12/3/08

Chistopher Hitchens


Tenaz investigador de prosa agresiva y rigurosa, el periodista y escritor británico nacionalizado estadounidense ha ganado prestigio mundial y ha sido usina de polémicas. En particular desde que encendió la indignación de las huestes cristianas gracias a una investigación que no dejaba muy bien parada a la Madre Teresa de Calcuta. Su ateísmo tiene menos de postura filosófica que de reflexión política. Es que Hitchens, columnista de Crítica de la Argentina, es un verdadero escéptico. Su credo es cuestionarlo todo.
Después de la nominación de la Madre Teresa para su beatificación en 1997, el Vaticano invitó a Christopher Hitchens a discutir su caso. Una elección inteligente. Él ya había probado su disposición para criticar a la santa en espera más famosa del mundo.
En su libro The Missionary Position (La posición del misionero) Hitchens consideró al “Espíritu de Calcuta” una “fanática, una fundamentalista y un fraude”.
A pesar de que la obra causó asombro, no debería haber sido ninguna sorpresa. Éste es el mismo hombre que llamó a Ghandi “fakir medio desnudo,” a Bill Clinton “violador,” a Ronald Reagan “lagarto cruel y estúpido” y a la reina el “fetiche favorito de Gran Bretaña.” A Christopher Hitchens le gusta causar asombro.
Pero detrás de las provocaciones de un colegial hay un hombre muy serio. El papel que Hitchens jugó en la beatificación de la Madre Teresa era tradicionalmente interpretado por el escéptico oficial del Vaticano conocido como el advocatus diaboli. Aunque no se considere a sí mismo como el abogado del diablo –es ateo, después de todo– Hitchens es un verdadero escéptico. Cree en cuestionar todo. Un verdadero contrera, redimido por fidelidad a un partido o una ideología –o, debe admitirse, por decoro–, Hitchens no teme adoptar una posición, sin importar cuán poco posible o poco popular ésta sea.
También es un escritor de primera línea. Uno de los periodistas más informados de los Estados Unidos (parece que estuvo en todas partes, conoció a todo el mundo y leyó todo), también es uno de los más entretenidos. Su dominio del idioma es legendario; su ingenio, feroz. Su habilidad para presentar hechos al servicio de un argumento es una maravilla digna de contemplar. Por lo tanto era lógico que el abogado del diablo enfrentase al padre de todos ellos: Dios. En su último libro, God is Not Great: How Religion Poisons Everything (Dios no es maravilloso: Cómo la religión envenena todo), Hitchens no pierde el tiempo para ir al punto: simplemente hay que leer el subtítulo. Pero la Hitchens no se lo lee sólo para saber qué piensa sobre la religión, sino porque, ya sea que persuada o no, él siempre hace que valga la pena que lo oigan.
–Su libro es uno de los muchos que han salido recientemente con un debate sobre religión.
–Es verdad. A libros como éste les ha ido mejor de lo que les podría haber ido hace algunos años. Creo que se debe a que la gente ya tuvo suficiente de la intimidación de la religión: los dibujos animados daneses, la manera en la que los partidarios de Dios se están comportando en Irak y en todas partes, el intento de enseñar basura a nuestros hijos bajo el pretexto estúpido del Diseño Inteligente, creyendo que el sida es malo pero los preservativos son peores. Creo que la gente ya ha tenido suficiente de todo esto. Entonces algunos individuos realmente excelentes e importantes como Daniel Dennett y Richard Dawkins han decidido que es tiempo de salir y combatir esto. Y está funcionando. Por suerte, yo estoy en la ola o aprovechando el éxito de ellos.
–Me parece que no está discutiendo tanto la religión como a la gente que cree en una cierta verdad, verdad con mayúscula, que no puede ser cuestionada o puesta en duda. Una verdad que requiere fe a pesar de la evidencia.
