
5/5/08
25/4/08
Naomi Klein y la doctrina del shock

Por Silvina Friera
La musa de la antiglobalización, que vendió más de un millón de ejemplares en todo el mundo con No logo, llama la atención de los hombres. En el hotel céntrico donde se aloja, no es una turista más; camina con la familiaridad de quien conoce el terreno que pisa, se siente “como en casa” en esta ciudad en la que vivió durante 2002. Elegante y cuidadosa de su imagen –para sus encuentros con la prensa contó con la ayuda de maquilladora y coiffeur–, Naomi Klein se toma con humor su regreso al país. Cuando llegó, el sábado pasado, la densa nube de humo que cubría la ciudad impidió que el avión aterrizara inmediatamente en Ezeiza. “Prefiero la otra Argentina, en la que había fuego por la política, y no ésta, que me sofocó de entrada con tanto humo”, bromea la periodista canadiense, que hoy a las 19.30 presentará en la Feria su último libro, La doctrina del shock (Paidós), que bien podría definirse como “la historia no oficial del libre mercado”. En este trabajo de investigación de más de 600 páginas, Klein demuestra cómo el capitalismo emplea constantemente la violencia y el terror contra el individuo y la sociedad.
Nieta de un sindicalista de la empresa Disney e hija de una pareja formada por una artista feminista y un objetor de la guerra de Vietnam que huyó a Canadá, seguidora entusiasta de Eduardo Galeano, John Berger y Susan Sontag, Klein no vino sola a la Argentina. Además de su marido, Avi Lewis, con quien realizó el documental La toma, sobre los obreros de Bruckman y Zanon, la acompaña el cineasta británico Michael Winterbottom, con quien filmará un documental sobre La doctrina del shock en Buenos Aires, donde encontró la materia prima de su último libro. “Acá tomé lecciones de historia simplemente caminando y hablando con amigos por las calles. Fue el período donde más aprendí en poco tiempo, fue una experiencia muy intensa, porque ellos cambiaron la forma en que veía el mundo”, recuerda la periodista en la entrevista con Página/12. Esos amigos –Marta Dillon, Claudia Acuña, Silvia Delfino y Sergio Ciancaglini, entre otros– le contaron de las sangrientas raíces del proyecto de la Escuela de Chicago, comandada por Milton Friedman, “el hombre de la libertad”, según The Wall Street, y compartieron sus propios recuerdos y tragedias personales con Klein.
Gran gurú del movimiento a favor del capitalismo de libre mercado, Friedman fue el responsable de crear “la hoja de ruta de la economía global, contemporánea e hipermóvil en la que hoy vivimos”, plantea Klein. Durante más de tres décadas, el economista de Chicago y sus poderosos seguidores esperaron a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock para vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados. “Algunas personas almacenan latas y agua en caso de desastre o terremotos; los discípulos de Friedman almacenan un montón de ideas de libre mercado”, ironiza la autora. Friedman aprendió lo importante que era aprovechar una crisis o estado de shock a gran escala durante la década del setenta, cuando fue asesor del dictador chileno Augusto Pinochet.
Si las privatizaciones, la desregulación gubernamental y los recortes en el gasto social solían ser impopulares entre la gente, “pero con el establecimiento de acuerdos firmados y una parafernalia, oficial, al menos se sostenía el pretexto del consentimiento mutuo entre los gobiernos que negociaban, así como una ilusión de consenso entre los supuestos expertos”, ahora, el mismo programa ideológico “se imponía mediante las peores condiciones coercitivas posibles: la ocupación militar de una potencia extranjera después de una invasión o inmediatamente después de una catástrofe natural de gran magnitud”. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, “ya no tenían que preguntar al resto del mundo si deseaban la versión estadounidense del ‘libre mercado y la democracia’; ya podían imponerla mediante el poder militar y su doctrina de shock y conmoción”, afirma Klein. “La administración Bush aprovechó la oportunidad generada por el miedo a los ataques para lanzar la guerra contra el terror, pero también para garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente dedicada a los beneficios, un nuevo sector en crecimiento que insufló renovadas fuerzas en la debilitada economía estadounidense.” Aunque Friedman declaró que su propuesta era liberar al mercado de la tenaza estatal, Klein advierte que las elites políticas y empresariales sencillamente se han fusionado, “intercambiando favores para garantizar su derecho a apropiarse, desde los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las tierras colectivas chinas, hasta los contratos de reconstrucción otorgados para Irak”. La periodista canadiense repasa, en esta exhaustiva investigación, cómo en Chile, Irak, Sudáfrica, Argentina y China la tortura ha sido el socio silencioso de la cruzada por la libertad de mercado global.
Política y economía
–¿Por qué no es frecuente que se relacione, como usted hace en el libro, al neoliberalismo con la violencia y las torturas?
–Creo que por muchas razones, pero la principal es que la historia la contaron los ganadores y, como toda historia de ganadores, está narrada de una manera “muy limpia” y triunfante. Si pensamos en Chile, teníamos a los Chicago Boys, que eran financiados por la fundación Ford. Cuando se los cuestionaba por las violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por Pinochet, ellos decían que eran técnicos, que no tenían nada que ver con esa situación. El principal financista de los grupos de derechos humanos en Chile también era la Fundación Ford, y estos grupos decían que sólo les interesaba que se respetara la ley, que no les interesaba ni la política ni la economía. La Fundación Ford trataba de asegurar que política y economía nunca se entrelazaran. No se relacionaba el neoliberalismo y la tortura por la tiranía de la especialización, abogados por un lado y economistas por el otro que sólo se ocupaban de sus disciplinas. Pero si leemos a Rodolfo Walsh o a Eduardo Galeano, nos encontramos con un análisis completo e integral de la situación.
–El material del libro, sobre todo la parte en la que recuerda los experimentos de electroshocks en pacientes psiquiátricos financiados por la CIA en la década del 50, resulta bastante desesperanzador. ¿Encuentra alternativas?
–Entiendo por qué el material del libro es un tanto deprimente cuando uno lo lee, incluso yo misma me deprimí un poco en algunas instancias (risas). Pero el libro expresa un acto prometedor. Justamente a partir de mi experiencia en la Argentina me di cuenta de la importancia de la memoria histórica para poder resistir y de alguna manera veo al libro como una contribución a la memoria colectiva. Hay una luz de esperanza porque cuando el neoliberalismo falla surge un nuevo espíritu que nos revela una alternativa. Una de las cosas que me hace tener esperanzas es que veo un cambio político en Estados Unidos; cada vez observo cómo más personas están resistiendo y levantándose contra el corporativismo. Y esto es muy nuevo, porque durante mucho tiempo de lo único que se hablaba era de Bush y de su incompetencia.
–¿El contexto electoral norteamericano está vinculado con este cambio que percibe?
–En realidad, la situación electoral lo único que hace es tirarnos hacia atrás. De alguna manera, los movimientos antiglobalización, las protestas de Seattle, que surgieron a fines de los ’90, marcaron un cambio a la hora de hablar del neoliberalismo y el corporativismo. La era Bush y la era del 11 de septiembre con la guerra del terror eclipsaron todas las otras cuestiones políticas, lo cual generó una gran pérdida de conciencia de la situación. Pero después se vivió una especie de coletazo contra Bush, no tanto en cuanto a su agenda política o económica, sino más hacia su persona. Pero por suerte estamos una vez más enfocados hacia la mecánica misma del poder. Hay dos millones de personas que están perdiendo sus hogares mientras el gobierno está preocupado por rescatar a Wall Street. Si uno se fija quiénes están financiando las campañas de Hillary Clinton y Obama, son el Citibank y JP Morgan. Es la primera vez en catorce años que los demócratas obtienen más dinero de los fabricantes de armas que los republicanos. Hillary Clinton ha obtenido más financiación de las compañías de defensa que la que obtuvo John McCain. Ni Clinton ni Obama están aprovechando este gran momento de radicalización que se está viviendo en la sociedad, ninguno tiene planes concretos para retirarse de Irak. Al contrario, quieren mantener la zona verde, que de alguna manera es una ocupación. Obama dijo la semana pasada que el pueblo norteamericano era amargo, que no tenía mucho sentido del humor, y en realidad tiene razón, porque la gente está cansada y furiosa.
–En el libro se percibe una defensa importante de Keynes. ¿Una alternativa sería recuperar la figura de un Estado más fuerte que regule la economía?
–No veo el libro sólo como una defensa del keynesianismo. Creo que es importante entender que el keynesianismo era una conciliación: el New Deal se logró por el masivo movimiento de los socialistas y de los sindicatos, pero no fue suficiente, no fue más allá. No me parece que plantee que la alternativa sea volver al keynesianismo. Estoy a favor de la descentralización, del cooperativismo; no estoy diciendo que volver al modelo keynesiano sea la gran solución.
–Usted señala que los auténticos enemigos de la teoría de Friedman no eran los marxistas, sino los keynesianos norteamericanos, los socialdemócratas europeos y los desarrollistas de lo que entonces se llamaba Tercer Mundo. ¿Quiénes serían hoy los enemigos del neoliberalismo?
–El socialismo democrático siempre ha sido el mayor peligro para el neoliberalismo. La atracción que genera la democracia con la combinación de una red de contención social siempre ha sido “la gran amenaza”. Después de que Allende fuera electo, Kissinger le dijo a Nixon que temía que el modelo chileno se propagara por el mundo. Creo que las tácticas de ayer y de hoy son las mismas, por ejemplo, la forma en que se demoniza a Hugo Chávez y Evo Morales. Lo mejor que le pasó a Chávez es haber perdido el referéndum porque ahora es mucho más difícil presentarlo como autoritario cuando aceptó y respetó el resultado. Cuando vemos que con la única figura con la que no se puede tratar en Irak es con Al Sadr, empezamos a comprender claramente cuál es la amenaza de Irak. Al Sadr es un nacionalista fundamentalista, los otros líderes son tan fundamentalistas como él en cuestiones de religión, pero la diferencia es que Al Sadr quiere tener el control de la economía de Irak. Nos enfrentamos a la misma lucha y la misma batalla que hemos tenido en los últimos treinta años y las mismas amenazas. Las figuras que no tienen respeto por la democracia son un don para los neoliberales.
La musa de la antiglobalización, que vendió más de un millón de ejemplares en todo el mundo con No logo, llama la atención de los hombres. En el hotel céntrico donde se aloja, no es una turista más; camina con la familiaridad de quien conoce el terreno que pisa, se siente “como en casa” en esta ciudad en la que vivió durante 2002. Elegante y cuidadosa de su imagen –para sus encuentros con la prensa contó con la ayuda de maquilladora y coiffeur–, Naomi Klein se toma con humor su regreso al país. Cuando llegó, el sábado pasado, la densa nube de humo que cubría la ciudad impidió que el avión aterrizara inmediatamente en Ezeiza. “Prefiero la otra Argentina, en la que había fuego por la política, y no ésta, que me sofocó de entrada con tanto humo”, bromea la periodista canadiense, que hoy a las 19.30 presentará en la Feria su último libro, La doctrina del shock (Paidós), que bien podría definirse como “la historia no oficial del libre mercado”. En este trabajo de investigación de más de 600 páginas, Klein demuestra cómo el capitalismo emplea constantemente la violencia y el terror contra el individuo y la sociedad.
Nieta de un sindicalista de la empresa Disney e hija de una pareja formada por una artista feminista y un objetor de la guerra de Vietnam que huyó a Canadá, seguidora entusiasta de Eduardo Galeano, John Berger y Susan Sontag, Klein no vino sola a la Argentina. Además de su marido, Avi Lewis, con quien realizó el documental La toma, sobre los obreros de Bruckman y Zanon, la acompaña el cineasta británico Michael Winterbottom, con quien filmará un documental sobre La doctrina del shock en Buenos Aires, donde encontró la materia prima de su último libro. “Acá tomé lecciones de historia simplemente caminando y hablando con amigos por las calles. Fue el período donde más aprendí en poco tiempo, fue una experiencia muy intensa, porque ellos cambiaron la forma en que veía el mundo”, recuerda la periodista en la entrevista con Página/12. Esos amigos –Marta Dillon, Claudia Acuña, Silvia Delfino y Sergio Ciancaglini, entre otros– le contaron de las sangrientas raíces del proyecto de la Escuela de Chicago, comandada por Milton Friedman, “el hombre de la libertad”, según The Wall Street, y compartieron sus propios recuerdos y tragedias personales con Klein.
Gran gurú del movimiento a favor del capitalismo de libre mercado, Friedman fue el responsable de crear “la hoja de ruta de la economía global, contemporánea e hipermóvil en la que hoy vivimos”, plantea Klein. Durante más de tres décadas, el economista de Chicago y sus poderosos seguidores esperaron a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock para vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados. “Algunas personas almacenan latas y agua en caso de desastre o terremotos; los discípulos de Friedman almacenan un montón de ideas de libre mercado”, ironiza la autora. Friedman aprendió lo importante que era aprovechar una crisis o estado de shock a gran escala durante la década del setenta, cuando fue asesor del dictador chileno Augusto Pinochet.
Si las privatizaciones, la desregulación gubernamental y los recortes en el gasto social solían ser impopulares entre la gente, “pero con el establecimiento de acuerdos firmados y una parafernalia, oficial, al menos se sostenía el pretexto del consentimiento mutuo entre los gobiernos que negociaban, así como una ilusión de consenso entre los supuestos expertos”, ahora, el mismo programa ideológico “se imponía mediante las peores condiciones coercitivas posibles: la ocupación militar de una potencia extranjera después de una invasión o inmediatamente después de una catástrofe natural de gran magnitud”. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, “ya no tenían que preguntar al resto del mundo si deseaban la versión estadounidense del ‘libre mercado y la democracia’; ya podían imponerla mediante el poder militar y su doctrina de shock y conmoción”, afirma Klein. “La administración Bush aprovechó la oportunidad generada por el miedo a los ataques para lanzar la guerra contra el terror, pero también para garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente dedicada a los beneficios, un nuevo sector en crecimiento que insufló renovadas fuerzas en la debilitada economía estadounidense.” Aunque Friedman declaró que su propuesta era liberar al mercado de la tenaza estatal, Klein advierte que las elites políticas y empresariales sencillamente se han fusionado, “intercambiando favores para garantizar su derecho a apropiarse, desde los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las tierras colectivas chinas, hasta los contratos de reconstrucción otorgados para Irak”. La periodista canadiense repasa, en esta exhaustiva investigación, cómo en Chile, Irak, Sudáfrica, Argentina y China la tortura ha sido el socio silencioso de la cruzada por la libertad de mercado global.
Política y economía
–¿Por qué no es frecuente que se relacione, como usted hace en el libro, al neoliberalismo con la violencia y las torturas?
–Creo que por muchas razones, pero la principal es que la historia la contaron los ganadores y, como toda historia de ganadores, está narrada de una manera “muy limpia” y triunfante. Si pensamos en Chile, teníamos a los Chicago Boys, que eran financiados por la fundación Ford. Cuando se los cuestionaba por las violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por Pinochet, ellos decían que eran técnicos, que no tenían nada que ver con esa situación. El principal financista de los grupos de derechos humanos en Chile también era la Fundación Ford, y estos grupos decían que sólo les interesaba que se respetara la ley, que no les interesaba ni la política ni la economía. La Fundación Ford trataba de asegurar que política y economía nunca se entrelazaran. No se relacionaba el neoliberalismo y la tortura por la tiranía de la especialización, abogados por un lado y economistas por el otro que sólo se ocupaban de sus disciplinas. Pero si leemos a Rodolfo Walsh o a Eduardo Galeano, nos encontramos con un análisis completo e integral de la situación.
–El material del libro, sobre todo la parte en la que recuerda los experimentos de electroshocks en pacientes psiquiátricos financiados por la CIA en la década del 50, resulta bastante desesperanzador. ¿Encuentra alternativas?
–Entiendo por qué el material del libro es un tanto deprimente cuando uno lo lee, incluso yo misma me deprimí un poco en algunas instancias (risas). Pero el libro expresa un acto prometedor. Justamente a partir de mi experiencia en la Argentina me di cuenta de la importancia de la memoria histórica para poder resistir y de alguna manera veo al libro como una contribución a la memoria colectiva. Hay una luz de esperanza porque cuando el neoliberalismo falla surge un nuevo espíritu que nos revela una alternativa. Una de las cosas que me hace tener esperanzas es que veo un cambio político en Estados Unidos; cada vez observo cómo más personas están resistiendo y levantándose contra el corporativismo. Y esto es muy nuevo, porque durante mucho tiempo de lo único que se hablaba era de Bush y de su incompetencia.
