Hay hombres de bien (si cabe en los ambiciosos el serlo) que detestan verdaderamente todas las ideas de los gobiernos monárquicos, cuyo carácter se les hace terrible, y que quisieran, sin derramamiento de sangre, sancionar las verdaderas libertades de la patria; no profesan los principios abominables de los turbulentos, pero como tienen talento, algunas virtudes políticas, y buen crédito, son otro tanto más de temer; y a estos sin agraviarles debe separárseles; porque, unos por medrar, otros por mantenerse, cuáles por inclinación a las tramas, cuáles por la ambición de los honores, y el menor número por el deseo de la gloria, o para hablar con más propiedad, por la vanidad de la nombradía, no son propios por su carácter para realizar la grande obra de la libertad americana, en los primeros pasos de su infancia.
26/5/07
14/5/07
Sociología del miedo
Por Cristian Alarcón
Publicado en PAGINA 12
La inseguridad. La sensación de inseguridad. Las distintas inseguridades y las distintas sensaciones de inseguridad. El pasado y el presente. A qué le tienen miedo los argentinos. A qué le tienen miedo los distintos argentinos. El sociólogo Gabriel Kessler es un referente ineludible a la hora de analizar las narrativas del temor. Aquí, su visión aguda y desprejuiciada sobre un tema que llegó a la agenda política, dice, cuando el miedo entró en los sectores altos.
¿Cómo historiar el miedo en la Argentina?
Si uno parte de las percepciones que tiene la gente, la temporalidad de hoy es muy corta. O sea, las personas de distintas clases y grupos perciben que la inseguridad empezó hace como máximo una década. Lo interesante es que si uno mira encuestas que hay desde el comienzo de la democracia, desde el ’85 mostraban que el 50 por ciento de las personas temía ser asaltado en la calle. En el ’87 la violencia callejera ya aparece como una preocupación muy fuerte y hay una crítica a la política de Alfonsín contra los delitos. Es decir, en los primeros años de la democracia, cuando la imagen de hoy es que ésa fue una “época dorada” de la seguridad, ya aparece un temor al delito fuerte.
¿La memoria del inseguro es corta?
Creo que distintos temas tienen temporalidades distintas. Si uno compara con la imagen mítica de la Argentina de clase media, la temporalidad es más alta: se remite a los ’50 o ’60. El sentimiento de seguridad siempre es retrospectivo; se va reconstruyendo. Cada época tiene nostalgias de la situación anterior. Lila Caimari cuenta que en los años ’30, cuando empiezan a aparecer los autos y las armas de asalto, la tecnología, se tenía cierta nostalgia de épocas más seguras
¿Qué cambia en las últimas dos décadas?
Los dos cambios fuertes son quién tiene miedo y a qué se tiene miedo. Lo central, si uno compara mediados de los ’80 y comienzos de los ’90, el cambio es que los hombres de clase media y media-alta comienzan a tener miedo. Hasta fines de los ’80, quienes más miedo tenían eran quienes vivían en los suburbios, las mujeres, los ancianos y los votantes de derecha, que en esa época era la UCeDé. No necesariamente añoraban la dictadura sino que se da un cruce de temor securitario e ideología de derecha, que es algo que veremos mucho después.
¿Cómo fue calzando la percepción de la “inseguridad” con los discursos sobre la seguridad?
El temor ingresa a la agenda pública a partir de que lo expresan los hombres de mayores recursos. Claro que también en la medida que aumenta el número de víctimas, que es un dato ineludible. Por otro lado el discurso de los medios también cambia: deja atrás la época de los “casos”. Desde mediados de los ’80, en crímenes como los de Giubileo, Brian o Mustafá, aparece la figura de la mujer victimizada, o la niña abusada, que tienen algún tipo de relación con la dictadura. En ellos de algún modo más subrepticio aparece una reminiscencia de la dictadura. En algunos porque aparece lo que se llamaba la “mano de obra desocupada”: caso Sivak, Sánchez Reise. Y el otro porque eran crímenes que tenían que ver con poderes que se habían legitimado durante la dictadura, como la malversación de fondos o tráfico de órganos.
¿Por qué le parecen tan importantes esos casos policiales?
Permanecen en la memoria colectiva. Es decir, hoy todavía cuando se habla de crímenes, no siempre el temor es a los pibes chorros. En el interior, en mujeres sobre todo de sectores populares, es miedo al poder. Miedo a “que te lleven y no te traigan”. Las mujeres desaparecidas de las redes de prostitución son un tema presente en la construcción del miedo. Pero en las ciudades donde hay poderes que se ven como más impunes, como difícilmente manejables, el temor es más fuerte. Esto complejiza la mirada más simple de la inseguridad ligada a la cuestión social.
¿Cómo juega el miedo a la propia institución policial?
Eso es el primer escalón de algo que veo ahora que es un trabajo de resignificación sobre la dictadura militar que también afectó a los discursos más autoritarios. Es decir, queda una parte del discurso autoritario que hace una reivindicación de la dictadura, una lectura de la situación actual como parte de un clivaje eterno entre subversión y Nación, donde sobre todo la figura de Kirchner aparece alimentando esa dicotomía: se lo ve como un montonero, alguien que viene de un proceso que comienza en el ’73 con Cámpora. Pero también queda una parte del discurso autoritario donde no necesariamente hay una reivindicación de la dictadura sino un discurso centrado en una degradación sociomoral que no tiene salida, o sea sobre la cual ya no hay mucha vuelta atrás.
Usted analiza las narrativas del temor. ¿Existe una clasificación de esos relatos del miedo?
Entre los más autoritarios hay, como explicaba, una que sería claramente un capítulo más de una lucha entre subversión y Nación. Pero otro muy temerario es el de la heterofobia: todo lo que es distinto a mí es peligroso. Ese discurso se encuentra en los sectores bajos y en sectores altos. En los sectores bajos, en la construcción de la alteridad con el vecino. Es peligroso porque tiene una moral distinta, porque es extranjero. Los llamo “los encerrados”, porque todo lo que es distinto al círculo íntimo es potencialmente peligroso. Algo similar se ve en los sectores altos, en el country, y en la Capital: desconfianza a la empleada doméstica porque no necesariamente me va a robar pero podría estar de acuerdo con alguien; desconfianza a los piqueteros, a los cartoneros. “Ahora hay gente que antes no existía”, dice una de mis entrevistadas. La degradación social genera nuevos sujetos que generan desconfianza: nuevos personajes en el espacio público que no estaban antes y que pueden bascular entre la legalidad y la ilegalidad, más a lo mejor por necesidad que por carácter. No se les adjudica a todos portación de armas, ni necesariamente un peligro. Para el temeroso no son quizás esencialmente riesgosos, pero hay un riesgo porque son la emergencia de un sujeto.
¿Qué siente la mayoría?
La mayoría de las narrativas están en un discurso securitario intermedio. Creo que algo central es que a veces las encuestas contribuyen a ver el temor como en una foto, como si el estado constante de una sociedad fuera el pánico. Que parte mayoritaria de la población diga que su primer problema es la inseguridad, o asegure sentirse insegura, no quiere decir que tengamos una población que viva en estado de pánico. A veces esa expresión tiene una intencionalidad política. Uno usa la encuesta para decir acá hay algo que no me gusta y quiero que esté en la agenda pública. El temor, como todo sentimiento, es oscilante, cambiante, tiene intensidades diversas, aparece, desaparece.
¿Cómo se mide la inseguridad?