–Sí. El objetivo es la fe, realmente, la disposición de la gente a creer algo sin razón o sin evidencia. Y no sólo cualquier cosa, sino las cosas más importantes. En otras palabras, dicen tener la autoridad que les confiere el divino para decirle a la gente qué comer, qué leer, cómo tener sexo. No sólo dicen que Dios existe, algo que ni los más brillantes teólogos han podido demostrar, sino que saben lo que piensa. Ellos saben lo que él quiere que yo almuerce o no, qué libro tener en el estante, con quién acostarme. Es absurdo. Digamos que si se tratara de la astrología, que se basa en el mismo modo de pensar que la religión, y se sostiene que los cielos llegaron a un acuerdo con uno en la mente, no me importaría. Si algunos creen que lo más importante acerca de ellos es que son de capricornio, eso no me hace ningún daño. Como dice Thomas Jefferson, ni me roba ni quiebra mi pierna. A él no le importaba si había un Dios o cien. Pero se equivocaba al decir que eso era verdad en todas las religiones. Porque la gente que cree piensa que tiene el derecho de decirme qué hacer, con amenazas detrás. Y eso no lo voy a aceptar. Me niego a que me hablen en ese tono.
–¿Así es como usted puede describir los gobiernos totalitarios seculares del siglo veinte como esencialmente religiosos?
–No creo que sea casuística hacer esto. Porque si uno es, digamos, Stalin, y tiene el poder en un país en el que hasta hace poco tiempo el zar, el gobernante que heredaba el poder, era también la cabeza de la Iglesia y millones y millones de personas creen que es casi divino, sería bastante estúpido no explotar esa creencia y no tratar de emularla tanto como sea posible. Uno sabe que ése es el lugar que le correspondía. Y, por supuesto, en el caso del fascismo, se trata prácticamente de otra palabra para el catolicismo en esas décadas. El hitlerismo era un movimiento pagano, casi cristiano. Y el fascismo japonés imperial en realidad estaba liderado por una persona que era un dios. Es muy obvio que el comunismo chino es de alguna manera una imitación de Confucio y los métodos imperiales. Entonces, la tarea del ateo es esencialmente llevar a la gente a una posición de escepticismo en la que no creería nada como eso. Ningún país ha sufrido alguna vez por adoptar los puntos de vista de Thomas Paine, Thomas Jefferson, Bertrand Russell, Baruch Spinoza... Nadie dijo: “Ja, fue justo cuando comenzaron a pensar así que empezaron a construir campos de concentración”. Nunca ha sucedido. Ni sucederá tampoco.
–Algo que usted no discute directamente es la mitología.
Mucha gente considera a las religiones mitos, no verdades literales. La mayoría de los especialistas que ha estudiado este tema –desde la psicología, la antropología o cualquier otra disciplina – tienden a concluir no sólo que todas las sociedades humanas tiene mitologías, sino que tenemos una conexión permanente con el mito. Aún más, que una sociedad humana debe tener una mitología que funcione para ser saludable. ¿Está de acuerdo?
–Sí. Quiero decir: es muy difícil estar en desacuerdo con eso, porque la evidencia muestra que somos criaturas creadoras de mitos y criaturas que construyen leyendas.
–Entonces, si usted se opone a una visión del mundo basada en la fe, ¿cómo sería una mitología saludable?
–Pienso que nada debería ser, como fue, aceptado a ojos cerrados, que dudaría de cualquiera que fuera la mitología prevaleciente. Pero creo que podría haber una razonablemente saludable. De hecho, existe un ejemplo que me castigo a mí mismo por no haberlo incluido en el libro. Todo el mundo conoce la historia de Guillermo Tell. Y en Suiza eso es lo que le enseñan a los niños. Es el mito fundacional del héroe nacional y demás. Pero hay un trabajo recientemente publicado que sugiere que realmente no existía esa persona. Ése fue un golpe duro en Suiza. La historia de Guillermo Tell no es una historia mala. Es un mito nacional perfectamente saludable. A la gente no debería importarle llamarlo mito. El peligro está cuando no creen que es un mito. Como sucede, por ejemplo, con la arqueología israelí, como yo discuto. Ellos concluyeron que la historia del Éxodo no tiene sentido. Es un invento. Algunas personas encontraron que tenía consecuencias reales en el mundo admitir eso, y sí las tiene. Los ingleses creen en el rey Arturo, pero no es lo mismo. La gente sabe que en parte es una fantasía. Y, nuevamente, creo que es bastante inocente. La idea de que los Estados Unidos fueron la cuna de la libertad y todo lo demás es, creo, una verdad parcial.
–¿Pero también un mito?
–Hay muchos, muchos elementos mitológicos. Involucra recordar muchas cosas y olvidar muchas otras.