–¿El contexto electoral norteamericano está vinculado con este cambio que percibe?
–En realidad, la situación electoral lo único que hace es tirarnos hacia atrás. De alguna manera, los movimientos antiglobalización, las protestas de Seattle, que surgieron a fines de los ’90, marcaron un cambio a la hora de hablar del neoliberalismo y el corporativismo. La era Bush y la era del 11 de septiembre con la guerra del terror eclipsaron todas las otras cuestiones políticas, lo cual generó una gran pérdida de conciencia de la situación. Pero después se vivió una especie de coletazo contra Bush, no tanto en cuanto a su agenda política o económica, sino más hacia su persona. Pero por suerte estamos una vez más enfocados hacia la mecánica misma del poder. Hay dos millones de personas que están perdiendo sus hogares mientras el gobierno está preocupado por rescatar a Wall Street. Si uno se fija quiénes están financiando las campañas de Hillary Clinton y Obama, son el Citibank y JP Morgan. Es la primera vez en catorce años que los demócratas obtienen más dinero de los fabricantes de armas que los republicanos. Hillary Clinton ha obtenido más financiación de las compañías de defensa que la que obtuvo John McCain. Ni Clinton ni Obama están aprovechando este gran momento de radicalización que se está viviendo en la sociedad, ninguno tiene planes concretos para retirarse de Irak. Al contrario, quieren mantener la zona verde, que de alguna manera es una ocupación. Obama dijo la semana pasada que el pueblo norteamericano era amargo, que no tenía mucho sentido del humor, y en realidad tiene razón, porque la gente está cansada y furiosa.
–En el libro se percibe una defensa importante de Keynes. ¿Una alternativa sería recuperar la figura de un Estado más fuerte que regule la economía?
–No veo el libro sólo como una defensa del keynesianismo. Creo que es importante entender que el keynesianismo era una conciliación: el New Deal se logró por el masivo movimiento de los socialistas y de los sindicatos, pero no fue suficiente, no fue más allá. No me parece que plantee que la alternativa sea volver al keynesianismo. Estoy a favor de la descentralización, del cooperativismo; no estoy diciendo que volver al modelo keynesiano sea la gran solución.
–Usted señala que los auténticos enemigos de la teoría de Friedman no eran los marxistas, sino los keynesianos norteamericanos, los socialdemócratas europeos y los desarrollistas de lo que entonces se llamaba Tercer Mundo. ¿Quiénes serían hoy los enemigos del neoliberalismo?
–El socialismo democrático siempre ha sido el mayor peligro para el neoliberalismo. La atracción que genera la democracia con la combinación de una red de contención social siempre ha sido “la gran amenaza”. Después de que Allende fuera electo, Kissinger le dijo a Nixon que temía que el modelo chileno se propagara por el mundo. Creo que las tácticas de ayer y de hoy son las mismas, por ejemplo, la forma en que se demoniza a Hugo Chávez y Evo Morales. Lo mejor que le pasó a Chávez es haber perdido el referéndum porque ahora es mucho más difícil presentarlo como autoritario cuando aceptó y respetó el resultado. Cuando vemos que con la única figura con la que no se puede tratar en Irak es con Al Sadr, empezamos a comprender claramente cuál es la amenaza de Irak. Al Sadr es un nacionalista fundamentalista, los otros líderes son tan fundamentalistas como él en cuestiones de religión, pero la diferencia es que Al Sadr quiere tener el control de la economía de Irak. Nos enfrentamos a la misma lucha y la misma batalla que hemos tenido en los últimos treinta años y las mismas amenazas. Las figuras que no tienen respeto por la democracia son un don para los neoliberales.
18/4/08
Mónica Cabrera
Por Carolina PrietoPublicado en PAGINA 12
The Cabrera’s Company es una usina de producción de obras de humor comandada por Mónica Cabrera, mujer orquesta responsable del texto, la interpretación y la dirección de puestas desopilantes como Arrabalera, El Club de las bataclanas, El sistema de la víctima y Dolly Guzmán no está muerta.
Desde hace casi una década, la artista –que en cada unipersonal se multiplica en una galería de personajes desorbitados e inquietantes– trabaja con un puñado de personas con quienes cristaliza espectáculos de una comicidad arrolladora y lúcida sin ser críptica. El resultado es la carcajada estridente, la risa que ilumina aristas dolorosas de la realidad y un público cada vez más numeroso que disfruta a pleno.
Antes de partir a México y a Estados Unidos, la creadora de 49 años dará a conocer en la sala Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543), Limosna de amores, nuevo trabajo en el que aborda temas como el amor, el poder y los escollos del capitalismo mediante una serie de criaturas arquetípicas que se pasean en la inmensidad de un desierto. “Es una obra algo sesentista: se mete con cuestiones como la base del capitalismo, el amor en ese sistema, la guerra, el trabajo. Creo que nos hará reflexionar básicamente sobre dos cuestiones: por qué uno está con tal persona y por qué nos dedicamos a trabajar en tal o cual cosa”, arriesga la actriz, formada en el estudio de Alejandra Boero y dedicada a montar tragedias clásicas y contemporáneas antes de zambullirse en el humor.
Para explorar la naturaleza de los afectos y de la actividad productiva en el capitalismo, Cabrera mutará en una reina, un legionario extranjero, una pitonisa, un mercader, una prostituta y una enamorada ciega. “Podrá parecer una obra infantil por el modo de enunciación de los personajes y por una aparente linealidad pero, de a poco, irán asomando los dobleces”, agrega. La búsqueda del amor será una constante en casi todos, como también cierta atmósfera existencialista: “Es que cada uno le habla a la reina como si le hablara a Dios”.
A su tremenda expresividad gestual y corporal (los ojos, la postura y los tonos de voz se modifican de un personaje al otro en forma notable) se suman dotes musicales adquiridos a pura práctica, ya que nunca pisó una clase de canto. Una voz potente y melodiosa suele lucirse en tangos y boleros que terminan de delinear las desgracias de sus criaturas. Pero esta vez el clima sonoro será otro. “Limosna de amores es una canción de Lola Flores que yo iba a cantar, pero con Claudio Martini decidimos que la obra tendría finalmente letra y música original. Así que escribí los textos, él compuso y resultó un estilo Kurt Weill: mucho piano y aires de cabaret”, describe esta mujer de 49 años que no les teme a los escenarios grandes a pesar de ser la única que los habita. “Mi estilo puede aturdir un poco si estoy muy cerca del público, hasta puede molestar. Y me gusta que el público mire con comodidad, que haya distancia como para que no se sienta incluido de prepo. En general, a la gente no le gusta participar.”
Unas semanas atrás, Cabrera protagonizaba en el Centro Cultural Caras y Caretas un policial que define de “absolutamente porteño”: Dolly Guzmán no está muerta, sobre una artista venida a menos que simula haber desaparecido para volver a ser noticia. La pieza absorbía muchas de las atrocidades que aparecen en la sección policiales de cualquier diario, más referencias a episodios centrales de la historia argentina reciente en un cóctel vertiginoso, tanto como el desfile frenético de El sistema de la víctima, donde no dejó títere con cabeza. La hipocondríaca, la paranoica, la despechada, la suicidada, hasta una anciana tilinga y gagá pero con un despotismo intacto, y una mujer que alucina voces y se interna motu proprio en un psiquiátrico. Seres que hicieron estallar de risa y conmovieron al público heterogéneo del Patio del Aljibe del Recoleta repleto de jóvenes, señoras paquetas del barrio, habitués del teatro, visitantes casuales de ese centro cultural. Hasta la cantante argentina Liliana Felipe y la actriz mexicana Jesusa Rodríguez la vieron, y se la llevan en junio próximo al D. F. para que participe del encuentro de Cabaret Político, en la sala El Viciol.
Al mes siguiente, la intérprete que admira a Ana Magnani, Bette Miller, Marilú Marini, Olinda Bozán y Niní Marshall actuará en Miami, en el Festival de Teatro Latino. Una vez de vuelta, recorrerá veinte ciudades del interior con la obra que estrena ahora. Y va por más. “En octubre quiero hacer un espectáculo bien político. Ponerme tres sacos y de acuerdo al saco elegido, como si fuera un capo cómico, hacer un discurso político distinto. Tengo que ponerme a escribir, y obviamente el modelo es Tato Bores”, adelanta. Todos sus unipersonales serán pronto publicados en un libro compilado por el investigador Jorge Dubatti. ¿Cómo llegó a este género, al que considera un “posgrado actoral, porque tengo que captar y sostener yo sola la atención”, y al que se dedica desde hace unos diez años?
Del estudio de Boero salió con mucha experiencia para dirigir teatro clásico y contemporáneo, pero no estaba conforme con la tibia repercusión, más a nivel del público que de la crítica. Decidió entonces escribir y subirse al escenario. “Al escribir mis propios textos no puedo escaparme de quien soy. Mi forma de ver la vida tiene que ver con el humor, hasta en los momentos más terribles”, confiesa. De todas formas, no hay que creerle mucho cuando asegura que lo suyo “no es oscuro ni complicado”. Es cierto: no hace falta conocer lo último del off para no quedar fuera de sus obras, pero éstas igual resultan muy atractivas.Rodeada de un grupo de personas que plasman sus ideas, advierte, cansada pero satisfecha, que “ser una fábrica de espectáculos te lleva a estar las 24 horas concentrada en esto”. Igual se las ingenia para hacer radio: los sábados a las 23 en La voz de las Madres (AM 530) conduce El Bataclán, un programa hecho de entrevistas, llamados, datos e informes de ficción con el sello delirante y bizarro de su creadora, que en cada emisión toca un tema puntual.
12/4/08
El profeta del nihilismo global
Pablo Capanna
Publicado en Ñ
Hoy que todos flotamos en un océano de información, dando ansiosas brazadas o aferrados a algún madero del Titanic moderno, ¿qué puede decirnos alguien que vive en un insignificante suburbio de Londres, no tiene acceso a Internet y escribe a mano?
Si hay alguien así que merezca ser escuchado, aunque sea porque nos enfrenta con una incómoda imagen del mundo, es James Graham Ballard. No sólo es uno de los grandes escritores del último siglo; es casi una suerte de psiquiatra del nihilismo global. Cuando la moda obliga a ser trasgresores y ya queda poco por transgredir, quizás él, que se limitó a seguir sus propias obsesiones, sea uno de los que calaron más hondo. Medido con el rasero de Eco, Ballard podría ser tanto apocalíptico como integrado. Oscila entre la condena apocalíptica del mundo actual y una delectación casi morbosa con sus perversiones, lo cual hace más inquietante sus textos.
Por décadas, Ballard fue capaz de seducirnos con una misma historia, que a veces ni siquiera es historia. Nada es casual en su obra, tan cerebral como pudo ser la de Huxley, pero quizás más sensible al peligro. Quien quiera entender por qué vivimos tiempos tan locos, acabará por cruzarse con él.
Rotulado (y marginado) como "escritor de ciencia ficción", recién alcanzó el reconocimiento cuando Spielberg le tendió una mano con El Imperio del Sol.
En sus comienzos admiraba a Graham Greene, luego fue Greene quien lo com paró con Conrad, y llegó la hora de que los críticos lo compararan a él con Greene. Obtuvo la bendición de Susan Sontag, el reconocimiento de Baudrillard y hasta el elogio de Martin Amis. Alguien descubrió una foto donde aparecía conversando con Borges. Algún otro incorporó el adjetivo "ballardiano" al diccionario Collins y es casi inevitable que los medios se lo apropien, en cuanto se harten de "dantesco" y "kafkiano".
Paul Tillich dijo alguna vez que vivir en un suburbio permitía tener una perspectiva más amplia que la que uno tiene en la urbe. Hace cincuenta años que Ballard vive en una sencilla casa de Shepperton, un suburbio londinense adosado al aeropuerto y traspasado por las autopistas. Viajó bastante por las costas mediterráneas, pero nunca pensó en mudarse. Alguna vez Charles Platt lo llamó "el profeta de Shepperton".
A quien se asombre de la información que parece haber tras sus textos, habrá que recordarle que durante mucho tiempo encontró inspiración en el papelero de un amigo biólogo, más fascinado por el lenguaje de la ciencia que por sus contenidos. Como buen surrealista, sostuvo que la ciencia y la pornografía se parecen porque ambas son analíticas.En su autobiografía, Ballard ni siquiera habla de sus últimas novelas; prefiere retomar la historia de su infancia, que ya había narrado en El Imperio del Sol (1984), en La bondad de las mujeres (1991), en un documental de la BBC y hasta en una crónica del Sunday Times.
Toda su vida giró en torno las durísimas experiencias que marcaron el fin de su infancia. Criado en el barrio europeo de Shanghai, tuvo su Caída cuando repentinamente pasó de una casa con diez sirvientes chinos sin nombre, a las penurias y humillaciones de un campo de prisioneros japonés. Allí nació el poderoso símbolo de la piscina seca donde se amontonan las basuras del último verano.
Cuando conoció Inglaterra, se sintió tan ajeno a esa sociedad que hasta llegó a tener rechazo por el paisaje inglés. Lejos de una familia que nunca le había dado afecto, pasó por un internado, que "le recordaba al campo de concentración, de no ser por la comida, que era peor". Luego fue portero, vendedor de enciclopedias y redactor de una revista industrial. Hasta se entrenó como piloto en una base de bombarderos nucleares en Canadá.
Cuando quiso ser psiquiatra estudió Medicina dos años, pero quedó para siempre atrapado por la siniestra magia de las salas de disección, que selló su fantasía y su estilo. Fue entonces cuando se enamoró del surrealismo y del psicoanálisis, que parecían encarnar la trasgresión, y de la ciencia ficción, que entonces hervía de ideas estimulantes. Fue el iconoclasta de la ciencia ficción. Rechazado, admirado y vanamente imitado, propuso explorar un ambiguo "espacio interior" en lugar del espacio cósmico. Rompió con todas las convenciones de la novela catastrófica, para explorar la "arqueología del psiquismo".
Inundó al planeta en El mundo sumergido (1962), lo hizo árido en La sequía (1964) y lo congeló en El mundo de cristal (1966). Sus novelas apenas se parecían a la ciencia ficción convencional. Eran una suerte de alquimia que David Pringle sintetizó en los "cuatro elementos" ballardianos: el agua (el pasado), la arena (el futuro), el cemento (el presente) y el cristal (la eternidad).
Su primer y único amor fue Mary, la periodista con quien se casó. Se mudaron a Shepperton, un anodino suburbio cercano al aeropuerto y fueron un matrimonio poco convencional, con tres hijos que vinieron uno tras de otro. Entonces, una tremenda "injusticia de la naturaleza" (así escribió Ballard) se llevó a Mary en una semana. Víctima de una trivial infección, Mary murió en 1963, cuando pasaban unas vacaciones en Alicante.
Ballard tuvo amigas y hasta una "compañera", pero nunca pensó que nadie pudiera ocupar el lugar de Mary. Le hizo frente al dolor y se dispuso a criar a sus hijos sin ayuda, para lo cual desplegó insospechadas virtudes maternales. Todavía recuerda esos años como los más felices de su vida y confiesa que sus hijos de dieron la infancia que no había conocido.
Paradójicamente, ese fue su período nihilista. Cuesta imaginar al "psicópata" que escribía La exhibición de atrocidades (1970) y Crash (1973) después de servirles el desayuno a los chicos, llevarlos al colegio y poner en marcha el lavarropas. Ese Ballard que organizó una polémica exposición de autos chocados y un concurso literario para adictos no era un Warhol sino un perfecto amo de casa; una persona que cualquiera hubiera tomado por ferretero o empleado de correos. Escribió Crash temiendo que sus hijos tuvieran un accidente, y por esos días él mismo estuvo a punto de morir cuando se dio vuelta su auto. Nunca renegó de aquellas obras, pero hoy prefiere verlas como una drástica elaboración de su duelo.El psiquiatra globalAños después, Ballard la emprendió con el entorno urbano, e inició su demolición en Rascacielos (1975), La isla de cemento (1974) y Hola América (1981), donde mostraba la fragilidad de los lazos sociales en situaciones límite. Cuando todos soñaban con la NASA, Ballard anticipaba el fin de la era espacial e imaginaba el día que caerían las estaciones espaciales. Antes del posmodernismo, diseñó la utopía posmoderna de Vermilion Sands. Antes que los punks y el teatro de Kantor, afirmó que "no hay futuro" y escenificó desolados paisajes de basura y chatarra. En el fundamental prólogo que escribió para la versión francesa de Crash, diagnosticó que "muerte del afecto" era la raíz del nihilismo. Habló de ese "presente insaciable" que con sus falsas novedades nos quita la posibilidad de pensar un futuro mejor.