Oficialmente sólo se mide en lo que se llaman las encuestas de victimización, que tienen una continuidad bastante irregular. Desde el 2003 en adelante se hizo una pero aún no están los datos. La pregunta estandarizada mundialmente es: “¿Cuán seguro o inseguro se siente usted en la calle?”. Lo que se le critica es que es muy inespecífica. Cuanto menos específica la pregunta, más riesgosa. La tendencia mundial es preguntar cada vez más puntualmente a qué se teme, porque la gente no teme al delito en sí; teme a la violación, o lo que pase a su hijo, o que le roben las cosas. Cuanto más alto es el error más imagen de sociedades aterrorizadas se construye.
La radio habla de las “preocupaciones de la gente”.
Es que también se mide lo que se llama “la preocupación”. Cuáles son los temas que le preocupan más. En general, temor y desempleo están siempre cabeza a cabeza primeros en la agenda pública. Luego se intenta medir “percepción de riesgo” y temor. Al trabajar en esas tres dimensiones se ve que muchos grupos son más fuertes en una de las tres. Por ejemplo, los varones de la clase media tienen mayor preocupación securitaria y menor percepción de riesgo. Los jóvenes también. Las personas con baja tasa de exposición, o sea que están poco en la calle, pueden tener mucha preocupación securitaria, mucho temor, y bajas probabilidades. Es necesario complejizar, porque si no las encuestas dan imágenes, en todo el mundo, muy altas. Evitar que esa imagen difusa se contamine de otras inseguridades que no tienen que ver con delito.
¿A qué se le tiene más miedo?
Hay temores compartidos y otros que están cruzados por clase, por sexo, y por edad. Sin lugar a dudas, lo que está detrás de todo es el temor al ataque físico. Y lo que aparece muy fuerte es el temor al ataque sexual. Hicimos trabajos en distintas ciudades para ver cómo la escala poblacional influía en el tipo de temor. Lo interesante es que a cada escala poblacional hay una cultura local de seguridad. Para decirlo de una manera general, en el Gran Buenos Aires hay temor sobre todo a que te maten, en Capital Federal al robo violento. En Córdoba a que entren a tu casa y a que no se traslade la “inseguridad” del Gran Buenos Aires a Córdoba. En ciudades pequeñas, el robo de la casa mientras no están en ella. Y en pueblos o ciudades muy pequeñas, el robo de las gallinas. Es decir cada escala poblacional tiene un techo en sus temores.
¿Cada escala tiene conciencia del miedo de los otros?
El miedo es, como todo sentimiento, esencialmente comparativo. Se compara con lo que había antes y con lo que debiera ser. Es decir, parte del temor en Buenos Aires es por la asociación de que antes esto era más seguro. Además existe un efecto comparativo espacial. En las ciudades pequeñas hay una clara sensación de que acá no es tan terrible como en otros lados. En un pueblo pequeño habían ido a la cabecera del partido, al foro de seguridad. Volvieron diciendo “esto es el paraíso, nosotros nos ponemos mal por el robo de una gallina y a ellos les secuestran y matan a los hijos”.
¿Cómo se percibe a Buenos Aires?
Se percibe un área metropolitana sumamente violenta sobre todo por los canales de televisión. Y el temor de que ese delito vaya yéndose hacia el interior, porque los corre la policía, porque “acá la gente está menos avispada”, porque “allá cada vez va a haber menos oportunidades”. La hipótesis del “contagio” es muy fuerte. A mí me parece que eso como hipótesis tiene un riesgo muy fuerte de heterofobia, de un temor a todo lo desconocido. Parte del reaseguro de las ciudades más chicas es que “acá nos conocemos todos”.
¿Qué factores propios del territorio influyen en la construcción del miedo?
Es interesante cómo se generan los temores locales en distintos barrios, en distintas ciudades. A lo que se le teme en determinado momento está influido por un hecho local. En el GBA siempre hay un homicidio, una violación, algo que es contado, analizado, dicho. Es territorial en el sentido de que la víctima es del territorio. Luego aparecen las hipótesis: que si vino de afuera o vino de otro lado; en qué andaba, si fue una ajuste de cuentas, si fue una víctima inocente. Ese hecho tiene una impronta local fuerte que se articula con la agenda nacional. Hice trabajo de campo en el momento de los secuestros, y aun entre gente muy pobre el temor al secuestro estaba ahí flotando. La agenda de seguridad se construye de acuerdo con algunos hechos locales y a aquello que los medios pongan como el delito en la ola de inseguridad. Si no, el mayor temor debería ser la muerte en accidentes de tránsito, que comienza a estar en la agenda, pero durante años fue considerada una catástrofe natural.
¿La agenda de la seguridad está cambiando?
Comienza a haber en ciertos sectores de la sociedad una conciencia de que vivimos con una agenda de seguridad muy estrecha, muy centrada en el microdelito urbano y con un claro corte de clase –joven, varón, morocho, de sectores marginalizados–. En muchos sectores aparece la inseguridad frente al transporte, los patovicas, la policía, el medio ambiente. Hay otros registros de la “inseguridad” a partir de la tragedia de Cromañón, la corrupción policial y la inseguridad vial. Falta entrar algunos temas fundamentales como delito de cuello blanco, fraude, corrupción, pero por lo menos se va corriendo la agenda del microdelito urbano y la cuestión social. Y si uno tiene una mirada hacia el interior, allí el temor al poder también forma parte de la agenda de seguridad.
¿Cómo son las regulaciones que se plantean en los sectores populares?
Percibo nuevas formas de regulación local frente a lo que se había visto en algún momento como la emergencia del delito interno: que el vecino te robe. Eso generaba sentimientos encontrados. Es el hijo del vecino. Es alguien que conocés desde chico, que podría ser tu hijo. Cómo hacer la regulación cara a cara era algo muy fuerte. Si lo tengo que volver a ver, qué hago. Y luego, cómo hacer estrategias de seducción y de evitamiento con aquel que fue tu victimario el día anterior. Se generaban una serie de movimientos locales, pequeñas estrategias. En algunos casos los barrios encontraron formas de regulación local del temor interno. Desde formas más concertadas de acuerdos con los chicos, hasta formas más represivas con la ayuda de la policía o con justicieros locales, e ilegales, pero me da la impresión de que la idea es que ya no es un problema nuevo. En muchos casos la gente dice que está mejor que hace cinco años, o porque los echaron, o porque acordaron, o porque los metieron presos o porque murieron. Hubo distintas estrategias, regulaciones del espacio y el tiempo: por la derecha es seguro, salir por la izquierda no tanto; entrar a las ocho es seguro, pasada las ocho y media ya es inseguro. Hay una regulación mayor que da la supuesta sensación de seguridad que no es tal. Lo significativo es la ausencia del Estado en su versión democrática.
Los sectores populares logran tener menos miedo.
Una de las cosas novedosas es que aun en los sectores bajos hay una desidentificación del delincuente, algo que ha analizado Rossana Reguillo. Trabajando con comerciantes en barrios populares aparece la idea de que cualquiera puede robarte. Ya no es solamente la imagen estereotipada de que el chico de gorrita va a robar.
¿Eso es bueno o malo?
Contribuye por un lado a aumentar la inquietud frente a lo desconocido pero al mismo tiempo uno puede pensar que lo positivo es que reduce el estigma con algunas figuras. Se empieza a ver algo que los medios ayudan a construir de manera errónea, que es que la estética del pibe chorro es una estética de los jóvenes de sectores populares que no tiene nada que ver con el delito en sí mismo. Aumenta la inquietud pero ecualiza determinados prejuicios.
Usted fue el primero que habló del amateurismo en el delito juvenil. ¿Esto sigue así?
