gordas, lo que hizo que después se salvara el país en 2009.

Hoy de nuevo está el fantasma de una crisis. ¿Puede suceder?
En 2009 tuvimos una tasa de inflación verdadera del 13,5% y una tasa de devaluación de 10%. Diría que en nuestra gestión no hubo en Banco Central anti inflación, pero tampoco pro inflación. Desde 2010 hay un Central, junto con el resto de la política económica, que es pro inflación. Nosotros fuimos un dique de contención. Este dique se rompió en 2010 y entonces hay una tasa de movimiento cambiario de 4,57% y costos que empiezan a 20 y 25%. Empieza a haber un problema de tipo de cambio que está generando esta corriente de dolarización. Esto se puede corregir, pero cuanto más tiempo transcurra... Hay que corregir antes de que tengamos un segundo gobierno de Menem.

¿Cree que es inevitable una devaluación?
Cuando uno mira la oferta de dólares del año que viene y la demanda dice: al país le faltan dólares. Se pueden generar dólares con un contexto proinversión, con diálogo con el mundo, y con una política de crédito que elimine el factor discrecional que tiene hoy la política económica. Leí algunas de las defensas oficiales en materia de inversión, que marcan un crecimiento de 23% en 2010, pero no dicen que un 15% es construcción, que no es inversión productiva sino un refugio de valor, porque la gente no sabe qué hacer con la plata. La Argentina tiene un bajo nivel de inversión para el ritmo de crecimiento que pretende.

Economistas dicen que mientras la soja siga así, aún si el Gobierno no modifica nada, la economía no explota.
Las cosas no van a explotar, pero pueden tener un cimbronazo. Una soja de entre US$ 400 y 450 no alcanza para cubrir las necesidades de dólares, tanto por un déficit comercial, como por la demanda de dólares, que depende de la incertidumbre pos electoral.

Pero no ve una crisis.
No porque algo que se ha hecho bien en estos años es que tenemos un nivel de deuda mucho menor, y hemos evitado el descalce de monedas. El sistema bancario tiene activos en pesos y pasivos en pesos, por lo que un movimiento cambiario sin duda genera una redistribución de ingresos pero no un crac en sí mismo.

Muchos dicen que en las primarias se votó con el bolsillo. ¿Es que percibe que la oposición no tiene un plan para contener las distorsiones de las que habla?
En algunas cosas no hubo espacio para las propuestas o para el debate. Frente al 23 de octubre, vamos a buscar ponerle límites al poder absoluto; este es un régimen con características de autoritarismo. Bajo el velo un régimen parlamentario, lo que primero que se va a plantear el 11 de diciembre, es la idea de eternizar el régimen. El partido no está terminado, hay que transpirar la camiseta hasta que suene el silbato en el minuto 45. Y espero tener un gobierno que tenga, lo que no demostró hasta ahora, y es capacidad de discusión. Porque nadie tiene la verdad absoluta.

En estos días se plantea un contexto internacional complicado, ¿qué puede pasar?
Los tres principales motores de la economía mundial se apagan. El principal desafío que tenemos es la administración de los flujos de capitales, tanto los que ingresan como los que salen en tiempos de pánico, como tenemos algunos días. Tenemos el riesgo de un mundo más proteccionista. Vivimos hasta ahora de los dólares comerciales y el gran desafío es cambiar la sintonía de dólares comerciales, que van a ser menos, por los dólares de inversión. La ventaja que trae esta economía con claroscuros en el mundo es que tenemos tasa de interés cero, por el futuro inmediato y mediato, porque no hay presiones inflacionarias, salvo en alimentos, pero en un contexto de más bajo crecimiento en el mundo...

Pueden bajar también...
Exactamente. Los precios que vimos en el primer semestre de 2011 no los vemos más. En términos de lo que produce la Argentina, ahí está el desafío.

En Europa se habla de seguir el ejemplo de la Argentina y nos retrotraemos a Duhalde. La realidad es que el clima de inversión todavía está teñido por algunas medidas que el ex presidente tomó?
No hay que personificar. El mundo no se refiere tanto a la devaluación, sino a que el peso del endeudamiento es insostenible. Lo que muchos dicen es que al final el default, que no lo hizo Duhalde, no es una mala opción. Y la Argentina hizo con Kirchner y Lavagna la reestructuración más exitosa de deuda que le permitió bajar el costo de endeudamiento. Igual no recomiendo el default para ningún país, porque sabemos lo que es la situación de anarquía que se vive después de eso. A mi juicio debe ser más a la uruguaya que a la Argentina la solución del tema de deuda. La desconfianza del mundo con el país creo que viene después, con la discrecionalidad de la política económica.

Crisis económica y terror social

Por Ricardo Forster
Publicado en PAGINA 12


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Un fantasma recorre el mundo... el fantasma de la crisis económica que amenaza con hacerle un inmenso daño a la supuesta invulnerabilidad del capitalismo global. Como un aquelarre en el que todo se enloquece, cada día los habitantes atribulados de una época de convulsiones impredecibles nos levantamos a la espera de noticias que, por su contenido abrumador e indescifrable, nos lanzan a un sentimiento agudizado de intemperie. Poco y nada queda de esa eternidad prometida por los cultores del fin de la historia asociado a la consolidación definitiva de un sistema estructurado alrededor de la economía mundial de mercado y políticamente articulado con la forma liberal de la democracia. Lejos de la impunidad desplegada a partir del derrumbe estrepitoso del bloque soviético, el capitalismo, en su fase neoliberal, muestra sus tremendas grietas pero lo hace de una manera que no deja de expresar su mefistofélica astucia allí donde la manipulación de las informaciones y la proliferación de noticias que anuncian la llegada del caos no tienen otro cometido estratégico que multiplicar el horror paralizante en las sociedades asoladas por la llegada apocalíptica de la crisis.
“Cuanto peor, mejor”, decía un economista vernáculo de ojos azules y saltones con un leve dejo psicopático, y lo decía porque estaba convencido de los efectos destructivos de una crisis capaz de atemorizar de tal modo a la población como para ponerla a disposición de las alternativas pergeñadas por los mismos causantes y aceleradores de la crisis. El miedo social lejos de habilitar experiencias libertarias, populares y emancipatorias acaba por abrirle el paso a las peores “soluciones”. La convertibilidad nació de las brutales consecuencias dejadas por la hiperinflación. El daño que dejó en el país ha sido inconmensurable: destrucción del aparato productivo, crecimiento exponencial de la desigualdad, concentración inédita de la riqueza en cada vez menos manos, aumento brutal de la pobreza y de la indigencia, desguace del Estado, eliminación de derechos sociales, fragmentación social, apropiación especulativa de los fondos jubilatorios, exclusión, desempleo y muchas otras plagas que dejaron a la Argentina en bancarrota económica, política, moral e institucional. Remontar esa caída en abismo costó un enorme esfuerzo combinado con una voluntad política decidida a enfrentar las estructuras del poder real, el mismo que se benefició con la hiperinflación y con el nefasto invento del menemismo. No olvidar nuestra propia experiencia es un modo de aprender a leer con espíritu crítico y alerta la estrategia de shock que busca imprimirle el establish-ment financiero y la derecha a una crisis que, más allá de su profundidad, tiene como correlato deseado por ese mismo poder la ampliación de sus ganancias y la manipulación, vía el aparato mediático, de la opinión pública.