En su etapa hipermoderna, profundizó su obsesión por el nihilismo de los no-lugares: encontró la psicopatología de la opulencia en barrios cerrados, shoppings y aeropuertos. Noches de cocaína (1996), Super Cannes (2001) y Milenio negro (2003) fueron historias un tanto morosas, cuyo germen estaba en Furia feroz , un texto de 1988 : un policial narrado de manera no lineal, con asepsia ballardiana y mediatizado por informes psiquiátricos y documentales. Retomaba así sus pesadillas urbanas de los Setenta, que ahora empalidecían ante la realidad. Kingdom Come (2006) es su última versión, quizás la más desesperada.Aun septuagenario, Ballard seguía resistiéndose a la canonización. Sin ser tan espectacular como otros, siguió siendo tan irritativo como en la época en que hizo su terrible profecía de Ronald Reagan. Personajes como Thatcher, Bush, Blair o Berlusconi son para él los frutos del "sueño de la razón". A dos años de Malvinas, habló de "la melancolía de los conscriptos argentinos heridos" en Malvinas. Comparó la caída de las Torres Gemelas con un guión del cine catástrofe, brotado del inconsciente norteamericano. En 2003 se opuso públicamente a la invasión de Irak, anticipó un atentado en Londres y rechazó un título nobiliario, declarándose "republicano".
Ballard siempre desconfió de las entrevistas, pero nunca se negó a darlas, sin importarle si su interlocutor era apenas un lector devoto. Entonces, solía repetir casi textualmente pasajes enteros de sus ensayos y textos periodísticos, o citaba parlamentos enteros de alguna de sus novelas, como si hubiera encontrado la fórmula definitiva y ya no quisiera modificarla.
Hace dos meses se publicó su autobiografía Miracles of Life (2008), que le costó completar. En la última página, se despide abruptamente de la vida, revelando un diagnóstico terminal. Pero así como hace este anuncio con la frialdad quirúrgica propia de alguno de sus personajes, el libro termina por aparecer como un canto a la vida familiar.En una entrevista de hace un cuarto de siglo se mostraba cansado, pero pensaba que evitar el nihilismo era una de las razones que lo animaban a seguir. Y añadía: " Siempre es posible darle la espalda a un universo bastante insípido si uno es capaz de rehacer por lo menos una pequeña parte de él a su imagen y semejanza...".
Ese fue el desafío que logró superar cuando realizó el deseo oculto de muchos escritores: transfigurar su medio cotidiano a su imagen y semejanza. Lo hizo con una tremenda novela surrealista: La Compañía de Sueños Ilimitada (1979) donde se convertía en un mesías sufriente que intentaba redimir poéticamente las opacas vidas de Shepperton y sus vecinos. En el final, el protagonista resucitado se reencontraba con "Miriam" en esas "nupcias de lo animado y lo inanimado, de los vivos y de los muertos", que cantó el hermético William Blake.
Que así sea.
Si hay alguien así que merezca ser escuchado, aunque sea porque nos enfrenta con una incómoda imagen del mundo, es James Graham Ballard. No sólo es uno de los grandes escritores del último siglo; es casi una suerte de psiquiatra del nihilismo global. Cuando la moda obliga a ser trasgresores y ya queda poco por transgredir, quizás él, que se limitó a seguir sus propias obsesiones, sea uno de los que calaron más hondo. Medido con el rasero de Eco, Ballard podría ser tanto apocalíptico como integrado. Oscila entre la condena apocalíptica del mundo actual y una delectación casi morbosa con sus perversiones, lo cual hace más inquietante sus textos.
Por décadas, Ballard fue capaz de seducirnos con una misma historia, que a veces ni siquiera es historia. Nada es casual en su obra, tan cerebral como pudo ser la de Huxley, pero quizás más sensible al peligro. Quien quiera entender por qué vivimos tiempos tan locos, acabará por cruzarse con él.
Rotulado (y marginado) como "escritor de ciencia ficción", recién alcanzó el reconocimiento cuando Spielberg le tendió una mano con El Imperio del Sol.
En sus comienzos admiraba a Graham Greene, luego fue Greene quien lo com paró con Conrad, y llegó la hora de que los críticos lo compararan a él con Greene. Obtuvo la bendición de Susan Sontag, el reconocimiento de Baudrillard y hasta el elogio de Martin Amis. Alguien descubrió una foto donde aparecía conversando con Borges. Algún otro incorporó el adjetivo "ballardiano" al diccionario Collins y es casi inevitable que los medios se lo apropien, en cuanto se harten de "dantesco" y "kafkiano".
Paul Tillich dijo alguna vez que vivir en un suburbio permitía tener una perspectiva más amplia que la que uno tiene en la urbe. Hace cincuenta años que Ballard vive en una sencilla casa de Shepperton, un suburbio londinense adosado al aeropuerto y traspasado por las autopistas. Viajó bastante por las costas mediterráneas, pero nunca pensó en mudarse. Alguna vez Charles Platt lo llamó "el profeta de Shepperton".
A quien se asombre de la información que parece haber tras sus textos, habrá que recordarle que durante mucho tiempo encontró inspiración en el papelero de un amigo biólogo, más fascinado por el lenguaje de la ciencia que por sus contenidos. Como buen surrealista, sostuvo que la ciencia y la pornografía se parecen porque ambas son analíticas.En su autobiografía, Ballard ni siquiera habla de sus últimas novelas; prefiere retomar la historia de su infancia, que ya había narrado en El Imperio del Sol (1984), en La bondad de las mujeres (1991), en un documental de la BBC y hasta en una crónica del Sunday Times.
Toda su vida giró en torno las durísimas experiencias que marcaron el fin de su infancia. Criado en el barrio europeo de Shanghai, tuvo su Caída cuando repentinamente pasó de una casa con diez sirvientes chinos sin nombre, a las penurias y humillaciones de un campo de prisioneros japonés. Allí nació el poderoso símbolo de la piscina seca donde se amontonan las basuras del último verano.
Cuando conoció Inglaterra, se sintió tan ajeno a esa sociedad que hasta llegó a tener rechazo por el paisaje inglés. Lejos de una familia que nunca le había dado afecto, pasó por un internado, que "le recordaba al campo de concentración, de no ser por la comida, que era peor". Luego fue portero, vendedor de enciclopedias y redactor de una revista industrial. Hasta se entrenó como piloto en una base de bombarderos nucleares en Canadá.
Cuando quiso ser psiquiatra estudió Medicina dos años, pero quedó para siempre atrapado por la siniestra magia de las salas de disección, que selló su fantasía y su estilo. Fue entonces cuando se enamoró del surrealismo y del psicoanálisis, que parecían encarnar la trasgresión, y de la ciencia ficción, que entonces hervía de ideas estimulantes. Fue el iconoclasta de la ciencia ficción. Rechazado, admirado y vanamente imitado, propuso explorar un ambiguo "espacio interior" en lugar del espacio cósmico. Rompió con todas las convenciones de la novela catastrófica, para explorar la "arqueología del psiquismo".
Inundó al planeta en El mundo sumergido (1962), lo hizo árido en La sequía (1964) y lo congeló en El mundo de cristal (1966). Sus novelas apenas se parecían a la ciencia ficción convencional. Eran una suerte de alquimia que David Pringle sintetizó en los "cuatro elementos" ballardianos: el agua (el pasado), la arena (el futuro), el cemento (el presente) y el cristal (la eternidad).
Su primer y único amor fue Mary, la periodista con quien se casó. Se mudaron a Shepperton, un anodino suburbio cercano al aeropuerto y fueron un matrimonio poco convencional, con tres hijos que vinieron uno tras de otro. Entonces, una tremenda "injusticia de la naturaleza" (así escribió Ballard) se llevó a Mary en una semana. Víctima de una trivial infección, Mary murió en 1963, cuando pasaban unas vacaciones en Alicante.
Ballard tuvo amigas y hasta una "compañera", pero nunca pensó que nadie pudiera ocupar el lugar de Mary. Le hizo frente al dolor y se dispuso a criar a sus hijos sin ayuda, para lo cual desplegó insospechadas virtudes maternales. Todavía recuerda esos años como los más felices de su vida y confiesa que sus hijos de dieron la infancia que no había conocido.
Paradójicamente, ese fue su período nihilista. Cuesta imaginar al "psicópata" que escribía La exhibición de atrocidades (1970) y Crash (1973) después de servirles el desayuno a los chicos, llevarlos al colegio y poner en marcha el lavarropas. Ese Ballard que organizó una polémica exposición de autos chocados y un concurso literario para adictos no era un Warhol sino un perfecto amo de casa; una persona que cualquiera hubiera tomado por ferretero o empleado de correos. Escribió Crash temiendo que sus hijos tuvieran un accidente, y por esos días él mismo estuvo a punto de morir cuando se dio vuelta su auto. Nunca renegó de aquellas obras, pero hoy prefiere verlas como una drástica elaboración de su duelo.El psiquiatra globalAños después, Ballard la emprendió con el entorno urbano, e inició su demolición en Rascacielos (1975), La isla de cemento (1974) y Hola América (1981), donde mostraba la fragilidad de los lazos sociales en situaciones límite. Cuando todos soñaban con la NASA, Ballard anticipaba el fin de la era espacial e imaginaba el día que caerían las estaciones espaciales. Antes del posmodernismo, diseñó la utopía posmoderna de Vermilion Sands. Antes que los punks y el teatro de Kantor, afirmó que "no hay futuro" y escenificó desolados paisajes de basura y chatarra. En el fundamental prólogo que escribió para la versión francesa de Crash, diagnosticó que "muerte del afecto" era la raíz del nihilismo. Habló de ese "presente insaciable" que con sus falsas novedades nos quita la posibilidad de pensar un futuro mejor.
En su etapa hipermoderna, profundizó su obsesión por el nihilismo de los no-lugares: encontró la psicopatología de la opulencia en barrios cerrados, shoppings y aeropuertos. Noches de cocaína (1996), Super Cannes (2001) y Milenio negro (2003) fueron historias un tanto morosas, cuyo germen estaba en Furia feroz , un texto de 1988 : un policial narrado de manera no lineal, con asepsia ballardiana y mediatizado por informes psiquiátricos y documentales. Retomaba así sus pesadillas urbanas de los Setenta, que ahora empalidecían ante la realidad. Kingdom Come (2006) es su última versión, quizás la más desesperada.Aun septuagenario, Ballard seguía resistiéndose a la canonización. Sin ser tan espectacular como otros, siguió siendo tan irritativo como en la época en que hizo su terrible profecía de Ronald Reagan. Personajes como Thatcher, Bush, Blair o Berlusconi son para él los frutos del "sueño de la razón". A dos años de Malvinas, habló de "la melancolía de los conscriptos argentinos heridos" en Malvinas. Comparó la caída de las Torres Gemelas con un guión del cine catástrofe, brotado del inconsciente norteamericano. En 2003 se opuso públicamente a la invasión de Irak, anticipó un atentado en Londres y rechazó un título nobiliario, declarándose "republicano".
Ballard siempre desconfió de las entrevistas, pero nunca se negó a darlas, sin importarle si su interlocutor era apenas un lector devoto. Entonces, solía repetir casi textualmente pasajes enteros de sus ensayos y textos periodísticos, o citaba parlamentos enteros de alguna de sus novelas, como si hubiera encontrado la fórmula definitiva y ya no quisiera modificarla.
Hace dos meses se publicó su autobiografía Miracles of Life (2008), que le costó completar. En la última página, se despide abruptamente de la vida, revelando un diagnóstico terminal. Pero así como hace este anuncio con la frialdad quirúrgica propia de alguno de sus personajes, el libro termina por aparecer como un canto a la vida familiar.En una entrevista de hace un cuarto de siglo se mostraba cansado, pero pensaba que evitar el nihilismo era una de las razones que lo animaban a seguir. Y añadía: " Siempre es posible darle la espalda a un universo bastante insípido si uno es capaz de rehacer por lo menos una pequeña parte de él a su imagen y semejanza...".
Ese fue el desafío que logró superar cuando realizó el deseo oculto de muchos escritores: transfigurar su medio cotidiano a su imagen y semejanza. Lo hizo con una tremenda novela surrealista: La Compañía de Sueños Ilimitada (1979) donde se convertía en un mesías sufriente que intentaba redimir poéticamente las opacas vidas de Shepperton y sus vecinos. En el final, el protagonista resucitado se reencontraba con "Miriam" en esas "nupcias de lo animado y lo inanimado, de los vivos y de los muertos", que cantó el hermético William Blake.
Que así sea.
11/4/08
El futuro será una guerra de psicóticos
Por Jeannette Baxter
Publicado en Ñ
No es difícil entender por qué se apodó el Profeta de Shepperton a J. G. Ballard. Su primera novela importante, El mundo sumergido, exploró las implicaciones de una catástrofe ecológica décadas antes de que el calentamiento global y el Acuerdo de Kyoto ingresaran a la conciencia pública. Luego, en su famosa novela Exhibición de atrocidades, Ballard pronosticó el ascenso de Ronald Reagan de cowboy de Hollywood a presidente de los Estados Unidos. Hasta los parámetros de la muerte de la princesa Diana en un túnel de París en 1997 estaban, en cierto modo, esbozados en Crash. Como advirtió Salman Rushdie en su momento, la naturaleza novelesca de la vida de Diana no era el cuento de hadas que creíamos sino un relato pornográfico de sexo, muerte y fama que Ballard había escrito veinticinco años antes. Con la aparición de su decimooctava novela, Milenio negro, Ballard demostró una vez más sus facultades de prolepsis: en momentos en que las fuerzas antiterroristas ingresaban al aeropuerto de Heathrow en febrero de 2003, Ballard daba los últimos toques a su propio trabajo sobre terrorismo urbano, una novela que comienza con una explosión en la Terminal 2 de Heathrow. En el transcurso de los últimos cincuenta años, la mirada indiscriminada y resuelta de Ballard se esforzó por penetrar las innumerables realidades superficiales de nuestra modernidad perturbada y por bucear en su energía inconsciente. Ballard habla aquí de sommeliers, de política, de la globalización y del papel del arte (literario y visual) en el siglo XXI. Esta entrevista se realizó por fax en enero de 2004.
Usted admite que es un consumidor más voraz de textos visuales que de textos literarios. ¿Cuándo empezó a interesarse en las artes visuales y en qué medida eso influyó en la trayectoria de su escritura? ¿Qué opinión tiene del panorama artístico contemporáneo?