Hay una heterogeneidad del delito. Hay pibes chorros que ya no son part-time, hay algunos que van y vuelven, otros que entraron en la carrera delictiva. Hay distintos grados de relación con lo ilegal. En el mismo delito juvenil hay una heterogeneidad de figuras que es propia de una época y de un aumento del delito. De la experiencia, de distintos vínculos con el poder y con la policía, con el mercado de trabajo. Todavía no tenemos del todo claro en la Argentina las distintas formas heterogéneas que tiene el delito.
¿Qué pasa con “jerarquías” delictivas?
Lo más importante para tener en cuenta en las políticas es poder sacarse de encima la idea del delito juvenil como indicador del delito en total. Hay investigaciones muy rigurosas que se hicieron sobre los jóvenes que muestran que cometer un delito en la juventud de ningún modo implica cometerlo en la adultez. Por eso la idea de la “carrera” de delincuente está totalmente cuestionada. Y eso ya obliga a cambiar las políticas. Eso obliga a trabajar fuerte antes de la judicialización. Porque si cometer un delito no obliga a ser delincuente toda la vida, entrar a los vericuetos de los circuitos de internación consolida: hace la profecía autorrealizada.
¿Cómo ve la comunidad al que delinque?
Hay una cosa a favor que es la baja estigmatización que tiene el delito en las comunidades, que yo llamo lógica de provisiones. La posibilidad de alternar actividades legales e ilegales, la lógica de provisión, es aceptada, no segregada. Es aceptada aunque no deseada, por grupos de pares. Eso tiene algo positivo y es que permite más fácilmente estrategias comunitarias de integración
¿Se diferencia entre quienes manejan la violencia y quienes no?
Aparecen distintas figuras. Una de ellas son los “pibes grandes”. Son aquellos que uno podría decir que están quizás entre acciones legales e ilegales, en la treintena, y la ventaja que se ve en ellos es que ya saben dosificar la violencia. No son los históricos.
¿Por sobre ellos quiénes están?
La gente grande, o gente respetable. Gente del delito profesionalizado. Por encima los dinosaurios. Y por debajo los pibes chicos y los atrevidos. Estos últimos están muy cercanos, son los que pueden hacer cualquier cosa, no saben dosificar la violencia, muy parecidos a los “cachivaches” y los “mamarrachos”. Pero hay una zona intermedia de gente que aprendió, que sobrevivió y que aprendió a dosificar la violencia.
Cuya virtud sería saber regular la violencia...
Mantener el barrio en paz, tener algún control sobre los de abajo. Y tener algún tipo de injerencia en la vida comunitaria local.
¿Qué pasa en esos lugares con quienes no han aprendido estas regulaciones?
Me parece que una de las cuestiones interesantes es el peligro de estar aislado. En algunos lugares complicados estás protegido cuando tenés una cantidad más o menos respetable de vínculos que hacen que seas conocido, puedas negociar, recuperar lo robado, no vuelvas a ser victimizado. Que tengas algún tipo de “respeto” o “conocimiento”. En algunos lugares, quienes no tienen respeto o conocimiento como estrategia encierran a los hijos. Conocí chicos que ya habían llegado a la adolescencia o la primera adultez que tienen contados los días que habían salido a la calle. En ellos, más allá de los traumas que implica no salir, producía una nueva vulnerabilización. No ser visto como parte de las tramas locales, ser visto como un extraño en el mismo lugar donde se vive, o como alguien que desprecia los sectores locales, vulnerabiliza más.
23/4/07
"Escribo cosas raras, muy raras"
Entrevista Haruki Murakami
Por Juana Libedinsky
Publicado por LA NACION
Son las cuatro y media de la mañana en la célebre Waikiki Beach, pero en el mar ya hay centenares de surfers esperando las olas perfectas que trae el amanecer. En tierra, sin embargo, en todo el hotel Halekulani, uno de los más tradicionales y glamorosos que dan a la emblemática playa de Hawai, hay una sola luz prendida: la de la habitación de Haruki Murakami que, como todas las mañanas, se levantó antes del alba para ponerse a trabajar.
Murakami, uno de los escritores japoneses más importantes e internacionalmente aclamados de la actualidad, autor de best sellers como Kafka en la orilla (2002), After Dark (2004), Underground (1997), Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994) y Tokio Blues (1987) entre otros, luego saldrá a correr y nadar ("Hawai es el paraíso para quienes somos triatlonistas", aclarará horas más tarde a LA NACION); almorzará, dormirá la siesta, escuchará jazz, traducirá clásicos contemporáneos del inglés al japonés y estará en la cama antes de las nueve.
"Escribo cosas raras, muy raras -reconoce respecto a sus historias, que mezclan realidad y fantasía, y que los críticos Occidentales han calificado de posmodernas-. Pero soy una persona muy realista. No creo en nada New Age : el horóscopo, el tarot, los sueños. Solo hago ejercicio físico, como sano, escucho música y trabajo. Sin embargo, cuanto más serio me vuelvo en la vida real, más extrañas son las cosas que escribo. Por eso uno de mis escritores favoritos es Manuel Puig, con esa imaginación tan libre. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía", comenta en un perfecto inglés, fruto de una temprana pasión por Hemingway, Scott Fitzgerald y la literatura americana en general, además de largas estadías en las universidades de Harvard y de Hawai como escritor visitante.
Parte de esa seriedad implica un total rechazo a su fama en el mundo de las letras y una total aversión a ser reconocido. "Tengo pánico a convertirme en una celebridad y tomo todas las medidas necesarias para que eso no ocurra. Nunca aparezco en la televisión, no voy a las fiestas -odio las fiestas-, no doy charlas, no tengo amigos famosos, no tengo amigos escritores, no aparezco en librerías para firmar mis libros, no uso Armani sino shorts y zapatillas siempre, y no dejo que me saquen fotos ni suelo dar entrevistas salvo casos como este. Como sé que las posibilidades de que tome elsubte en Buenos Aires son bastante escasas, no me importa volverme conocido allí. Pero lo que no quiero es que la gente me reconozca en el colectivo en Tokio o no poder ir a las tiendas de discos viejos en Estados Unidos", dice.
Por eso, extrema precauciones: una condición de la entrevista era que se desarrollara en la habitación de la cronista, a puertas cerradas de cualquier huésped. Y si bien Murakami (Kioto, 1949), que tiene un estado físico formidable y luce mucho menor que su edad, es encantador y entusiasta respecto a las fotos (acepta posar en el balcón del cuarto a pesar de su pánico a las alturas), es evidente su sensación de alivio cuando todo acaba y se pasa a una charla más íntima, sin grabador.
"Nunca entiendo por qué los medios quieren saber de mí, porque la mayor parte del tiempo no me siento nada especial -confiesa-. Puede haber cierta magia cuando escribo, pero el resto del día soy nada más que un amante del jazz como hay millones por ahí."
¿Cómo fue su primer encuentro con el jazz?
En un cumpleaños muy especial: mis 16, cuando mis padres me regalaron una entrada para mi primer concierto. Era 1964, y Art Blakeley y The Jazz Messengers estaban tocando en Japón. Fue un instante que cambió mi vida, porque jamás había escuchado música tan sorprendente, así que me volví un gran fanático del jazz y más adelante, un escritor al cual el jazz le enseñó todo.
También hubo un instante que cambió su vida cuando decidió ser escritor, ¿verdad? Usted escribió su primera novela, Hear the Wind Sing (1979), a los 30 años.