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La crisis económica que se despliega con particular virulencia en los países centrales parece estar lejos de su declive y, por el contrario, el aceleramiento y la profundización de sus peores consecuencias amenazan con ser los rasgos prevalecientes en medio de una aguda situación de incertidumbre que puede extenderse a la economía mundial. Sin embargo, y esto más allá de la complejidad de la situación que se escapa a una aprehensión acabada de sus posibles implicancias, lo que también aparece como un rasgo típico de este contexto opaco es el aprovechamiento que el capitalismo concentrado, especulativo-financiero, hace al expandirse la lógica del miedo y del shock traumático que se desparrama sobre poblaciones desconcertadas y en estado de pánico ante lo que no comprenden y que se asemeja más a una tormenta desencadenada por los dioses dormidos que por la acción de hombres de carne y hueso que manejan, a discreción, los resortes de la vida económica y política de sus sociedades. Ciertas expresiones y prácticas de los “indignados” se relacionan con esa incredulidad ante lo que no se entiende. Eludiendo la dimensión política no se hace otra cosa que profundizar la incapacidad social de cuestionar el modelo económico que, centrado en la más feroz de las especulaciones, viene determinando la marcha del mercado mundial. De ahí la importancia decisiva que adquirió, en Sudamérica, no sólo la puesta en cuestión del neoliberalismo sino, acompañando esta crítica, la recuperación y la revitalización de la política (asociada también a una reconstrucción del Estado) como instrumento básico a la hora de disputar hegemonía.
Poblaciones que durante las últimas décadas desaprendieron, a ritmo acelerado, lo que significa el Estado como ente regulador y como instrumento de protección de la ciudadanía, y en especial de los sectores más débiles y vulnerables, ante el avance sistemático de las corporaciones privadas que, en pos de su rentabilidad y maximización de la tasa de ganancia, arremeten contra los intereses colectivos y contra la propia gramática de lo público amplificando las supuestas mieles de la estructura privada y privatizadora del capital-liberalismo. Esas poblaciones no encuentran el modo de salir de la pasividad y de la despolitización incentivadas por un sistema que hizo del acceso al consumo su núcleo articulador de la subjetividad contemporánea. Un consumo, en muchos casos desenfrenado, que acabó por darle forma a un hiperindividualismo en el que cada quien se bastaba a sí mismo y cerraba las vías de contacto y comunicación con los demás amplificando la extraña coincidencia de una sociedad de masas consumidoras estalladas en su proliferación de mónadas supuestamente autosuficientes.
Homogeneidad del gusto y el consumo y fragmentación de la vida social constituyen las formas prevalecientes en esta etapa del capitalismo y se convierten, a la vez, en la mayor traba para salir a darle batalla a un sistema que amenaza con arrojar de ese mismo mercado a quienes, hasta ayer nomás, atraía con todo tipo de seducciones. Reconstruir colectivos sociales con capacidad de disputar poder es, quizás, el mayor de-safío al que se enfrentan sociedades capturadas por la gramática de la alienación consumista y el individualismo. La década del ’90, entre nosotros, fue la mejor expresión de esa metamorfosis social que habilitó la sistemática destrucción de trabajo, industria, vida social y política. Europa, hoy, atraviesa, grosso modo, una situación muy semejante a la nuestra aunque con las características propias de un continente asociado a un bienestar inédito en nuestras latitudes. La horadación producida en lo profundo del tejido social por el reinado de los valores neoliberales constituye el peor de los venenos a la hora de intentar torcer el rumbo de un sistema que no duda en aplicar políticas de ajuste brutal.
Desmontaje material y simbólico del Estado de Bienestar que, a un ritmo que se aceleró en los últimos años, se correspondió con la proyección impúdica de la inverosímil concentración de la riqueza en cada vez menos manos (un puñado de multimillonarios son dueños de una renta equivalente a la de 148 países y, en un informe algo atrasado de las Naciones Unidas –la cosa ahora es peor todavía– se decía que no más de 50 personas físicas eran poseedoras de la mitad de la renta del total de la humanidad). A mayor crisis y desolación democrática, mayor desigualdad y ampliación exponencial de la concentración del capital. De la brutal crisis desatada en el segundo semestre de 2008 los únicos vencedores han sido sus principales causantes: los bancos y las entidades financieras que recibieron extravagantes sumas de dinero para tapar los agujeros negros que sus propios manejos especulativos y construidos sobre el más absoluto de los engaños generó en el interior de sociedades que parecían disfrutar de regalías infinitas. Los ciudadanos de esos países hoy son testigos, la mayoría de ellos incrédulos y sin herramientas conceptuales para intentar comprender qué sucede y qué realidad despiadada se les avecina (como ya la están sufriendo los griegos y, en gran medida, los españoles) como consecuencia de un proceso de impudicia político-económica, sustentado sobre un relato hegemónico avalado y multiplicado por los grandes medios de comunicación europeos y estadounidenses, que ha terminado por responsabilizar a los sectores más vulnerables de la población de los cuantiosos daños causados por la implementación de las políticas neoliberales. La impudicia del poder no tiene ni conoce límites.
Extraordinaria paradoja que transforma a las víctimas en victimarios, a los sujetos de derechos en supuestos privilegiados de gastos “dispendiosos” de Estados causantes, gracias a colosales agujeros fiscales, de la crisis (¿le suena conocido, estimado lector, el argumento?, ¿se acuerda de Doña Rosa y del periodista “independiente” que en aquellos años dominó la escena discursiva de la televisión?, ¿alguna relación, quizás, con los actuales colegas que se desgarran las vestiduras ante el acrecentamiento del gasto fiscal o con aquellos otros que parecen desear que los efectos de la crisis finalmente lleguen a estas costas?). Una unidad europea construida fundamentalmente alrededor de los grandes bancos y de las grandes corporaciones que terminó de hacer del euro un candado que se cerró brutalmente sobre las economías de los países más débiles. Una unidad forjada, y algunas voces se levantaron desde un comienzo pero jamás fueron escuchadas mientras duró la bonanza, alrededor del más pedestre economicismo tecnocrático y sostenida sobre el fabuloso giro de la Europa de posguerra (la que se construyó bajo los auspicios de políticas keynesianas y bienestaristas y que le dieron forma a sus “años dorados”) a una Europa pospolítica y articulada por el paradigma especulativo-financiero cuyo eje ideológico lo fue trazando, como punta de lanza de un proceso que ya no se detuvo, la entente neoconservadora creada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher (los más memoriosos recordarán las huelgas de los mineros contra las políticas reaccionarias de la premier británica y los tremendos costos sociales, políticos, culturales e ideológicos que la derrota de los mineros le trajo a la idea misma de estado de bienestar).
La enorme sagacidad del capital-liberalismo fue asociar a la mayor parte de las socialdemocracias europeas a su propagandizada y exitosa concepción del fin de la historia, la muerte de las ideologías y la llegada al puerto seguro de la economía global de mercado y lo hizo en el preciso momento en que se derrumbaba el edificio ya carcomido de la Unión Soviética y, con él, el último exponente de un orden económico que, a falta de otras virtudes estragadas por el tiempo y la infamia estalinista, había tenido la función, al menos, de impedir el dominio absoluto y abrumador del capitalismo en su forma concentrada y monopólica. Liberado de toda atadura, el sistema de la economía-mundo se fue desprendiendo, a paso acelerado, de su rostro bienestarista para mostrar, ahora sin tapujos, su rostro brutal. Los países más débiles de la cadena europea están siendo los primeros en percibir en todo su alcance las consecuencias de ese giro histórico. En Estados Unidos el crecimiento de los índices de pobreza, la desocupación de dos dígitos y la concentración de la riqueza son rasgos evidentes de lo que viene generando el neoliberalismo.
Una vez caído el Muro de Berlín, las socialdemocracias (Felipe González en España, Mitterrand y sus sucesores en Francia, Tony Blair en Gran Bretaña, Craxi en Italia, etc.) se reconvirtieron (como en la actualidad los Rodríguez Zapatero y los Papandreu) en socios putativos del modelo neoliberal y acabaron por volverse funcionales a las políticas que vendrían a desmontar el Estado de Bienestar al que tanto habían hecho por construir y defender en otro contexto de la historia europea (en particular la socialdemocracia escandinava). Tal vez por eso no resulte sorprendente que sean nuevamente los socialistas –en España y en Grecia, sobre todo– los que se están haciendo cargo del trabajo sucio. Aprendizajes de la historia que nos permiten a nosotros, sudamericanos, comprender de qué va esta extraordinaria etapa por la que están atravesando algunos de nuestros países y que se enfrenta a la lógica que predomina en esos mismos centros del poder económico mundial que hoy apelan, entre otras cosas, al aterrorizamiento de sus poblaciones como un instrumento adecuado para que les dejen operar sin anestesia.
Nosotros, después de la doble hiperinflación y de la debacle del gobierno de Alfonsín ayudada por las corporaciones económicas y por sus operadores políticos y financieros, conocimos lo que significa el terror y el estrago causado por catástrofes cuyo origen y causas permanecen al margen de la comprensión de las mayorías. La convertibilidad fue, en aquel entonces, la supuesta panacea que nos iba a resolver, de una vez y para siempre, todos nuestros problemas. Así nos fue.