Empezó poco después de llegar a Inglaterra, a fines de los años 40, cuando todavía iba a la escuela. En Shanghai no había museos ni galerías, pero el arte me gustaba mucho. Dibujaba y copiaba, y a veces pienso que mi carrera de escritor fue el consuelo de un pintor frustrado. A fines de los años 40, en Inglaterra persistía cierta controversia en relación con Picasso, Braque y Matisse, mientras que los surrealistas estaban más allá de la crítica. Los surrealistas fueron una revelación, si bien las reproducciones de Ernst, Dalí y De Chirico eran difíciles de conseguir y se encontraban con más frecuencia en los manuales de psiquiatría. Me los devoraba. Los surrealistas, y el movimiento pictórico moderno en su conjunto parecían ofrecer la clave del extraño mundo de la posguerra con su amenaza de guerra nuclear. Las dislocaciones y ambigüedades del cubismo, el arte abstracto y los surrealistas me recordaban mi infancia en Shanghai. A fines de la década del 40 también leí mucho, pero del menú internacional (Freud, Kafka, Camus, Orwell, Aldous Huxley) más que del inglés. Sin embargo, la novela moderna tenía un tono derrotista que a los dieciséis años me resultaba deprimente. A partir de Joyce había tenido lugar una gran migración interna. El Ulises tenía algo asfixiante. Los grandes pintores modernos, en cambio, desde Picasso hasta Francis Bacon, estaban dispuestos a enfrentarse al mundo, como lo hacían los amantes brutales en uno de los divanes de Bacon. Había un rastro de semen que aceleraba la sangre. No creo que ningún pintor en particular me haya inspirado, excepto en un sentido general. Más bien fue una cuestión de corroboración. Las artes visuales de Manet en adelante parecían mucho más abiertas que la novela al cambio y la experimentación, si bien eso es sólo en parte culpa de los escritores. La novela tiene algo que resiste la innovación. ¿El panorama artístico actual? Es muy difícil de juzgar, dado que la fama y la presencia mediática de los artistas están indisolublemente unidas con su trabajo. Los grandes artistas del siglo pasado tendían a hacerse famosos en la última etapa de su carrera, mientras que ahora la fama forma parte del trabajo de los artistas desde el primer momento, como en los casos de Emin y Hirst. En la actualidad hay una lógica que atribuye más valor a la fama cuanto menos acompañada esté de logros reales. No creo que en este momento sea posible llegar a la imaginación de la gente por medios estéticos. La cama de Emin, la oveja de Hirst, los Goyas desfigurados de Chapman, son provocaciones psicológicas, pruebas mentales en las que los elementos estéticos no son más que un contexto. Es interesante que las cosas sean así. Asumo que se debe a que ahora el medio, que es ante todo un entorno mediático, está sobresaturado de elementos estetizantes (comerciales televisivos, packaging, diseño y presentación, etc. ) pero empobrecido y entumecido en lo que respecta a profundidad psicológica. Los artistas (pero no los escritores, lamentablemente) tienden a desplazarse a los lugares en que la batalla es más enconada. En el mundo actual todo es objeto de diseño y packaging, y Emin y Hirst tratan de decir que esto es una cama, que esto es la muerte, que esto es un cuerpo. Tratan de redefinir los elementos básicos de la realidad, de recuperarlos de manos de los publicistas que secuestraron nuestro mundo.
En "Milenio negro" dice que la revolución de la clase media en Chelsea Marina se convertirá en parte del "calendario folclórico... a celebrarse junto con la última noche de los bailes de egresados y del tenis de Wimbledon". Si es inevitable que la revolución adquiera un nuevo envase, ¿dónde quedamos nosotros? ¿El arte puede ser vehículo para el cambio político? Las revoluciones reenvasadas tienden a ser las pseudorrevoluciones, o las que fueron ante todo acontecimientos mediáticos. La destrucción del World Trade Center el 11 de setiembre todavía no se reenvasó en algo más atractivo para el consumo. Otro hecho revolucionario, el asesinato de JFK, se diluyó con rapidez como consecuencia de la intensa cobertura mediática, la infinita repetición de la filmación de Zapruder y la proliferación de teorías conspirativas. Pero el propio Kennedy era en buena medida una construcción mediática con un atractivo emocional tan calculado como cualquier campaña publicitaria. Su vida y su muerte fueron ficciones casi por completo. Una verdadera revolución, como a su manera lo fue el 11 de setiembre, siempre surge de algún lugar inesperado. Lo que sostengo en Milenio negro es que en nuestro mundo por completo pacificado los únicos actos que van a tener alguna importancia van a ser los actos de violencia sin sentido. En el futuro el principal peligro no va a proceder de actos terroristas por una causa, por más equivocada que pueda ser, sino de actos terroristas sin causa alguna. ¿Si el arte puede ser un vehículo para el cambio político? Sí, asumo que gran parte del atractivo de Blair (como el de Kennedy) es estético, así como gran parte del atractivo nazi reside en un triunfo de la voluntad estética. Sospecho que muchos de los grandes cambios culturales que preparan el camino para el cambio político son sobre todo estéticos. La parrilla del radiador de un Buick es una declaración tan política como la parrilla del radiador de un Rolls Royce. Una protege una máquina estética que conduce un optimismo populista; la otra resguarda un orden social exclusivo y jerárquico. El art deco transatlántico de la década de 1930, que se usaba para vender desde vacaciones en la playa hasta aspiradoras, puede haber contribuido a que en 1945 el electorado británico votara la salida de los conservadores.
La mayoría de sus novelas puede leerse como una celebración provocadora del poder transgresor y transformador de la imaginación. En "Milenio negro", sin embargo, la imaginación está por completo ausente. Su frase "el apocalipsis tapizado" alude de manera alarmante a una impasse crítica e imaginativa, ¿verdad? ¿Esa declinación de la vida mental es algo terminal? Nada es terminal, gracias a Dios. A medida que vacilamos, el camino se extiende solo, se bifurca y se desvía. Pero la vida actual del Occidente próspero tiene algo muy sofocante. El aburguesamiento, la suburbanización del alma, avanza a un ritmo alarmante. La tiranía se hace dócil y sumisa y lo que prevalece es un totalitarismo blando, tan obsequioso como un sommelier. No se permite que nada nos inquiete ni perturbe. Lo que nos gobierna es la política del grupo de juegos. El principal papel de las universidades es prolongar la adolescencia hasta la mediana edad, momento en el cual la jubilación temprana garantiza que careceremos de los medios o la voluntad para producir un cambio importante. Cuando Markham (no JGB) usa la frase "apocalipsis tapizado", revela que sabe lo que en verdad está pasando en Chelsea Marina. Es por eso que se acerca a Gould, que ofrece un escape desesperado. Mi verdadero temor es que el aburrimiento y la inercia puedan llevar a la gente a seguir a un líder trastornado con muchos menos escrúpulos morales que Richard Gould, que nos pongamos botas y uniformes negros y adoptemos el aspecto del asesino sólo para mitigar el aburrimiento. Un neofascismo insensato y malsano, un racismo hábilmente estetizado, podrían ser las primeras consecuencias de la globalización, cuando Classic Coke y el merlot de California sean las únicas bebidas del menú. Por momentos miro las casas para ejecutivos del Valle del Támesis y siento que ya está aquí, que espera que le llegue el día sin tener demasiada conciencia de sí.
Sus últimas novelas experimentan con la polémica teoría de que la transgresión y el asesinato son correctivos legítimos de la inercia social. Si los actos de violencia y resistencia al mismo tiempo nos perturban y nos dan energías, ¿qué implicancia tiene para el lector esa falta de unidad moral? Las ideas sobre las ventajas de la transgresión en mis tres últimas novelas no son algo que quiera ver concretarse. Son más bien posibilidades extremas que pueden llegar a imponerse a la realidad como consecuencia de las presiones sofocantes del mundo conformista que habitamos. El aburrimiento y una sensación de completa futilidad parecen llevar a muchos crímenes sin sentido, desde los episodios de Columbine y Hungerford hasta el asesinato de Dando, y hubo decenas de crímenes similares en los Estados Unidos y otras partes en los últimos treinta años. Esos crímenes absurdos son mucho más difíciles de explicar que los atentados del 11 de septiembre y dicen mucho más del estado trastornado de la psique occidental.
Se habla muy poco del humor cambiante de su trabajo, pero sus novelas están sembradas de bromas, desde las impasibles confrontaciones de "Exhibición de atrocidades" y "Crash" hasta las observaciones irónicas de "Milenio negro". ¿Por qué el humor le resulta tan importante y por qué a algunos lectores les cuesta tanto reírse con su trabajo? Me complace que piense eso. La gente, sobre todo los estadounidenses demasiado moralistas, a menudo me consideran pesimista y carente de humor, pero yo creo que tengo un sentido del humor casi maníaco. El problema es que es algo irónico. Los lectores dicen que Milenio negro los hizo reír, lo cual es una excelente noticia, pero es cierto que la idea de una revolución de la clase media tiene en sí algo muy gracioso. Sin embargo, tal vez eso sea un indicio de cuán lavado tiene el cerebro la clase media. La idea de que podemos rebelarnos parece ridícula. En la introducción a "Crash" diagnosticó que "la muerte del afecto" era la principal enfermedad del siglo. ¿Cuál es su diagnóstico para el siglo XXI? Un siglo es mucho tiempo. Hace veinte años nadie podría haber imaginado los efectos que tendría Internet: florecen relaciones, se hacen amistades por e-mail, hay una nueva intimidad y una poesía accidental, para no hablar de la más extraña de las pornografías. Toda la experiencia humana parece revelarse como la superficie de un nuevo planeta. Dudo mucho que Internet o alguna otra maravilla tecnológica puedan detener la caída en el aburrimiento y el conformismo. Sospecho que la especie humana avanzará como un sonámbulo hacia ese vasto recurso que vaciló en abordar: su propia psicopatía. Ese patio de juegos del alma nos espera con las puertas abiertas de par en par, y la entrada es gratis. En resumen, una psicopatía electiva vendrá en nuestra ayuda, como lo hizo muchas veces en el pasado: la Alemania nazi, la Rusia stalinista, todas esas pesadillas que constituyen buena parte de la historia humana. Como señala Wilder Penrose en Super Cannes, el futuro será una enorme lucha darwinista entre psicopatías enfrentadas. A nuestra pasividad se suma que estamos ingresando en una etapa profundamente masoquista. Todo el mundo es una víctima, ya sea de los padres, de los médicos, de los laboratorios farmacéuticos, hasta del amor. ¡Y cómo lo disfrutamos!
Publicado en Ñ
No es difícil entender por qué se apodó el Profeta de Shepperton a J. G. Ballard. Su primera novela importante, El mundo sumergido, exploró las implicaciones de una catástrofe ecológica décadas antes de que el calentamiento global y el Acuerdo de Kyoto ingresaran a la conciencia pública. Luego, en su famosa novela Exhibición de atrocidades, Ballard pronosticó el ascenso de Ronald Reagan de cowboy de Hollywood a presidente de los Estados Unidos. Hasta los parámetros de la muerte de la princesa Diana en un túnel de París en 1997 estaban, en cierto modo, esbozados en Crash. Como advirtió Salman Rushdie en su momento, la naturaleza novelesca de la vida de Diana no era el cuento de hadas que creíamos sino un relato pornográfico de sexo, muerte y fama que Ballard había escrito veinticinco años antes. Con la aparición de su decimooctava novela, Milenio negro, Ballard demostró una vez más sus facultades de prolepsis: en momentos en que las fuerzas antiterroristas ingresaban al aeropuerto de Heathrow en febrero de 2003, Ballard daba los últimos toques a su propio trabajo sobre terrorismo urbano, una novela que comienza con una explosión en la Terminal 2 de Heathrow. En el transcurso de los últimos cincuenta años, la mirada indiscriminada y resuelta de Ballard se esforzó por penetrar las innumerables realidades superficiales de nuestra modernidad perturbada y por bucear en su energía inconsciente. Ballard habla aquí de sommeliers, de política, de la globalización y del papel del arte (literario y visual) en el siglo XXI. Esta entrevista se realizó por fax en enero de 2004.
Usted admite que es un consumidor más voraz de textos visuales que de textos literarios. ¿Cuándo empezó a interesarse en las artes visuales y en qué medida eso influyó en la trayectoria de su escritura? ¿Qué opinión tiene del panorama artístico contemporáneo?
Empezó poco después de llegar a Inglaterra, a fines de los años 40, cuando todavía iba a la escuela. En Shanghai no había museos ni galerías, pero el arte me gustaba mucho. Dibujaba y copiaba, y a veces pienso que mi carrera de escritor fue el consuelo de un pintor frustrado. A fines de los años 40, en Inglaterra persistía cierta controversia en relación con Picasso, Braque y Matisse, mientras que los surrealistas estaban más allá de la crítica. Los surrealistas fueron una revelación, si bien las reproducciones de Ernst, Dalí y De Chirico eran difíciles de conseguir y se encontraban con más frecuencia en los manuales de psiquiatría. Me los devoraba. Los surrealistas, y el movimiento pictórico moderno en su conjunto parecían ofrecer la clave del extraño mundo de la posguerra con su amenaza de guerra nuclear. Las dislocaciones y ambigüedades del cubismo, el arte abstracto y los surrealistas me recordaban mi infancia en Shanghai. A fines de la década del 40 también leí mucho, pero del menú internacional (Freud, Kafka, Camus, Orwell, Aldous Huxley) más que del inglés. Sin embargo, la novela moderna tenía un tono derrotista que a los dieciséis años me resultaba deprimente. A partir de Joyce había tenido lugar una gran migración interna. El Ulises tenía algo asfixiante. Los grandes pintores modernos, en cambio, desde Picasso hasta Francis Bacon, estaban dispuestos a enfrentarse al mundo, como lo hacían los amantes brutales en uno de los divanes de Bacon. Había un rastro de semen que aceleraba la sangre. No creo que ningún pintor en particular me haya inspirado, excepto en un sentido general. Más bien fue una cuestión de corroboración. Las artes visuales de Manet en adelante parecían mucho más abiertas que la novela al cambio y la experimentación, si bien eso es sólo en parte culpa de los escritores. La novela tiene algo que resiste la innovación. ¿El panorama artístico actual? Es muy difícil de juzgar, dado que la fama y la presencia mediática de los artistas están indisolublemente unidas con su trabajo. Los grandes artistas del siglo pasado tendían a hacerse famosos en la última etapa de su carrera, mientras que ahora la fama forma parte del trabajo de los artistas desde el primer momento, como en los casos de Emin y Hirst. En la actualidad hay una lógica que atribuye más valor a la fama cuanto menos acompañada esté de logros reales. No creo que en este momento sea posible llegar a la imaginación de la gente por medios estéticos. La cama de Emin, la oveja de Hirst, los Goyas desfigurados de Chapman, son provocaciones psicológicas, pruebas mentales en las que los elementos estéticos no son más que un contexto. Es interesante que las cosas sean así. Asumo que se debe a que ahora el medio, que es ante todo un entorno mediático, está sobresaturado de elementos estetizantes (comerciales televisivos, packaging, diseño y presentación, etc. ) pero empobrecido y entumecido en lo que respecta a profundidad psicológica. Los artistas (pero no los escritores, lamentablemente) tienden a desplazarse a los lugares en que la batalla es más enconada. En el mundo actual todo es objeto de diseño y packaging, y Emin y Hirst tratan de decir que esto es una cama, que esto es la muerte, que esto es un cuerpo. Tratan de redefinir los elementos básicos de la realidad, de recuperarlos de manos de los publicistas que secuestraron nuestro mundo.
En "Milenio negro" dice que la revolución de la clase media en Chelsea Marina se convertirá en parte del "calendario folclórico... a celebrarse junto con la última noche de los bailes de egresados y del tenis de Wimbledon". Si es inevitable que la revolución adquiera un nuevo envase, ¿dónde quedamos nosotros? ¿El arte puede ser vehículo para el cambio político? Las revoluciones reenvasadas tienden a ser las pseudorrevoluciones, o las que fueron ante todo acontecimientos mediáticos. La destrucción del World Trade Center el 11 de setiembre todavía no se reenvasó en algo más atractivo para el consumo. Otro hecho revolucionario, el asesinato de JFK, se diluyó con rapidez como consecuencia de la intensa cobertura mediática, la infinita repetición de la filmación de Zapruder y la proliferación de teorías conspirativas. Pero el propio Kennedy era en buena medida una construcción mediática con un atractivo emocional tan calculado como cualquier campaña publicitaria. Su vida y su muerte fueron ficciones casi por completo. Una verdadera revolución, como a su manera lo fue el 11 de setiembre, siempre surge de algún lugar inesperado. Lo que sostengo en Milenio negro es que en nuestro mundo por completo pacificado los únicos actos que van a tener alguna importancia van a ser los actos de violencia sin sentido. En el futuro el principal peligro no va a proceder de actos terroristas por una causa, por más equivocada que pueda ser, sino de actos terroristas sin causa alguna. ¿Si el arte puede ser un vehículo para el cambio político? Sí, asumo que gran parte del atractivo de Blair (como el de Kennedy) es estético, así como gran parte del atractivo nazi reside en un triunfo de la voluntad estética. Sospecho que muchos de los grandes cambios culturales que preparan el camino para el cambio político son sobre todo estéticos. La parrilla del radiador de un Buick es una declaración tan política como la parrilla del radiador de un Rolls Royce. Una protege una máquina estética que conduce un optimismo populista; la otra resguarda un orden social exclusivo y jerárquico. El art deco transatlántico de la década de 1930, que se usaba para vender desde vacaciones en la playa hasta aspiradoras, puede haber contribuido a que en 1945 el electorado británico votara la salida de los conservadores.