Exactamente. Estaba en un partido de baseball en Tokio, cerveza en mano, y al mirar al bateador pegarle a la pelota en una jugada clave y luego correr hasta la seguridad de la segunda base, me pasó por la cabeza la idea de que yo podía ser escritor. No se me había ocurrido antes. Con mi mujer regenteábamos un bar de jazz y como mucho había soñado con ser músico. Pero supe que podía hacerlo, solo que no tenía amigos con los cuales hablar de literatura ni nadie que me enseñase a escribir, así que tuve que basarme en lo que sabía, que para entonces era la música. Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto un escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo, todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario.
¿Cómo relaciona su escritura y la composición musical?
El ritmo es lo más importante porque es la magia, lo que invita a la audiencia a bailar y lo que yo quiero son lectores que bailen con mis palabras. No quiero que entiendan mis metáforas ni el simbolismo de la obra, quiero que se sientan como en los buenos conciertos de jazz, cuando los pies no pueden parar de moverse bajo las butacas marcando el ritmo. Luego viene la melodía, que en literatura es un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo y la armonía. Después llega la parte que más me gusta: la libre improvisación. Yo empiezo a escribir sin ninguna estructura, apenas con alguna imagen o una serie de personajes que me interesan. Así como los lectores, no puedo esperar a dar vuelta la página para saber qué pasa con esta gente que he creado, porque no tengo idea del argumento, simplemente dejo que la historia fluya libremente desde mi interior y me sorprendo a mí mismo. Por eso creo que la libre improvisación es simplemente llegar a la esquina sin aliento para ver qué hay al girar en ella, con un sentimiento de excitación que debería ser transferido a los lectores, lo mismo que la sensación de libertad. Esto ya es el punto final, la elevación, esa emoción que uno experimenta al completar su interpretación y sentir que ha alcanzado un lugar nuevo y significativo, que ha logrado mover a la audiencia del punto A al punto B, que la ha transformado y nunca volverá a ser la misma. Es una culminación maravillosa que no puede obtenerse de ninguna otra manera e implica que el lector o quien ha escuchado la música ya es otra persona. Cualquier libro que logra eso se ajusta a mi definición de un buen libro.
¿Qué libros lograron que usted se sintiera otra persona luego de leerlos?
Uff, muchos, Dostoievski, Kafka, Dickens, Scott Fitzgerald, Carver, García Márquez, Manuel Puig
Me sorprende que Puig sea el primer escritor argentino que menciona y no Borges, sobre todo porque varios críticos lo han comparado con él.
Borges es un gran escritor, pero nunca me sentí muy atraído por su trabajo. Por supuesto, es un honor la comparación, pero creo que la imaginación de Borges es, cómo decirlo, mucho más terrenal que la mía. En cambio, con Manuel Puig me siento muy identificado, tenemos una imaginación más posmoderna o contemporánea supongo. En los años 80 me la pasaba leyendo a Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth la debo de haber leído infinidad de veces. Me gusta mucho la imaginación de Puig, tan libre que le permitió sobrevivir a pesar de ser una persona muy sensible y solitaria, que sufrió mucho. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía: el tema de la soledad. Como soy un hijo único, criado entre mis discos y mis gatos, pude entender su fascinación por el cine, porque se trata de un lugar muy íntimo donde uno puede establecer con los personajes de la pantalla las relaciones profundas que tanto cuesta entablar con las personas de verdad. Es uno de mis escritores favoritos y sin duda mi preferido de la literatura argentina. En cuanto a la música, por supuesto que el tango es muy popular en Japón y supongo que el sueño de cualquier músico de jazz siempre va a ser el de haber podido colaborar con Piazzolla. Pero a mí me gusta el Gato Barbieri que es a quien más escucho.
Lo atrae mucho la cultura popular
Sí, soy fanático de la serie Lost en televisión, hasta compré la casa en Hawai donde se filmó la primera temporada; la única otra serie que recuerde que me haya gustado tanto fue Twin Peaks , de David Lynch, hace años. Estaba tan obsesionado con el programa que no podía esperar el capítulo siguiente. Yo no soy un tipo inteligente de gustos sofisticados: me gustan las buenas historias y punto. Si una buena historia está en un libro o en la televisión, para mí es lo mismo, la admiro. Pero a las cosas intelectualosas sin una buena historia detrás no las admiro, porque no tengo gustos académicos: antes de ponerme a escribir tenía un bar de jazz donde yo preparaba los sándwiches y servía los tragos hasta la madrugada. Soy un mero trabajador, que disfruta de la cultura popular, mientras que la mayor parte de los escritores son unos esnobs que ni a mí me gustan ni yo les gusto a ellos.
¿Se inspira en la cultura popular?
Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas para establecer una comunicación directa con los lectores. Si yo tomo como título de un libro el de una canción de los Beatles, como en mi novela Norwegian Wood [en castellano, Tokio Blues ]), sé que a muchos eso les va a sonar y ya así se crea algún nexo entre nosotros. A la vez, la cultura pop es como el agua, y con algo tan simple como abrir la canilla podemos tomarla para nutrirnos. Es tan imposible escapar de ella, como del aire que respiramos. Todos comemos una hamburguesa de McDonald s, miramos la televisión o escuchamos a Michael Jackson. Es algo tan natural que ni siquiera nos paramos a pensar que todo eso es cultura. Por eso, si uno escribe sobre la vida en la ciudad -sea Buenos Aires o Tokio-, no incluir estas cosas sonaría falso. Supongamos que describo a una chica cualquiera que se despierta con una canción de Madonna y se va de compras al shopping , ¿qué tiene de especial eso? ¡Nada! Y justamente yo quiero que la gente sienta que lo que escribo no es forzado. Por eso tengo que colocar referencias a la cultura popular todo el tiempo. Y además, porque me gustan los Rolling Stones, los Doors, las películas de terror, los cuentos de detectives. No es que yo quiera escribir como quienes hacen la ficción más popular en cuanto a contenido, pero sí tomar las estructuras de la cultura popular y rellenarlas con cosas mías. El resultado es que ningún escritor me quiere, ni los que escriben novelas pasatistas ni los escritores serios. Yo estoy en un punto intermedio entre ambos, haciendo algo nuevo, pero creo que voy ganando territorio, porque los otros escritores no estarán de mi lado, pero los lectores sí.
¿Por qué hay tantos gatos en su ficción?
Supongo que porque soy un amante de los gatos, los perros no me interesan nada. Desde chico fue así, yo era muy solitario pero en casa había gatos que me acompañaban. Siempre fueron buenos amigos para mí y yo no los considero mis mascotas sino mis pares, incluso muchas veces mis superiores. Suelen decirme a su manera que son mejores que yo, pero a mí eso no me importa, más bien tiendo a estar de acuerdo con ellos.
Sus escenas de sexo son mucho más fuertes de lo que tradicionalmente se encuentra en la literatura japonesa contemporánea. Incluso, para muchos, usted es el escritor que mejor retrata el sexo hoy.
Escribo las escenas de sexo porque la actividad sexual nos ayuda a abandonar por un rato el mundo exterior y entrar en nosotros mismos. Es también una forma de comunicación y a la vez es algo festivo, que implica que hubo una historia detrás. Freud sostenía que todas las actividades humanas derivan del sexo. Mi entendimiento del tema es distinto, pero sí creo que el sexo es la puerta más común para entrar en las profundidades de la mente. Hay otras puertas, como la enfermedad mental o la creación, pero el sexo es la más fácil.
¿Y divertida?