8/10/11

7/10/11

Un original fruto poético

Por Jorge Monteleone
Para LA NACION

El poeta William Carlos Williams escribió: " No ideas, but in things " como un imperativo poético: "No hay ideas sino en las cosas". Situarse, como quería Francis Ponge, "de parte de las cosas"; nombrar el espesor de cada objeto, como Neruda en las Odas elementales , o transfigurarlo en un objetivismo intimista, como hizo Baldomero Fernández Moreno. La imagen es un incremento del ser objetivo del mundo, o el poema del objeto es su doble imaginario en la lengua. Hugo Padeletti escribió una espléndida serie llamada "Limones". Este libro de Guillermo Saavedra (Buenos Aires, 1960) dialoga con esa vasta tradición. Como Ponge -que escribió sobre higos, panes o jabones-, sabe que la poesía de las cosas está más cerca del diccionario que de la metáfora. Puede ser una enloquecida máquina que define, como si el poeta no viera el universo en un aleph o en una cáscara de nuez, en un solo punto o en una esfera, sino que una sola cosa es pasible de ser predicada como un todo: "Cada tomate el mundo:/ en él caben la gracia y el desorden,/ las huellas del deseo y la memoria". El poeta, lenguaraz loco de las cosas: alguien que para definir sin fin el tomate está "del tomate".
Esa particular pulsión denominadora requiere de un sistema. O, como la llama Saavedra, de una "hipótesis de music hall", especie de clasificación del objeto mediante una serie en clave rítmica y festiva, compuesta por 107 poemas de tres versos, a la manera del haiku, pero no en los habituales versos de cinco, siete y cinco sílabas, sino con diversas variantes métricas y, en algunos casos, con rima. Pero sí preservan el gesto del haiku: la concisión, la revelación, el ingenio, la impersonalidad, y esa forma pura que ilumina un vacío de sentido mediante un paradójico sinnúmero de significados. Como antes lo demostró en Alrededor de una jaula (1995), sus variaciones sobre John Cage, la ductilidad de la poesía de Saavedra crece en las variantes minimalistas, en la terca multiplicidad de lo mismo donde "lo ínfimo contiene multitudes". En las cinco secciones que encabezan sendos epígrafes, como las cinco hojitas adheridas al fruto -sus "cinco breves alas que acarician/ el aire"- el tomate se metamorfosea: en las primicias combinatorias de la gastronomía, como prenda de amor o desdicha, en otras lenguas o en el reino de la etimología, en las condiciones de su materia orgánica, en el campo de las sensaciones, como objeto privilegiado de la percepción, en su valor alegórico, en abstractas conjeturas filosóficas, en su facultad de ser otra cosa o en su obtusa materialidad de existir como tomate, tomatito, poema como cuerpo "resistente frente al tiempo", que decía Lezama.
Ese espíritu lúdico de pura objetividad se amonesta con el poema final "Epílogo del aguafiestas": el music hall se vuelve fantasmal diálogo dramático, donde un yo vagamente autobiográfico y desdoblado evoca también la muerte de la madre y se ve como en espejo cuando nombra el tomate en su "esporádica y cíclica canción". Conjuro, y a la vez certeza de que el poema registra la testamentaria "voz inútil" de un muerto en "la gratuita música del mundo".
Los poemas se acompañan con 69 dibujos del artista Eduardo Stupía: tomates en tinta negra, tomates-signo, con trazos veloces o rasgados de luz y sombra de pincel oriental, como otras formas legibles en el vacío de sentido. Del tomate , de Guillermo Saavedra, se relee con delicia: bello y gustoso libro que solicita la perfección y cuyas cubiertas, naturalmente, tienen un suave color rojo.

