23/12/01

Ya vuelven los chupópteros

Por Osvaldo Bayer (Desde Bonn, Alemania)
Publicado en PAGINA 12

Mi intención era escribir acerca de un tema que trata del triunfo de la verdad y solidaridad. Un hecho verdaderamente bello. La Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores inauguró su hotel en pleno centro de Buenos Aires y le puso el nombre de “Facón Grande”. El nombre de ese criollo, José Font, digno hasta los tuétanos, que encabezó –hace ochenta años– la gran huelga de los peones patagónicos, y fue fusilado en forma vil y cobarde por el teniente coronel Varela, en la campaña represiva ordenada por el gobierno radical. El nombre del gaucho de los desiertos patagónicos, mártir en la lucha por la dignidad, entra así por primera vez en las calles de Buenos Aires. El ejemplo del coraje para la solidaridad. Allí está, ahora, su estampa, en la calle Reconquista, después de décadas y décadas de haber sido olvidado por la historia oficial.
También me hubiera gustado describir en la nota de hoy el trabajo optimista y digno del personal del hipermercado rosarino Tigre quienes, ante el abandono de la empresa por parte de la irresponsable patronal, se han puesto a crear una cooperativa, un supermercado comunitario, donde el trabajo mutuo y solidario pueda demostrar cuánto valor se crea cuando el ser humano abre su mano para el trabajo en beneficio de todos y no del egoísmo personal, cuando se cree en las fuerzas propias y no en los viajes a Washington del gran mentiroso Domingo Cavallo, o en los patacones de Carlos Ruckauf o en los discursillos con música de la marcha de San Lorenzo del insignificante Fernando De la Rúa.
Pero el avión que me trajo a Alemania me alejó de la Argentina cuando se estaba todavía en la vigilia de los grandes hechos. Y fue en la televisión de aquí que experimenté aquello tan esperado del espontaneísmo de las masas –que cuando lo sostuve produjo la sonrisa superior de más de un comentarista políticamente correcto–; sí, el pueblo estaba en la calle después de haber agotado su paciencia y de sentirse humillado hasta el hartazgo.
Otro gobierno radical que caía. La historia se repite con ellos. Todos salieron disparando. El país humillado. Los radicales le volvieron a meter bala, cosa que ya aprendieron en la Semana Trágica. Ahí están los cuerpos del pueblo, calientes aún. Y ese muerto en las escaleras del Congreso, desangrado. Todo un símbolo.
Los “representantes” del pueblo metieron violín en bolsa. Con muertos en la calle. El presidente no se suicidó frente a su escritorio y su banda presidencial. No, se rajó. Costumbre de la Unión Cívica Radical, muerta para siempre.
Pero ahora queda el otro populismo. Ya comienzan las sombras inmediatamente después del sol y su claridad conquistada por el pueblo en la calle. El otro populismo con el chupóptero insaciable que se chupó todas las riquezas, todo el petróleo, todas las armas, toda la moral. Ahí está, presidiendo el otro populismo y ya ha tendido sus tentáculos. Nuestro futuro es el chupóptero o los nombres que esperan en un ansia indescriptible: Ruckauf, Duhalde y todos los otros gobernadores que esperan en segunda andana, o por ahí algún Yoma surgido de improviso de la mesa de póker riojano.
Ya basta de populismos. Para que la Argentina llegue alguna vez a ser una democracia tienen que desaparecer los populismos para siempre. Porque si no el país terminará en una cañonera paraguaya o matando hormigas en la isla Martín García.
Vergüenza de ser siempre defraudados. La misma profunda vergüenza y asco que sentimos los argentinos ante las pantallas europeas viendo las escenas de cobardía extremas de la represión policial argentina en las calles y las plazas del país. Todos vieron cómo eran golpeadas las Madres de Plaza de Mayo. Esta vez los verdugos ejecutores fueron el huido De la Rúa, elministro Mestre y el obediente lugarteniente Mathov. Más todos los jefes de policía y sus bandas de comisarios. Esa policía que al igual que la gendarmería se ha convertido únicamente en represora del pueblo. Son cuerpos represivos contra el pueblo que no se esconde ni se pone de rodillas. Ante las cámaras de la televisión extranjera quedaron registrados tal cual como fueron durante la dictadura: cobardes asesinos de los mejores que derrumbaron las podridas empalizadas donde se escondían los ladrones internacionales del despreciable agente financiero Domingo Cavallo.