Supongo que sí, en la mayor parte de los casos, pero no para quien escribe acerca de eso. Cuando empecé a escribir sobre sexo, 26 años atrás, me daba una vergüenza tremenda y me sigue costando horrores, no sé dónde meterme. Tampoco podía escribir escenas de violencia, pero practiqué y fui mejorando, supongo. Para mí, escribir de sexo o de violencia es lo mismo: es un desafío que me pongo, parte de la responsabilidad de ser escritor y retratar la vida. Me lo propongo como un ejercicio, como si tuviera que desarrollar unos músculos en particular antes de una maratón.
Se lo califica de escritor posmoderno, ¿qué quiere decir exactamente eso?
Supongo que tiene que ver con que no me interesan nada las historias realistas, por eso amo a García Márquez o Manuel Puig. Siento que mi trabajo como escritor es entrar en lo más oscuro de mi ser, explorar las zonas más peligrosas y raras de la mente sin ningún mapa o direcciones, para sacarlas a la superficie y ponerlas sobre papel. Ahora, si uno no puede volver a la superficie, es un infierno, entonces hay que estar bajando a las profundidades más aterradoras y volviendo a subir a cada rato para no quedar atrapado dentro de uno mismo. Hay que ser un buen corredor de distancias para hacerlo, es como meterse, una vez más, en una maratón.
De maratón usted entiende bastante, es un corredor casi profesional. ¿Cómo se vincula su entrenamiento físico con su escritura?
En general no pienso en nada al salir a correr, como mucho, escucho música. Muy cada tanto me aparece una idea y pienso, ¡sí! Pero básicamente correr es parte de mi rutina como escritor y escribir es parte de mi rutina como corredor. Hawai es la Meca de los triatlonistas, y participé hace poco del triatlón de Honolulu. Mientras me entrenaba, durante ocho meses, escribí mi última novela, que saldrá en breve. Me levantaba a las cuatro de la mañana, tomaba un café y salía a correr por una hora, volvía y me ponía a trabajar hasta la hora del almuerzo, luego hacía una siesta y a la tarde traducía y escuchaba música para refrescar la mente. A las nueve de la noche a más tardar ya estaba en la cama. Jamás hago vida nocturna mientras escribo. Todo el último año estuve invitado por la Universidad de Hawai y avancé mucho en mi escritura, sobre todo porque a diferencia de lo que ocurre en Tokio, aquí no suena el teléfono a cada rato. La gente viene de vacaciones a Hawai: yo vengo a correr y trabajar, dos de las cosas que más me gustan, por eso la paso tan bien.
A partir de ese momento en que está corriendo y se le ocurre una idea, ¿cómo se va formando una novela?
En general la idea es una situación muy pequeña. Por ejemplo, en mi última novela, After Dark , arranqué con una escena en la que una chica de 19 años está en un restaurant tomando un café y leyendo y un chico de 21 se le acerca y le pregunta si su nombre es tal, ella dice que sí, y él le dice: "Te conozco". A partir de eso, sentí que podía armar toda una novela. No sabía quién era el chico ni quién era la chica, pero con esa escena llegó la confianza de que podía hacerlo. Si uno quiere escribir un libro, esa confianza es imprescindible. Yo veo mi trabajo de escritor como un oficio de paciencia, en el que solo debo esperar a que llegue esa confianza para ponerme a escribir.
¿Y qué pasa si no llega?
Siempre sé que va a venir, al menos, así me ha ocurrido en los últimos 25 años. Mientras tanto, siempre tengo traducciones para hacer, cuentos cortos y ensayos para escribir. A veces hasta intuyo cuándo va a llegar la inspiración. Mi última novela la empecé en las últimas Navidades, pero el verano anterior ya sabía que la haría e incluso que iba a ser muy larga. No puedo contar más porque es un secreto hasta que salga publicada en unos meses, pero insisto en que es un secreto muy gordo...
¿Cómo sabe si un libro suyo es bueno?
Dependo enteramente de mi mujer. Ella no escribe nada, pero es una crítica implacable. Cuando algo no le gusta, me lo dice y lo voy cambiando, en general, tres o cuatro veces hasta que me da el OK. A veces, pero muy pocas, un manuscrito le gusta tal cual se lo entregué, y entonces se lo llevo directamente al editor. Confío plenamente en ella. Además, cuando algo le gusta mucho, ¡después cocina unas cosas fantásticas para mí!
Su trabajo de traductor no es menor. Se dice que Raymond Carver es conocido en Japón porque usted lo tradujo. Y una flamante traducción suya del Gran Gatsby colocó la novela de Scott Fitzgerald en la lista de best sellers
Carver es un gran escritor que también hubiera llegado a ser conocido en Japón sin mi intermediación, pero reconozco que ayudé y con placer. Me gusta mucho traducir, me limpia la mente. No podría traducir a otros escritores posmodernos como yo (por ejemplo, Don DeLillo o Thomas Pynchon), ya que su propia locura chocaría con la mía. Pero Carver, Fitzgerald o Irving, grandes realistas que requieren una lectura muy precisa, son fantásticos para pasar al japonés porque, al tener que analizarlos tan de cerca, me van enseñando sus secretos.
Como ensayista ha escrito trabajos fundamentales para entender el Japón de hoy. Underground, el libro que hizo sobre los ataques con gas en el subte de Tokio, que mataron a casi un centenar de pasajeros, resonó mucho, en especial después del once de septiembre. ¿Cómo fue ese trabajo y qué paralelos ve entre ese atentado y lo que ocurrió en EE.UU?
Obviamente existe un fuerte paralelo entre ambas tragedias. Uno siente que la vida en la ciudad, las rutinas, se desarrollan sobre un piso firme y de repente se comprueba que no hay forma de escaparse del mundo más aterrorizador y oscuro, que uno puede estar entrando a trabajar como todos los días y de pronto la gente empieza a morir a nuestro alrededor. Es un escenario surrealista para la mayor parte de nosotros, y en el caso de Japón, yo quería realmente tratar de entender qué había pasado. Había leído todo lo que salió publicado en los diarios, pero no me era suficiente, necesitaba hablar con los sobrevivientes cara a cara y que ellos me contasen su historia. Lo sentía como parte de mi responsabilidad de escritor. Si mi habilidad es la de poner voces sobre papel, tenía que hacer que la de ellos perdurase, así que me encontré con las 64 personas, varias horas con cada uno. Fue una experiencia muy interesante. Los que colocaron el gas sarin que mató a tantas personas en teoría deberían haber sido los personajes más interesantes para un escritor. Pertenecían a un culto, de alguna manera eran idealistas en busca de un concepto más alto de Dios y la humanidad. Pero yo quedé fascinado por la gente común, sus víctimas. Eran personas con las que yo no tengo nada que ver y de quienes no podría ser amigo, gente aburrida que se mata trabajando, que vive pequeñas vidas en los suburbios. Pero me di cuenta de que podía amarlos, si no personalmente, como una fuerza, de la misma manera como un escritor ama a sus lectores. Y entonces me di cuenta también de la necesidad de escribir buenas historias. Porque, en el fondo, los miembros del culto, los terroristas, se habían creído una historia, una historia equivocada, que los llevó a matar. Yo creo que los escritores tienen la responsabilidad de llenar el mundo de historias buenas, que sirvan para acercar gente. Esto no tiene nada que ver con que esas historias contengan sexo o violencia como ingredientes. Lo que importa es que el mensaje final sea bueno para la sociedad. Las historias son demasiado poderosas como para que lo olvidemos.
6/4/07
Pegarle a un maestro
Por Mex UrtizbereaPara LA NACION
Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe hablar correctamente.
Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.
Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le deparará el secundario.
Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.
Lo saben sus padres.
Lo saben sus abuelos.