Del tomate de Guillermo Saavedra. Pre-Textos, 176 páginas.

5/10/11

Ignacio Ramonet: "Hoy los periodistas están poco protegidos"

Por Horacio Bilbao
Publicado en Ñ

Desde que Internet se volvió masiva, digamos, hace unos 15 años, el trabajo de los periodistas entró en una nueva dimensión. Si contar, analizar y contextualizar los hechos centrales de nuestra civilización siempre ha sido la tarea, esa tarea está cada vez más conectada, invadida, por otra impostergable, la de explorar las características de esta nueva atmósfera mediática. Expertos en arte, política, economía, deportes o cualquier otra especialidad, dividen su tiempo y libido en analizar el medio que les cayó encima, en tratar de entenderlo para terciar en esta encrucijada que por ahora no ofrece salidas claras. Lo sabe bien el semiólogo español Ignacio Ramonet, que ha pasado por la Argentina respondiendo a una metralla de preguntas. Llegó para hablar sobre las rebeliones en el mundo árabe y para difundir su nuevo libro, La explosión del periodismo. Internet pone en jaque a los medios tradicionales (Capital Intelectual) y ha andado a los saltos entre el mundo virtual y el físico para explicarse. Del laboratorio al terreno de juego, del pensamiento a las prácticas concretas. De la crisis europea a esta Argentina en la que todo se debate y cuestiona. Y todo, en una atmósfera de enorme confusión.

Su libro está atravesado por un concepto clave: la inseguridad informacional. Y para explicarlo apela a factores negativos, muchos devenidos de Internet. ¿No cree que esta inseguridad informativa, a largo plazo, puede favorecer el desarrollo de una mirada crítica de las audiencias?
Mi intención no era presentarlo ni positiva ni negativamente, sino hablar de un concepto que hasta ahora no había sido descripto, la inseguridad informativa. Hoy, cuando los ciudadanos toman contacto con la información, no están seguros de que esa información sea verdadera. No me refiero a una intencionalidad de mentir, sino a que el sistema mediático no puede garantizar en el momento que emite la información, que esa información sea verdadera. Por ejemplo, todos los días nos enteramos de que Kadafi se encuentra en tal lugar, que va a ser detenido, que al hijo de Kadafi lo dieron por detenido… ¿Quién está en el origen? No me interesa. Me interesa que la información no funciona.

¿No importa a quiénes beneficie o perjudique?
No es pertinente. Lo que me interesa es que el sistema tiene averías. No puede impedir que una información no verificada, que va a ser desmentida, llegue al público. El sistema que se dice “el más sofisticado de la historia de la comunicación”, con más tecnología, es incapaz de dar una información elemental. Eso es lo que llamo inseguridad comunicacional. Es semejante a muchas otras inseguridades. La alimentaria; consumes carne o fruta y te estás envenenando. La inseguridad, de una dimensión estructural en nuestras sociedades modernas, también existe en la información.

La erosión de la confianza se suma a la erosión de los soportes físicos –el libro habla de la información como fluido constante– y los medios enfrentan un escenario preocupante. Las respuestas que venimos dando son pobres, ¿habrá salida?
Quizá nuestro error sea pretender que una información, cuando la recibimos, ya esté perfecta. Eso es una exigencia de la era industrial, que se caracteriza precisamente porque las cosas se realizan, se fabrican, exactamente como han sido previstas. En la era digital no es así. Aunque nos choque, aunque nos escandalice, la información, cuando se difunde, es una información aproximada. Tenemos que ir perfeccionándola, interviniendo con herramientas, corrigiendo de aquí y de allá. Los propios periodistas, el sistema mediático, ya no controlan la información. En cierta medida, ya no ejercen el monopolio de la información. Hay que contar cada vez más con la información de los internautas para poder construir una información más exacta.

Es llamativo que esa pérdida de confianza en los medios no se traslade a las compañías de Internet, a Facebook, Twitter y Google, que son empresas y se están quedando con las rutas de circulación informativa. ¿Cómo ve ese nuevo esquema?
En esta fase incipiente en la que estamos, eso aún no se ve. Muchos internautas no ven que Google es una empresa, hace sus negocios, tiene sus beneficios gigantescos. Por el momento se ve el aporte de estas redes sociales. Pero yo digo en el libro que la información, en el sentido estricto de la palabra, se ha transformado en una materia prima estratégica: una empresa de telefonía gana más dinero que una petrolera. Se hace dinero utilizando esa materia prima que es la información.

Hay quienes ven en esa relación con Google o Facebook un mecanismo de dominación del tipo deleuzeano, foucaultiano, que es voluntario, no coercitivo…
Yo diría que en este momento hay una colaboración objetiva entre los usuarios y las empresas. Primero los usuarios les están agradecidos por haber inventado las herramientas que antes no existían. Esa fascinación hace que no se vea la relación de poder que varios filósofos plantearon.

Pese a las calamidades que sacuden la escena mediática, ve un horizonte de democratización de la información.
Eventual.

Destaca ideas como la de Nicholas Carr, que dice que Internet idiotiza. Si esto es así, difícilmente se vuelva más democrática, es contradictorio.
Teóricamente, Internet permite una mayor democratización del conocimiento y un uso democrático de la política. Muchas informaciones indispensables ya circulan por Internet. Entonces, teóricamente, se puede avanzar hacia una democratización del saber, del conocimiento. Ahora, las dificultades son las de siempre. Carr dice que cuanto mayor es la extensión, menor es la profundidad. El no dice que idiotiza, sino que desarrolla ciertas aptitudes. Por ejemplo, ser capaz de saltar de un tema a otro muy rápidamente. Eso imposibilita prácticamente profundizar en un solo tema... Lo que se gana por un lado, se pierde por otro. Internet es a la vez una posibilidad virtual de ir hacia una democratización del conocimiento y de la información pero también es la posibilidad de ir hacia una cretinización de la sociedad informatizada.

Y apenas pasaron 20 años…
Sería imprudente decir, como hace mucha gente, “Internet es ya una catástrofe”.