La mayoría de sus novelas puede leerse como una celebración provocadora del poder transgresor y transformador de la imaginación. En "Milenio negro", sin embargo, la imaginación está por completo ausente. Su frase "el apocalipsis tapizado" alude de manera alarmante a una impasse crítica e imaginativa, ¿verdad? ¿Esa declinación de la vida mental es algo terminal? Nada es terminal, gracias a Dios. A medida que vacilamos, el camino se extiende solo, se bifurca y se desvía. Pero la vida actual del Occidente próspero tiene algo muy sofocante. El aburguesamiento, la suburbanización del alma, avanza a un ritmo alarmante. La tiranía se hace dócil y sumisa y lo que prevalece es un totalitarismo blando, tan obsequioso como un sommelier. No se permite que nada nos inquiete ni perturbe. Lo que nos gobierna es la política del grupo de juegos. El principal papel de las universidades es prolongar la adolescencia hasta la mediana edad, momento en el cual la jubilación temprana garantiza que careceremos de los medios o la voluntad para producir un cambio importante. Cuando Markham (no JGB) usa la frase "apocalipsis tapizado", revela que sabe lo que en verdad está pasando en Chelsea Marina. Es por eso que se acerca a Gould, que ofrece un escape desesperado. Mi verdadero temor es que el aburrimiento y la inercia puedan llevar a la gente a seguir a un líder trastornado con muchos menos escrúpulos morales que Richard Gould, que nos pongamos botas y uniformes negros y adoptemos el aspecto del asesino sólo para mitigar el aburrimiento. Un neofascismo insensato y malsano, un racismo hábilmente estetizado, podrían ser las primeras consecuencias de la globalización, cuando Classic Coke y el merlot de California sean las únicas bebidas del menú. Por momentos miro las casas para ejecutivos del Valle del Támesis y siento que ya está aquí, que espera que le llegue el día sin tener demasiada conciencia de sí.
Sus últimas novelas experimentan con la polémica teoría de que la transgresión y el asesinato son correctivos legítimos de la inercia social. Si los actos de violencia y resistencia al mismo tiempo nos perturban y nos dan energías, ¿qué implicancia tiene para el lector esa falta de unidad moral? Las ideas sobre las ventajas de la transgresión en mis tres últimas novelas no son algo que quiera ver concretarse. Son más bien posibilidades extremas que pueden llegar a imponerse a la realidad como consecuencia de las presiones sofocantes del mundo conformista que habitamos. El aburrimiento y una sensación de completa futilidad parecen llevar a muchos crímenes sin sentido, desde los episodios de Columbine y Hungerford hasta el asesinato de Dando, y hubo decenas de crímenes similares en los Estados Unidos y otras partes en los últimos treinta años. Esos crímenes absurdos son mucho más difíciles de explicar que los atentados del 11 de septiembre y dicen mucho más del estado trastornado de la psique occidental.
Se habla muy poco del humor cambiante de su trabajo, pero sus novelas están sembradas de bromas, desde las impasibles confrontaciones de "Exhibición de atrocidades" y "Crash" hasta las observaciones irónicas de "Milenio negro". ¿Por qué el humor le resulta tan importante y por qué a algunos lectores les cuesta tanto reírse con su trabajo? Me complace que piense eso. La gente, sobre todo los estadounidenses demasiado moralistas, a menudo me consideran pesimista y carente de humor, pero yo creo que tengo un sentido del humor casi maníaco. El problema es que es algo irónico. Los lectores dicen que Milenio negro los hizo reír, lo cual es una excelente noticia, pero es cierto que la idea de una revolución de la clase media tiene en sí algo muy gracioso. Sin embargo, tal vez eso sea un indicio de cuán lavado tiene el cerebro la clase media. La idea de que podemos rebelarnos parece ridícula. En la introducción a "Crash" diagnosticó que "la muerte del afecto" era la principal enfermedad del siglo. ¿Cuál es su diagnóstico para el siglo XXI? Un siglo es mucho tiempo. Hace veinte años nadie podría haber imaginado los efectos que tendría Internet: florecen relaciones, se hacen amistades por e-mail, hay una nueva intimidad y una poesía accidental, para no hablar de la más extraña de las pornografías. Toda la experiencia humana parece revelarse como la superficie de un nuevo planeta. Dudo mucho que Internet o alguna otra maravilla tecnológica puedan detener la caída en el aburrimiento y el conformismo. Sospecho que la especie humana avanzará como un sonámbulo hacia ese vasto recurso que vaciló en abordar: su propia psicopatía. Ese patio de juegos del alma nos espera con las puertas abiertas de par en par, y la entrada es gratis. En resumen, una psicopatía electiva vendrá en nuestra ayuda, como lo hizo muchas veces en el pasado: la Alemania nazi, la Rusia stalinista, todas esas pesadillas que constituyen buena parte de la historia humana. Como señala Wilder Penrose en Super Cannes, el futuro será una enorme lucha darwinista entre psicopatías enfrentadas. A nuestra pasividad se suma que estamos ingresando en una etapa profundamente masoquista. Todo el mundo es una víctima, ya sea de los padres, de los médicos, de los laboratorios farmacéuticos, hasta del amor. ¡Y cómo lo disfrutamos!
20/3/08
Claudio Nadie
El director argentino, recientemente fallecido, fue un renovador inquieto de la escena teatral de mediados de los ochenta. En esta entrevista, realizada hace unos años, reflexionó con la revista TEATRO sobre su trayectoria en Europa y en la Argentina y anticipó las principales ideas de su propia versión de Misterio bufo, una de las piezas más celebradas del gran Dario Fo, estrenada en el Teatro de la Ribera.
Por Pablo Lettieri
Publicado en TEATRO
AHORA MI NOMBRE ES NADIE
A mediados de los sesenta, un niño trata de evitar las tardes de siesta obligada en Floresta escurriéndose en la biblioteca paterna y, como tantos otros, empieza a deslumbrarse con libros que, en el futuro, decidirán su vocación de artista del teatro. Tiene habilidad para la escritura, y hasta escribe unas poesías que hay que juzgar como bastante decentes, al menos lo suficiente para que su maestra desconfíe de su autoría. Esto molesta al joven poeta, que quisiera ser reconocido por su obra. Y un día, mientras cursa el tercer grado, tiene lugar un hecho que lo marcaría: “Recuerdo que todas las tardes se repartía una factura por cada alumno. Cometí la travesura de pasar dos veces por donde las repartían y la maestra me descubrió. Entonces, me puso en evidencia frente a todos mis compañeros: ‘Si hacía falta una prueba de que Claudio no es el autor de sus poesías, es ésta. Porque los ladrones no escriben, simplemente roban’. Me sentía destruido, humillado. Y decidí que iba a llamarme Nadie. Decidí que iba a ser muy cruel con mi literatura, sobre todo hacia aquellos que me habían lastimado. Y lo fui durante un tiempo. Y luego dejé.”
–¿Pero conservó el seudónimo?
–La gente que me rodeaba en Europa, compañeros del teatro, artistas plásticos, me decían: “ya estás grande para llamarte Nadie”. Y eso no hacía más que reforzar mi necesidad de sostenerlo. Después, ese nombre ya estaba instalado…
Ese inicio de poeta se torció en algún momento hacia el teatro, tal vez por una inclinación paterna hacia la escena, que ejercía de manera aficionada tanto en la escritura como la dirección. Quizás porque su madre, que tenía un taller de costura, escuchaba todas las noches el Teatro Palmolive en el Aire, prestigioso ciclo radial que puso en el aire, entre otras grandes estrellas del radioteatro, a las voces protagónicas de Alfredo Alcón y Violeta Antier. El caso es que el joven Nadie fue interesándose por el teatro y, ya adolescente, comenzó a frecuentar el San Martín y los teatros independientes. Empezó a tomar clases con un profesor (se llamaba Alberto Fernández), que tenía un pequeño grupo, al tiempo que militaba en Orientación Socialista, que dirigía Ismael Viñas. Hasta que, en 1974, se produce otro hecho determinante en su vida: tiene que viajar a Europa.
–¿Fue claramente por motivos políticos?
–La situación del país era insostenible… Yo había tenido un conflicto con la triple A y la organización donde militaba decidió que los cuadros públicos pasáramos al exterior y preparáramos la salida de los que iban a quedar dentro del país, porque preveíamos que la situación iba a ser mucho más grave de lo que ya se estaba dando en Chile.
A partir de entonces, Nadie se radicó alternativamente en España e Italia, donde completó sus estudios de Letras con Orientación en Lenguas y Culturas Clásicas y de Dirección escénica con Orientación en Teatro Clásico y Medieval en la Universidad de Bologna. Escribía, actuaba y dirigía varios espectáculos en muchos teatros estables de Europa.
En 1985, decidió volver a la Argentina: “Regresé porque había nacido mi hijo y en Europa llevaba una vida muy desordenada. Además, quise volver a Buenos Aires porque comenzaba a florecer la democracia, que era lo mínimo que pedía para venir a apoyar el culo aquí. Al principio me costó, soy una persona tímida y, aunque no descuento un fondo de vanidad y soberbia, que es la compañía de los artistas, no me alcanzaba para ir por los teatros con mis carpetas y recortes de lo que había hecho en Europa.”
En Buenos Aires, era el momento del llamado Teatro Joven, surgido luego de la recuperación de la democracia y del acontecimiento estético-político que significó Teatro Abierto. Es un teatro que se define por lo diverso, por ser un teatro de actores y directores más que de dramaturgos, por adoptar lo colectivo como forma de construcción de los espectáculos. En esas nuevas tendencias escénicas se destacaban, entre otros, Las Gambas al Ajillo, Hernán Gené y el Clú del Claun, Los Macocos, Los Melli, el Grupo de Teatro al Aire Libre de Catalinas Sur, Vivi Tellas y los Festivales de Teatro Malo, Javier Margulis, La Organización Negra, Ricardo Bartís, Pompeyo Audivert, Raquel Sokolowicz, el Periférico de Objetos, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Batato Barea. Esa confusa y diversa familia teatral clasificada, siempre poco ajustadamente, como “under”, “off” o “joven” llenaba de efervescencia todo tipo de espacios, la mayoría de ellos poco convencionales.
“Era un grupo de gente que estaba revisando todo lo que había sido el teatro anterior –dice Claudio Nadie–. Incluso, en algún momento, intentamos construir un movimiento, crear un espacio político dentro del teatro. Pero éramos muy anarquistas, no servíamos para organizar y encauzar como había hecho la generación anterior, gente como Tito Cossa o Alejandra Boero. Recuerdo que las reuniones eran, además de muy divertidas, caóticas, porque nadie se tomaba muy en serio la posibilidad de agruparse y construir un frente común y ganar espacio dentro de la cultura oficial. Pero fue un boom extraordinario de público, aunque por las características formales, conceptuales y estéticas de nuestro teatro, no estábamos considerados como muy serios en aquella época por el teatro oficial y los operadores culturales.”
Fue entonces que Claudio Nadie fundó su grupo, La Víbora Amarilla, junto a Cutuli Cutulli, Mónica Gaspio, Julián López Rouso y Luis Alberto Becasi (ya fallecido). Con ellos estrenó Tangogro, su primer montaje, que tuvo una inmediata repercusión de público y fue muy bien considerado por la crítica especializada. Al tiempo fue contratado por la Universidad de Buenos Aires para formar un grupo estable especializado en teatro clásico, y produjo otras piezas exitosas de la generación del ochenta como Malambo para Ricardo III y Romeo y Julieta expulsados del Paraíso.
Luego, ya bien entrada la década del noventa, la obra de Nadie tomaría otro perfil, coincidiendo con la reubicación de todo el arco teatral surgido a mediados ochenta. De ese período son 1992. Para Montar La Tempestad, un proyecto ambicioso que sólo permaneció en cartel unos pocos días en el Rojas por diferencias internas en el grupo; ¿Ehh? (Recordando a Tangogro), nueva versión del trabajo inaugural del grupo; El día que murió Grace Kelly, estrenada con suerte dispar en el Foro Gandhi; y tres textos de otros autores: Caricias de Sergi Belbel, La terrible opresión de los gestos magnánimos de Daniel Veronese y Landrú de Roberto Perinelli.
UNA VUELTA AL TEATRO POLÍTICO
En 2001, mientras que el país pasaba uno de sus peores momentos, Claudio Nadie estrenó El Himno. Discorsi sopra l’ultima deca di Tito Cossiga. En el prólogo a la edición de la obra, explica claramente cuáles son sus intenciones: “No es tiempo de vanguardias, en un sentido convencional del término, sino de establecer un nuevo compromiso social con el público. (...) El Himno pone en cuestión temas como la indignidad del poder, la función del artista y el amor de un anciano por su discípula que propone una alegoría: la de una república que, invirtiendo la pintura de Goya, devora y a la vez es devorada por sus hijos”.
“Es importante volver al teatro político, pero no ya al de los años setenta. Eso sería pueril, ingenuo. Ha corrido mucha agua bajo los puentes. Hay que tratar de recrear un lenguaje novedoso, diferente, que pueda colocar ese discurso político en un escenario sin que suene a viejo, a repetido o incluso a bajada de línea”, dijo hace poco Claudio Nadie en una entrevista con el diario La Nación. Como otros creadores del actual panorama teatral argentino, está convencido de que, más que nunca, hoy hay que debatir los problemas reales y “el teatro debe estar cerca de la gente”.
Ahora, la ocasión de esta entrevista lo encuentra ensayando una versión muy personal de un clásico de Dario Fo: Misterio bufo. ¿Es posible recuperar para la escena actual una obra que, más allá de su incuestionable valor en los inflamables setenta, algunos consideran envejecida?
“Cuando bajé a Misterio Bufo de Dario Fo –dice Nadie–, me encontré con un texto muy ubicado históricamente en los años setenta, con una finalidad decididamente política. Un espectáculo tendencioso, en cuanto pretende demostrar que todas las realizaciones de las juglarías medievales eran un teatro del pueblo, cuando en verdad está largamente demostrado que eran trabajos que en muchos casos realizaban los intelectuales, la gente culta, no solamente los integrantes del pueblo que se transformaban en juglares. Pensé que, después de la caída del Muro y de la forzosa adaptación de la izquierda a la nueva realidad mundial, esa perspectiva era insostenible. Entonces construí una versión que expresara el mundo medieval, el pasaje del teatro sacro al teatro vulgar, al teatro moderno, sobre la base de una recreación de la juglaría que fuera acompañando los evangelios”.
–¿Qué le atrae de un creador como Dario Fo?
–Siempre me interesó su capacidad para trabajar con un humor ingenuo, sencillo, económico, y para aplicar ese mismo tratamiento también al trabajo del actor. Es extraordinario cómo en su obra conviven, al mismo tiempo, la exuberancia y la economía, lo barroco y lo mínimo. Esa es una pauta muy particular que tuve muy en cuenta al construir esta puesta en escena. Si sintetizamos el espectáculo, por un lado expresa cómo va surgiendo el teatro moderno y, por el otro, cuenta el evangelio desde el lugar del pueblo, de los pobres. Los milagros, la crucifixión, narrados desde un lugar de cierta ingenuidad, sin tener conciencia de que, a partir de entonces, se iban a modificar las pautas que iban a regir toda la cultura occidental. Desde el punto de vista de la reflexión sobre el teatro, el objetivo es colocar al actor en el centro del universo de lo teatral. A tal punto que toda la puesta está planteada con un comienzo grandilocuente, con todas las herramientas de las que dispone (escenografía, vestuario, iluminación), pero toda esa pompa se va perdiendo a medida que avanza la obra, hasta que queda el escenario vacío, sin división lumínica entre platea y escenario, entre el actor y el espectador”.
–¿Qué nuevas cosas ha encontrado en el montaje que no habían aparecido antes?
