21/8/08

Enzo Francescoli

Por Juan Sasturain

Antes de las cinco de la tarde, cuando íbamos hacia la cancha, en un semáforo, un despistado que vio la caravana y no recordó campeonato ni copa cercana preguntó: ¿Quién juega? Y la respuesta fue de algún modo insólita: Francescoli. Y no le mentían. Tres horas después, cuando de apuro se terminaba el seudopartido entre ovaciones y un enano escurridizo de camiseta blanquirroja convertía con un derechazo a la izquierda del arquero Flores, alguien –libretita de cronista en mano– preguntó: ¿Quién lo hizo, che? Francescoli, le contestaron. Y no le mentían. Las respuestas estaban separadas por pocas horas y algo más de veinticinco años. Los partidos-homenajes suelen provocar esos crono-desfasajes.Los de ayer fueron múltiples. Como si los retazos del tiempo diseminados en la memoria y en el porvenir se hubieran sometido a un pespunteado rápido que Francescoli realizó cosiendo, haciendo alforzas, arruguitas a la textura futbolera de las últimas décadas. En principio, el Príncipe -que sus fervorosos súbditos quisieron rey– tomó posesión del partido y enarboló el bastón de mando administrando, más allá del decorativo Angel Sánchez (nunca más ángel que ayer) el comienzo y el final. Primero, por las suyas, borgeanamente, se puso a las espaldas la historia, se inventó un antecedente llamado Walter Gómez (“la gente ya no come por...”) y se lo metió en la cancha a dar el puntapié inicial del partido final. Allí hizo sentir el peso de una geneología racial de sutiles orientales que nace en el ladero de Labruna en los cincuenta y muere seguramente en él: una raza real de dos. Con eso empezó, poniendo en antecedentes a la multitud de cuáles eran sus deseos en el momento de hacer leyenda, cómo quería ser leído. Después, también por las suyas, se puso por delante la historia multiplicada en otros dos nueves con su apellido y en calidad de supernumerarios los hizo tocar hasta el gol que le puso el moño al partido y a la fiesta para que fuera también para ellos dos inolvidable.Y no sólo eso hizo Francescoli con el tiempo, el dueño de la pelota y de las emociones el día de su apoteosis. Lo más lindo que hizo fue jugar todo el tiempo y juntar jugadores de medio tiempo a su alrededor, mitades hechas a su semejanza: Saviola y Aimar (17 más 19) ni siquiera suman los años del repartidor de talento y de recuerdos y de modelos. La hora y media corta en que jugaron todos juntos más Salas tiene mucho de sueño del pibe y del veterano. Amontonar talentos y sintonías en un mismo terreno y con una misma camiseta con un mismo objetivo futbolero de llegar al gol con ternura.Lo último que hizo Francescoli ayer con el tiempo fue volverlo reversible. Fue un lugar común escuchar la reflexión gardeliana de que cada vez juega (jugará) mejor; fue otro lugar común decir que podría seguir casi casi el tiempo que quisiera, más allá de facilidades que tuvo y no tendría. Pero fue incluso más lejos. El “no se va” volvió una y otra vez desde las tribunas colmadísimas y no significó presión –ya no tiene sentido– sino pasión ratificada de permanencia y continuidad: Francescoli significó ayer en River la ratificación de una manera de ser y de entender el fútbol con la que la multitud no quiere perder contacto. Fue evidente que la fiesta iba mucho más allá del pretexto de despedida: fue un sano, saludable motivo para juntarse, y no es casual la repercusión extraordinaria que la convocatoria tuvo. No faltó nadie porque el fútbol entendido como Francescoli lo ha practicado es natural, culturalmente inclusivo: es lo que todos quieren ver y jugar. Y River (la multitud, la institución) pudo ayer sentir que ese jugador emblemático, ese extraño ídolo del bajo perfil y la alta calidad de fútbol y de vida, es un patrimonio simbólico demasiado grande y raro como para dejarlo ir sin luces ni gestos de enfática admiración. Y River hizo lo que correspondía.

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