¿Quiénes serán los nuevos encargados de marcar agenda? ¿Wikileaks? ¿“Celebrities” que en Twitter tienen más seguidores que muchos medios? Pueden tener información de primera mano pero no van a contextualizarla...
Por el momento es muy confuso. Internet, digamos, es el porvenir mediático. Vamos en esa dirección. Los poderes aún funcionan con los hábitos tradicionales y aún no han aparecido nuevos medios de información en línea capaces de tener esta influencia de marcar agenda. Pero ya hay indicios. Por ejemplo, quien más marca la agenda en la política interior americana no es The Washington Post ni The New York Times. Es Politico.com, un diario digital para el que escribo. Han inventado un ritmo nuevo de hacer información, se consagran a la política del Congreso y a la actividad del Congreso y por consiguiente la información tiene un funcionamiento nuevo. Y si los medios tradicionales siguen teniendo influencia ¿por qué es? The New York Times que vende 200.000 ejemplares en una tirada, digamos, de 350.000 tiene 43.000.000 de usuarios en la Web. Esa es la masa crítica del diario. Digo que ya están surgiendo medios nuevos, específicos de la era de Internet y que están marcando agenda, pero no se puede extrapolar al resto del mundo.

¿Cuáles son los medios más afectados?
No son los periódicos, es la CNN, que tal vez vaya a desaparecer el día menos pensado; algo inconcebible el 11 de septiembre de 2001. Los periódicos no van a desaparecer, porque la sociedad seguirá necesitando información con otro ritmo, más lenta, que es lo que permite la prensa escrita, con periodistas capaces de contextualizar, que es algo fundamental para situar la noticia en tiempo y espacio. Y, por otra parte, la capacidad de que un medio escrito tenga algo que ver con un estilo literario. Los ciudadanos siempre querrán leer historias bien contadas. Hay que recordar que el público actual está mucho mejor formado que cualquier otro público de una época anterior, y está exigiendo más… Hay razones para ser optimistas.

Pero el escenario para los periodistas se volvió frustrante. El espacio para el reportaje se reduce y seduce más el documental o la publicación de libros. ¿Son alternativas reales?
Los mejores periodistas de la prensa televisada se están yendo al documental, efectivamente. Por otra parte, hoy en día, existe esta gran angustia por parte de los periodistas ya que su estatuto social se ha degradado, la situación material y social a escala internacional…

Pienso en el caso del Journal de Montreal: la redacción estuvo de paro y el periódico siguió saliendo con el aporte de los usuarios hasta que los periodistas cedieron en sus reclamos.
Es una lección, la he seguido de cerca. Resulta que cuando los periodistas recurren a la huelga, se puede hacer el diario simplemente convocando a los internautas.

¿Qué pasa con las asociaciones de periodistas, los sindicatos?
No sólo eso, también las sociedades de periodistas porque en Francia en particular, muchos periódicos, como el caso de Le Monde, donde trabajé, que se crearon en contextos como la liberación de Francia y donde los periodistas tenían un poder importante en la gestión del periódico, la crisis económica de esos diarios ha llevado a la casi desaparición del rol de esas sociedades. Por consiguiente, hoy los periodistas están muy poco protegidos.

Aquí, en la Argentina, el clima es raro: categorizaciones, eufemismos, periodistas militantes, periodistas corporativos, ¿será necesario que los periodistas definamos una posición?
Creo que el deber principal de un periodista es producir información según criterios profesionales. Hablar de periodistas militantes es una contradicción en su término, pero existe. Y también existen empresas militantes. Eso no es bueno para los periodistas, no es bueno para la relación que tiene que tener el medio con la sociedad. La sociedad necesita del periodismo. El periodismo está para desvelar lo que no funciona en una sociedad desde muchos puntos de vista. En una sociedad democrática, este tipo de debate que ustedes tienen aquí en la Argentina, surgen. Mira, Francia con toda su experiencia democrática, con todas sus precauciones, instituciones que vigilan, deontología, tiene este debate. Hay allí un sector público que depende, en cierta medida del Estado, pero siempre se sospecha que el gobierno pueda intervenir. Por otra parte hay grupos mediáticos muy importantes que defienden sus intereses empresariales y también se sospecha que lo que publican, sobre todo hablando de Francia donde los grupos empresariales son grandes grupos que trabajan para el sector militar o el de la construcción, esté relacionado con sus intereses. Este debate no es un debate argentino, si me permiten. Ocurre en todo el mundo.

Pero habrá singularidades…
Estuve en Ecuador y ocurre el mismo debate, en Venezuela este debate lleva diez años. En muchos países de América latina existían lo que podemos llamar latifundios mediáticos. Hoy en día, hay gobiernos democráticamente elegidos en perfecta legalidad que están tratando de crear un mayor equilibrio entre el sector público y el sector privado. Les restan una parte del espacio a los antiguos latifundios y esto crea un debate. Hay que verlo como un debate democrático porque hoy en día los grupos mediáticos, el Gobierno, el Estado o los periodistas, tienen interés en que se clarifique esto. El mayor interés de los periodistas es salvaguardar su derecho en dar una información que no es determinada por el poder del dinero o por el poder político.

Ha estado con Fidel Castro, con Correa, con Chávez, ¿qué transmiten con respecto a su visión de lo que debe ser la relación con los medios? Saquemos a Cuba, un caso distinto.
Sí, allí, sencillamente no hay discusión. Y yo creo que Correa y Chávez, como tantos otros dirigentes, lo que tratan de crear es un servicio público de información. Que no sean las empresas las que tengan todo el poder mediático, que tengan menos. No por ello han conseguido reducir la intensidad de los ataques contra estos gobiernos, que son democráticos. Basta con leer la prensa dominante en Venezuela. Aunque Chávez se ha sometido a once elecciones lo tratan de usurpador. El busca crear un espacio nuevo. Yo creo que eso es sano.

Crazy Clown Time

El esperado disco de David Lynch

Lecciones de democracia

Acompañado por el expresidente Fernando de la Rúa y el exjefe de gobierno Jorge Telerman, Mauricio Macri inauguró una estación del subterráneo de la Línea H. Aprovechó la ocasión para criticar el paro docente de ayer e insistir en que la reforma el Estatuto que propone eliminar las juntas elegidas democráticamente para calificar a los docentes y convertirlas en una dependencia del Ministerio de Educación de la ciudad, debe "debatirse democráticamente en la Legislatura" porteña y "no interrumpir el ciclo escolar".

2/10/11

La cámara argentina

Fue fotógrafo del diario Noticias, donde usaba la inmunidad profesional para fotografiar a la Triple A, hasta que cerraron el diario y lo intimaron a dejar el país. Entonces empezó una vida de aventura fotográfica única: fundó diarios, se infiltró entre los franquistas acérrimos, hizo reportajes en los que denunció el maltrato de los más desvalidos, fue corresponsal de guerra en Medio Oriente y hasta el primer hombre en recibir un subsidio por maternidad. Hace pocos años decidió volver a vivir en la Argentina. Y ahora presenta una retrospectiva impactante en el San Martín de todos estos años moviéndose por medio mundo cámara en mano. A los 66 años, con un hijo de meses, Carlos Bosch repasa vida y obra de sí mismo.