Lo sabe el tutor o encargado.
Lo saben los que no tienen estudios completos.
Lo sabe el repetidor.
Lo sabe el de mala conducta.
Lo sabe el que falta siempre.
Lo sabe el rateado.
Lo sabe el bochado.
Lo sabe hasta un analfabeto.
No se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos gobernadores. Son unos burros.
No saben lo más primario.
Lo que saben es matar a un maestro.
Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.
Lo que saben es golpearlos con un palo.
Lo que saben es dispararles balas de goma.
A los maestros.
A maestros.
Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.
Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro dice o hace.
Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.
Pero no se le puede pegar a un maestro.
No se le pega a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Y no lo saben porque son unos burros.
Y si no lo saben que lo aprendan.
Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.
Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.
Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe, Se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o encargados, con o sin estudios completos:
Que no se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
No debo pegarle a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen, interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la cabeza: los maestros son sagrados.
28/3/07
La pasión por Zeami Fushikaden (cuento nipón)
Para
Samantha Berger
I
Para
nadie era un secreto que en la obra de Teatro No de nombre Hanjo (en la
traducción al español se le hace llamar La Dama Han) el personaje Nochojite
(mujer de verdadero nombre Hanago en el papel de loca) era ejecutado
espléndidamente por el mismo Zeami Fushikaden, autor y director de la obra.
II
La
expresión corporal que demostraba Zeami sobre el escenario (normalmente Zeami
hacía buen uso de una vieja técnica de danza oriental) más el perfecto uso que
daba a la máscara de tipo Koomote, era motivo suficiente para convencer al
público de la fragilidad de ese personaje-mujer al borde del delirio, lo cual
provocaba una enorme sensibilidad en el público.
III
Por
la perfección y belleza de la obra, Hanjo fue repuesta en más de dos ocasiones
en el viejo Teatro de Arima, Hyogo, Japón. Con un éxito completo en todas sus
funciones. Por supuesto que este éxito no dejaba de tener relación con el
sentido del rito que el Teatro No hasta ahora despierta en el público japonés.
IV
A
lo largo de todas las temporadas, y en todas las funciones, era común ver en
los asientos preferenciales a una joven de la nobleza llamada Sachiko
Nobushige, quién amaba este tipo de Teatro, sobre todo las piezas que el propio
Fushikaden escribía y actuaba.
V
Una
de las reglas que siempre se ha implantado en el Teatro No es que todos sus
participantes: actores, músicos, coro, y hasta auxiliares, deben ser
exclusivamente varones. Nunca hasta el día de hoy se ha aceptado el ingreso de
una mujer, a menos que sea en el papel de espectadora, como en el caso de la
joven Sachiko Nobushige.
Pasar
por encima de esa regla se considera un delito grave. Esto puede significar,
incluso para la persona que falta a esta ley, a no volver a ver ni a participar
de ninguna manifestación del No.
VI
Dentro
de los ayudantes de escena, sólo uno estaba destacado para atender a todas las
exigencias del personaje que caracterizaba Zeami Fushikaden. Este rol lo
cumplía a la perfección un muchacho de nombre Tetsuro, primo lejano de Zeami.
VII
A
pesar de encontrarse detrás del escenario, Tetsuro ya se había percatado, al
igual que Zeami, de la constante presencia de la joven Sachiko. Y es que a
pesar de su labor, Tetsuro no dejaba de mirar a la admiradora de su maestro.
Pero sólo la parquedad de Tetsuro hacía dudar de cualquier gusto que él pudiera
tener sobre ella.
VIII
Para
Sachiko no hay momento más esplendoroso que ver a Zeami ejecutar su papel de
mujer loca. Y es que en esa posición de actor, no deja de estar presente -
sobre todo para ella - la idea de que Zeami sigue siendo un escritor detrás de
una máscara. Una máscara que cubre el verdadero rostro del autor de esos
diálogos tan bien escritos.
IX
Una
vez terminada las funciones, no resultaba nada raro para Tetsuro ver
completamente desnudo a su maestro Zeami. Eso no le molestaba en lo más mínimo,
así como tampoco le molestaba limpiar el sudor que abundaba sobre la frente de
su maestro una vez que se despojaba de la máscara del personaje Nochojite. Tal
vez sea irrelevante decirlo, pero en algunas ocasiones, mientras Tetsuro
cumplía su función, Zeami no mencionaba ni una sola palabra.
X
Una
vez fuera del teatro, y al haberse despedido de todos los correspondientes,
Zeami tomaba camino hacia su casa, seguido por Tetsuro que, como ya era
costumbre, llevaba el maletín con todas las cosas personales del maestro. Y a
pesar de que vivía a unas cuadras antes de la casa de Zeami, Tetsuro, siempre
fiel, lo acompañaba hasta la puerta de su casa, cerciorándose de que todo
terminase bien.
XI
Todo
aquel recorrido que realizaban Zeami y Tetsuro, era seguido con suma cautela
por Sachiko, que no dejaba de guardar cierta distancia para que el dramaturgo y
su acompañante no se dieran cuenta de su presencia.
XII
Cabe
mencionar que el modesto barrio donde vivían Zeami y Tetsuro, no se comparaba
en nada a las calles donde quedaba la lujosa casa de la familia Nobushige, la
cual se caracterizaba por tener sembradas una moderada cantidad de abetos al
lado de la acera.
XIII
Sólo
en una ocasión se dio el caso de la ausencia de Tetsuro. Aquella vez Zeami se
las arregló para atenderse asimismo durante el transcurso de la obra. Una vez
terminada la función, el mismo Zeami recogió todas sus pertenencias y las
colocó en su maletín. Se despidió del resto del elenco, así como de los
invitados y algunos concurrentes que se acercaban para felicitarlo. Una vez
librado de todos esos seguidores, Zeami tomó el camino hacia su casa sin
permitir que nadie lo acompañara. Como era de suponer, esa vez Sachiko lo
siguió como lo hacía cada noche.
XIV
En
todo el camino, Sachiko procedió a seguir mucho más de cerca a Zeami sin
importarle que esta vez él se diera cuenta de su presencia. Los pasos que ella
daba se producían casi como un eco de los pasos de Zeami. Esto hizo que en más
de una ocasión el dramaturgo volteara constantemente la mirada. Esto por lo
común ocurría en las calles desérticas que tomaba Zeami para llegar a su casa.
XV
Una
vez en la puerta, Zeami se detuvo a observar a Sachiko, que sin ningún temor
permaneció a sólo unos metros de él. Después de un largo momento de silencio,
Zeami hizo un gesto de invitación a Sachiko para que ingresara a su casa. Como
era de esperar, Sachiko aceptó la invitación. Una vez dentro, y después de una
larga conversación, Zeami pidió permiso para lavarse las manos con el fin de
servir la merienda. En ese momento, y tal vez con el mayor atrevimiento,
Sachiko cogió las manos del dramaturgo y las acercó al agua, frotándolas una y
otra vez con sus propias manos. Sin saber por qué, este acto de aseo que hacía
Sachiko en las manos de Zeami, le hizo recordar al dramaturgo la dedicada labor
que realizaba Tetsuro cada vez que estos dos se encontraban solos. Por supuesto
que ese hecho nunca lo daría a conocer.
19/11/06
Jaime Durán Barba: la política erotizada
Por Laura Di Marco
Publicado en LA NACION
Publicado en LA NACION
El ecuatoriano Jaime Durán Barba es algo así como un Dick Morris latinoamericano. Asesora en imagen a Mauricio Macri desde hace algunos años y fue el mentor del "salto al bache" en la campaña legislativa de 2005; allí, el presidente de Boca aparecía sorteando pozos en las calles porteñas, como una demostración, en clave de show mediático, de la ineficiencia de Aníbal Ibarra, su rival del año pasado.