–Me da la impresión de que lo que esta ocurriendo es una ratificación en el escenario de lo que había planeado. Estoy llegando al espectáculo que había soñado. Y no es que parta de ideas cerradas, porque en definitiva uno quiere poner en escena una obra para saber qué espectáculo realmente soñó. Y, hasta ahora, el sueño de El Evangelio… y lo que estoy observando coinciden.
17/3/08
12/3/08
Lou Reed "Perfect Day"

Just a perfect day
drink sangria in a park
and then later
when it gets dark we go home
Just a perfect day
feed animals in the zoo
and then later a movie, too
and then home
Oh it's such a perfect day
I'm glad I spend it with you
oh such a perfect day
you just keep me hangin on
you just keep me hangin on
just a perfect day
problems are left to know
Weekenders all night long
it's such fun just a perfect day
you make me forget myself
I thought I was someone else
someone good
Chistopher Hitchens

Tenaz investigador de prosa agresiva y rigurosa, el periodista y escritor británico nacionalizado estadounidense ha ganado prestigio mundial y ha sido usina de polémicas. En particular desde que encendió la indignación de las huestes cristianas gracias a una investigación que no dejaba muy bien parada a la Madre Teresa de Calcuta. Su ateísmo tiene menos de postura filosófica que de reflexión política. Es que Hitchens, columnista de Crítica de la Argentina, es un verdadero escéptico. Su credo es cuestionarlo todo.
Después de la nominación de la Madre Teresa para su beatificación en 1997, el Vaticano invitó a Christopher Hitchens a discutir su caso. Una elección inteligente. Él ya había probado su disposición para criticar a la santa en espera más famosa del mundo.
En su libro The Missionary Position (La posición del misionero) Hitchens consideró al “Espíritu de Calcuta” una “fanática, una fundamentalista y un fraude”.
A pesar de que la obra causó asombro, no debería haber sido ninguna sorpresa. Éste es el mismo hombre que llamó a Ghandi “fakir medio desnudo,” a Bill Clinton “violador,” a Ronald Reagan “lagarto cruel y estúpido” y a la reina el “fetiche favorito de Gran Bretaña.” A Christopher Hitchens le gusta causar asombro.
Pero detrás de las provocaciones de un colegial hay un hombre muy serio. El papel que Hitchens jugó en la beatificación de la Madre Teresa era tradicionalmente interpretado por el escéptico oficial del Vaticano conocido como el advocatus diaboli. Aunque no se considere a sí mismo como el abogado del diablo –es ateo, después de todo– Hitchens es un verdadero escéptico. Cree en cuestionar todo. Un verdadero contrera, redimido por fidelidad a un partido o una ideología –o, debe admitirse, por decoro–, Hitchens no teme adoptar una posición, sin importar cuán poco posible o poco popular ésta sea.
También es un escritor de primera línea. Uno de los periodistas más informados de los Estados Unidos (parece que estuvo en todas partes, conoció a todo el mundo y leyó todo), también es uno de los más entretenidos. Su dominio del idioma es legendario; su ingenio, feroz. Su habilidad para presentar hechos al servicio de un argumento es una maravilla digna de contemplar. Por lo tanto era lógico que el abogado del diablo enfrentase al padre de todos ellos: Dios. En su último libro, God is Not Great: How Religion Poisons Everything (Dios no es maravilloso: Cómo la religión envenena todo), Hitchens no pierde el tiempo para ir al punto: simplemente hay que leer el subtítulo. Pero la Hitchens no se lo lee sólo para saber qué piensa sobre la religión, sino porque, ya sea que persuada o no, él siempre hace que valga la pena que lo oigan.
–Su libro es uno de los muchos que han salido recientemente con un debate sobre religión.
–Es verdad. A libros como éste les ha ido mejor de lo que les podría haber ido hace algunos años. Creo que se debe a que la gente ya tuvo suficiente de la intimidación de la religión: los dibujos animados daneses, la manera en la que los partidarios de Dios se están comportando en Irak y en todas partes, el intento de enseñar basura a nuestros hijos bajo el pretexto estúpido del Diseño Inteligente, creyendo que el sida es malo pero los preservativos son peores. Creo que la gente ya ha tenido suficiente de todo esto. Entonces algunos individuos realmente excelentes e importantes como Daniel Dennett y Richard Dawkins han decidido que es tiempo de salir y combatir esto. Y está funcionando. Por suerte, yo estoy en la ola o aprovechando el éxito de ellos.
–Me parece que no está discutiendo tanto la religión como a la gente que cree en una cierta verdad, verdad con mayúscula, que no puede ser cuestionada o puesta en duda. Una verdad que requiere fe a pesar de la evidencia.
–Sí. El objetivo es la fe, realmente, la disposición de la gente a creer algo sin razón o sin evidencia. Y no sólo cualquier cosa, sino las cosas más importantes. En otras palabras, dicen tener la autoridad que les confiere el divino para decirle a la gente qué comer, qué leer, cómo tener sexo. No sólo dicen que Dios existe, algo que ni los más brillantes teólogos han podido demostrar, sino que saben lo que piensa. Ellos saben lo que él quiere que yo almuerce o no, qué libro tener en el estante, con quién acostarme. Es absurdo. Digamos que si se tratara de la astrología, que se basa en el mismo modo de pensar que la religión, y se sostiene que los cielos llegaron a un acuerdo con uno en la mente, no me importaría. Si algunos creen que lo más importante acerca de ellos es que son de capricornio, eso no me hace ningún daño. Como dice Thomas Jefferson, ni me roba ni quiebra mi pierna. A él no le importaba si había un Dios o cien. Pero se equivocaba al decir que eso era verdad en todas las religiones. Porque la gente que cree piensa que tiene el derecho de decirme qué hacer, con amenazas detrás. Y eso no lo voy a aceptar. Me niego a que me hablen en ese tono.
–¿Así es como usted puede describir los gobiernos totalitarios seculares del siglo veinte como esencialmente religiosos?
–No creo que sea casuística hacer esto. Porque si uno es, digamos, Stalin, y tiene el poder en un país en el que hasta hace poco tiempo el zar, el gobernante que heredaba el poder, era también la cabeza de la Iglesia y millones y millones de personas creen que es casi divino, sería bastante estúpido no explotar esa creencia y no tratar de emularla tanto como sea posible. Uno sabe que ése es el lugar que le correspondía. Y, por supuesto, en el caso del fascismo, se trata prácticamente de otra palabra para el catolicismo en esas décadas. El hitlerismo era un movimiento pagano, casi cristiano. Y el fascismo japonés imperial en realidad estaba liderado por una persona que era un dios. Es muy obvio que el comunismo chino es de alguna manera una imitación de Confucio y los métodos imperiales. Entonces, la tarea del ateo es esencialmente llevar a la gente a una posición de escepticismo en la que no creería nada como eso. Ningún país ha sufrido alguna vez por adoptar los puntos de vista de Thomas Paine, Thomas Jefferson, Bertrand Russell, Baruch Spinoza... Nadie dijo: “Ja, fue justo cuando comenzaron a pensar así que empezaron a construir campos de concentración”. Nunca ha sucedido. Ni sucederá tampoco.
–Algo que usted no discute directamente es la mitología.
Mucha gente considera a las religiones mitos, no verdades literales. La mayoría de los especialistas que ha estudiado este tema –desde la psicología, la antropología o cualquier otra disciplina – tienden a concluir no sólo que todas las sociedades humanas tiene mitologías, sino que tenemos una conexión permanente con el mito. Aún más, que una sociedad humana debe tener una mitología que funcione para ser saludable. ¿Está de acuerdo?
–Sí. Quiero decir: es muy difícil estar en desacuerdo con eso, porque la evidencia muestra que somos criaturas creadoras de mitos y criaturas que construyen leyendas.
–Entonces, si usted se opone a una visión del mundo basada en la fe, ¿cómo sería una mitología saludable?
–Pienso que nada debería ser, como fue, aceptado a ojos cerrados, que dudaría de cualquiera que fuera la mitología prevaleciente. Pero creo que podría haber una razonablemente saludable. De hecho, existe un ejemplo que me castigo a mí mismo por no haberlo incluido en el libro. Todo el mundo conoce la historia de Guillermo Tell. Y en Suiza eso es lo que le enseñan a los niños. Es el mito fundacional del héroe nacional y demás. Pero hay un trabajo recientemente publicado que sugiere que realmente no existía esa persona. Ése fue un golpe duro en Suiza. La historia de Guillermo Tell no es una historia mala. Es un mito nacional perfectamente saludable. A la gente no debería importarle llamarlo mito. El peligro está cuando no creen que es un mito. Como sucede, por ejemplo, con la arqueología israelí, como yo discuto. Ellos concluyeron que la historia del Éxodo no tiene sentido. Es un invento. Algunas personas encontraron que tenía consecuencias reales en el mundo admitir eso, y sí las tiene. Los ingleses creen en el rey Arturo, pero no es lo mismo. La gente sabe que en parte es una fantasía. Y, nuevamente, creo que es bastante inocente. La idea de que los Estados Unidos fueron la cuna de la libertad y todo lo demás es, creo, una verdad parcial.
–¿Pero también un mito?
–Hay muchos, muchos elementos mitológicos. Involucra recordar muchas cosas y olvidar muchas otras.
–¿Pero este mito no tiene efectos dañinos así como tiene efectos positivos?
–Bueno, cualquier cosa que sea nacionalista se puede volver tóxica en cualquier momento, por supuesto, incluso si sus reclamos aparentes son nobles. Creo que está bien mantenerse en guardia porque hay un paso muy corto hacia la sugerencia que casi todas las naciones hacen de que Dios tiene una providencia especial para ellas. Y yo estoy más en guardia cuando eso comienza a surgir. No me corresponde a mí decir cuán saludable fue mi vida, pero no creo que la lleve adelante con nada que se parezca a una fe mitológica. Para mí, es suficiente con que Shakespeare haya vivido. En realidad, no me molestaría descubrir que el Conde de Oxford escribió todas esas obras. Lo que sí me sacudiría sería descubrir que no todo fue escrito por una persona, que varias de las obras tenían autores diferentes. Entonces, de algún modo, el logro no tendría el mismo valor. No disminuiría la reputación de las obras, pero me daría tristeza si fuera cierto. Aunque estoy deseoso de leer la evidencia sin prejuicio si se me presenta. Mi propuesta para el Reino Unido, cuando se vuelva una República y separe a la Iglesia de Inglaterra del Estado, en lo cual estamos retrasados (hablo en primera persona del plural aunque en realidad acabo de convertirme en ciudadano americano), es que transformemos la Abadía de Westminster en una especie de patio con algo llamado la Esquina del Poeta, donde Auden, Wilde y Kipling, entre otros, son las piezas centrales. Lo hacemos el santuario de nuestras letras nacionales y de Irlanda, Gales y Escocia también. Eso sí valdría la pena enseñarles a los niños en la escuela y valdría la pena mostrárselo a los turistas. Sí podría estar orgulloso de eso.
–Hablando de mitologistas, ésa fue la conclusión de Joseph Campbell: que las mitologías culturales tradicionales en las que creen sociedades enteras, como Jesús y la resurrección, están siendo reemplazadas por las mitologías individuales expresadas por artistas individuales. Que las historias míticas están siendo reemplazadas por visiones artísticas particulares. –Bueno, me gustaría pensar que eso es lo que está pasando. Desafortunadamente tiene como corolario lo que vulgarmente llamamos cultura de la celebridad, que tampoco me gusta, porque tiene el efecto de elevar a humanos mediocres a algo como el estatus de culto. En eso no confío. Hay muchas formas seculares de adoración y propiciación que no me gustan.
–Como Marilyn Monroe, que finalmente es más un arquetipo cultural que un ser humano.
–Especialmente ella. En parte porque solía preocuparme la posibilidad de que yo fuera gay cuando era joven. No es que eso fuera algo terrible, pero no podía ver cuál era su atractivo sexual. Después descubrí que muchas personas gay creen que ella es un ángel. Como Elizabeth Taylor. Jamás me acostaría con Elizabeth Taylor. Entonces apareció Brigitte Bardot y me di cuenta de que yo estaba en lo cierto.
–Entonces su susceptibilidad, al menos en lo que respecta a las mujeres, es más europea. Aun así decidió mudarse a los Estados Unidos.
–Así es. Creo que ahora entiendo por qué siempre quise venir a los Estados Unidos. Y tiene que ver con la ambición de convertirme en escritor. En realidad, sólo comencé a desarrollarme como escritor cuando llegué aquí.
–¿Tiene alguna idea de por qué eso es así?
–No. Pero nunca quise hacer nada más, no pude hacer nada
más: esto me eligió a mí.
–En realidad esta pregunta de Europa y los Estados Unidos me interesa. Si el tema es la religión y usted es un ateo, parece que Europa ejemplifica de diversas maneras su ideal mucho mejor que los Estados Unidos. Europa tiene una cultura mucho más secular.
–Oh, no, realmente no creo eso. Por ejemplo, en Gran
Bretaña, la reina es la cabeza de la Iglesia, así como también la cabeza del Estado. La instrucción y adoración religiosa en las escuelas son obligatorias. Ahora se pagan subsidios para que haya escuelas separadas para los musulmanes, algo que sería impensado en los Estados Unidos. En Alemania, uno tiene que pagar un diezmo, una parte de sus impuestos va a la Iglesia. Uno puede elegir a cuál, pero es extremadamente difícil elegir no pagarle a ninguna. Sería bastante falso no decir que Francia es un país católico. El gobierno nombra a los obispos. También nombra a los imanes musulmanes. Puede contratarlos y despedirlos.
Ésta es una situación vergonzosa. La constitución de los Estados Unidos es la única escrita y la única que todavía existe que explícitamente separa la iglesia del Estado y dice que el gobierno no puede tomar partido en asuntos religiosos. Es por eso que cuando hice mi juramento de ciudadanía, lo hice en el monumento a Thomas Jefferson, en Washington, porque soy su biógrafo y también porque cumplimos años el mismo día. El 13 de abril, lo hicimos ese día. Su Estatuto de Virginia para la Libertad de Culto es la base de la primera enmienda y eso es lo que estoy defendiendo. Y, hasta ahora, nosotros ganamos, porque el desafío más reciente, este absurdo movimiento llamado Diseño Inteligente, lo único que tiene de inteligente es que logra que las personas lo llamen así en lugar de como lo que es, simple y bruto creacionismo. Incluso en Oklahoma, en Texas y en los condados más conservadores en Pensilvania, en cuanto los tribunales han oído esto, lo han desechado. Y le han dicho al sistema legal que deje de molestar con este disparate. Pero eso no es lo que la mayoría de los europeos piensa de los Estados Unidos. En realidad, no es lo que muchos liberales americanos piensan de los Estados Unidos tampoco.
–Explíquese.
–Bueno, ellos creen que el lugar está saturado de fundamentalismos, cuando esto no es para nada cierto. La gente como los evangelistas Jerry Falwell y Pat Robertson son payasos. Están esperando estar incluso más expuestos de lo que ya están.
–Bueno, son muy poderosos.
–No, no lo son. No lo son en absoluto.
–Ciento cincuenta abogados de la escuela de leyes de Pat Robertson fueron contratados por la administración Bush.
–Sí, ¿pero se ha pronunciado una sola plegaria escolar? No.
Y no sucederá. Si ganaran en una cosa así, sería el fin. La razón por la cual estos tipos son importantes es porque siempre pierden. Porque se pueden representar a sí mismos como una minoría perseguida, que es de hecho como se venden. Cuando eran realmente poderosos, en los años veinte, podían cambiar la constitución. Podían prohibir el alcohol y prohibir la enseñanza de la teoría de la evolución. Ahora sólo demandan tiempo igualitario y ni siquiera consiguen eso. Pero con sus dos grandes victorias del siglo veinte, el veredicto del prohibicionismo (N. de R.: la llamada “ley seca”) y de Scopes (N. de R.: un maestro sometido a juicio por enseñar la teoría de la evolución), ni siquiera en el largo plazo, sino en el mediano y corto, se desacreditaron a ellos mismos. Nunca van a recuperar esa posición. Pero incluso si lo hicieran, supongamos que pudieran imponerse en una administración como para obligar la plegaria en la escuela, prohibir el aborto y un par de cosas más, uno sabe exactamente qué sucedería.
–Usted ya explicó por qué cree que la guerra de Irak está justificada.