Por Ángel Berlanga
Publicado en RADAR

Cómo se llamará el arco voltaico que hay entre estas fotos en blanco y negro, estas fotos duras y ásperas tomadas a lo largo de cuatro décadas, y la jovialidad estrepitosa con la que cuenta de sus trabajos y sus días y sus proyectos Carlos Bosch, 66 años, media vida aquí y otra media vida en Europa. Estas fotos son las que eligió para montar la muestra del regreso, una suerte de retrospectiva que podrá verse desde el martes en la fotogalería del Teatro San Martín, y son las imágenes que aparecen y desaparecen en la pantalla de la computadora de su estudio-escritorio, convocadas para ser y sostener las historias del camino que irá recorriendo. Borde del barrio San Cristóbal, casi Boedo, casi Parque Patricios: un rato atrás, este fotógrafo extraordinario abrió la puerta de la casa antigua tipo chorizo que compró hace un par de años, cuando se vino desde España, y presentó a su mujer, Carolina, y a su hijo de siete meses; rumbo al cuarto de trabajo al fondo, en el primer piso de este sitio nutrido de cosas que se trajo desde allá, destacan la compañía de un perro bastante dinámico, muchas plantas y un flipper viejo y gastado que, con alguna falla, funciona. En el monitor está la foto sobre la que Bosch estaba trabajando para su exposición cuando sonó el timbre: es un retrato de Osvaldo Soriano, inédito. “Mientras estuvo viviendo en Bruselas y en París, se venía a mi casa en Barcelona para escribir tranquilo –cuenta Bosch–. Era un personaje, un tipo genial, muy reservado en sus problemas. Nos conocimos a principios de los ’70, cuando los dos recién empezábamos. Yo tenía una relación con él extra-intelectual; todo el mundo venía a verlo por cuestiones políticas, pero nosotros hablábamos de fútbol, de minas, de cualquier cosa. Era fanático de ese flipper que tengo ahí abajo, y como tenía unos horarios infernales puse goma espuma en las campanas, porque si no, los vecinos... A las cuatro de la mañana se escuchaba clac, clac, clac...”
Eso era el exilio y, sin embargo, Bosch no usará esa palabra a lo largo de la entrevista, aunque se iría del país con urgencia: fue jefe de Fotografía del diario Noticias desde el comienzo hasta un par de meses antes de su cierre, en 1974, cuando el general ya andaba por el más allá de allá. Una vez instalado en Barcelona fue protagonista, también, del arranque de El Periódico de Catalunya, donde fue redactor jefe de Fotografía, cargo que también ocupó en las revistas Primera Plana e Interviú de España. La lista de medios en los que publicó sus trabajos es notable (The Observer, El País, Stern, Sunday Times, entre tantos), pero no tanto como que sus impresionantes registros son casi desconocidos aquí. En lo que cuenta a continuación suele darse una secuencia: observación, registro, movimiento para provocar algún cambio. Más allá de lo publicado, Bosch trabaja también para documentar su época, para hacer archivo. A una de sus fotos de la serie Piqueteros, “La bala policial” (2002), acaban de darle la semana pasada el primer premio en el Salón Nacional de las Artes, en el Palais de Glace. La muestra en el San Martín incluye imágenes de sus comienzos –el perfil oscuro de un cura recortado en la luz en un andén en Retiro, en 1968– y también un retrato de Juan Gelman hecho hace unos pocos días; entre esos extremos temporales, sus series sobre la España post-franquista, Afganistán, asilo y morgue en Barcelona, los montajes de la serie Animiojos y más retratos, uno propio, alguno del rey Juan Carlos todavía crudo, otro de Cortázar en 1984, ya enfermo, de los últimos que le tomaron antes de morir.
“Cuando volví, a fines de 2007, había pasado más tiempo de mi vida afuera que adentro del país –dice Bosch–. Fue muy duro, porque es muy diferente. Viví veinte años en una granja en medio del bosque, en Luxemburgo, donde tenía mi huerto, mis cabritas. Y mi hija. Yo fui el primer hombre en recibir un subsidio de maternidad en Luxemburgo: lo tuve que pelear, pero lo conseguí. Como mi ex mujer laburaba, yo me tenía que quedar en casa con la nena, limpiaba, cocinaba. Ahí comprendí el laburo del ama de casa. Y desde que volví estuve dando vueltas con algunas cositas. Me venían insistiendo para armar esta muestra y yo decía: ‘No, tengo que mostrar lo que hago ahora’. ¡Me di cuenta de que me querían jubilar! ‘Dejate de joder, la gente acá no conoce tu trabajo’, me decían. Bueno, al final me convencieron de que tenía que volver a ponerme de manifiesto. Antes de irme me entrevistaba Pinky en televisión, salía en todos lados. Era un fotógrafo muy conocido.”