Convengamos en que a Macri no le fue nada mal en la última vuelta electoral: salió primero. Y a Durán Barba tampoco le va nada mal este año: sus dos clientes más famosos, candidatos presidenciales ambos, con sesgo de centroderecha, el presidente electo de México, Felipe Calderón, y el candidato ecuatoriano, el millonario Alvaro Noboa, se impusieron en las elecciones de sus respectivos países.
La vida de Durán Barba es novelesca. Vivió y estudió en la Argentina en los setenta; llegó a enamorarse del peronismo de izquierda de aquellos años y como militante de la JP estuvo entre los jóvenes que fueron a buscar a Perón a Ezeiza, en su trágico regreso al país.
"Todo ha cambiado desde entonces, menos los políticos, que siguen diciendo las mismas cosas desde hace 50 años. No se dan cuenta de que a la actual generación de votantes le importa como tema político central el sexo. A un pibe le inquieta más que su pareja quede embarazada que cómo paga la Argentina su deuda externa. De allí que le importa saber si el candidato aprobará o no la píldora del día después, o si está a favor o en contra de la educación sexual. Esta sociedad nueva, con el reinado de Internet, nos ha llevado a una erotización del mundo. Y es en ese plano donde se están definiendo nuevas izquierdas y derechas."
Pero los políticos están muy lejos de abrir esos debates, aunque también es cierto que hemos tenido temas bastante más urgentes en la Argentina a partir de 2001 .
Son debates que todavía no se han incorporado en América latina, no sólo en la Argentina. Los políticos mayores de 50 años no fijan su posición frente al aborto, los homosexuales o la necesidad o no de casarse para formar pareja. Tienen miedo de hablar de sexo; creen que no es de buen gusto; que no es importante. Hasta ahora, había que hablar del "Che" Guevara.
¿Y usted lo va a alentar a Macri para que vaya en ese sentido?
Cada candidato recorre su camino y tiene su estilo. Hay toda una caricatura que se ha armado del asesor, que trata a su cliente como si fuera una marioneta. Esto no es así. Es más, yo no trabajo con políticos sin personalidad. Con Mauricio charlamos; él es un hombre muy inteligente, que sabe escuchar y escucha, pero también discute mucho. Yo planteo opciones y él decide. Un asesor nunca debe imponer sus puntos de vista.
Es algo así como un psicólogo, digamos .
Sí, me voy acercando a eso
Hay gente que ve en Macri un costado frívolo. De hecho, ésa es la grieta que aprovecha el oficialismo para llamarlo despectivamente "Mauri" o mandarlo a Estados Unidos, ¿cómo se arregla eso?
Pues, ¡vamos! Yo creo que eso es sensacional.
¿Qué cosa es sensacional, ser frívolo?
Macri no es un tipo acartonado, como podría serlo -con el debido respeto- Lavagna. Y esa es, precisamente, su fuerza, como lo es, también, en Telerman. La gente quiere políticos creativos, diversos, no confrontativos. Eso los pone en el siglo XXI.
¿En cuánto lo ayuda a Macri, en nuestra sociedad, su estilo de escasa confrontación?
En mucho. El estilo confrontativo puede dar rédito, pero es provisorio y finalmente es un problema. Forma parte de la sociedad machista antigua, que empezó a morir en los 50. A partir de entonces, la sociedad occidental se hizo femenina.
¿Confrontar es machista?
Si, claro, tiene que ver con la pelea de los machos alfa, que se disputaban la hegemonía a mordiscos. Eso sucedió desde nuestros antepasados, los homínidos, hasta que la mujer y sus valores se incorporaron al mundo público. Desde entonces, muchos valores machistas se vienen derrumbando. Y si antes era prestigioso ser cazador; hoy es prestigioso ser ecologista. Si antes era muy macho un niño que golpeaba a todos los demás, hoy, cuando golpea al segundo niño, va al psicólogo.
Pero mire que a nuestro presidente no le está yendo nada mal como macho alfa...
Porque estamos en la transición, y todavía hay machos alfa que tienen éxito. Pero si se asoma otro, con una propuesta muy positiva, muy moderna, va a empezar a empatar con los nuevos electores. Sobre todo, con las mujeres y los jóvenes.
Entonces, usted le aconseja a Macri que no ataque al Gobierno.
En principio, sí. Gana el candidato que más soluciona los problemas de la gente, no el que más muerde a los otros machos alfa. Además, estamos ante un presidente con una enorme popularidad y que, encima, es buen comunicador. La gente piensa: ¿odia al tipo que a mí me cae bien? No es una buena idea: puede generar un efecto adverso.
Caramba, ¿y qué piensa hacer, entonces, con Macri, en semejante contexto?
(Pensativo) Esa es la pregunta del millón Yo creo que Macri tiene un espacio importante, pero a la vez, en el 2007, enfrentará un gran desafío, porque Kirchner tiene altísimas posibilidades de ser reelegido. Claro que en política nada está firmado nunca. En Ecuador, Correa ya estaba gobernando, y salió segundo (NdR: en Ecuador está pendiente el ballotage).
La oposición está debatiendo si se une o no en 2007. Macri es partidario de no amontonarse, ¿usted qué le aconseja al respecto?
Antes, quiero aclarar que yo no tengo la misma ideología que Macri, ni siempre comparto la forma de pensar de mis clientes. Con Mauricio coincidimos en algunas cosas y en otras, no. En este caso, coincidimos. Si lo que articula a un montón de políticos es fastidiar a Kirchner, no es una buena propuesta. Sobre todo porque a la mayoría no le interesa destruir a su presidente, y menos a éste. El eje siempre es que la gente sienta que los gobernantes pueden servirles. Ahora, si se forma una coalición coherente, de personas que tienen una propuesta capaz de ofrecer muy buenas soluciones, bueno, eso va a tener sentido.
Usted antes decía que Kirchner es un buen comunicador, ¿por qué?
Bueno, por ejemplo, cuando pagó la deuda con el Fondo, desde el punto de vista de los economistas puede ser discutible, pero para el ciudadano común de América latina, que es la inmensa mayoría, la Argentina pagó toda su deuda externa, cosa que no es cierta, pero no importa: como imagen del Gobierno, es buenísima.
O sea que lo importante, según los asesores de imagen, no es lo que pasa realmente sino lo que parece que pasa.
A ver. El buen funcionamiento de la economía no produce, automáticamente, réditos políticos. Fíjese el caso de Alejandro Toledo, en Perú: la economía peruana creció espectacularmente durante su presidencia y, sin embargo, fue uno de los presidentes más impopulares. ¿Por qué? Porque no sabía comunicarlo y llegó al récord de tener sólo el siete por ciento de aceptación popular.
Es amigo y fue asesor del ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus, "uno de los comunicadores políticos más espectaculares de los últimos tiempos", según Durán. Mockus posó totalmente desnudo, sentado sobre una piedra como "El Pensador" de Rodin, para su foto oficial de la muy conservadora capital colombiana.
No me diga que se viene Macri posando desnudo para la campaña de 2007
(Se ríe a carcajadas) No; no. Cada cual con su estilo. Creo que a Macri le viene bien ser Macri.
¿Y cuánto le paga por su trabajo?
Con Mauricio somos amigos, no hay, digamos, una relación contractual.
No esperará que creamos que trabaja gratis para Macri, ¿o sí?