Pero, si usted está en contra de la religión y en pro del secularismo, parece que su posición sobre Irak lo ha colocado en alianza con mucha gente que está en el lado opuesto de ese argumento. El presidente describió la guerra en términos del bueno y el malo y mucha gente religiosa la compró así. Mientras tanto, usted se ha vuelto impopular entre muchos de la izquierda secular. Parece una posición muy curiosa para usted.
–Sí, pero creo que las ironías son más a costa de ellos que mía. Primero, es la gente de izquierda la que se refiere a los partidarios de Dios y a los asesinos de la Jihad en Irak como “la resistencia”, no yo. Y ha sido la izquierda la que ha estado usando eufemismos para con el islamismo desde el 11 de septiembre, considerándolo una protesta de condiciones injustas, que es precisamente lo que no es. El islamismo es el creador de las condiciones injustas. No viene de la pobreza y el desempleo, es el creador de la pobreza y el desempleo y la injusticia. He tenido una larga pelea con la izquierda en este punto, por su suavidad con respecto a la religión. En segundo lugar, la facción que pedía la liberación de Irak, además de la izquierda iraquí y la izquierda kurda era, en términos americanos, los llamados neoconservadores. Los fundamentalistas no están particularmente contentos con la guerra en Irak. Están preparados para seguir al presidente si hace algo como esto, en su mayoría. Y cito a un par de ellos, quienes incluso pensaban que podía haber algunas profecías bíblicas relacionadas con Babilonia, basura como ésa. Pero esto no te libera de tu dificultad, porque en el caso de la región de Darfur, se ha mantenido vivo el tema en este país principalmente por los cristianos, como el tráfico de personas y la esclavitud en algunas regiones de África. Así que si surgiera el tema de Darfur, no sería justo de mi parte decir que ahora se ha colocado usted mismo en el campo fundamentalista.
–No
–Muy bien, entonces. Creo que son todas las respuestas que pensaba dar sobre ese tema. Pero lo que quiero resaltar es que la izquierda secular árabe iraquí y kurda es el objetivo principal de mi solidaridad. Y ellos estuvieron unidos para deshacerse de Saddam Hussein. Mientras que todas las personas religiosas del mundo parecen querer dejarlo en el poder. Quiero decir que todos los cabezas huecas musulmanes parecen querer luchar para mantenerlo.
En los lejanos años 60, cuando parecía que las rebeldías juveniles tendrían un buen final, Christopher Eric Hitchens (13 de abril de 1949, Portsmouth, Reino Unido) se reconocía trotskista y bregaba contra la Guerra de Vietnam. Tal vez haya sido su última filiación política precisa, el último marco de referencia más o menos duradero. Porque si algo caracteriza las fulminantes opiniones de este periodista y escritor de intachable prestigio internacional y ciudadanía estadounidense es su obstinación por desmarcarse de etiquetas y de simpatías políticas estables. Le gusta el papel de francotirador, de escriba libérrimo que sólo responde a sí mismo y, para probarlo, se pelea sucesivamente con todos: los Bush, los Clinton, la Madre Teresa, Kissinger, Hugo Chávez, Michael Moore y siguen las firmas. Licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en el Balliol College de Oxford y admirador de George Orwell (le dedicó La victoria de Orwell), de quien se lo considera el gran heredero, la publicación Prospect Magazine lo distinguió en 2005 como uno de los cinco intelectuales más influyentes del mundo. Durante veinte años trabajó en el semanario The Nation y desde sus páginas les dio duro a Reagan y Bush padre, hasta que en 2003 dijo basta por diferencias con la línea editorial dominante. Desde entonces, las notas de este columnista de Crítica de la Argentina pueden leerse en The Wall Street Journal, The New York Times, Vanity Fair y en el portal Slate.
En los últimos años, sus enemigos más enconados son Dios y las religiones, y aún levanta polvareda el libro crítico de la Madre Teresa de Calcuta y su obra de caridad, The Missionary Position (La posición del misionero). Tal vez por la separación entre las iglesias y el Estado, que él subraya con orgullo, Hitchens parece convencido de que los norteamericanos son moralmente superiores. Por lo tanto, suscribe de buena fe el papel de los Estados Unidos de gendarme mundial, del que George W. Bush ha sido uno de los principales abanderados, y dio su apoyo a la invasión a Irak. En línea con este razonamiento, suele disparar andanadas mortíferas contra la teocracia de Irán, aunque ninguna de estas posturas le impide ser lapidariamente crítico con Mr. Bush. Inseparable del Johnny Walker y los cigarrillos, de vestimenta informal, su imagen se asemeja más a la de un novelista maldito que a la de un intelectual ocupado en los meandros de la política internacional. Tal vez su genuina incorrección (tanto como su apego por “la verdad”, por el valor de la “evidencia”) lo impulsa a denostar algunos gestos con patente de izquierda en los que detecta la hilacha de la impostura. Uno de los blancos predilectos de Hitchens es Michael Moore, irreverente documentalista y postulante a enemigo número uno de Bush.
Además de descalificarlo por “manipulador” e “ignorante”, le ha dedicado una sesuda disección de Fahrenheit 9/11 en la que denuncia las contradicciones de la película. Es que el paraguas bienpensante y los premios no bastan para zafar de Hitchens. En la Argentina, se consiguen sus libros Cartas a un joven disidente, La victoria de Orwell, Juicio a Kissinger y la edición en inglés de God is not Great.
Después de la nominación de la Madre Teresa para su beatificación en 1997, el Vaticano invitó a Christopher Hitchens a discutir su caso. Una elección inteligente. Él ya había probado su disposición para criticar a la santa en espera más famosa del mundo.
En su libro The Missionary Position (La posición del misionero) Hitchens consideró al “Espíritu de Calcuta” una “fanática, una fundamentalista y un fraude”.
A pesar de que la obra causó asombro, no debería haber sido ninguna sorpresa. Éste es el mismo hombre que llamó a Ghandi “fakir medio desnudo,” a Bill Clinton “violador,” a Ronald Reagan “lagarto cruel y estúpido” y a la reina el “fetiche favorito de Gran Bretaña.” A Christopher Hitchens le gusta causar asombro.
Pero detrás de las provocaciones de un colegial hay un hombre muy serio. El papel que Hitchens jugó en la beatificación de la Madre Teresa era tradicionalmente interpretado por el escéptico oficial del Vaticano conocido como el advocatus diaboli. Aunque no se considere a sí mismo como el abogado del diablo –es ateo, después de todo– Hitchens es un verdadero escéptico. Cree en cuestionar todo. Un verdadero contrera, redimido por fidelidad a un partido o una ideología –o, debe admitirse, por decoro–, Hitchens no teme adoptar una posición, sin importar cuán poco posible o poco popular ésta sea.
También es un escritor de primera línea. Uno de los periodistas más informados de los Estados Unidos (parece que estuvo en todas partes, conoció a todo el mundo y leyó todo), también es uno de los más entretenidos. Su dominio del idioma es legendario; su ingenio, feroz. Su habilidad para presentar hechos al servicio de un argumento es una maravilla digna de contemplar. Por lo tanto era lógico que el abogado del diablo enfrentase al padre de todos ellos: Dios. En su último libro, God is Not Great: How Religion Poisons Everything (Dios no es maravilloso: Cómo la religión envenena todo), Hitchens no pierde el tiempo para ir al punto: simplemente hay que leer el subtítulo. Pero la Hitchens no se lo lee sólo para saber qué piensa sobre la religión, sino porque, ya sea que persuada o no, él siempre hace que valga la pena que lo oigan.
–Su libro es uno de los muchos que han salido recientemente con un debate sobre religión.
–Es verdad. A libros como éste les ha ido mejor de lo que les podría haber ido hace algunos años. Creo que se debe a que la gente ya tuvo suficiente de la intimidación de la religión: los dibujos animados daneses, la manera en la que los partidarios de Dios se están comportando en Irak y en todas partes, el intento de enseñar basura a nuestros hijos bajo el pretexto estúpido del Diseño Inteligente, creyendo que el sida es malo pero los preservativos son peores. Creo que la gente ya ha tenido suficiente de todo esto. Entonces algunos individuos realmente excelentes e importantes como Daniel Dennett y Richard Dawkins han decidido que es tiempo de salir y combatir esto. Y está funcionando. Por suerte, yo estoy en la ola o aprovechando el éxito de ellos.
–Me parece que no está discutiendo tanto la religión como a la gente que cree en una cierta verdad, verdad con mayúscula, que no puede ser cuestionada o puesta en duda. Una verdad que requiere fe a pesar de la evidencia.
–Sí. El objetivo es la fe, realmente, la disposición de la gente a creer algo sin razón o sin evidencia. Y no sólo cualquier cosa, sino las cosas más importantes. En otras palabras, dicen tener la autoridad que les confiere el divino para decirle a la gente qué comer, qué leer, cómo tener sexo. No sólo dicen que Dios existe, algo que ni los más brillantes teólogos han podido demostrar, sino que saben lo que piensa. Ellos saben lo que él quiere que yo almuerce o no, qué libro tener en el estante, con quién acostarme. Es absurdo. Digamos que si se tratara de la astrología, que se basa en el mismo modo de pensar que la religión, y se sostiene que los cielos llegaron a un acuerdo con uno en la mente, no me importaría. Si algunos creen que lo más importante acerca de ellos es que son de capricornio, eso no me hace ningún daño. Como dice Thomas Jefferson, ni me roba ni quiebra mi pierna. A él no le importaba si había un Dios o cien. Pero se equivocaba al decir que eso era verdad en todas las religiones. Porque la gente que cree piensa que tiene el derecho de decirme qué hacer, con amenazas detrás. Y eso no lo voy a aceptar. Me niego a que me hablen en ese tono.
–¿Así es como usted puede describir los gobiernos totalitarios seculares del siglo veinte como esencialmente religiosos?
–No creo que sea casuística hacer esto. Porque si uno es, digamos, Stalin, y tiene el poder en un país en el que hasta hace poco tiempo el zar, el gobernante que heredaba el poder, era también la cabeza de la Iglesia y millones y millones de personas creen que es casi divino, sería bastante estúpido no explotar esa creencia y no tratar de emularla tanto como sea posible. Uno sabe que ése es el lugar que le correspondía. Y, por supuesto, en el caso del fascismo, se trata prácticamente de otra palabra para el catolicismo en esas décadas. El hitlerismo era un movimiento pagano, casi cristiano. Y el fascismo japonés imperial en realidad estaba liderado por una persona que era un dios. Es muy obvio que el comunismo chino es de alguna manera una imitación de Confucio y los métodos imperiales. Entonces, la tarea del ateo es esencialmente llevar a la gente a una posición de escepticismo en la que no creería nada como eso. Ningún país ha sufrido alguna vez por adoptar los puntos de vista de Thomas Paine, Thomas Jefferson, Bertrand Russell, Baruch Spinoza... Nadie dijo: “Ja, fue justo cuando comenzaron a pensar así que empezaron a construir campos de concentración”. Nunca ha sucedido. Ni sucederá tampoco.
–Algo que usted no discute directamente es la mitología.
Mucha gente considera a las religiones mitos, no verdades literales. La mayoría de los especialistas que ha estudiado este tema –desde la psicología, la antropología o cualquier otra disciplina – tienden a concluir no sólo que todas las sociedades humanas tiene mitologías, sino que tenemos una conexión permanente con el mito. Aún más, que una sociedad humana debe tener una mitología que funcione para ser saludable. ¿Está de acuerdo?
–Sí. Quiero decir: es muy difícil estar en desacuerdo con eso, porque la evidencia muestra que somos criaturas creadoras de mitos y criaturas que construyen leyendas.
–Entonces, si usted se opone a una visión del mundo basada en la fe, ¿cómo sería una mitología saludable?
–Pienso que nada debería ser, como fue, aceptado a ojos cerrados, que dudaría de cualquiera que fuera la mitología prevaleciente. Pero creo que podría haber una razonablemente saludable. De hecho, existe un ejemplo que me castigo a mí mismo por no haberlo incluido en el libro. Todo el mundo conoce la historia de Guillermo Tell. Y en Suiza eso es lo que le enseñan a los niños. Es el mito fundacional del héroe nacional y demás. Pero hay un trabajo recientemente publicado que sugiere que realmente no existía esa persona. Ése fue un golpe duro en Suiza. La historia de Guillermo Tell no es una historia mala. Es un mito nacional perfectamente saludable. A la gente no debería importarle llamarlo mito. El peligro está cuando no creen que es un mito. Como sucede, por ejemplo, con la arqueología israelí, como yo discuto. Ellos concluyeron que la historia del Éxodo no tiene sentido. Es un invento. Algunas personas encontraron que tenía consecuencias reales en el mundo admitir eso, y sí las tiene. Los ingleses creen en el rey Arturo, pero no es lo mismo. La gente sabe que en parte es una fantasía. Y, nuevamente, creo que es bastante inocente. La idea de que los Estados Unidos fueron la cuna de la libertad y todo lo demás es, creo, una verdad parcial.
–¿Pero también un mito?
–Hay muchos, muchos elementos mitológicos. Involucra recordar muchas cosas y olvidar muchas otras.
–¿Pero este mito no tiene efectos dañinos así como tiene efectos positivos?
–Bueno, cualquier cosa que sea nacionalista se puede volver tóxica en cualquier momento, por supuesto, incluso si sus reclamos aparentes son nobles. Creo que está bien mantenerse en guardia porque hay un paso muy corto hacia la sugerencia que casi todas las naciones hacen de que Dios tiene una providencia especial para ellas. Y yo estoy más en guardia cuando eso comienza a surgir. No me corresponde a mí decir cuán saludable fue mi vida, pero no creo que la lleve adelante con nada que se parezca a una fe mitológica. Para mí, es suficiente con que Shakespeare haya vivido. En realidad, no me molestaría descubrir que el Conde de Oxford escribió todas esas obras. Lo que sí me sacudiría sería descubrir que no todo fue escrito por una persona, que varias de las obras tenían autores diferentes. Entonces, de algún modo, el logro no tendría el mismo valor. No disminuiría la reputación de las obras, pero me daría tristeza si fuera cierto. Aunque estoy deseoso de leer la evidencia sin prejuicio si se me presenta. Mi propuesta para el Reino Unido, cuando se vuelva una República y separe a la Iglesia de Inglaterra del Estado, en lo cual estamos retrasados (hablo en primera persona del plural aunque en realidad acabo de convertirme en ciudadano americano), es que transformemos la Abadía de Westminster en una especie de patio con algo llamado la Esquina del Poeta, donde Auden, Wilde y Kipling, entre otros, son las piezas centrales. Lo hacemos el santuario de nuestras letras nacionales y de Irlanda, Gales y Escocia también. Eso sí valdría la pena enseñarles a los niños en la escuela y valdría la pena mostrárselo a los turistas. Sí podría estar orgulloso de eso.
–Hablando de mitologistas, ésa fue la conclusión de Joseph Campbell: que las mitologías culturales tradicionales en las que creen sociedades enteras, como Jesús y la resurrección, están siendo reemplazadas por las mitologías individuales expresadas por artistas individuales. Que las historias míticas están siendo reemplazadas por visiones artísticas particulares. –Bueno, me gustaría pensar que eso es lo que está pasando. Desafortunadamente tiene como corolario lo que vulgarmente llamamos cultura de la celebridad, que tampoco me gusta, porque tiene el efecto de elevar a humanos mediocres a algo como el estatus de culto. En eso no confío. Hay muchas formas seculares de adoración y propiciación que no me gustan.
–Como Marilyn Monroe, que finalmente es más un arquetipo cultural que un ser humano.
–Especialmente ella. En parte porque solía preocuparme la posibilidad de que yo fuera gay cuando era joven. No es que eso fuera algo terrible, pero no podía ver cuál era su atractivo sexual. Después descubrí que muchas personas gay creen que ella es un ángel. Como Elizabeth Taylor. Jamás me acostaría con Elizabeth Taylor. Entonces apareció Brigitte Bardot y me di cuenta de que yo estaba en lo cierto.
–Entonces su susceptibilidad, al menos en lo que respecta a las mujeres, es más europea. Aun así decidió mudarse a los Estados Unidos.
–Así es. Creo que ahora entiendo por qué siempre quise venir a los Estados Unidos. Y tiene que ver con la ambición de convertirme en escritor. En realidad, sólo comencé a desarrollarme como escritor cuando llegué aquí.