SENTADO EN EL MUELLE DE LA BAHIA
Luego de intentar con antropología y pintura, Bosch se decidió por la fotografía. Empezó como reportero a los 23 en una revista amarillista de editorial Abril, Semana Gráfica, junto a Jarito Walker y Miguel Bonasso. “Ahí aprendí lo que es ser paparazzo, me metí en puteríos, ligué palizas –cuenta–. Tuve quilombo cuando me mandaron a Santiago del Estero para justificar el desmonte de una planta de soda cáustica, en medio del quebrachal. Volví con dos fotos, nada más: en una está el pibe de ‘Pies de barro’, solo, y en la otra está con los hermanitos que tenía que mantener. Cuando me pidieron que presentara el reportaje, mostré esto nomás: me rajaron. Pero después vino (César) Civita, que era el presidente, y me dijo: ‘Sos un pelotudo –se ríe–, pero demostraste que sos un tipo con moral’. Y me pasé a trabajar en Panorama con Tomás Eloy Martínez, y luego a Siete Días y a Claudia, a hacer fotos de moda, publicidad. Un día me vino a ver el cura Carlitos Mugica a la redacción, andaba en el Renault 4 lata azul, manejando cosas por todos lados, y me dijo: ‘Vos tenés que trabajar en el diario nuevo’. Fui a Noticias en los primeros días de la formación, estaba el Oso Smoje haciendo el diseño. Querían que fuera como fotógrafo y terminé proponiendo un equipo. Fue la experiencia más grande que tuve; imaginate, en los cierres estaban titulando Gelman, Paco Urondo, Walsh, Verbitsky. La consigna era que fuera un diario popular, con su ideología, claro. Pero yo lo he visto llegar a Firmenich, con la cúpula, a pasar un comunicado monto, y no: ‘Para eso tienen El desca, El descamisado’. Lo rebotaban. ¿Sabés que está dando clases en la universidad, en la Autónoma de Barcelona? A ese hijo de puta hay que investigarlo. ¡Era un milico! Cuando entraba al diario, se cuadraba y todo, un hinchapelotas. Che, ¿te molesta que fume?”
Prende un negro. Estuvo sin fumar nueve años, dice, y retomó a los 65. Ahora va a recordar cuando tenía 30 y su padre lo llamó para que se fuera a Mar del Plata urgente porque, le dijo, al parecer tenía problemas con la Justicia. “Siempre tuve muy mala relación con mi viejo, un facho –cuenta–-. En ese momento, noviembre de 1975, tenía Claudia como tapadera: era famoso, éramos Raota y yo, exponía; me iba a hacer moda a Palermo en bicicleta, con un perro, la cosa snob, ¿viste? Y por otro lado era el tipo que sacaba fotos a los de las Tres A, había que identificarlos, así que me aparecía en los actos oficiales de traje y corbata, camarita, trípode, trac, trac. ‘Este es Almirón, ¿éste quién es?’ Unos 15 o 20 días antes del llamado en mi casa me habían hecho un movimiento, con dos Falcon en la puerta. Nos citamos con mi viejo en el restaurante vasco y cuando llego me encuentro con que al lado suyo estaba Osiris Villegas, ‘La Morsa’, un ex comandante del Ejército, un facho terrible, peor que Onganía. Me dijo: ‘En homenaje a la amistad que me une con su padre, que es un caballero, no como usted, más vale que se vaya y rápido’. Habían sido compañeros de colegio en el Calasanz, ultracatólicos. ‘¿Qué hiciste?’, me preguntaba mi viejo. Me fui sin morfar, ni me senté: agarré el auto, me volví a Buenos Aires. Al llegar acá hablé con Civita e inmediatamente me indemnizaron. Fue muy curioso, porque apenas me dieron el cheque llamé a una agencia para preguntar por el cambio a dólares: serían unos seis mil. ‘Venite rápido, porque esto vuela’, me dijeron. Y en el tiempo que pasó entre que pregunté, fui al banco, salí con los billetes en una bandeja de sandwich y llegué hasta la agencia, ¡la guita se me había devaluado a dos mil dólares! Así que me fui con eso.”
En la agencia de publicidad en la que trabajaba le consiguieron enseguida un pasaje a Venezuela y la perspectiva de un trabajo. Pero cuando llegó a Ezeiza supo de la muerte de Franco, consiguió un cambio de ticket y se fue a Madrid. “La publicidad no me calentaba –dice– y me interesó la apertura que, sabía, se iba a venir en España. Con el cambiazo tuve que dejar la mitad del equipaje: me fui con una Olivetti, el equipo de fotos, unos archivos y las boludeces. Yo escribía, también, muchos de mis reportajes. O trabajaba con Mempo Giardinelli, o con Soriano, o con Vázquez Montalbán. Cuando llegué a Barajas no conocía a nadie. En un bar, me acuerdo, miraban Heidi en la televisión. Una España negra, negra. Me habían recomendado una pensión en la Calle Mayor: era para deprimirse, no se podía ni apoliyar. La cuestión es que me dije: ‘Acá no me quedo ni mamado’. Y me tomé un tren a Barcelona, para ir desde ahí a Roma, donde tenía gente conocida. En Barcelona, mientras hacía tiempo para tomar el otro tren, me fui a sentar a un muelle. ¡Un día de sol precioso! Había humedad como en Buenos Aires, y el olor de los bacaladeros, que por entonces todavía estaban. Compré un mapa y vi que el muelle en el que estaba... ¡se llamaba Bosch y Alsina! Dejé en consigna las dos valijitas y me fui a caminar. Empiezo a subir la rambla y cuando llego al Mercado de la Boquería veo un montón de gente que venía gritando, ooooh-oh, ooooh-oh, con las banderas rojas y amarillas, a rayas; yo no conocía la bandera catalana, así que pensé que era algo del fútbol. Y de repente escucho: ‘¡Amnistía, libertad! ¡Amnistía, libertad!’. ¡Uh! Puse el veinte y largué las fotos. Apenas saqué la cámara me vinieron a prevenir: ‘Guarda eso, que están los sociales’, por la policía vestida de civil. Seguí sacando. Luego vi que de un furgoncito bajaban unos gordos, que al lado de la infantería... Y entonces me largué encima de la marcha y le dije a la gente: ‘¡Tápense la cara con la bandera!’. Un reflejo de lo que hacíamos acá. Salió una foto maravillosa: la bandera catalana y ojos. Con esa foto me fui a un diario, les gustó y me la compraron.”


