19/10/11

Thomas Bernhard: palabras de autor

No soy un autor naturalmente ameno, no soy un narrador de historias, las odio. Soy un destructor de historias, soy el típico destructor de historias.
• Para mí lo más difícil es escribir prosa. No bien lo supe, me juré escribir solamente prosa. Sólo por oposición contra mí mismo, porque las resistencias lo significan todo para mí.
Los procesos interiores, que nadie ve, son lo único interesante en la literatura en general. Todo lo exterior se conoce. Lo que nadie ve es lo que tiene sentido escribir.
Todo depende de la perspectiva. Cada uno tiene una distinta, gracias a Dios. Y uno tiene siempre la acertada: aunque los otros pretendan siempre lo contrario, para cada uno su propia perspectiva es la acertada. Pero los otros hacen dudar, y entonces se renuncia a la propia perspectiva. Si uno renuncia a la suya, está listo.
El principal derecho de la mujer es poder decir siempre, de vez en cuando, que los hombres viven llenos de prejuicios. Pueden decirlo incluso en el Parlamento, pero ellas mismas no han dicho aún muchas más cosas que eso: que los hombres trabajan siempre con prejuicios.
• Soy una persona musical. Marco con el pie el ritmo de todo lo que digo. Exceptuado cuando estoy en un quirófano. Pero en momentos como ése nadie es muy comunicativo, ¿no?
Nunca pienso en la muerte, pero la muerte piensa continuamente en mí.
Todo se puede intercambiar, ése es el atractivo o la grandeza de la naturaleza. El drama de los hombres es que, por educación o deformación y sobre todo por la literatura, no sólo están centrados en conceptos: también están clavados a esos conceptos. Y todos tienen conceptos clavados en el cerebro y por eso corren sin cesar por todas partes, como locos. Ese es el drama universal. Los escritores son exactamente iguales, por todas partes clavos y conceptos: muerte, vida, amor, castidad, ansias de gloria, todo eso. Ese es el verdadero drama.
Si no se convierte en palabra, la inteligencia no vale nada, porque inteligencia hay por todas partes. El mundo se ahoga, casi, en inteligencia. Pero la inteligencia sólo tiene algún valor cuando se convierte en palabra, y más bien, en palabra hablada, porque vive.
Existimos de las contradicciones, y también un libro sólo existe a partir de sus contradicciones. Si es unidireccional no vale nada, tampoco si no parte de una excitación.
Escribo sólo para los actores, nunca he escrito para el público. Y como los actores se han interesado por mí, cuando se dirigen a los espectadores, ellos también se interesan. Pero soy el único autor que ha escrito sólo para actores, y para actores muy determinados que, la mayoría de las veces, están sólo en un teatro, y por eso lo estrenan sólo allí. Las veces que me he ablandado y aceptado "en Düsseldorf" o "en Colonia", ha sido catastrófico. Ya no lo hago, no necesito hacerlo. Quiero ver una buena representación.
Por lo general no hago planes. Las cosas se hacen solas. Es el mundo el que hace planes con uno.
Siempre he sido una persona libre, no tengo pensión alguna, y escribo mis libros de una forma absolutamente natural, de acuerdo con el curso de mi vida que es distinto de la vida de todos esos escritores. Sólo quien es de veras independiente puede realmente, en el fondo, escribir bien. Cuando uno depende de lo que sea, se nota en cada una de sus frases. La dependencia paraliza cada frase. Por eso no hay más que frases paralíticas, páginas paralíticas, libros paralíticos, porque la gente es dependiente: una esposa, una familia, tres hijos, el divorcio, un Estado, una empresa, un seguro, el jefe. Escriban lo que escriban, la dependencia se nota siempre, y por eso es malo, está paralizado, paralítico.
A los artistas hay que cerrarles y vedarles las puertas que quieran atravesar. Eso, aquí, no se hace, y por eso es que tenemos un arte malo, una literatura mala. Consiguen meterse en un periódico o en algún Ministerio, se presentan como genios y acaban en el despacho 463, como archivadores, porque se los mantiene hasta el fin de sus días. Así no se puede escribir un buen libro.
Nunca le daría un centavo a un artista joven. Nada. Que salga, y se convertirá en alguien, o quizá no. También yo lo hice así. Pero Austria es un Estado de subvenciones. Se subvenciona todo, cualquier cerebro estúpido se ve cubierto de subvenciones y de prótesis, y el Estado tapona ojos y orejas con dinero, de manera que la gente ya no ve, ya no oye y ya no es nada.
Me han puesto el mote de "gran predicador". Pero yo no predico nada. Lo sé todo y no necesito predicar para mí; a los demás prefiero dejarlos tranquilos.
Lo bello de mis libros es que no describen en absoluto lo bello, y por eso lo bello surge por si mismo. Y. en el caso de los que sólo describen cosas bellas, los libros son todos feos y horribles. Así veo yo la literatura.
Creo que si alguien escribe un buen poema o, cada cincuenta años algunos buenos poemas, eso tiene sentido. Pero cuando hay veinte mil novelas al año y cinco millones de poemas, ¿qué sentido tiene eso? Para los fabricantes de papel, sí, porque con los rollos de papel higiénico no les basta, de modo que hay que imprimir también libros. Esa sería una agradable concepción de la literatura: se desgarra, se lee y se tira de inmediato. Lo terrible es que, luego, la gente coloca los libros en los anaqueles, y se quedan allí decenas de años sin hacer otra cosa que oler mal.
Plácido Domingo se pasea por Madrid e irradia todo lo que posible irradiar en el mundo. No sólo con su voz, que no es tan buena como se cree, sino con lo que tiene de voluminoso, como un temblor de tierra, todo lo que hay en ella; esa tarantela mexicana que difunde continuamente es lo eruptivo. El verdadero arte está en los cantantes, ni siquiera en los escritores. Además, la primera expresión artística fue una nota, una nota humana. No había instrumentos entonces. El grito. Antes se decía: "El niño chilla". Hoy se dice: "El cantante canta". En el fondo es lo mismo. Nada ha cambiado. Y antes el niño estaba desnudo y desvalido, entonces no había fábrica de tejidos, y hoy los cantantes llevan trajes espléndidos. A veces cuestan doscientos mil dólares, para que el sonido surja realmente y se haga visible a la Humanidad. Hoy, una nota sin un vestido de doscientos mil dólares ya no es una nota, no se la escucha. La púrpura, el oro y la plata tienen que salir del paladar al mismo tiempo que la lengua, y tienen que atronar y conmover al mundo. No hay más que abrir los periódicos: Plácido Domindo agita al mundo entero. Es uno de los señores del mundo. César, a su lado, era un don nadie.
Describir la naturaleza es algo integralmente absurdo, ya que todo el mundo la conoce.
Todo libro está instalado en un paisaje. Y yo no escribo para zoquetes a los que haya que servir todo en bandeja: "Ahí crece la hierba, allí hay un naranjo con naranjas, y las naranjas son al principio verdes, luego se vuelven amarillas y por fin se vuelven naranjas". Siempre he tenido la impresión, cuando escribo, de que estoy en un lugar que todo el mundo sabe dónde está, y me ahorro el resto. De esa forma dejo a la gente libertad de movimientos.
Lo que interesa no es contar lo obvio, sino lo excepcional. Pensar cómo contar, por ejemplo, situaciones casi imposibles. Al final del libro todo el mundo se pregunta: ¿Cómo pudo hacerlo, realmente? Entonces viene la solución del enigma. Y un libro debe ser como un crucigrama.

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