Los cuerpos represivos de este diciembre glorioso mostraron la cara que tuvieron durante la dictadura y que les fue protegida por el doble juego cínico de la obediencia debida y el punto final de los Alfonsín, los Menem, los De la Rúa, los Duhalde y Rückauf y también Reutemann, con sus jefes policiales perfilados en el crimen y la desaparición de los años del oprobio. En este diciembre de gloria salieron a demostrar con sus sucios uniformes su crueldad y su mentalidad asesina. Las escenas fueron increíbles: Milicos de a caballo con látigos rodeando y castigando con saña degenerada a mujeres y jóvenes. ¡Qué bestias! y esos son los que custodian la seguridad de la sociedad argentina como con voz de suboficial alcahuete nos endilgaba el excelentísimo payaso triste de la Nación. Hay una escena que define hasta en sus últimos detalles la esencia inmoral y perversa de los policías argentinos: un joven corre con una tira de asado que ha quitado de algún supermercado, un policía lo atrapa lo castiga con ferocidad con su palo en el rostro, le quita la tira de asado y se la lleva al transporte policial que lo ha traído. Hoy, en el patio de la comisaría, la policía hará su asadito para cambiar la acostumbrada pizza con muzza doble...
Si nos creemos democráticos y tenemos fe que los días de diciembre fueron el principio de una nación en serio, debemos hacer desaparecer también toda la maraña de las mafias familiares y de intereses en el populismo que resta y que va a tratar ahora de tomar todos los timones. Para eso, las agrupaciones que con su presencia y su actitud fueron capaces de lograr esta quiebra de una política de cada vez más hambre, desocupación y miseria, tienen que seguir sintiéndose protagonistas en la vida del país, seguir en asamblea permanente y dar todo el poder a las asambleas, cuyos delegados llevarán y traerán los conceptos y las ideas de los otros grupos del pueblo. Los trabajadores, por su parte deberán movilizarse para terminar con el humillante poder de los gordos en la central obrera, quienes han terminado por tiempo indefinido con todo atisbo de democracia en la todavía inmensa columna de los hombres de trabajo. No nos demos vacaciones esperando los resultados de los asimilados al chupóptero y de otros que dominan los comités. No son ellos los demócratas, no son ellos los que nos tienen que decir cómo debemos comportarnos en nuestras vidas y en la protección de nuestras familias. Y no dejar de vigilar el fascismo que se viene, con sus Seineldín, Rico, Patti, Bussi, a quienes abrieron su camino precisamente los conciliábulos y las posibles tajadas electorales de los partidos populistas reinantes.
El sábado pasado entregamos los diplomas a los multiplicadores de la materia de Derechos Humanos en Rosario. Un acto lleno de fuerza y de bondad. Sé que en las últimas jornadas algunos de ellos fueron baleados cobardemente por la policía de Reutemann, marcada por el símbolo de la dictadura de la desaparición. Mi homenaje a esos hombres y mujeres que llevan en su alma la bondad de los discípulos de los grandes pensadores de un verdadero encuentro entre los seres humanos, alejado de egoísmos y de avidez.
Nada se va a arreglar con el hombre elegido por el Senado. No dejemos que vuelvan los chupópteros conocidos de antes ni sus conocidos seguidores de comité. En las rutas, en las universidades, en los organismos dederechos humanos, en los sindicatos sin gordos, en los comités de huelga, hay suficiente fuerza como para ir formando un país como aquel que soñaron Moreno y Castelli en la Primera Junta, Agustín Tosco en las largas marchas, Rodolfo Walsh en sus sueños y los monseñores De Nevares y Angelelli en los humildes patios de sus parroquias.

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