CAPAZ DE CUALQUIER COSA
Un contacto acercó a un editor, se abrió alguna puerta para ir entrevistando a los candidatos a la Generalitat, publicó un reportaje a Jordi Pujol en The Observer y se encontró con un llamado agradecido del futuro presidente de Catalunya, que le ofrecía enchufarlo “en el diario que quisiera”. “Elegí El Correo catalán, que era un panfletito, chiquito, pero tenía tapa de huecograbado, con muy buena reproducción de foto –cuenta Bosch–. Pedí, sí, influir en la tapa. Yo había llevado dos números de Noticias, la gente se volvía loca con Noticias. Con un scanner escuchaba en casa a la policía municipal, pescaba conflictos y mandaba a algún fotógrafo: así fuimos poniendo asambleas, manifestaciones, banderas.” Tiempos de sacudones post-franquistas, de expectativas e inquietudes. Bosch fue pasando de un medio a otro, interviniendo en etapas fundacionales. “Nunca laburé más de un año y medio en ningún lado –subraya, prende el tercer cigarrillo–. Me impresiona cuando lo digo: ‘Bueno, ya está hecho. ¿Ahora qué hago?’”
Es que a Bosch le interesa la autonomía. La posibilidad de seguir un impulso cuando aparece. Recién llegado a Barcelona, caminaba junto a Màrius Carol, un compañero en El Correo, cuando vio, cuenta, “un edificio maravilloso con una vieja afuera, sentada en una silla de ruedas. ‘Che, ¿qué es esto?’, le pregunté. ‘Este es el asilo de ancianos, una mierda.’ ‘¡Uh! Después nos vemos.’ Y me metí, con tres rollos que tenía en los bolsillos. Me quedé hasta la mañana del día siguiente. ¡Nadie me dijo nada! Como si hubiera sido invisible. Mirá la monja ésta, cagándose de risa. Hice toda una serie que se llama así, Asilo de ancianos. En la terraza había un tanque de agua en el que había unas carpas enormes... ¡y las monjas pescaban! Esa foto fue a la tapa, con un texto de Mario en el que señalaba ‘Esto existe hoy en Barcelona’. El agua caía, chorreaba por las paredes. Era un hospicio, en realidad. A raíz del reportaje se cerró”.
Documentar la época: Bosch recorrió Galicia, León, Astorga, para retratar la dureza y el desamparo de la España que salía de cuarenta años de dictadura. En Barcelona registró la primera manifestación del orgullo gay y en Madrid se infiltró en actos neofascistas: consiguió imágenes que le dieron fama de “fotógrafo capaz de cualquier cosa”. “Estos eran de la Falange Auténtica, peores que Franco –cuenta–. De esta serie salieron tres tapas en El País, y como consecuencia exoneraron a tres coroneles. Me infiltré haciéndome el facha, tengo fotos con botas, disfrazado. Y bueno, tengo un fichero y cada tanto salta algún funcionario. Porque yo iba a los actos con una piba que me ayudaba: poníamos una mesita y un cuaderno, ‘a ver, camarada, la foto... nombre y apellido... teléfono’ (se ríe). ¡Picaban todos! Después saltó el rollo, comencé a publicar. De ahí me amenazaron siete veces de muerte, por teléfono: ‘Te vamos a matar, hijo de puta, a vos y a tu familia’. Acá, directamente, nunca me habían amenazado así.”
Ese “capaz de cualquier cosa” lo llevó a coberturas en zonas de guerra: estuvo en Nicaragua y en el Líbano, fotografió a los refugiados afganos desde el lado francés y desde el lado ruso. Hizo reportajes en encuentros clandestinos con ETA y con el Ejército de Liberación de Armenia. “Estaba medio hecho mierda de la cabeza y estaba en Beirut cuando me pasó algo que dije: ‘Bueno, hasta acá’ –cuenta–. Había, en medio de la ciudad, una línea que dividía la parte industrial de la parte más humana, digamos. Y en los edificios de los costados había tiradores, custodiando para que nadie cruzara. En una semana no había conseguido una sola foto del conflicto. Y entonces viene un pibe de once años y me dice: ‘Por veinte dólares te cruzo la calle’. ‘Ah, fenómeno.’ Ni me lo planteé. Y el pibe empieza a cruzar, corriendo, con el Kalashnikov en la mano, y veo que le empiezan a tirar, pim, pim, pim. Y entonces dije: ‘Lo voy a hacer matar’. Y tengo la foto con el tiro que le pega justo debajo del pie. En ese momento sentí que me había vuelto loco. ‘Me fui a la mierda’, pensé. Cuando el chico estaba volviendo hacia mí, sentí un golpe en la cabeza: me la abrieron con el mango de un fusil. Me doy vuelta y era el hermano: ‘¡Hijo de puta, lo podrían haber matado, sos un cabrón!’, me dijo. ‘Sí, tenés razón.’ Ni me quejé. Menos mal que me rompió la cabeza. Volví a España y dije: ‘Nunca más esto’. No soy apto para estas cosas.”


MAS POESIA QUE OBRA PLASTICA
Pero la muerte está, acecha en sus imágenes, en las series sobre objetos recordatorios carcomidos de los cementerios, en el oscuro cañón del revólver que lo apunta en un San Fermín. O en otras dos series que salieron de impulsos de lecturas políticas. En 1981, cuando la Transición apuntó ya a sumarse al carril europeo, hizo Cadáveres exquisitos: “Me fui a la morgue de la universidad e hice fotos de muertos; tengo montones –dice–. Los depositan en piletas de formol y les hacen aberturas para estudiar distintos funcionamientos orgánicos. Años y años están ahí, los cuerpos se van como plastificando. Pensé: ‘¡Ahí está, ésta es la eternidad! Hay que donar el cuerpo, es la forma en que te pueden visitar después de muerto’. Les decís a los nietos: ‘Vení, vamos a visitar al abuelito’” (se ríe).
Animiojos, la serie de cabezas de animales con ojo humano, surgió de la convocatoria que hizo Aznar a marchar en silencio contra la ETA tras el atentado de Atocha. “Salí a la calle y me encontré con una monstruosidad de gente –recuerda Bosch–. ‘Somos corderos, somos boludos’, pensé: no faltaba el equipo de iluminación para la tele, ni el equipo de sonido para pedir silencio. ¿Cómo silencio? Me puse neura. Y al día siguiente fui a una carnicería y vi una cabeza de cordero y dije claro, ésta es la cabeza de los que estaban ayer allá. La agarré, a ver qué hacía. Y le puse un ojo mío. De ahí hice la serie, con distintos animales. Me faltó el caballo, no más.”
A esa altura, Bosch ya repartía tiempos entre Barcelona y Luxemburgo; en la granja del bosque luxemburgués estuvo más fijo entre el ’86 y el ’99. Fue subdirector de la Agencia Fotográfica Cover, hizo exposiciones varias, libros de arquitectura –otra de sus pasiones–, y siguió con sus publicaciones y series. A la que hizo sobre los piqueteros en La Matanza la publicó en una revista literaria francesa en yunta con poemas de Gelman. Con su parte de la venta de la granja compró su casa aquí, donde da su Taller Continuo de Imagen. Ha trabajado, ya de regreso, en series sobre murales callejeros y en viviendas construidas bajo autopistas. “Tengo 66 años y estoy empezando de nuevo –pita Bosch el último negro–. ¡Ahora me agarró dolor de cadera! Tendría que estar retirándome y me estoy largando con los talleres, con esto y lo otro.”
Cuenta Bosch que se cansó de la vida en Europa y que nada lo retenía, que todo allí está demasiado tomado por el marketing. Que en su taller se propone “formar una especie de foro de discusión sobre la realidad de la fotografía argentina”. Explica, entonces, su inclinación por el blanco y negro: “La fotografía es la única actividad plástica, si querés, que tiene una parte artística y una parte documental –se posiciona–. Para mí, muchas veces, tiene más valor como documento que como obra de arte, donde empieza a pesar una cosa elitista. Más allá de eso, hagas lo que hagas, lo que se ve es un trozo de realidad que ya pasó y fue transformado en otra cosa, y después en un recuerdo con referencia en la imagen. Las fotos en blanco y negro ponen en evidencia más claramente ese movimiento de mirada y criterio personal: qué pienso yo de las cosas, y cómo las modifico”.
En la fotografía, sostiene Bosch, convergen la estética, el compromiso con la realidad y la poesía. “Siempre digo que la fotografía tiene que ser más poesía que obra plástica –dice–. Si no, está vacía.”

Carlos Bosch. Fotografías. FotoGalería del Teatro San Martín
Desde el martes 4 hasta el domingo 13 de noviembre.
De lunes a viernes desde las 12 y los sábados y domingos desde las 14 hasta la finalización de las actividades del día en el teatro (Av. Corrientes 1530). La entrada es libre.

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