Es que no es un acuerdo convencional. Mauricio me paga los viajes, los hoteles
Bueno, ya que no nos quiere contar, lo llevo a un plano más general, ¿cuánto cuesta una campaña electoral para un asesor de su nivel?
De cero a un millón de dólares.
Ahora, Durán, este abordaje de las campañas, ¿no convierte a la politica en un mero show mediático, sin contenido?
¿Y por qué la política tiene que ser un entierro?
Un entierro, no, pero de ahí a entronizar la imagen a costa del contenido hay una gran distancia
En nuestra profesión tratamos de comunicarnos con los electores comunes. En las campañas, el votante que más nos interesa es el menos instruido. Una persona que lee el editorial de LA NACION no nos interesa para nada porque ya está decidido.
A esos no los define que Macri salte un bache.
No; ni que Kirchner haga una gran propuesta: son los votos duros; el electorado informado, que no es más que el diez por ciento en América latina.
¿Y el resto? ¿Qué mueve a votar a la mayoría?
Imágenes y sentimientos; no vota con su cabeza. Aunque, ojo, tampoco los intelectuales, ni los informados, votan con su cabeza. No existen las decisiones frías, racionales. En la política hay sentimientos muy fuertes en juego. Cuando un socialista y un capitalista discutían no decidían qué es mejor en base a libros; discutían fe. Uno primero es católico y después se entera en qué hay que creer para serlo. En las generaciones pasadas, un gorila nunca veía bien a un peronista y viceversa. La gente ha votado por amor a Péron.
Pero no votaría por amor a Macri, ¿o sí?
No crea; Macri, a favor o en contra, genera pasiones. Hay gente que detesta a Macri y hay otra a la que le fascina: es un candidato que polariza. Y Boca lo ayuda mucho para eso.
¿Es bueno que polarice?
Claro que sí. El drama sería que no generara reacciones ni a favor ni en contra. En ese caso, tendría las mismas chances de ser presidente que mi abuelita.
¿Usted le aconseja que se presente en la ciudad o a nivel nacional?
Esa es una decisión muy de él. Creo que son dos caminos igualmente posibles.
En el caso de que Macri ganara en la ciudad, ¿no sería complicado gestionar con un gobierno nacional en contra, que además intentaría, a toda costa, frenar la aparición de un polo opositor?
En ese caso, Kirchner también saldría dañado. Es más, estoy seguro de que, si hiciéramos la pregunta, la mayoría querría que Macri y Kirchner fueran aliados para que resolvieran los problemas de la gente. Al ciudadano común, cualquier otra cosa, le resulta muy secundaria.
30/10/06
6/10/06
1/10/06
Un moralista incómodo
Por Nicolás Schuff
Publicado en TEATRO
El dramaturgo noruego Henrik Ibsen nació en 1828 y murió en 1906. Fue poeta, y escribió sus primeros dramas en verso. Pero su teatro –de artesanía bella, hábil e innovadora, fundamental en el desarrollo de la dramaturgia moderna– no abunda en pasajes de gran vuelo lírico. Es, por llamarlo así, un teatro de tesis, filosófico. De corte claramente realista en sus comienzos, incorporó con el tiempo elementos del simbolismo. Su eficacia sobre el escenario es admirable y rotunda.
La idea de esta propuesta con Alejandro Tantanian no era poner una obra de Ibsen, ni escribir un texto original sobre él, sino trabajar en parte con fragmentos de sus dramas. Esos textos, escasamente “poéticos”, y tan bien imbricados entre sí en cada obra, ¿funcionarían así, recortados, desgajados? Además, no serían actuados sino leídos.
Ibsen (Fragmentos, cartas, misceláneas) no es, en todo caso, una obra de teatro. Tampoco es un simple montaje de escenas. De manera algo fragmentaria y libre, intentamos dar cuenta de ciertos temas e inquietudes que recorren la totalidad del corpus del dramaturgo. Son temas e inquietudes que anticipan en muchos sentidos a los que recorren el siglo veinte, y llegan hasta hoy. Como escribe Claudio Magris, de la obra de Ibsen “emergen con extraordinaria anticipación muchos de los motivos que retornarán durante decenios en la literatura de la crisis burguesa: la divergencia entre vida y espíritu, o bien entre arte y vida, sentimiento y forma, exigencia moral e impulso vital, libertad caótica y orden represivo, deber y placer; la precariedad del sujeto individual y sobre todo de su unidad psicológica; la antítesis entre vida pública y ética privada, entre interioridad y objetividad social; la irónica contradicción entre la exigencia kantiana de una personalidad autónoma individual y la conciencia de que esta última se halla férreamente determinada por las relaciones sociales”.
La lectura de Ibsen es muy estimulante. Conmueve, extraña, hace pensar. Sondea las conciencias con penetración e ironía, y arrincona y confronta valores establecidos que hoy, con otras formas, siguen tan vigentes como entonces. Es una voz que perdura en el tiempo porque aún vibra y hace vibrar. Es eso que llaman un clásico.
Para confeccionar Ibsen..., dejamos que esa voz, esos personajes y esas ideas, tan poderosas, fueran atrayendo hacia sí, como imanes, diferentes elementos. Asociándose con otras palabras, otras imágenes, sonidos. Pensamos el trabajo como una especie de fresco. Quisimos que de a poco, a través de impresiones no necesaria o evidentemente relacionadas entre sí, se dibujara una figura.
Ibsen fue un idealista y un moralista incómodo. Vivió siempre, por así decir, con un pie afuera, como corrido de lugar. Es un rasgo que, a poco que se recorre su más bien lisa biografía, reaparece y destaca con la insistencia de un destino. De niño, su familia cayó en bancarrota y tuvo que dejar la ciudad para mudarse al campo. Pocos años más tarde, Ibsen abandonó el hogar paterno. Se mudó de ciudad. Trabajó en una farmacia. Quiso ingresar en la universidad, pero sus recursos se lo impidieron. Ningún editor se interesó por su primer obra. Amó a una joven cuya familia no aprobó la unión. Al fin abandonó Noruega y regresó 27 años más tarde.
Con el tiempo obtuvo fama, el amor de una mujer, la holgura material. Pero eso no detuvo su progresivo y general desencanto.
En sus últimos dramas –por ejemplo El constructor Solness, Juan Gabriel Borkman y Cuando despertemos los muertos, hoy poco leídos y representados– sometió sus propias ideas a un examen crítico lúcido y feroz. Son dramas más breves y directos, crudos, precisos como cuchillos, tan buenos como descarnados y opresivos; tan estimulantes y desolados como las cumbres blancas donde mueren, en la última escena de su última obra, aplastados por un alud, sus últimos personajes (Rubek e Irene; el artista y su “musa”).
Por entonces, Ibsen ya había perdido la confianza en la capacidad de la palabra para representar la realidad, indudable en sus primeros trabajos. Era plenamente conciente del abismo abierto entre la vida y su representación. Así, entra al siglo XX con plena carta de ciudadanía.
“Vivir”, escribió, “es luchar contra los demonios del corazón y del cerebro”.
Pasó sus últimos años sin escribir, víctima de una hemorragia cerebral, al cuidado de su esposa. Cuentan que le gustaba observar la calle desde la ventana de su estudio.
Allí lo imaginamos para empezar a confeccionar este trabajo. De pie, mirando por la ventana. Su propia imagen se refleja en el vidrio y se confunde con las figuras del exterior. Otra vez, y como siempre, adentro y afuera. Ibsen recuerda. Interroga el porvenir. Quizá ya no con dolor, sino con cierta desilusionada, melancólica perplejidad.
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