–¿Tiene alguna idea de por qué eso es así?
–No. Pero nunca quise hacer nada más, no pude hacer nada
más: esto me eligió a mí.
–En realidad esta pregunta de Europa y los Estados Unidos me interesa. Si el tema es la religión y usted es un ateo, parece que Europa ejemplifica de diversas maneras su ideal mucho mejor que los Estados Unidos. Europa tiene una cultura mucho más secular.
–Oh, no, realmente no creo eso. Por ejemplo, en Gran
Bretaña, la reina es la cabeza de la Iglesia, así como también la cabeza del Estado. La instrucción y adoración religiosa en las escuelas son obligatorias. Ahora se pagan subsidios para que haya escuelas separadas para los musulmanes, algo que sería impensado en los Estados Unidos. En Alemania, uno tiene que pagar un diezmo, una parte de sus impuestos va a la Iglesia. Uno puede elegir a cuál, pero es extremadamente difícil elegir no pagarle a ninguna. Sería bastante falso no decir que Francia es un país católico. El gobierno nombra a los obispos. También nombra a los imanes musulmanes. Puede contratarlos y despedirlos.
Ésta es una situación vergonzosa. La constitución de los Estados Unidos es la única escrita y la única que todavía existe que explícitamente separa la iglesia del Estado y dice que el gobierno no puede tomar partido en asuntos religiosos. Es por eso que cuando hice mi juramento de ciudadanía, lo hice en el monumento a Thomas Jefferson, en Washington, porque soy su biógrafo y también porque cumplimos años el mismo día. El 13 de abril, lo hicimos ese día. Su Estatuto de Virginia para la Libertad de Culto es la base de la primera enmienda y eso es lo que estoy defendiendo. Y, hasta ahora, nosotros ganamos, porque el desafío más reciente, este absurdo movimiento llamado Diseño Inteligente, lo único que tiene de inteligente es que logra que las personas lo llamen así en lugar de como lo que es, simple y bruto creacionismo. Incluso en Oklahoma, en Texas y en los condados más conservadores en Pensilvania, en cuanto los tribunales han oído esto, lo han desechado. Y le han dicho al sistema legal que deje de molestar con este disparate. Pero eso no es lo que la mayoría de los europeos piensa de los Estados Unidos. En realidad, no es lo que muchos liberales americanos piensan de los Estados Unidos tampoco.
–Explíquese.
–Bueno, ellos creen que el lugar está saturado de fundamentalismos, cuando esto no es para nada cierto. La gente como los evangelistas Jerry Falwell y Pat Robertson son payasos. Están esperando estar incluso más expuestos de lo que ya están.
–Bueno, son muy poderosos.
–No, no lo son. No lo son en absoluto.
–Ciento cincuenta abogados de la escuela de leyes de Pat Robertson fueron contratados por la administración Bush.
–Sí, ¿pero se ha pronunciado una sola plegaria escolar? No.
Y no sucederá. Si ganaran en una cosa así, sería el fin. La razón por la cual estos tipos son importantes es porque siempre pierden. Porque se pueden representar a sí mismos como una minoría perseguida, que es de hecho como se venden. Cuando eran realmente poderosos, en los años veinte, podían cambiar la constitución. Podían prohibir el alcohol y prohibir la enseñanza de la teoría de la evolución. Ahora sólo demandan tiempo igualitario y ni siquiera consiguen eso. Pero con sus dos grandes victorias del siglo veinte, el veredicto del prohibicionismo (N. de R.: la llamada “ley seca”) y de Scopes (N. de R.: un maestro sometido a juicio por enseñar la teoría de la evolución), ni siquiera en el largo plazo, sino en el mediano y corto, se desacreditaron a ellos mismos. Nunca van a recuperar esa posición. Pero incluso si lo hicieran, supongamos que pudieran imponerse en una administración como para obligar la plegaria en la escuela, prohibir el aborto y un par de cosas más, uno sabe exactamente qué sucedería.
–Usted ya explicó por qué cree que la guerra de Irak está justificada.
Pero, si usted está en contra de la religión y en pro del secularismo, parece que su posición sobre Irak lo ha colocado en alianza con mucha gente que está en el lado opuesto de ese argumento. El presidente describió la guerra en términos del bueno y el malo y mucha gente religiosa la compró así. Mientras tanto, usted se ha vuelto impopular entre muchos de la izquierda secular. Parece una posición muy curiosa para usted.
–Sí, pero creo que las ironías son más a costa de ellos que mía. Primero, es la gente de izquierda la que se refiere a los partidarios de Dios y a los asesinos de la Jihad en Irak como “la resistencia”, no yo. Y ha sido la izquierda la que ha estado usando eufemismos para con el islamismo desde el 11 de septiembre, considerándolo una protesta de condiciones injustas, que es precisamente lo que no es. El islamismo es el creador de las condiciones injustas. No viene de la pobreza y el desempleo, es el creador de la pobreza y el desempleo y la injusticia. He tenido una larga pelea con la izquierda en este punto, por su suavidad con respecto a la religión. En segundo lugar, la facción que pedía la liberación de Irak, además de la izquierda iraquí y la izquierda kurda era, en términos americanos, los llamados neoconservadores. Los fundamentalistas no están particularmente contentos con la guerra en Irak. Están preparados para seguir al presidente si hace algo como esto, en su mayoría. Y cito a un par de ellos, quienes incluso pensaban que podía haber algunas profecías bíblicas relacionadas con Babilonia, basura como ésa. Pero esto no te libera de tu dificultad, porque en el caso de la región de Darfur, se ha mantenido vivo el tema en este país principalmente por los cristianos, como el tráfico de personas y la esclavitud en algunas regiones de África. Así que si surgiera el tema de Darfur, no sería justo de mi parte decir que ahora se ha colocado usted mismo en el campo fundamentalista.
–No
–Muy bien, entonces. Creo que son todas las respuestas que pensaba dar sobre ese tema. Pero lo que quiero resaltar es que la izquierda secular árabe iraquí y kurda es el objetivo principal de mi solidaridad. Y ellos estuvieron unidos para deshacerse de Saddam Hussein. Mientras que todas las personas religiosas del mundo parecen querer dejarlo en el poder. Quiero decir que todos los cabezas huecas musulmanes parecen querer luchar para mantenerlo.
En los lejanos años 60, cuando parecía que las rebeldías juveniles tendrían un buen final, Christopher Eric Hitchens (13 de abril de 1949, Portsmouth, Reino Unido) se reconocía trotskista y bregaba contra la Guerra de Vietnam. Tal vez haya sido su última filiación política precisa, el último marco de referencia más o menos duradero. Porque si algo caracteriza las fulminantes opiniones de este periodista y escritor de intachable prestigio internacional y ciudadanía estadounidense es su obstinación por desmarcarse de etiquetas y de simpatías políticas estables. Le gusta el papel de francotirador, de escriba libérrimo que sólo responde a sí mismo y, para probarlo, se pelea sucesivamente con todos: los Bush, los Clinton, la Madre Teresa, Kissinger, Hugo Chávez, Michael Moore y siguen las firmas. Licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en el Balliol College de Oxford y admirador de George Orwell (le dedicó La victoria de Orwell), de quien se lo considera el gran heredero, la publicación Prospect Magazine lo distinguió en 2005 como uno de los cinco intelectuales más influyentes del mundo. Durante veinte años trabajó en el semanario The Nation y desde sus páginas les dio duro a Reagan y Bush padre, hasta que en 2003 dijo basta por diferencias con la línea editorial dominante. Desde entonces, las notas de este columnista de Crítica de la Argentina pueden leerse en The Wall Street Journal, The New York Times, Vanity Fair y en el portal Slate.
En los últimos años, sus enemigos más enconados son Dios y las religiones, y aún levanta polvareda el libro crítico de la Madre Teresa de Calcuta y su obra de caridad, The Missionary Position (La posición del misionero). Tal vez por la separación entre las iglesias y el Estado, que él subraya con orgullo, Hitchens parece convencido de que los norteamericanos son moralmente superiores. Por lo tanto, suscribe de buena fe el papel de los Estados Unidos de gendarme mundial, del que George W. Bush ha sido uno de los principales abanderados, y dio su apoyo a la invasión a Irak. En línea con este razonamiento, suele disparar andanadas mortíferas contra la teocracia de Irán, aunque ninguna de estas posturas le impide ser lapidariamente crítico con Mr. Bush. Inseparable del Johnny Walker y los cigarrillos, de vestimenta informal, su imagen se asemeja más a la de un novelista maldito que a la de un intelectual ocupado en los meandros de la política internacional. Tal vez su genuina incorrección (tanto como su apego por “la verdad”, por el valor de la “evidencia”) lo impulsa a denostar algunos gestos con patente de izquierda en los que detecta la hilacha de la impostura. Uno de los blancos predilectos de Hitchens es Michael Moore, irreverente documentalista y postulante a enemigo número uno de Bush.
Además de descalificarlo por “manipulador” e “ignorante”, le ha dedicado una sesuda disección de Fahrenheit 9/11 en la que denuncia las contradicciones de la película. Es que el paraguas bienpensante y los premios no bastan para zafar de Hitchens. En la Argentina, se consiguen sus libros Cartas a un joven disidente, La victoria de Orwell, Juicio a Kissinger y la edición en inglés de God is not Great.
7/3/08
4/3/08
60 años después, un libro de Kerouac y Burroughs
Una novela inédita de Jack Kerouac y William S. Burroughs, autores emblemáticos de la generación "beat", verá la luz este año, más de seis décadas después de que fuera escrita.Penguin Classics publicará en noviembre And the hippos were boiled in their tanks, escrita en 1945 e inspirada en un asesinato real por el que ambos autores fueron detenidos, según publicó el diario británico The Sunday Telegraph.
La novela, escrita varios años antes de alcanzar notoriedad, está basada en el apuñalamiento en 1944 de David Kammerer por Lucien Carr, amigo de Kerouac y Burroughs, otra de las figuras destacadas de la generación "beat".
Carr, que aseguró que Kammerer se había obsesionado con él y se había vuelto violento, se declaró culpable de homicidio y fue condenado a veinte años de prisión, aunque cumplió el mínimo de dos años.
El autor confesó los hechos a Kerouac y Burroughs, que le ayudaron a deshacerse del cuchillo, pero no acudieron a la policía.
Kerouac fue detenido en relación con el asesinato en 1944 y pasó algún tiempo en prisión, porque su padre no quiso pagar su fianza, al contrario que Burroughs, también arrestado, pero que evitó la cárcel gracias a la fianza pagada por su familia.
Durante su estancia en la cárcel, Kerouac se casó con su novia, Edie Parker, que fue quien terminó pagando su fianza.
Ambos autores fueron incapaces de publicar el libro, cuyo título está inspirado en una noticia escuchada por Burroughs sobre un incendio en el zoológico de St Louis, en Missouri.
Posteriormente, el autor de "Junkie" describiría la novela como "un trabajo no distinguido".
Según Gerald Nicosia, autor de la que está considerada como la biografía definitiva de Kerouac, Memory Babe, los dos escritores hubieran encontrado divertido que ese trabajo juvenil acabase viendo la luz.
"Este era uno de los primeros libros que escribieron...Probablemente es malo. Pero no estoy sorprendido de que se publique ahora porque es una forma de hacer dinero con el éxito asegurado", dijo el biógrafo del autor de En el camino en recientes declaraciones reproducidas por "The Sunday Telegraph".
Kerouac, considerado el padre de la generación "beat", escribió la mítica novela On the road en 1951 y murió a los 47 años de cirrosis en 1969, mientras que Burroughs, autor de The Naked Lunch, falleció a los 83 años en 1997.
Carr, que llegó a ser editor de United Press International, murió a los 79 años en 2005.
El desierto y su semilla
Por Sergio Kiernan
Publicado en RADAR
Cormac McCarthy estaba en pañales cuando llegó la Gran Depresión y por eso se crió viendo gente pobre en un país donde tener auto era de ricos, ir a la facultad era de señoritos y deslomarse para comer era rutina. Es un Estados Unidos medio increíble que se adivina viendo películas viejas: ahí están guardados los acentos proletarios, las caras maltratadas, con cicatrices y dientes torcidos. El joven escritor McCarthy terminó encontrando en el desierto uno de sus dos ámbitos vitales y mentales. Uno es el sur profundo, el de Suttree, donde se puede escribir sin tanta violencia o al menos con otra violencia. El otro es Texas en la frontera con México, un páramo que los norteamericanos conquistaron a balazos y por el que parecen haber pagado el precio de ser gringos en casa propia. Es como tierra robada, insegura, radicalmente negada a la intimidad, atraída por el magneto mexicano. Y es uno de esos paisajes de extrema dureza, incapaces realmente de sustentar la vida humana, vacíos que exigen un grado tal de adaptación que la gente queda medio idiota. McCarthy le dedicó a este desierto casi toda su obra, comenzando por su notable trilogía de la frontera, un concierto en tres movimientos en los que siempre pasa lo mismo: gente del campo, norteamericana y con nombres anglo, fatalmente atraídos por la vitalidad, la violencia y el sexo de México, termina haciendo cosas irracionales. En ese camino, McCarthy se fue secando como prosista y sus libros son como jardines del desierto, hechos apenas con lo que puede crecer allí, con piedras y cactus, distinguibles de la tierra suelta por un cierto orden formal. Se habla de minimalismo, pero tal vez alcance con hablar de sencillez: McCarthy es hijo del Hemingway de los mejores momentos, el lacónico capaz de transcribir diálogos y hacerte escuchar el acento del que habla sin manierismos. Aquí hay un oído formidable para el vernacular, las vocales estiradas y el tono nasal del texano nativo y medio desconfiado. No Country for Old Men es la novela más movida de este autor y la más lineal. El truco de base de toda su obra se sostiene, ya que los personajes son nulamente reflexivos, raramente tienen discurso interno y cuando lo tienen dicen poco. La gente es opaca, opina McCarthy, no hay manera de verla por adentro y lo único que nos queda es seguir sus actos, mirar sus paisajes y sentir las conclusiones. Así es que Moss sigue un impulso de egoísmo, comete un error y se encuentra en una situación inmanejable. El hombre es un white trash, un soldador y cazador de fin de semana, soldado viejo casado con una chica vulgar y joven a la que quiere. Vive en un trailer, marca proletaria indeleble, en medio de una nube de polvo. Su huida doble –de los mexicanos traficantes que quieren guardarse el dinero, de los norteamericanos traficantes que lo quieren recuperar– es un periplo del héroe perdedor y de cabotaje. Hay un desfile de pueblos olvidables, rutas en el páramo, moteles de cuarta. Hay un cruce a México que es como un destello de luz. Hay un sheriff que oficia de Homero y también de Penélope. Y además está Chigurh. Crear un psicópata es como contar a una mujer, algo que parece fácil y resulta casi imposible. Hannibal Lecter es un glifo bien logrado, pero demasiado para la realidad: no puede haber alguien tan culto y artístico que sea también tan frío y perfecto. Chigurh, en cambio, es un idiot savant capaz de hacer sólo una cosa y hacerla muy bien. Chigurh mata obsesivamente, siguiendo un torcido código interno que se inventó para darle sentido a lo que hace, para que no sea por dinero. Chigurh mata de más, por simetría, como alguien que se entrenó tanto para no sentir dolor que se olvidó de que otros lo sienten. Moss, Chigurh y el sheriff Bell son un trío complementario que lleva adelante la historia y logran un milagrito literario: que esta estela de destrucción maníaca sea creíble y tenga alguna consecuencia. McCarthy es un gran escritor y éste es un gran libro que empieza con un demonio y termina, para tocarnos, con un padre muerto que todavía lleva el fuego y espera a su hijo entre las montañas, en el frío y la oscuridad, con algo de calor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
notas
-
►
2013
(43)
- ► septiembre (2)
-
►
2012
(109)
- ► septiembre (7)
-
►
2011
(156)
- ► septiembre (20)
-
►
2010
(192)
- ► septiembre (14)
-
►
2009
(98)
- ► septiembre (12)
-
►
2008
(83)
- ► septiembre (7)
-
►
2007
(19)
- ► septiembre (3)
-
►
2006
(22)
- ► septiembre (4)
-
►
2004
(11)
- ► septiembre (3)