–¿Pero este mito no tiene efectos dañinos así como tiene efectos positivos?
–Bueno, cualquier cosa que sea nacionalista se puede volver tóxica en cualquier momento, por supuesto, incluso si sus reclamos aparentes son nobles. Creo que está bien mantenerse en guardia porque hay un paso muy corto hacia la sugerencia que casi todas las naciones hacen de que Dios tiene una providencia especial para ellas. Y yo estoy más en guardia cuando eso comienza a surgir. No me corresponde a mí decir cuán saludable fue mi vida, pero no creo que la lleve adelante con nada que se parezca a una fe mitológica. Para mí, es suficiente con que Shakespeare haya vivido. En realidad, no me molestaría descubrir que el Conde de Oxford escribió todas esas obras. Lo que sí me sacudiría sería descubrir que no todo fue escrito por una persona, que varias de las obras tenían autores diferentes. Entonces, de algún modo, el logro no tendría el mismo valor. No disminuiría la reputación de las obras, pero me daría tristeza si fuera cierto. Aunque estoy deseoso de leer la evidencia sin prejuicio si se me presenta. Mi propuesta para el Reino Unido, cuando se vuelva una República y separe a la Iglesia de Inglaterra del Estado, en lo cual estamos retrasados (hablo en primera persona del plural aunque en realidad acabo de convertirme en ciudadano americano), es que transformemos la Abadía de Westminster en una especie de patio con algo llamado la Esquina del Poeta, donde Auden, Wilde y Kipling, entre otros, son las piezas centrales. Lo hacemos el santuario de nuestras letras nacionales y de Irlanda, Gales y Escocia también. Eso sí valdría la pena enseñarles a los niños en la escuela y valdría la pena mostrárselo a los turistas. Sí podría estar orgulloso de eso.
–Hablando de mitologistas, ésa fue la conclusión de Joseph Campbell: que las mitologías culturales tradicionales en las que creen sociedades enteras, como Jesús y la resurrección, están siendo reemplazadas por las mitologías individuales expresadas por artistas individuales. Que las historias míticas están siendo reemplazadas por visiones artísticas particulares. –Bueno, me gustaría pensar que eso es lo que está pasando. Desafortunadamente tiene como corolario lo que vulgarmente llamamos cultura de la celebridad, que tampoco me gusta, porque tiene el efecto de elevar a humanos mediocres a algo como el estatus de culto. En eso no confío. Hay muchas formas seculares de adoración y propiciación que no me gustan.
–Como Marilyn Monroe, que finalmente es más un arquetipo cultural que un ser humano.
–Especialmente ella. En parte porque solía preocuparme la posibilidad de que yo fuera gay cuando era joven. No es que eso fuera algo terrible, pero no podía ver cuál era su atractivo sexual. Después descubrí que muchas personas gay creen que ella es un ángel. Como Elizabeth Taylor. Jamás me acostaría con Elizabeth Taylor. Entonces apareció Brigitte Bardot y me di cuenta de que yo estaba en lo cierto.
–Entonces su susceptibilidad, al menos en lo que respecta a las mujeres, es más europea. Aun así decidió mudarse a los Estados Unidos.
–Así es. Creo que ahora entiendo por qué siempre quise venir a los Estados Unidos. Y tiene que ver con la ambición de convertirme en escritor. En realidad, sólo comencé a desarrollarme como escritor cuando llegué aquí.
–¿Tiene alguna idea de por qué eso es así?
–No. Pero nunca quise hacer nada más, no pude hacer nada
más: esto me eligió a mí.
–En realidad esta pregunta de Europa y los Estados Unidos me interesa. Si el tema es la religión y usted es un ateo, parece que Europa ejemplifica de diversas maneras su ideal mucho mejor que los Estados Unidos. Europa tiene una cultura mucho más secular.
–Oh, no, realmente no creo eso. Por ejemplo, en Gran
Bretaña, la reina es la cabeza de la Iglesia, así como también la cabeza del Estado. La instrucción y adoración religiosa en las escuelas son obligatorias. Ahora se pagan subsidios para que haya escuelas separadas para los musulmanes, algo que sería impensado en los Estados Unidos. En Alemania, uno tiene que pagar un diezmo, una parte de sus impuestos va a la Iglesia. Uno puede elegir a cuál, pero es extremadamente difícil elegir no pagarle a ninguna. Sería bastante falso no decir que Francia es un país católico. El gobierno nombra a los obispos. También nombra a los imanes musulmanes. Puede contratarlos y despedirlos.
Ésta es una situación vergonzosa. La constitución de los Estados Unidos es la única escrita y la única que todavía existe que explícitamente separa la iglesia del Estado y dice que el gobierno no puede tomar partido en asuntos religiosos. Es por eso que cuando hice mi juramento de ciudadanía, lo hice en el monumento a Thomas Jefferson, en Washington, porque soy su biógrafo y también porque cumplimos años el mismo día. El 13 de abril, lo hicimos ese día. Su Estatuto de Virginia para la Libertad de Culto es la base de la primera enmienda y eso es lo que estoy defendiendo. Y, hasta ahora, nosotros ganamos, porque el desafío más reciente, este absurdo movimiento llamado Diseño Inteligente, lo único que tiene de inteligente es que logra que las personas lo llamen así en lugar de como lo que es, simple y bruto creacionismo. Incluso en Oklahoma, en Texas y en los condados más conservadores en Pensilvania, en cuanto los tribunales han oído esto, lo han desechado. Y le han dicho al sistema legal que deje de molestar con este disparate. Pero eso no es lo que la mayoría de los europeos piensa de los Estados Unidos. En realidad, no es lo que muchos liberales americanos piensan de los Estados Unidos tampoco.
–Explíquese.
–Bueno, ellos creen que el lugar está saturado de fundamentalismos, cuando esto no es para nada cierto. La gente como los evangelistas Jerry Falwell y Pat Robertson son payasos. Están esperando estar incluso más expuestos de lo que ya están.
–Bueno, son muy poderosos.
–No, no lo son. No lo son en absoluto.
–Ciento cincuenta abogados de la escuela de leyes de Pat Robertson fueron contratados por la administración Bush.
–Sí, ¿pero se ha pronunciado una sola plegaria escolar? No.
Y no sucederá. Si ganaran en una cosa así, sería el fin. La razón por la cual estos tipos son importantes es porque siempre pierden. Porque se pueden representar a sí mismos como una minoría perseguida, que es de hecho como se venden. Cuando eran realmente poderosos, en los años veinte, podían cambiar la constitución. Podían prohibir el alcohol y prohibir la enseñanza de la teoría de la evolución. Ahora sólo demandan tiempo igualitario y ni siquiera consiguen eso. Pero con sus dos grandes victorias del siglo veinte, el veredicto del prohibicionismo (N. de R.: la llamada “ley seca”) y de Scopes (N. de R.: un maestro sometido a juicio por enseñar la teoría de la evolución), ni siquiera en el largo plazo, sino en el mediano y corto, se desacreditaron a ellos mismos. Nunca van a recuperar esa posición. Pero incluso si lo hicieran, supongamos que pudieran imponerse en una administración como para obligar la plegaria en la escuela, prohibir el aborto y un par de cosas más, uno sabe exactamente qué sucedería.
–Usted ya explicó por qué cree que la guerra de Irak está justificada.
Pero, si usted está en contra de la religión y en pro del secularismo, parece que su posición sobre Irak lo ha colocado en alianza con mucha gente que está en el lado opuesto de ese argumento. El presidente describió la guerra en términos del bueno y el malo y mucha gente religiosa la compró así. Mientras tanto, usted se ha vuelto impopular entre muchos de la izquierda secular. Parece una posición muy curiosa para usted.
–Sí, pero creo que las ironías son más a costa de ellos que mía. Primero, es la gente de izquierda la que se refiere a los partidarios de Dios y a los asesinos de la Jihad en Irak como “la resistencia”, no yo. Y ha sido la izquierda la que ha estado usando eufemismos para con el islamismo desde el 11 de septiembre, considerándolo una protesta de condiciones injustas, que es precisamente lo que no es. El islamismo es el creador de las condiciones injustas. No viene de la pobreza y el desempleo, es el creador de la pobreza y el desempleo y la injusticia. He tenido una larga pelea con la izquierda en este punto, por su suavidad con respecto a la religión. En segundo lugar, la facción que pedía la liberación de Irak, además de la izquierda iraquí y la izquierda kurda era, en términos americanos, los llamados neoconservadores. Los fundamentalistas no están particularmente contentos con la guerra en Irak. Están preparados para seguir al presidente si hace algo como esto, en su mayoría. Y cito a un par de ellos, quienes incluso pensaban que podía haber algunas profecías bíblicas relacionadas con Babilonia, basura como ésa. Pero esto no te libera de tu dificultad, porque en el caso de la región de Darfur, se ha mantenido vivo el tema en este país principalmente por los cristianos, como el tráfico de personas y la esclavitud en algunas regiones de África. Así que si surgiera el tema de Darfur, no sería justo de mi parte decir que ahora se ha colocado usted mismo en el campo fundamentalista.
–No
–Muy bien, entonces. Creo que son todas las respuestas que pensaba dar sobre ese tema. Pero lo que quiero resaltar es que la izquierda secular árabe iraquí y kurda es el objetivo principal de mi solidaridad. Y ellos estuvieron unidos para deshacerse de Saddam Hussein. Mientras que todas las personas religiosas del mundo parecen querer dejarlo en el poder. Quiero decir que todos los cabezas huecas musulmanes parecen querer luchar para mantenerlo.
En los lejanos años 60, cuando parecía que las rebeldías juveniles tendrían un buen final, Christopher Eric Hitchens (13 de abril de 1949, Portsmouth, Reino Unido) se reconocía trotskista y bregaba contra la Guerra de Vietnam. Tal vez haya sido su última filiación política precisa, el último marco de referencia más o menos duradero. Porque si algo caracteriza las fulminantes opiniones de este periodista y escritor de intachable prestigio internacional y ciudadanía estadounidense es su obstinación por desmarcarse de etiquetas y de simpatías políticas estables. Le gusta el papel de francotirador, de escriba libérrimo que sólo responde a sí mismo y, para probarlo, se pelea sucesivamente con todos: los Bush, los Clinton, la Madre Teresa, Kissinger, Hugo Chávez, Michael Moore y siguen las firmas. Licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en el Balliol College de Oxford y admirador de George Orwell (le dedicó La victoria de Orwell), de quien se lo considera el gran heredero, la publicación Prospect Magazine lo distinguió en 2005 como uno de los cinco intelectuales más influyentes del mundo. Durante veinte años trabajó en el semanario The Nation y desde sus páginas les dio duro a Reagan y Bush padre, hasta que en 2003 dijo basta por diferencias con la línea editorial dominante. Desde entonces, las notas de este columnista de Crítica de la Argentina pueden leerse en The Wall Street Journal, The New York Times, Vanity Fair y en el portal Slate.
En los últimos años, sus enemigos más enconados son Dios y las religiones, y aún levanta polvareda el libro crítico de la Madre Teresa de Calcuta y su obra de caridad, The Missionary Position (La posición del misionero). Tal vez por la separación entre las iglesias y el Estado, que él subraya con orgullo, Hitchens parece convencido de que los norteamericanos son moralmente superiores. Por lo tanto, suscribe de buena fe el papel de los Estados Unidos de gendarme mundial, del que George W. Bush ha sido uno de los principales abanderados, y dio su apoyo a la invasión a Irak. En línea con este razonamiento, suele disparar andanadas mortíferas contra la teocracia de Irán, aunque ninguna de estas posturas le impide ser lapidariamente crítico con Mr. Bush. Inseparable del Johnny Walker y los cigarrillos, de vestimenta informal, su imagen se asemeja más a la de un novelista maldito que a la de un intelectual ocupado en los meandros de la política internacional. Tal vez su genuina incorrección (tanto como su apego por “la verdad”, por el valor de la “evidencia”) lo impulsa a denostar algunos gestos con patente de izquierda en los que detecta la hilacha de la impostura. Uno de los blancos predilectos de Hitchens es Michael Moore, irreverente documentalista y postulante a enemigo número uno de Bush.
Además de descalificarlo por “manipulador” e “ignorante”, le ha dedicado una sesuda disección de Fahrenheit 9/11 en la que denuncia las contradicciones de la película. Es que el paraguas bienpensante y los premios no bastan para zafar de Hitchens. En la Argentina, se consiguen sus libros Cartas a un joven disidente, La victoria de Orwell, Juicio a Kissinger y la edición en inglés de God is not Great.

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